miércoles, 1 de junio de 2011

Los Bárbaros del Norte



A pesar, o precisamente por ello, por mi fiebre, es que pude platicar con la enfermera mi delirio. Si.
“La puerta se abrió violenta. En el marco de ella se dibujó la silueta de un gran oso recortado por la luz de luna llena. Mi mano buscó sigilosa como rápida por debajo de la almohada la pistola. La apreté fuerte, caliente por el largo sueño, luego se escondió bajo la cobija, esperé mientras el oso continuaba en el marco de la puerta en un silencio expectante, inmóvil. Mi cerebro empezó a trabajar rápido, a velocidad vertiginosa. Los minutos se hicieron segundos, pesando como piedra al caer en el lodo; el ojo se agrandó, se hizo agudo, penetrante, imaginando el más leve movimiento del oso. El oído receptor, penetrante, atento. El corazón se detuvo, luego volvió a emprender su marcha con cautela. El aire del pulmón se contenía sin producir ruido alguno; también esperaba.
Luego mi cerebro, ya más sereno empezó a colocar en orden la lógica. Sí, era imposible que fuese oso, en estas selvas no existen los osos. ¿Entonces qué es? La lógica insistió y mi cerebro volvió a trabajar, a hurgar profundo, con la ayuda de la vista, del oído, del olfato, con todos los sentidos, con el temor, con todos los axiomas. La pistola esperaba la orden, ésta se daría con el más leve movimiento de malas intenciones de la bestia. ¿Pero de qué bestia se trataba? Mi cerebro volvió a trabajar. Sí, no cabe duda, si no es oso es un gorila. Eso es. ¡Mayor peligro! Una pistola no sirve, necesito diez, un corazón no sirve, necesito cinco, un movimiento no sirve, es la muerte. Esperar, esperar. El gorila seguía quieto, inmóvil. No enseñaba sus garras, éstas se mantenían sujetas a la puerta, sus ojos no se veían, se ocultaban en la sombra. Solo su enorme cuerpo se estremecía al respirar. La pistola lista. El gorila empezó a caminar, la pistola apuntó en silencio, los ojos se abrieron hasta lo imposible, el oído captó todo, hasta el trabajo de una araña afanosa en su red. Pero el andar del gorila no era el de una bestia, tenía algo de humano. Sí, no era el de una bestia. Mi cerebro volvió a trabajar, más rápido que antes, los segundos se hicieron millonésima de segundo, no ordenaba, analizaba. La pistola esperaba. El ojo se agrandó más aún, sagaz para enviar rápido su imagen al cerebro. Era urgente la calma. No atacaría hasta que no me viera, me buscaba con ojos malignos, lo presentía. No –me dije- no es animal, es un hombre. ¡Que cuerpo tan extraordinario, me trituraría en un instante! ¿Qué querrá? ¡Robar… es seguro. La pistola esperaba. El cerebro analizaba, el ojo seguía todos los movimientos del hombre. ¿Qué querrá?
-Compañero- se dejó oír el hombre con una voz que parecía salir de una profunda caverna- ¡Compañero!- volvió a repetir suplicante con voz ronca y baja, mientras sus manos buscaba apoyo para su cuerpo.
-¿Quién es usted?- le pregunté, también en susurro, como con miedo de provocar la ira de la noche.
-Trabajo con el Comité compañero, encendé vos el quinqué. Me urge darle a vos un recado de los compañeros.
Por un rato guardé silencio. Mi cerebro se avergonzaba por usar tan mala lógica. ¡Imaginaos un oso o un gorila por estos lugares mesoamericanos y tropicales. Acabé de despertar y entonces pude ya coordinar todas las razones, guardé la pistola y encendí el quinqué.
Cuando fue encendido el artefacto y aparecido todo el ambiente del cuarto con sus utensilios, quedó clara la imagen de aquel hombre que en forma tan desprovista de urbanidad, había hecho una maraña mi cerebro acabado de despertar. Me senté como un buda sabe hacerlo a esperar la noticia que traía éste ‘compañero’ al parecer tan urgente, pues se había tomado la molestia de darme tremendo susto. Al principio quise llamarle la atención por esa forma tan fantasmal de entrar, produciendo ideas irracionales, explicarle que pude haberle disparado, pero en su cara vi reflejada la ingenuidad del indígena. ¡Un indígena gigante! Así que callé. Guardé el silencio ceremonial que entre ellos es común y necesario para que mi visitante hablara.
-Compañero- empezó  a recitar mas  que hablar el gigante, sentándose en cuclillas a mi lado- No se lo que pasa- continuó- pero los compañeros del Comité me han urgido a que venga a vos a decirte que te vayas hoy mismo, sin esperar otro amanecer. Me han dicho que caminés vos dos leguas como quien camina hacia Yajalón pero sin irse por el camino real, sino quebrando por la vereda que va a Guayazo. Allí te esperan los hombre con bestias para llevarte a… no se donde pues me dijeron. –Guardé silencio mientras sus toscas manos la emprendían contra su enmarañado cabello tratando en vano de rizarlo. Yo creí comprender de golpe la magnitud y gravedad del problema. Saltando del petate me puse a vestir con una velocidad como nunca antes había pensado lograr.
