Ayudado por el viento cálido del desierto sonorense, la sombra avanzaba, no perezosamente sino más bien agotada. Era una sombra que no era proyectada por nada corpóreo, era en sí cuerpo y sombra en una sola entidad. Maza inexistente contradiciendo las leyes y normas de la dialéctica. Desdibujo de la filosofía que lo mantuvo como caminante por décadas. Fue Heródoto y fue Nigromante. Heródoto por que al igual que aquel quiso ver por sus propios ojos los axiomas de la naturaleza y las sociedades, Nigromante porque en las noches, en montañas o en alcobas charlaba con sus muertos. Planos de luz iridiscente o planos cubiertos por la atmósfera nocturna, ambas ricas de vida que se extiende a las consejas de los hombres. Orquídeas guardando el néctar y el agua de las madrugadas. Alba que da además de su tenue luz, gotas de agua cristalina. Eran sus vagos recuerdos en medio del agotamiento y la insolación. ¿Puede acaso una sombra tener agotamiento e insolación? Aunque fuera de lógica el ver la sombra aquella avanzar de esa manera podía asegurarse que así era. Sombra que causaba lástima. Se detuvo en un aguaje encontrado o empujado por alguien para que de sus aguas se refrescara; ella, la sombra, se diluyó en la superficie cristalina, remanso del panorama carente de petunias y rosas, pero que a cambio ofrecía rojiza flor de cactus y estas se tachonaban por cientos en sus bastas llanuras. Flor de cactus como avanzada del fruto milagroso, para que el chamán ópata o yaqui extraiga su sabiduría, regalo del desierto que hará que el hombre practique la danza, que haga de la danza el ritual de la vida.
La sombra diluida en ese pequeñísimo cristal líquido quiso atrapar las voces del pasado y de por allá, como salido de alguna cueva una voz fue armando palabras, palabras que al principio parecían no tener sentido ni cordura, palabras que requerían una máxima concentración para aceptar como correcta la idea expresada. Pero. ¿Quién hablaba de esa manera? ¿Quién se expresaba al parecer de manera tan críptica? Puso atención.
-“...como se nos presenta al punto se presenta como un casi caos. Hay mucha discontinuidad en la suma total de la experiencia de lo que comúnmente suponemos. Las partes distantes del mundo físico están en todo momento ausentes de nosotros y forman objetos sumamente conceptuales...” La sombra ilógicamente se frotó la frente tratando de entender esas palabras salidas de alguien que poco a poco fue cobrando forma. Diluido al principio finalmente lo vio con claridad. Era Jesús, amigo estimado con el que se enfrascaba de continuo en polémicas de tipo filosófico y la sombra también fue cobrando forma hasta verse sentado frente a Jesús en el jardín de su casa campestre.
-¡Qué sandeces estás diciendo Jesús- se oyó refutar a su amigo- Lo conceptual sería en todo caso la explicación de origen y movimiento, más no lo objetos que en sí existen, tengamos o no experiencia sobre su existencia.
-No he terminado cuate- Contestó Jesús lacónico y mordaz queriendo matizar como de buen humor la respuesta.- El núcleo objetivo de la experiencia de cada hombre- continuó Jesús- su propio cuerpo es, ciertamente, un percepto continuo y así lo es también el entorno material de tal cuerpo-. Terminando de expresar la idea Jesús se recargó en el respaldo del sillón ante la mirada de los otros tres amigos que oían la polémica de Jesús con Él. Se soslayó pensando que se había ganado un punto. Pero Él no quedó conforme y volvió a la carga.
-Ahora quieres matizar el cierre de tu perorata con un disque cierre dialectico cuando es más sencillo decir que el percepto continuo de la experiencia del hombre está sujeto precisamente a la experiencia y explicación que se da sobre su entorno.- Jesús abrió sorpresivamente los ojos que no esperaba tal respuesta. Los tres amigos que en silencio participaban solo pudieron decir que no entendían ni madres de lo hablaban y decidieron que era mejor volver a servirse una cubas más. Jesús y Él los aplaudieron y extendieron sus vasos para que les sirvieran una nueva cuba. La tarde y el jardín con sus aromas de buganvilia los trasladaban a la ensoñación, pero Virgilio, uno de los amigos que participaban en la reunión y dueño de una fina ironía cuando se trataba de joder a alguien, bebiendo de un sorbo su cuba, limpiándose con los dedos el líquido que le escurría por los densos bigotes, dijo como al desaire.
