
Un ligero y arrullador viento barría la sabana del desierto de Sonora y a pesar de ello el calor era insoportable. Néstor se había agazapado en el añejo huamúchil, árbol que estaba a un costado del jacalón acondicionado como tienda y terminal de autobuses, para recibir un poco de ese viento y en su jícara un poco de taberna para mantener los labios húmedos. Don Ciro sentado en el tronco que a manera de banca pegado a la encalada pared, se abanicaba con su sombrero; de vez en cuando volteaba a ver a Néstor sin dejar de asombrarse de su terquedad de querer llegar hasta Banabichi para estar presente en las festividades del Ritual del Venado. Este es un acto en forma de danza de un solo individuo, aunque, según don Ciro en otros lados siempre son dos los danzantes. En este sitio y al parecer el más original era representado por un solo individuo. Un solo artista que se ataviaba con la cornamenta del venado, un par de sonajas y argollas de cascabeles en los tobillos y piernas. La trama es el venado perseguido y muerto por un jaguar. Indudablemente el origen es prehispánico, con todo un mensaje bastante críptico de los juegos de la naturaleza, pero Néstor, aún aletargado por una visión folklórica, despertaba ya en él la manera antropológica de ver los ritos indígenas. El panorama del Estado le parecía desolador. ¡Tanto había caminado por terrenos boscosos con caudales de agua, que al encontrarse en esta inmensidad de llanos le parecía haber sido transportado a otro planeta! En la Mixteca alta había caminado por horas, en algo parecido, pero había lomas que había que subir y bajar lo que le daba o le dio cierta diversión, si a esas agotadoras marchas puede decirse que son divertidas. Ya habían pasado varios días caminando por esos rumbos, A Hermosillo había llegado por tren y de ahí en vetustos camiones se dirigió por la ruta que conduce a Bahía Kino buscando al grupo de los seris que se habían convertido en una verdadera obsesión; ¿la causa? Fue el grupo indígena que jamás pudo doblegar las fuerzas españolas y su domesticación, entrecomillado, se dio bastante entrado el siglo veinte. Por ello él creía que estos seris eran el grupo que se desprendió de los aztecas cuando en su peregrinar hacia el sur desde el famoso y mítico Aztlán, más tarde se enteraría que no fueron los seris sino lo ópatas los desprendidos del grupo azteca, pero por mientras y estando en esa confusión quería estar con ellos, rascar en su memoria genética y sobre todo ver si en sus actos cotidianos o festivales existía aún algo de aquellos antepasados. Los buscó por Nacori, Casas Grandes no la ciudad chihuahuense sino un pueblito rascuache y per varias rancherías que se esparcían hacia el norte de esa ruta. En vano. Fue en los últimos días y caminado por las orillas de la Bahía Kino que se topó inesperadamente con un pequeño grupo de ellos, sin que él supiera que se trataba de los seris que buscaba. Ambos sorprendidos; el grupo y él, se quedaron quietos en ese tramo de la vereda, solo viéndose, como midiéndose, pero Néstor, acostumbrado a los encuentros de cierta manera inesperados con los grupos indígenas, tuvo el tino de sonreírles y saludarlos desde la prudente distancia en que se encontraban. Fue el más anciano del grupo el que contestó el saludo, que además de ser lo correcto entre ellos y que además, era el que mejor hablaba el español, como pudo constatar poco después
-¿Qué rumbo llevas niño? Agregó preguntando el anciano después del saludo.
- No llevo rumbo. – Contestó Néstor estúpidamente sin dejar de sonreír y acercándose hasta un par de metros de ellos. Vio en su mirada la sorpresa, el anciano incluso parecía que se divertía con esa respuesta pero penetraba en sus ojos para buscar una verdad disfrazada por la desconfianza añeja en ellos hacia extraños.
-¿No tienes rumbo o no llevas rumbo? ¿Entons¨?
-Es decir- intentó corregir Néstor- mi rumbo es encontrar a los seris que me han dicho que podría encontrarlos por estos rumbos, pero sin la seguridad de encontrarlos, por eso digo que no tengo rumbo.
-¿Y para qué quieres encontrar a los seris? Preguntó el anciano ligeramente alarmado queriendo encontrar, quizás, ponzoña en la actitud de Néstor. Su memoria le recordaba las terribles persecuciones que sufrieron durante siglos.
- Soy estudiante –continuó Néstor teniendo ahora la certeza de que finalmente los había encontrado- Y mi profesor me habló de los seris como el grupo que nunca se doblegó. Yo me propuse estar con ellos para que me platiquen algo de sus antepasados.