El gigante se paró y tendiéndome la mano se despidió diciéndome –No se que más decirte a vos pero fue lo único que me dijeron los compañeros, recomendándote cuidado y suerte- me apretó la mano con tal fuerza que tuve que apretar la boca para no aullar del dolor mientras éste, atravesándose un dedo de la mano libre, en la boca, y murmuró nuevamente -¡Suerte!- Salió de la casa y fue a perderse entre las chozas con la torpeza de su temible cuerpo.
Salí de la casa husmeando hacia todos los rincones, apretando la pistola que apuntaba hacia todos los recovecos de la noche, dispuesto a ladrar si así era obligado. Caminé pegado a las casas para ocultarme de la hermosa luz de luna llena y hasta que hube salido del pueblo los perros empezaron a gritar en coro altisonante. Yo eché unos brinquitos y apresuré el paso sin dejar de vigilar un solo rincón. Pronto dejé a un lado el camino real.
La vereda sinuosa, llena de piedras, atravesada en diferentes tramos por verdaderas lagunas, dejadas por la pasada temporada de lluvias donde mi bota se pegaba con fuerza, hundiéndose en tramos hasta muy cerca de la rodilla: era difícil el caminar. La luz de la luna penetraba hasta la tierra horadando las ramas de los árboles con miles de ventanitas, que, lumínicas, se movían como pequeños espejos sostenidos por dioses ingentos. Los perros ya no se oyeron, la batuta la tomó la selva y la orquestación sostenida por infinidad y variados animalillos. Y aunque el pueblo ya quedaba muy atrás, la pistola seguía cerca, pegada a mi mano miedosa y cobarde, gozando de su calor. Nuevamente pasó por mi cerebro fugaz como sigilosa la figura de aquel ‘compañero’ gigantón que había echado a traste mi sueño y aunque de momento había creído comprender la trama de la situación y el motivo de la actitud de los demás compañeros, caía entonces en una razón oscura, que por más que buscaba sin dejar de analizar el más pequeño y pormenor detalle, la madeja seguía siendo madeja. Todo se había estado haciendo sin descuidar detalle, todo había sido calculado con cálculo matemático, mucho se había discutido, el plan y la vigilancia había sufrido miles de investigaciones. La vigilancia misma había sido investigada. Los numerales y las voces se cuidaban, se buscaba percibir con agudo olfato cualquier testimonio de equivocación y más sin embargo ¿qué había ocurrido? No, no – pensaba- he sido torpe, todo ha sido una trampa,¿en donde caeré? Aferrarme, aferrarme a la verdad indígena, no mienten, no tienen porque mentir. El gigantón, ahora lo recuerdo, es como un niño, ingenuo y sin maldad. Todos coincidían en ésta opinión, en todo caso me hubiera matado fácilmente si se lo hubiera propuesto al sorprenderme dormido. ¿Entonces cual es el motivo?
La luna seguía enorme, resplandeciente, burlona y alegre, penetrando por aquellos hoyuelos holgadamente hechos por las ceibas y los cedros, los animalillos seguían con sus incansables coros interrumpidos en ocasiones por el grito tenor del jabalí. El lodo chasqueaba al paso de la bota aferrándola como sanguijuela, los moscos volaban silbadores y en mi rostro empezaron a nacer manchas color carmín llenas de comezón.
El crujido de una rama no lejana se oyó; los cantos y gritos se interrumpieron en forma violenta, la luna misma quiso evaporarse, las ramas de las ceibas se apretaron. Tal parecía que huían al fétido olor de la sangre. Detuve el paso, la pistola se aferró con energía temblorosa, los nervios y músculos se me erizaron, el aire se contenía, el corazón trabajaba a ritmo más acelerado, el oído se aguzaba, la vista con ojo fino buscaba, estrujando cada rincón. Un sudor frío bajó por mi rostro, luego sonó algo en forma seca y sonora y la cabeza empezó a darme vueltas. El dolor empezó a introducirse vil y mezquino en mi cerebro, la vista quería cegarse. El golpe sin darme cuenta, había llegado por la espalda. Me sentía desfallecer, flaqueaba, pero el mismo instinto de la vida me sostenía, y a pesar del agudo dolor que me producía por la abertura fresca en el cráneo, tambaleante por un rato busqué apoyo, y a la vez a aquel que en tal forma buscaba mandarme al sueño oscuro y eterno, pero la figura no se presentaba o quizás mis ojos ya se habían cerrado rodeándome unas tinieblas sin movimiento. Hice un nuevo intento de vida abriendo desmesuradamente los ojos, alcanzando entonces a ver el destello del acero que nuevamente cortaba la noche. Se levantó, cruzó el aire silbando, vomitando luces. Aún pude brincar con movimiento titubeante hacia atrás tratando de esquivar la muerte, pero ella se acercaba gritando y su filo llegó gozoso rasgándome el rostro, luego se oyó el insulto seco y sonoro de una pistola, un instante después calló en movimientos convulsivos el cuerpo de un hombre que empezaba a desvanecerse para mis ojos.