-Bueno, amigos aristotélicos, supongo que he aprendido algo más, porque eso de la acumulación de la experiencia para explicarnos nuestro entorno, yo lo he confirmado, de una manera más objetiva y popular, es decir entendible, porque a fuerza de probar todos los mezcalitos que se venden en Oaxaca, llegué a la clara nitidez de en qué sitio se encuentran los mejores, esos que se llaman de goteo, y que son una verdadera delicia, sobre todo si se acompañan con unos gusanitos ricamente asados.
Los cuatro restantes amigos se atacaron de risa y es que Virgilio, además de su fino humor, un buen humor que se antojaba eterno, ya que en las buenas y en las malas jamás dejaba de lado su sonrisa y la broma, gozaba de un profundo conocimiento de la filosofía popular, se entendía perfectamente con cualquier extracto de las clases populares, pero además era dueño de una cultura y conocimiento de las artes universales añadido a ello una extraordinaria memoria e intuición. Era sabido que cualquier extranjero de extracción artística o historiador sobre todo el europeo que visitaba Oaxaca, no podría presumir de haberla conocido si no tenía una charla con él. En su casa, en Oaxaca, tenía constantemente este tipo de visitas. Cuando Él, en algunas ocasiones estuvo en Oaxaca y caminando por sus calle en su compañía y se topaban con algunos de ellos, era casi mágico, o traían en la memoria una descripción o fotografía de Virgilio, porque nos detenían y a Virgilio le preguntaban emocionados -¡Eres tu Virgilio!- Virgilio socarrón se volteaba a verlo a Él diciendo –No te lo dije_ Los visitantes continuaban con su explicación. –Venimos de Alemania - o de Holanda según el caso- y unos amigos nos recomendaron buscarte, precisamente ahorita venimos de tú casa. ¡Qué suerte encontrarte! Así era esta suigeneris personalidad de Virgilio.
¡Cuantas ocasiones haciendo el viaje a México desde Chiapas se desviaba a Oaxaca, con la sola idea de estar unos días con Virgilio y oír lo que parecían grandes mentiras! Porque así eran sus pláticas, salpicadas con una verbena de tan rico sabor que fácilmente se extraviaba de la realidad, o se confundía entre la realidad y la fantasía sin saber en qué plano quedaba uno ubicado. En una ocasión viajando con Virgilio por la sierra mixteca llegaron a una ranchería perdida en las escabrosas inmensidades del territorio. Después de saludar al propietario de la humilde vivienda que los vigilaba desde su poltrona en que se encontraba sentado cien o mas metros antes de que ellos llegaran, Virgilio se sentó tranquilamente al lado del viejo como si se conocieran de años, él hizo lo mismo pero no con la seguridad del amigo.
-Me llamo Virgilio- Se presentó, extendiéndole la mano.
El viejo extendió también su brazo para rozar ligeramente la mano de Virgilio que sonreía cínicamente y con enormes ojos saltones en que se adivinaba la sorpresa de la visita no esperada, muchos menos anunciada y quién sabe si deseada y sin embargo atinó a decir tímidamente: Bien venidos- refiriéndose a Virgilio y a Él que permanecía mudo.
-Parecen pintores- continuó el viejo entrando poco apoco en confianza.
-Yo soy pintor- contestó Virgilio sin abandonar la sonrisa que lo caracterizaba- y mi amigo es escritor y andamos por estos rumbos porque sabemos que se consigue un buen mezcal de goteo.
Él se quedó sorprendido ante la tamaña aseveración de Virgilio, aunque la verdad el mismo ignoraba el motivo de esa caminata por la sierra y no era extraño ya que las más de las veces esas caminatas eran así, sin propósito claro o plan preconcebido, eran las típicas caminatas para encontrar lo que las sorpresas les regalara, que ciertamente muchas de ellas fueron de contenido riquísimo. El viejo se les quedó viendo rascándose el mentón y su escaso pelo blanco que se le erizaba agudo; miraba a uno y luego volteaba toda la cabeza para ver al otro un tanto incrédulo del motivo que daba Virgilio.