Lo hilado se deshilaba, las razones lógicas volvían a su estado primitivo donde imperaba el deseo vital de la supervivencia. La llana certidumbre convertida en oscuro rincón sangrante. Con pasos inciertos, como burlones, empujaba al pie como a gatas. El líquido viscoso y fresco que manaba de la cabeza empezó a escurrir por las ropas, a veces como catarata, luego como riachuelo vergonzoso. La agonía de un borracho que manoteaba a la luna fue a apoderarse de mi cuerpo, cruzando apenas, como tímida o imperante razón, solo una, para dar salida a aquella lógica primitiva o imperante de razón, solo una, para dar salida a aquella lógica primitiva de supervivencia: salir de aquella vereda e internarme al monte, lo más lejos posible, pues era seguro que la carcajada de mi pistola había sido oída por otras hienas y en avalancha ahora si mortal, se precipitasen sobre mi agonía que aún respiraba.
Caminé tambaleante, mis pasos inseguros chocaban con ramas, raíces, árboles. Mis manos, a momentos limpiándome el rostro, a momentos dejando su huella roja en el tronco que sostenía mi caída. No fueron más de diez minutos, no fueron más y entonces la llamada del jaguar sonrió malsanamente. La bóveda aquella, por la que a hurtadillas vigilaba la luna se convirtió en un gran embudo hambriento que tragaba toda la existencia de la tierra. Por su glotona boca, se sustraían empavorecidas, las bestias de la selva, los cantos de los pájaros de pecho azulado, de cola verdeviolacea, caminaban cantando su muerte, como canto fúnebre y marcial. Los tecolotes abrían y cerraban con rapidez sus ojazos y su voz de bajo pellizcaba el verde olivo de las hojas, unos se agitaban y otros aplaudían mostrando su pecho abierto por donde escurrían corazones agigantados.
Un indio bajo de las estrellas, yéndose a sentar en lo más alto de un majestuoso y milenario árbol, como identificado, como hermanado y ahí sentado, con su elegante vestimenta sacerdotal, púsose a observar todas las cosas que en vertiginoso reto acudían al ojo de aquel embudo y a su alrededor como remolino de aguas turbulentas, empezaron a girar todos los hombres, todas las bestias, todas las aves con su canto, unas aplaudiendo y riendo, otras llorando y cantando. Giraban más fuerte, con mayor velocidad, mostrando el tecolote enormes mandíbulas donde brillaban blanquísimos colmillos. Oí el golpe de mi cuerpo al caer y mis manos no pudieron ya limpiar la sangre del rostro, pues quedaron aprisionadas por el peso de mi estómago. Todo empezó a oscurecerse y el indio aquél bajó de su árbol con lágrimas en sus ojos entonando el canto de la vida. Yo, morí.
“Tengo tus ojos en mis ojos,
Tengo tus labios en mis labios,
Tengo tu corazón en mi corazón,
Tengo tu amor en mis manos.
Y mis manos se posan en mi pecho
Para llamarte y decirte,
Con sonrisa,
Que mueras en dulce canción
De amor a las estrellas.
Cuando Venus con ojo pasivo
Nos aconseje.
Cuando muera con sol tibio
En una rama verde,
Como tus ojos…
Como morir en ellos.”
La aurora me sorprendió con inmenso sol. Fatigado, herido, trabajosamente abría la maleza; a lo lejos oía el golpear de los tambores, de los tamboriles, de los teponaxtles, el canto de las trompetas, de lo caracoles, de las chirimías, los himnos de los guerreros, de las doncellas y al oírlos mi corazón se llenó de gozo, porque pronto estaría en la ciudad salvadora, en la gran ciudad donde habitan los últimos hombres hechos del grano sagrado, la gran ciudad de Bonampak, donde se venera  a nuestro señor Chak, a nuestro Señor que nos manda la lluvia, a nuestra Señora que nos da la fertilidad y el sustento. Mi corazón quería salir de mi pecho por el enorme gozo y mis pies querían volar como el ave de pecho color turquesa.
Cuando hube entrado a la gran ciudad, todos los guerreros cantaban su himno de guerra y en el gran templo sagrado, el señor de Bonampak imploraba a los dioses para que le fuese dado el don de la fuerza y la virilidad para acabar con los bárbaros del norte que, despiadados y crueles, en su afán de riquezas y placeres destruían a los pueblos que en su camino se encontraban. A los lados del gran Señor se encontraban también los sacerdotes que acompañaban con cantos la danza del gran capitán de los guerreros, doncellas y plebeyos se habían reunido para celebrar el ritual sagrado y a mi paso sus miradas azoradas y llenas de admiración al ver mi cuerpo maltrecho, se llenaban de odio y más embravecidos continuaban sus cantos de guerra.
La Princesa Virgen, la Princesa Luana, apenas me vió, bajó de las escalinatas donde también bailaba al son del tamboril e inclinándose majestuosa y hermosa, preguntó por el destino de los hombres de mi pueblo.
-Vengo de Yaxchilan, hermosa princesa- le dije avergonzado- donde mi pueblo sucumbió en noble defensa, en donde la guerra nos fue impuesta por los bárbaros del norte. Yo fui el último y único superviviente de mis hombres; ya nada queda de aquel pueblo, cenizas y matorrales es su único vestigio. Y aquí vengo ante ti para que me otorgues el placer de ver como tus guerreros detienen y vencen a los que destruyeron mi pueblo. Se que no te negarás, pues por boca de los dioses, conozco la nobleza y bondad de tu corazón. Y por último te pido con en éste mi humilde ruego, que al ser vencidos los hombres que destruyeron mi pueblo, con tu propia  mano sea entregado mi corazón a los dioses-. Cuando terminaron de salir las palabras de mi boca seca por la sed y el cansancio la Princesa Virgen, la Princesa Luana, hermosa como humilde, posó su mano suave como la pluma del quetzal, en mi frente, luego señalando al gran capitán que al pié del templo sagrado imploraba a los dioses la salvedad para ésta guerra, me dijo como el suspiro de un niño.