-Que yo sepa, por acá no hay destilerías- les anunció inclinando ligeramente el cuerpo hacia ellos, como si esa noticia fuera causar estragos en el ánimo de los caminantes, pero tanto Virgilio como Él permanecieron como si fueran palabras tiradas al viento. Socarronamente Virgilio desvió la plática hacia otros temas. Nada de cómo está el clima, o de qué pasó con la cosecha, o de las actitudes de los caciques o de sus eternas miserias, que va, preguntó si aún era tiempo de los escamoles, si se podría conseguir un chumpipe. Eran preguntas más cercanas a la cotidianidad de estos hombres de la montaña. El viejo dejó a un lado su desconfianza y se enfrasco entusiasmado en la plática con Virgilio que se manifestaba maestro para acomodarse en cualquier grupo o núcleo social. Al día siguiente, después de un sencillo desayuno nos despedimos del viejo cargando cada uno una botella de litro de un delicioso mezcal de goteo. Virgilio se había salido con la suya, pero cómo supo que ese viejo tenía un alambique casero ¿Era intuición de él, o dueño de un finísimo olfato? la verdad, eran cosas que para Él no había respuesta.
Diluido estos recuerdos, regresó hasta la mesa en el jardín de la casa de Jesús al lado del resto de los amigos pero sin abandonar la sonrisa que tales recuerdos a lado de Virgilio en aquellos parajes de la sierra mixteca le ocasionara. Parecía que Virgilio había adivinado o sospechado el por qué de aquella sonrisa, porque socarronamente y dirigiéndose a Él le preguntó a boca jarro.
-¿De qué te acordaste cuate? Seguro de algo interesante en la que estuvimos los dos.
-Ahora confirmo el dicho de porque dicen que eres un genio.- Contestó Él ya atacado de risa.
-¿Por qué me dicen genio? Interrogó Virgilio- Pensé y siempre creí que el genio era Jesús.
-Ambos lo son- Contestó Él atacado ya en verdaderas carcajadas.- Ambos se aparecen cuando se destapa una botella.-Los demás amigos se sumaron a la contagiosa risa de Él.-Simplemente para confirmar tu genialidad me acordé del viejo aquel de Santa Clara, que solamente por tu capacidad de genio fue que supiste que tenía alambique, pero lo más genial fue la manera que indujiste al viejo a que nos regalara ese mezcal tan rico. Pero otros fueron los ganones y lo digo por mi caso, aunque no me duele, al contrario, me da gusto, ya que el litro de mezcal que me tocó, se lo tomó mi padre en una noche en compañía de un amigo ingeniero que no dejaba de exclamar que jamás había tomado un coñac tan exquisito; mi padre no lo sacó de su error.- Los cuatro amigos volvieron al coro de risas hasta las lágrimas.
-Pss, así es la vida- Filosofó Virgilio- Y qué bueno que lo disfrutó tu papá porque si se hubiera quedado ese mezcal en tus manos, seguro aún estaría por ahí tapadito y virgen. Esas joyas son para disfrutarlas inmediatamente.
-Si y no te doy la razón- Contestó Él- Es cierto, ese mezcal era una verdadera joya del destilado de goteo, seguramente el viejo invirtió una semana en cada botella y por lo tanto el disfrute debería ser así, poco a poco y no en una sola noche como lo hizo mi padre. Pero, y lo vuelvo a repetir, no me dolió y qué bueno que lo disfrutó al lado de ese amigo suyo.
Desafortunadamente Virgilio, aquel buen amigo y al que conoció en su tierra natal cuando llegó a ella llevando una exposición de figura humana al desnudo, se perdió en la bohemia, esa mala interpretación del abordaje del arte, en el que se pierden tantos valores tanto en el arte como en general en el intelecto. Años después se enteraría de su muerte allá por Venezuela, país al que llegó en busca de más aventuras.
Mientras tanto, en ese jardín, y sobre esa mesa las cubas se seguían sirviendo. Virgilio socarronamente y con el afán de meter algo de cizaña, continuó con la broma filosófica. -Me van a perdonar que haga uso de la dialéctica-y al decirlo volteaba a ver a Santos y a Él que adivinaban que se avecinaba una nueva broma y que los atraparía una nueva hilaridad de risa, así que esperaron sin interrumpir a que siguiera hablando Virgilio.
-Y según se en la dialéctica existe la lucha de contrarios, que llevándolo a planos corrientes diría verdad y mentira.
-Te vas a enredar en galimatías – Intentó interrumpirlo Jesús.