“Mira gran guerrero de Yaxchilán a nuestro capitán de todos los guerreros de Bonampak, mirad y ve en él al hombre que ha de salvar a  nuestro imperio. Ten confianza,  que los bárbaros que ya destruyeron tu pueblo, aquí  yacerán aniquilados. Y tu, guerrero de Yaxchilán, que herido y agobiado te encuentras, con el corazón destruido por la amargura de saber que tus hermanos fueron muertos, verás el declinar de las armas de los hombres bárbaros del norte.-  Cuando la Princesa  Virgen respondió a mi súplica, llamó a uno de los criados para que me llevaran a los aposentos a calmar y limpiar mis heridas.
-¡Oh dioses!- imploraba el gran capitán de los guerreros de Bonampak- lamé i’ñajesa ku’un ko’antik chauk s’tojol ia cuantik llaman tik ja’ chulma amon el pedernalo ‘e’ obsidiana amon ja’ k’ok joon yakalbat k’evuj, ch’ich ch’chikin ko’atantik! [¡oh dioses, venid y llenad nuestros corazones de trueno y valor para poder defender tus templos. Danos el pedernal y la obsidiana, danos tu luz. Yo te ofrezco en canción la sangre de mis oídos, de mi corazón] Y al conato de éstas oraciones todos los hombres se pusieron   a danzar en la gran plancha del atrio del templo mayor. Las mujeres de los guerreros también empezaron a bailar con ritmo lento y elegante, llevando sus frágiles manos a las alturas para que la victoria les fuese dada a los hombres que se enfrentarían en sangrienta lucha con los bárbaros llegados del norte. Un esclavo, cargando una hermosa cesta adornada con flores se acercó a cada una de las mujeres y ellas tomaban de dentro una espina para sangrar los oídos. Hacían el sacrificio. Se sentaron en cuclillas y sus faldellines rozaron el suelo mientras de sus bocas salía ligero un canto hermoso. Sus cabezas se movían lentas de un lado a otro, dejando caer gotas rojas de sus oídos mientras la Princesa Lunana, caminando con la cabeza agachada con sentido de humildad, llevaba ofrendas de flores de nicté que, primero, pasándolas  entre los rostros  de cada una de las mujeres, las pasó luego a los rostros de los hombres, luego fue hacia mi que sentado, junto a la puerta del gran templo, cubierto por una túnica, contemplaba los preparativos de la defensa.
-¡Oh amado capitán de los guerreros vencidos- me dijo- besad éstas flores que van a ser dadas a los dioses que nos hicieron con el grano sagrado- Y mientras yo besaba las flores ofrecidas por hermosas manos sedosas como la pluma del quetzal, de los ojos de la Princesa Luana unas lágrimas cristalinas se escapaban.
- Hermosa Princesa estás llorando ¿Qué hiere tu corazón que en tal forma sollozas?- le pregunté mientras intentaba pararme, pero el agudo dolor en mi cabeza por las heridas me lo impidieron.
- Lloro por tus heridas- contestó sin voltear a verme- por tu pueblo desaparecido, por la muerte que llegará al mío si  nuestro humilde ruego no es oído por los dioses-. Luego, tendiéndome su mano para posarla sobre mi hombro impidiendo que me parase, terminó sus frases- No te pares, sigue descansando amado guerrero.
Poco después y mientras las mujeres seguían en cuclillas haciendo movimientos cadenciosos  con la cabeza y manos de un lado a otro, del rincón opuesto de la ciudad, salieron los músicos tocando sus grandes trompetas y caracoles, tambores y flautas, tamboriles y cascabeles, teponachtles, siguiendo con aire marcial, con paso de garza a los grandes guerreros que, ataviados con grandes alas de águilas sostenidas por la cintura, blandían sus armas señalándolas al universo. En el centro, en una hamaca sostenida por sirvientes, era conducido el gran dios de la guerra.
La fiesta y la danza continuó por toda la mañana, por toda la tarde hasta que él sol empezó a caer en las fauces de la muerte que se escondía en la oscuridad de la tierra. Todos los guerreros sin dormir, descansaban con las armas a su lado a la orilla de la ciudad. Las mujeres continuaron en cuclillas, silenciosas y sin levantar la cabeza, en oración continua. La Princesa Virgen, la Princesa Luana, seguían en su silencio y llorando, sentada en las lozas al frente del gran fuego sagrado. Su rostro se iluminaba de rojo como la sangre púrpura mientras sus manos quietas se posaban como dormidas en sus rodillas desnudas, su pelo trenzado y adornado, se elevaba majestuoso hacia las estrellas que miedosas veían a los hijos de los dioses esperar tranquilos el grito de guerra.
Mientras, los espías vigilaban la selva, caminando de rodillas para no hacer ruido, buscando al enemigo que también asechaba con sus espías. Se tiraban a la tierra, pegando el oído para escuchar las vibraciones si éstas se dejaban oír. Así continuaron por toda la noche, hasta que otra aurora vino a iluminar los píes de la selva, ahuyentando a la oscuridad con poderosos garrotes  de oro que como flechas horadaban todos los lugares.