-Déjalo que maneje a su manera la dialéctica- Intervino Él- A mi me divierte, por el tono o la orientación tan llena de bromas, pero sobre todo sus pasajes tan inusuales y fuera de toda realidad posible.
-¡Exacto!- Exclamó Virgilio insuflando la voz y la oración con gestos tranquilos- Lo que les voy a contar está como dice Él, fuera de toda realidad posible y sin embargo, era tangible, es decir que pese a que la realidad acusaba que no era posible, ahí estaba.
-Lo dije- volvió a intervenir Jesús- Te vas a enredar en galimatías, pero anda, como dice Él, nos diviertes.
-Esto no es cosa de diversión sino de sorprenderse como yo me sorprendí.
-Ya no le des tanta vuelta Virgilio –lo apresuró otro de los amigos.
-Fue cuando de castigo por mis travesuras en Oaxaca me mandaron a hacerme cargo de la Casa de la Cultura en Quintana Roo. En uno de esos paseos que hacíamos con unos cuates que me hice de por allá, metidos por varias horas en una de sus selvas, al quitar unos bejucos que nos tapaban la vista, nos topamos con galeón-.Esta última palabra la dijo casi en susurro sin poderse adivinar si lo expresaba así por la inseguridad o para darle más misterio a lo que relataba.
-¿Un qué?- exclamaron en coro todos los amigos, ahora si sorprendidos por lo que estaban oyendo. De Virgilio podría esperarse cualquier cosa. Podría inventar que estuvo en la Patagonia y platicarlo verazmente. Pero un galeón en selvas quintanarroense resultaba como apuntaba Él fuera de toda realidad posible. Jesús se rascaba la cabeza y luego su espesa barba, Alfredo mantenía la boca abierta sorprendido, Él en quietud solo mantenía un par de dedos sobre sus labios, esperando que Virgilio continuara.
-Un galeón. Un Galeón del siglo dieciocho. Mis cuates se asustaron y como eran creyentes de embrujos y fantasmas, no quisieron acercarse, es más, me apresuraron a que nos alejáramos inmediatamente. Así que sin averiguar más, a toda prisa nos retiramos del lugar. Jamás comentamos este episodio a nadie, hasta ahorita que me acorde, quien sabe porqué, y lo platico sin el ánimo de que me crean. Es como dije al principio sobre el asunto de la dialéctica; una verdad que parece mentira.
-Jesús finalmente exclamo-¡Tonterías! Creo que se te paso la mano con la yerbita.
¡Eso!- exclamaron casi al unísono los otros dos amigos.
-Debió ser un Tsunami gigantesco- Dijo en voz baja Él restituyéndole algo de credibilidad a Virgilio o al menos dar pie a no negarle del todo lo platicado y mantener la puerta abierta para encontrar una explicación. Con el tiempo la visión de Virgilio se comprobaba vía la arqueología, ya que en un trabajo de campo, los arqueólogos lo encontraron, pero encontraron también un canal seco que seguramente con la ayuda de un Tsunami el galeón fue arrastrado hasta el sitio en que fue encontrado, pero en la época en que Virgilio relataba esta visión, quedó como una hermosa mentira extraordinariamente contada, y dio pie a un sin número de bromas de los amigos, en la que Virgilio socarronamente añadió sus propias bromas. Obviamente el hermoso galeón pintado por Virgilio, ni era tan hermoso ni tan gallardo como se adivinaba con las expresiones que acompañaba a la plática, en realidad esa embarcación se reducía a un esqueleto sin mástiles y mucho menos huella alguna de velamen; la naturaleza y los hombres que habitaban la región se habían hecho cargo de quitarle el señorío, si alguna vez lo tuvo. Sin embargo, sirvió para que, en una tarde, alrededor de una mesa y amigos como oyentes, Virgilio diera rienda a uno de sus tantos cuentos que con maestría narraba, dejando un buen sabor en su épica narrativa.
Con lentitud armoniosa con los cantos de los insectos de ese atardecer, rebotando en ecos hacia el fondo del barranco, aspirando los aromas de los cafetos que se esparcían por toda la ladera norte de aquel barranco, que cuando cambiaba de orientación el viento aquel aroma de cafeto, cedía su lugar para que las magnolias embrujaran la charla de los amigos. Que si uno insistía, como Jesús, en la filosofía, otros, como Virgilio, se empecinaban en hacer de la dialéctica una charada, o Alfredo que no dejaba de decir que sabía que en cuanto Virgilio hablaba o era para reírse por horas o era para que se enchinara la piel con sus cuentos. Vicente se encargaba de atizar a unos y a otros, siempre cuidando de no tomar partido, era en esencia un buen oidor que lo mismo podía, con argumentos apoyar a Jesús, que darle la vuelta para azuzar a Virgilio o a Alfredo cuando éste hablaba de las sutilezas del espíritu, sobre todo del espíritu creador; en cierta forma Alfredo era el místico, el que encontraba en cada mancha de una puerta de madera manifestaciones de un arte sublime, el que en cada rose de una rama con otra oía sonatas y arpegios, el que se paraba ante una barda encalada en que el tiempo y las lluvias dejaban cuadros para enmarcar y firmar. Y Vicente, trabajando como hormiga pero sin tener esa capacidad creativa, siguiendo los estilos que otros artistas creadores impactaban a la crítica, pero su alma de niño, lo mantenía en la inquietud y las aras de la búsqueda. Ese era el grupo con el que ahora, en ese momento Él convivía, uno de los tantos grupos y amigos que le habían dado su idiosincrasia. Por ahí, remotamente, otro amigo, pero éste muy lejano, en las costas de Chiapas, podía competir con Virgilio en el sabor y deleite de sus historias, aunque éstas y a diferencia de Virgilio, si eran, definitivamente, mentiras, mentiras, pero contadas de tal manera que a sabiendas de que así eran, el oyente siempre quería oír el final de la historia contada.
Él tuvo una vez un árbol; un viejo árbol viejo pero frondoso, lo tuvo cuando por razones de trabajo vivió en las costas de Chiapas. Era un árbol al que a su sombra protectora acudía siempre a la vuelta de sus tantos viajes, sobre todo cuando por las imágenes vividas le habían producido alguna tristeza: la muerte de amigo entrañable o un amor no fructificado. Pero en sus fiebres,-fiebres casi cotidianas desde que quedó afectado por el paludismo contraído en sus rutas de selva- veía los frutos colgando en su viejo árbol, frutos inexistentes pero que en sus calenturas estas se mostraban. Las imágenes se hilvanaban y esos frutos se convertían en corazones. Corazones con su tallo y de un rojo púrpura, corazones que Él creía era los corazones de sus amigos y amigas idos de los parajes de los vivos, acariciaba esos frutos-corazones que por razones mágicas y místicas sabía a quién pertenecía cada uno de ellos. Con actitud panteísta, dialogaba con cada uno de ellos, palabras tiernas o polémicas según a quién perteneciera el corazón-fruto. Descubrió, en otra de las ramas de su viejo árbol, otro corazón-fruto al que identificó de inmediato como el que palpitó dentro del cuerpo de su amigo Romeo, el más mentiroso de los mentirosos y al tiempo el más ameno, el que dominaba el arte de la conversación, el que mantenía en la hipnosis a sus oyentes, fuesen amigos gobernadores o simples pescadores. Y si las fiebres se prolongaban por más de dos días, él creía ver que de los corazones caían gotas de sangre; Veía caer esas gotas en lentitud pasmódica, caían pero no se estrellaban en la tierra, sino que penetraban en ella, como semilla que se disponía a germinar. Él se imaginaba tener en la mano una coa y al estilo del chamán o del tlacuilo se aprestaba a la reencarnación del amigo, si no como mariposa o estrella como era de suponer, tal vez, en alguna otra cosa o forma por Él apreciada. Cuando salía de esas fiebres, lo primero que hacía era correr a ver a su viejo árbol y constatar que ese su viejo árbol carecía de frutos y que su único privilegio consistía en darle paz cada vez que él lo necesitaba sentado bajo su refrescante sombra. Ahí, se fumaba más de un cigarrillo y siempre con la mirada extraviada en los recuerdos o siguiendo con la vista las volutas de humo, que lánguidas se iban a mezclar al ramaje de su viejo árbol.
Un, digamos salud, lo sacó de esos recuerdos. Los amigos, reunidos en el jardín de la casa de Jesús, le extendían su vaso servido generosamente.
-¿Quién es ese Romeo del que murmurabas algo? – Preguntó Alfredo. Él se dio cuenta que su ausencia y traslado a los recuerdos, no había sido totalmente en silencio.