Primero se oyó el caracol distante, lejano, pero que hizo vibrar todos los corazones. Luego se oyó la trompeta, cercana, que contestaba al reto. Todos los hombres se pararon, se armaron; todos los músicos empezaron a tañer sus instrumentos y las mujeres nuevamente empezaron  a danzar con movimientos lentos, ágiles, elegantes. La Princesa Luana volvió su rostro y así se  quedó observando todos los movimientos. El gran capitán de los guerreros de Bonampak salió del templo adornado con sus mejores atuendos, con sus mejores armas de obsidiana. Cuando salió y me vió sentado a la puerta del gran templo arropado con hermosa túnica, levantó sus armas al sol exclamando con sonoro grito, -¡Gran guerrero de Yaxchilán, Bonampak vengará la sangre caída de tu pueblo, pueblo hermano! ¡No bajarán los lobos del norte, aquí se quedaran!.- Luego bajó por las escalinatas seguido por sus mejores capitanes y fue a ponerse al frente de su ejército.
Mientras los ejércitos empezaban a caminar para enfrentarse, la Princesa Luana se acercó con su rostro abnegado en lágrimas.
-Se, amado guerrero de Yaxchilán que tu corazón está triste,- dijo mientras se sentaba a mi lado- aquí estaré contigo para que compartir la alegría si hemos de salir victoriosos.
-Hermosa Princesa- le contesté, tocando con mi mano llena de cicatrices su rostro limpio y bello- no dudo del valor de tus hombres, ellos acabarán con esas bestias que destruyeron mi pueblo.
-Bien que saldremos victoriosos y tú, oh amado guerrero irás tranquilo a rendirle tributo a nuestros dioses con la frente limpia y en alto. También por ello lloro, porque después de la victoria tu corazón ya no será mío.- La Princesa Luana siguió con sus lágrimas bañando mi mano y en sus cristalinas aguas vi la claridad inmensa del amor que así era destruido por las armas despiadadas.
El grito estruendoso de los caracoles resonó por toda la selva y desde sus más profundos rincones los jaguares contestaron con enorme voz ronca que fue a propalarse a toda la bóveda llena de luz solar. El tamborero se colocó a una de sus orillas y los guerreros de  ambos ejércitos empezaron a guerrear al son del golpe del tambor. Los gritos empezaron a ser oídos por los tucanes, por las ceibas, por los quetzales, por las zacuas y todos en coro mortífero empezaron a cantar al ritmo de las armas que chocaban.
Las mujeres en la gran explanada del templo principal, seguían danzando con sus manos dirigidas a los cielos donde moran inquietos y observadores los que nos dieron la vida. La Princesa Virgen se levantó y su faldellín empezó a jugar con el viento, dejando al desnudo las piernas que en movimiento gracioso danzaban , mientras de su voz nacía el canto parecido al del ave petirrojo, de sus ojos seguían brotando las lágrimas que caían a regar las lozas donde sus pies descalzos se refrescaban haciendo sonar los cascabeles. Las armas siguieron chocando, siguieron tronando como el rayo caído de las alturas. Los gemidos de los heridos se confundían con los gritos de cólera. La guerra continuaba. Iniciada al amanecer, por la tarde seguían manchando la tierra de rojo carmesí. Más y más guerreros sucumbían ante el dolor punzante de la obsidiana, de los dientes de los garrotes, de las puntas de las lanzas. Los capitanes de ambos bandos seguían con su voz, incendiando el alma de los guerreros y éstos con su bravura seguían luchando y seguían cayendo, con gritos parecidos a miles de jaguares, con gritos de miles de tucanes. Las mujeres seguían danzando sin mirar la guerra y la Princesa Virgen seguía con su baile, sollozante, con sus manos llevadas a las alturas, con sus pies desnudos, sonando los cascabeles, con el faldellín llevado por el viento de un lado a otro, de sus labios nacía el himno, la canción suplicante, como con sacrificio. Yo seguía observando y ante cada guerrero caído una espina se clavaba en mis carnes.
La tarde empezó a declinar y la guerra continuaba sin que la victoria se decidiera para algunos de los ejércitos. Entonces a la orden de los dos capitanes, ambos ejércitos se separaron. La música dejó de oírse, la danza de las mujeres se detuvo y la Princesa Virgen, la Princesa Luana dejó su baile, sus ruegos, sus lágrimas. Mi corazón detuvo por un momento su camino y todos quedamos alterados, esperando lo que iba a ocurrir. Cuando los ejércitos se hubieran separado a buena distancia sin dejar de blandir sus armas, los dos grandes capitanes se reunieron; hicieron caravanas y ademanes de cortesía. Conferenciaron y al terminar cada uno informó a sus gentes la determinación a la que llegaron. Ellos iban a decidir a quién correspondía el triunfo de la guerra en duelo personal hasta encontrar la muerte ya que para ninguno de los dos bandos llegaba la victoria  a pesar de la cantidad de muertos. De todos lados se oyeron los gritos de aclamación y no se volvió a danzar ni cantar. Todos estuvimos expectantes.
Sonó el tambor en repitequear sonoro y al instante ambos capitanes se lanzaron el uno contra el otro. Toda la selva guardó silencio, oyendo solo el jadear de los dos guerreros y el golpear del tambor que penetraba al oído más sordo, en sonido marcial, de muerte. La Princesa Luana, la Princesa Virgen volvió a mí sentándose de nuevo, su voz llegó a acariciar mi corazón agigantado.
-Ahora, amor- dijo señalándome a los capitanes que se batían en duelo mortal-,  solo debemos de esperar que los dioses llenen de energía a nuestro capitán para que Bonampak sea salvada, de otra suerte que también nosotros seguiremos a los tuyos por la senda que da a la noche.
-Hermosa Princesa- le dije con lentitud atrapando sus manos con las mías-, no en vano Bonampak ha sido la ciudad elegida por los dioses, otorgándole los frutos y las plumas de las aves más hermosas para rodearse de felicidad. Tu gran capitán saldrá victorioso, así ya ha sido dicho por los dioses. Ya no llores que prolongas mi tormento.
-Aunque así fuese- musitó la Princesa Luana-, mi corazón ya no podrá alegrarse, pues tu alegría seguirá en cautiverio por tus hermanos que ya han fenecido y como tu haz pedido seas entregado al Hacedor de todas las cosas bellas en pago por nuestro triunfo, mi corazón cantará en soledad hasta que a la vez, yo vaya tras de ti.
-No llores hermosa princesa, te lo suplica el último de los de Yaxchilán. Y ahora esperemos juntos la victoria.
El duelo continúo hasta la noche sin que uno venciera al otro. A momentos perecía que el capitán de los bárbaros vencía el capitán de Bonampak y un murmullo se extendía por toda la ciudad haciendo que los corazones se detuvieran y se parasen las mujeres a ver con ojos desorbitados la muerte que se ventilaba, pero nuevamente el capitán de Bonampak renacía con mayor brío, como ayudado por la luz de la luna que ya se asomaba por entre las copas de los árboles a participar de la sangre que ya había sido derramada. Y así se prolongó la lucha hasta muy entrada la noche, cuando la luna ya competía con Venus por alcanzar el cenit para el espectáculo de la tierra. Ninguno de los guerreros de los ejércitos descuidaba un solo movimiento de sus respectivos capitanes, sus lanzas se extendían amenazadoras. El tambor seguía en su repiquear sonoro calculado, marcando la lucha, mientras la selva continuaba en silencio sepulcral. Infinidad de ojos selváticos clavaban su luz en el claro  donde se luchaba; los mismos jaguares, tigres y demás fieras, no persiguieron al venado, al jabalí ni a otros animales. También se acercaron y rodearon a los guerreros.
De pronto el tambor dejó de sonar, los hombres se pusieron de pie, nadie suspiraba. La Princesa Virgen, se levantó trémula, pálida, con palidez de muerte, yo quería pararme pero no pude; las esposas de los guerreros se pusieron también de pie, pegadas unas a otras, con las manos en las bocas luego se vieron entre sí y por fin, un grito de alegría resonó por todos los ámbitos del bosque. Los tucanes volaron alto, los pericos gritaron estrondosamente y pintaron de verde la luz de la luna. Empezaron a sonar los cascabeles y las trompetas, siguiéndoles llenos de furia y calor los tamboriles y las flautas. Las lanzas y los garrotes apuntaron y de entre el grupo salió, con paso lento, lleno de orgullo extasiado, el gran capitán de  Bonampak, llevando entre sus manos el gorro guerrero del capitán de los bárbaros. Había triunfado, y con él Bonampak se conservaba libre. Habían sido derrotados los destructores de Yaxchilán. Los demás guerreros bárbaros, avergonzados, humillados, dispusieron las armas a los pies de los guerreros victoriosos. También sus tocados de guerra cayeron. Fueron atados y conducidos a cautiverio por los vencedores que pasaban por entre el regocijante pueblo que los recibía con exclamaciones de alegría.
Mis ojos se llenaron de lagrimas y de alegría ya había sido calmada la sed de venganza de mi cuerpo que había soportado los rigores de la derrota, donde habías quedado regados para alimento de la noche los cuerpos de mis hermanos. Ahora los conquistadores bárbaros bajados del norte se encontraban en humillante actitud de derrota, su afán de placer y riqueza robadas, se terminaba ante el fuego valeroso de un pueblo bello y culto, que con sus armas, su valor y su unidad deificada inspiraron el declive de aquellos bárbaros que creyéndose los amos todopoderosos habían sucumbido; como un reto a Venus y el Sol. Ya Bonampak respiraba nuevamente la hermosa libertad que había estado en peligro, ya nuevamente su pueblo podía gozar de los placeres que dan los frutos y las pieles sedosas y leonadas, tas telas de algodón de bellos colores, los tapetes bordados con plumas de aves de pecho color turquesa, ya se podía contar de nuevo los himnos de amor y dar al Sol, nuestro gran padre, nuestro gran Hacedor en sacrificio la sangre de la más hermosa de las aves.
Cuando fue llevado ante el altar el Príncipe Niño, hermano de la Princesa Virgen, ésta con ágiles movimientos fue a ofrendarle las flores de nicté rodeada por las danzas de felicidad del resto de las mujeres, esposas de los guerreros. El gran capitán de Bonampak acompañado de su sequito de sirvientes y de los sacerdotes de la ciudad,  llegó hasta el altar mayor a dar gracias por la tan anhelada victoria sobre un grupo así como poderoso destructor. El baile continúo por largo rato entrelazado por cantos de regocijo del pueblo. Las armas fueron lanzadas una a una al fuego sagrado que empezó a agigantarse por tal alimento. Cuando el capitán de Bonampak hubo terminado su rito, se volvió a su pueblo, y desde lo alto, donde su figura se recortaba por la luz de la luna, con destellos rojos en su cara por el fuego, jugueteando con el viento su túnica, habló al pueblo narrando la guerra y alabando a los guerreros caídos en la defensa. El pueblo respetuoso guardó silencio, un silencio prolongado como triste, pero ese imperio de silencio fue después roto por la alegría de la victoria.