-Un buen amigo de Chiapas, el único que podría competir con Virgilio. Nada más que este amigo si relataba verdaderas mentiras, es decir, cuando se lo proponía. Era un verdadero personaje y conocido en todo el Estado; amigo de gobernadores y caciques, diputados, periodistas, o simples pescadores; buen buceador, que un día se atrevió a decir que había buceado con Jean Cousteau, más bien, que Jean Cousteau había ido a bucear con él. Y sus mentiras eran de tal envergadura y veracidad que era fácil caer en la trampa. A mí me tocó ser protagonista de uno de sus cuentos e incluso le agradecí a algo que no hizo, es decir, hizo, pero solo parcialmente y en intenciones.
-Cuenta- Intervino Virgilio como queriendo conocer a su contrincante.
-Pues ahora si me entusiasma esta historia- Abundó Jesús.
-Es a partir del alzamiento Zapatista. A los dos días de su alzamiento fueron lanzadas tropas paracaidistas en lo que se suponía estaba el centro de la rebelión; mi hijo Jorge era uno de ellos y con el grado de cabo tenía una docena de hombres bajo su mando. El me platicó unos días después que estando enredados entre las ramas de grandes árboles, apareció un helicóptero artillado y empezó a dispararles; con su radio, les gritaba que pararan fuego, qué eran ellos, pero la tropa aérea seguía disparando. Afortunadamente ninguno de sus hombres salió herido. Cuando él me platicó ésta desventura, yo estaba bastante indignado: ¡Qué haces ahí! Recuerdo que le grité. Lo se papá, pero te aseguro que a la primera oportunidad me doy de baja. Pocos días después se le presentó ésta oportunidad. Cuando me lo comunicó yo estaba en Chiapas y me reunía todos los días con mi amigo Romeo al que ya le había platica la aventura de mi hijo. Romeo también estaba muy indignado por lo que estaba pasando: ¡Pinche gobierno!- despotricaba- Como se atreve a tratar a si a su pueblo; indios y tropa es pueblo. Son unos asesinos.-Y lo oían sus amigos de todos los niveles. Recuerdo que antes de regresar a México le había encargado ayudara a mi hijo, ya que su hermano de crianza era en ese momento Secretario de la Defensa. A mi hijo Jorge le avisé si iba a Tonalá no dejara de visitar a Romeo que le ayudaría si tenía problemas. Una semana después Jorge me habló por teléfono a México y me avisó que había estado con Romeo y que se había portado estupendamente en cuanto se presentó y le dijo quién era; un verdadero banquete le regaló. Y aquí viene lo bueno y divertido de esta historia- Hizo un breve silencio que fue aprovechado para beber de los vasos esas ricas cubas, pero todos mantenían la mirada sobre Él que gustaba de la expectativa y suspenso de los amigos.
-Dos meses después tuve que ir a Chiapas, obviamente no podía dejar de visitar a Romeo. Sentados, con las cervezas al frente y un grupo de amigos de Romeo que lo visitaban, el continuó con un platica después de saludarme que al parecer había sido interrumpida con mi llegada.
-Qué bueno que aquí estás, para que confirmes delante de mis amigos lo que estoy platicando- Me intrigó indudablemente saber de qué se trataba y que requería que yo lo confirmara. Romeo continuó.- Y la tropa aérea, desde los helicópteros disparaba a los paracaidistas. –Caí en cuenta que hablaba de mi hijo Jorge y el levantamiento zapatista- A pesar que Jorge, el hijo de mi amigo aquí presente, que era teniente- ya lo había subido de grado- les gritaba que dejaran de disparar no hacían caso y seguían disparando. Era obvio que el gobierno quería muertos entre su tropa para justificar una intervención mayor y acabar con el levantamiento. ¡Pinche gobierno de mierda!- Pareció concluir Romeo, pero aun faltaba lo más picante de la historia.