-Sucumbió Yaxchilán- continuó el capitán-, de esa gran ciudad hoy solo ceniza quedan y a nosotros llegó el último de sus capitanes. Se salvó por haber quedado por muerto, pero ante la tristeza de ver su ciudad llena de cadáveres, nos ha pedido, después del placer de ver la derrota de los bárbaros, que su corazón sea entregado, por mano de la Princesa Virgen a nuestro padre Sol para reunirse nuevamente con su pueblo que ya camina por la vereda que da a la felicidad eterna- el pueblo empezó a murmurar lleno de admiración posando sus ojos en mi cuerpo lleno de llagas y heridas, yo levanté orgulloso el rostro para que fuese mejor visto no sin ocultar mi profunda tristeza. Y sin poder contener ya más, derramé lágrimas – Y ese deseo se le ha prometido que se cumplirá- concluyó el gran capitán de los hombres de Bonampak.
Al día siguiente, cuando el sol ya se encontraba en el cenit, ayudado por los sacerdotes, caminé hacia el gran templo, mientras una multitud ataviada con sus mejores ropas, hacían caravanas llenas de respeto y lágrimas al pasar a su lado. Toda la ciudad estaba llena de gala, las mejores y más hermosas flores se habían tirado al suelo para que sirvieran de alfombra y los perfumes, por todos lados llegaban. Cuando estuve recostado en la gran piedra labrada, con el sol acariciando mi pecho y el rostro, bajo un calor casi sofocante, salio del templo la hermosa Princesa Virgen ataviada con su mejor güipil.
-Oh amado guerrero- me dijo con gran tristeza que quería disimular en una sencilla sonrisa- ¿Cuánto dolor me acompañó durante la noche y el día temprano hasta este momento. Hoy te vas con nuestro padre y yo aquí quedo anegada en lágrimas. Pero ve tranquilo que yo pronto iré a ti. Ve  tranquilo que nuestro pueblo a acabado con los bárbaros y ambiciosos hombres del norte.
-Así sea- murmuré cerrando fuerte los ojos. Después sentí un inmenso y punzante dolor que se propaló rápido en mi cuerpo. Mi cerebro empezó a girar rápido y al momento una inmensa oscuridad se apoderó de mí. El silencio se fue haciendo, los cantos se dejaron de oír y el tamboril se alejo definitivamente de mis oídos, solo la sonrisa acompañada con lágrimas de la hermosa Princesa Virgen, de la Princesa Luana, me acompaño en mi agonía.
“Hago esto, muevo las manos para él, cuyo nombre en el cielo, para él cuyo nombre esta en mi mano. No permitas un nombre falso en mi mano. Para él, cuyo nombre está en el cielo, en la casa celeste, digo su nombre con mi mano, digo su nombre en el cielo. No permitas que mi mano mienta. En la casa celeste recibe el espíritu. Tómame. Dentro está el tronco, la raíz de Kin y Mombatik. Para él digo su palabra con mi mano. Que no desaparezca de mi mano. El dice la verdad. El esta concluyendo su palabra aquí en mi mano. El se levantará si está bien dicha. El concluye su palabra en mi mano…”
Quería abrir los ojos para conocer mi nueva morada pero se me dificultaba por un enorme peso que sentía sobre ellos. A lo lejos oía algunas voces no claras que se iban acercando.
-Ya quiere abrir los ojos el compañero- dijo alguien.
-Yo bien te decía Tiótimo que no era fácil que se fuera así nada más sin terminar lo empezado.
Aquella era en realidad una curiosa conversación para un lugar como al que había llegado después de mi muerte. Era verdaderamente incomprensible y trate por lo tanto, haciendo esfuerzos inauditos de agudizar más el oído y abrir los ojos para ver a esos personajes.
-Y vos que te decías- continuaba oyendo de aquellos hombres-, que el compañero se moría. ¡Gran bandido sos!
-Hasta el santísimo cabrón pues los hubiera asegurado ¡Solo de ver tremenda abertura en esa cabeza. Y aunque se hubiera muerto, ¡Que Dios no lo hubiera permitido!, pues cuando menos se llevó a uno por delante. ¡Ah, eso sí!
Al fin pude abrir los ojos siendo recibido por una ráfaga de luz chillante, parpadeé por un rato y luego pude ver a aquellos personajes que discutían mientras me lanzaban miradas de curiosidad.
-¡Compañero, que gusto nos da veros bien vivo- dijo uno de los hombres acercando su rostro hasta pocos centímetros del mío. Algo asustado retiré la cabeza que aun se encontraba sumida en profundo dolor agudo. Al abrazarla para mitigar el dolor, sentí una gran cantidad de trapos que la envolvían.  Por un momento pensé que se trataba de atuendos mortuorios.