-Aquí mi amigo presente- cuando dijo esto la docena de amigos presentes picaron con su mirada mis ojos, yo sonreí,- no me dejará mentir, pues ese teniente paracaidista del que les hablo, es su hijo. Mi amigo ya me había avisado que si acaso su hijo aparecía por acá, lo ayudara. Pues un día por la mañana, apareció un muchacho, alto, y muy flaco, sin peinar, con la ropa desgarrada, descalzo casi sangrando los pies, sucio y se notaba, muy hambriento. Cuando preguntó si yo era Romeo inmediatamente adiviné que era el hijo de mi amigo aquí presente. ¿Y tú eres Jorge verdad? Pregunté a mi vez. Ya que me lo confirmó, inmediatamente le ordené a mi cocinero Arce preparara bastante comida para este hambriento muchacho y mientras el comía, ordené a uno de mis empleados que se fuera a la ciudad a comprar un par de mudadas y un par de zapatos. Mientras el muchacho comía, yo sentado a su lado me decía para mis adentros: A que extremos llega un elemento de tropa, sobre todo de élite, que prefiere la mancha de la deserción con tal de no matar indios inocentes. Así llegó tu hijo y como tú me lo recomendaste, lo traté como hijo mío.- Después de éstas palabras Romeo guardo silencio y todos los ahí reunidos consideramos que había terminado su relato.
-Y siempre te estaré agradecido por lo que hiciste por él- terminé por decirlo sinceramente, y no porque esa hubiera sido la verdad, por qué en el fondo esos hubieran sido sus actos. -El resto de los amigos con gestos de admiración, creyeron en él y jamás hubo intención de mi parte de desmentirlo. Además de convincente la relación estuvo salpicada de picardía no expresada, pero que se veía en las pausas que a propósito imponía, sobre todo en la crítica política al Estado y el mal gobierno sin importar que dentro del sistema tuviera compadres, amigos e incluso hermano. Como el caso del Secretario de la Defensa.
-Ese fue mi amigo Romeo les dijo a Jesús, Alfredo, Vicente y Virgilio que habían permanecidos callados.
-Pues si que se lleva fácilmente a Virgilio- dijo Jesús ya con La risa en la boca
-Está grueso,-murmuró Alfredo.
-Puessss, te diré- empezó a decir Virgilio, pero tuvo que callarse cuando los cuatro amigos se atacaron de risa.
Los cinco amigos siguieron en las charadas, incluso Jesús, de la filosofía intentó hacer un par de bromas, pero la picardía en él estaba vedada, esta se encontraba con tanta naturalidad en Virgilio. Alfredo, con el aborrega miento que se pintaba en el firmamento empezó a encontrar escenas que tarde que temprano irían a quedar plasmadas en sus lienzos: y los empezó a describir con la maestría que lo caracterizaba. Él se sumergió en su mutismo enredado en sus recuerdos.
El agua del aguaje inició un vibra miento; quizás una tortuga del desierto se sumergía en el para refrescarse o para beber, o tal vez una de las tantas higuanas cornudas que habitan en estas bastedades hacía los mismo. La sombra se incomodó por la llegada de esos intrusos y decidió salir de ella para continuar su camino.
Arrastrándose se aproximó a La Estancia. Allí, en el portón de entrada un hombre vestido de blanco parecía esperarlo. Conforme la sombra se acercaba se iba irguiendo y cobrando forma. Esta forma se pintó como la de un hombre envejecido, desaliñado, abatido, con una profunda tristeza enmarcada en el rostro.
-No se que te causa más tristeza, si tus dolencias o lo que dejas en el pasado reciente- Le dijo el hombre vestido de blanco a manera de saludo.
-Me dijeron que tu restaurarías mi corazón roto- Dijo la ya no sombra contestando al saludo.- Me pongo en tus manos.
El hombre vestido de blanco le tendió la mano casi arrastrándolo con él hacia el interior de la Estancia. Ese hombre vestido de blanco se llamaba Frías, y era un chamán con título universitario que estaba dispuesto, con mano de artista a restaurar el desastroso daño, su ciencia se humanizaba con la herencia de un conocimiento indígena que sobrevivía y con ello sanar a hombres como a esa sombra que quería retornar para entregarse por completo a su compañera.
Noventa días después, la ya no sombra convertida en un hombre risueño y un cúmulo de proyectos, se despedía del hombre vestido de blanco llamado Frías en el portón de La Estancia con un profundo agradecimiento a ese chamán que quedaría en el registro de su eterno agradecimiento. El sol del verano calentando al extremo las tierras sonorenses se fue quedando en un pasado que por siempre sería para Él un presente.
Coacalco Méx- Banabichi Sonora Mayo 2011
Alfonso Pérez Valdivia.