-¿Quiénes sos ustedes?- les pregunté haciendo gestos por el intenso dolor que seguía altanero. Los hombres se miraron estupefactos, luego uno de ellos, sacudiéndose la cabeza desparpajada se sentó en la cama. Haciendo ademanes exclamó asustado.
-¡No compañero, nomás eso nos faltaba, que salido de la muerte se nos quedara sin nada de inteligencia. ¿Pues qué vos no te acordás de nosotros? Haced memoria pues. ¿Te acordás de Chilán, del Comité que formamos para la lucha de las tierras?
¿Chilán, tierras, Comité? Las palabras rasgaban la memoria. Yo me asustaba. ¿Entonces no había muerto? ¿Chilán, tierras, Comité? ¿Qué significaban esas palabras? ¿Chilán, tierras, Comité. Comité, Chilán, tierras? Volteaba, invertía las palabras, pero nada quedaba ligado, todo se deshilaba.
-No señores, absolutamente no recuerdo ni a ningún Chilán, ni esas tierras, ni un Comité. ¿Quiénes son ustedes?
El hombre se levanto casi furioso de la cama ante los afligidos gestos de los demás. Yo también me afligía por la decepción que les causaba –Chilán, tierras, Comité- pensaba, mientras el hombre aquel amenazaba con el puño a algo o a alguien que por más esfuerzos que hacía, no alcanzaba a ver.
-¡Maldito latifundista!- gritaba con el puño rayado por venas – si el compañero pierde la inteligencia, ves, grandísimo cabrón, perdés la vida ¡Ah, eso sí, por mi mamacita lo juro!
Luego, volteando, con los dientes amarillos, amenazantes, señalándome con el puño, gritó tan fuerte que todos los hombres se pegaron corriendo a las paredes de aquel jacal -¡Acordáte vos, si no, soy capaz de ir ahorita mismo a buscar al desgraciado ese, y allí mismo se queda sin inteligencia y sin nada, bien muerto. Acordáte vos- volvió a suplicar-, has un esfuerzo pues.
Mi cerebro, ante esa mirada amenazante se puso a trabajar rápidamente, hurgando por todos los rincones, levantando cada duda, retirando cada rama oscura, tratando de atrapar cada luz, pero tan breve que ésta se escapaba. Y ante cada mirada amenazante de Tiótimo mi cerebro trabajaba más arduamente. Pero nada. Todo seguía oscuro. Alcé los hombros avergonzado y furioso Tiótimo la emprendió contra su desgreñado cabello.
-Dejad descansar al compañero.- dijo otro de los hombres dirigiéndose a Tiótimo- No ves que acaba de regresar de ese largo sueño. No en vano estuvo así por tres largos días.
-¡Tres días…! –casi grité azorado. Luego me sumí en mis pensamientos.- Así que desde hace tres días me encuentro aquí.- Luché nuevamente para hacer memoria, pero la oscuridad seguía imperando en una gran laguna que bañaba toda mi pesado, presente y futuro.’tres días’ volvía a repetir cansado, más que por esa situación, por el dolor de mi cabeza.
Los hombres después de una acalorada discusión, salieron de la choza no sin antes darme una despedida con la mirada llena de ingenuidad. Al poco rato entró una mujer con espléndida sonrisa trayendo trastos de donde se escapaban los olores de los guisos Yo comí y la mujer no se deshizo de su sonrisa ni para soltar una sílaba, parecía que estuviera aconsejada para que no hablara y nada más sonriera. Yo también le sonreí al acabar de comer. Con una lenta caravana la mujer se retiró.
Llegó nuevamente la noche encontrándome en esa gran responsabilidad; encontrar el hilo que se había escapado de mi cerebro. Así trabajé hasta que el sueño me venció.
Oía los perros y algunas voces que discutían. Abrí los ojos, la luz del nuevo día brillaba esplendorosa. ¿Chilán, tierras, Comité? Me decía en silencio mientras me vestía lleno de gozo. Chilán, tierras, Comité, casi cantaba al repetir éstas palabras. ‘Ajá’ me decía pensativo,, así que fue en la vereda que va hacia Guayazo donde me sorprendieron, y por lo que dijeron los compañeros, el pobre infeliz murió.
Al salir de la choza, el sol golpeó hermosamente mi cara y aunque el dolor de la cabeza continuaba, ya era tan leve que pasaba inadvertido. Me acerqué silencioso a los indígenas y cuando estuve cerca de ellos, burlón les dije en su propia lengua.
-¿Ku’un stojol s’chik chi’il? [¿nuestro valor se sostiene compañeros?}.
Al principio fue un silencio de admiración y luego entre abrazos y apretones, el júbilo brotó niño de sus bocas.- ¡Jun pet batik! ¡jun pet batik! [ ¡Un abrazo, un abrazo!} Gritaban lanzándome al aire unos a otros.
 Y sin vergüenza lloré de alegría, primero, porque vivía y primero también, porque los indígenas seguían estimándome hasta en la ira.
Por la tarde, acaloradamente pero cortes, discutíamos la táctica de los trabajos a seguir para que el Comité siguiera adelante en su lucha por las tierras. A los dos días me despedía de aquel poblado entre una docena de abrazos indígenas y un sol que quemaba. La selva nuevamente me sustrajo. Si, así fue.

                                                                                       Simojobel 1964

                                                                       Alfonso Pérez Valdivia.










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