El anciano sonrió tranquilizándose y deletreando en el rostro de Néstor supo que, además de su inocencia, era totalmente inofensivo y quizás hasta se podrían divertir con él. –Allá atrás, por donde venías – agregó señalando con su brazo flácido- hay una vereda, seguro no la viste, acompáñanos, por ahí llegamos a nuestro poblado- Efectivamente, Néstor había pasado al lado de esa vereda a la que no le había dado importancia, pensando que quizás esa vereda conducía a ningún lado. ¿Habrá terminado mi peregrinar? Pensó preguntándose Néstor. Con un sol que pronto llegaría al cenit y un rostro totalmente bañado por el sudor Néstor se colocó al lado del viejo que poco después supo que se llamaba Nico, es decir Nicolás. Don Nico sería de ahí en adelante para Néstor y para Don Nico él seguiría siendo niño. ¿Así que nos andas buscando niño? ¿Cómo es que andas, niño, por estos rumbos solito, acaso no tienes miedo? Que ocurrencias las tuyas niño de andar caminando bajo este sol sin protección, ¿No piensas acaso niño que puede matarte? Así, siempre que se dirigía a Néstor lo llamaba niño. Solo días después, cuando en la tranquilidad de las tardes y después que Néstor se explayara, cuando la intimidad hizo que se diera el acercamiento, ocasionalmente Don Nico se dirigía a él con el don: Si Don Néstor, No Don Néstor y eso para él era señal de que finalmente había entrega por ambas partes; el grupo y él. Néstor se dio cuenta que este grupo, tal vez una centena, carecía de ritos emblemáticos que los atara al pasado, a excepción de su lengua y ciertas costumbres, no existían festividades de rito religioso, cierto, tenían su santo patrón, pero lo festejaban en las poblaciones más grandes donde su etnia no prevalecía, casi puede decirse que su existencia era rudimentaria; pesca y agricultura limitada. Esas poblaciones se convertían en los centros ceremoniales donde convergían además de los diferentes grupos seris, algunos pimas y mayos. Néstor no pudo estar en ninguna de esas ceremonias, la información es la que le daba Don Nico. Por las mañanas, mientras los jóvenes se iban a la pesca, Don Nico y Néstor se dirigían al arroyo distante una media hora de camino que por esas épocas aún conservaba un poco de agua. En una pequeña poza Néstor disfrutaba la frescura de su agua mientras don Nico lo observaba pensativo, hilando sin preguntar las motivaciones de un niño aparentemente frágil que se atrevía a caminar leguas, así medían ellos las distancias, solo para tener un encuentro con ellos. Lo comparaba de cierta manera con los misioneros, pero a diferencia de ellos, este niño llamado Néstor, no trataba de enseñarles nada, por el contrario, veía y con cierto orgullo que él quería aprender algo de ellos. ¿Qué podía aprender de ellos? Se preguntaba. ¿De su eterna miseria? De su constante deambular a lo largo de esas costas del mar de Cortez? ¿De las limitaciones geográficas y culturales? Néstor había hecho y seguía haciendo, muchas preguntas, muchas de ellas sin respuesta, puesto que no existían. Había que mandarlo con el curandero, se decía, seguro él podría contestar a muchas de sus preguntas. Por mientras Don Nico disfrutaba de su presencia.
El horizonte no presentaba obstáculos para mirar cientos de leguas a la distancia. Por las mañanas y atardeceres un vaho trazaba una tenue línea que flotaba a ras de la tierra, cactos se erguían por cientos a los ciento ochenta grados de la vista, algunos de los llamados candelabros competían; biznagas gigantes se encontraban fácilmente, reptiles, sobre todo la cascabel presurosas atravesaban el territorio, a veces perseguidas por los corre caminos, aves que gustaban de su carne, ocasionalmente las liebres huidizas corrían de aquí para allá, y arriba, planeando, los ojos atentos de alguna águila las observaba. Hacia el este, le decía don Nico, se encuentran las cabras de montaña, así como osos. Néstor empezaba a encontrar la belleza del desierto y la disfrutaba, sobre todo en aquellos prolongados silencios que era acompañada con las meditaciones, estas eran rotas con el ulular, en los atardeceres de los tecolotes y lechuzas que se apoderaban de los cielos a esas horas y por las mañanas el golpeteo con eco majestuoso de los pájaros carpinteros que pintaban sus alas con líneas rojas y coquetas adornadas con una plumita parada sobre sus gráciles cabecitas, y cuando corría el viento, una ligera cortinita de polvo se le pegaba al rostro.
-¿Te gusta lo que ves?- Preguntaba don Nico rompiendo el silencio al que se entregaba Néstor. -¿Qué trae a tus recuerdos estos paisajes? ¿Tienes Mujer? Deberías traerla algún día para que juntos vean esto, para que juntos mediten-
-No tengo esposa...aún me falta mucho que aprender antes de meterme a esos enredos. Por ahora no tengo nada que ofrecerle. A una compañerita hay que estar lleno. Lleno de sabiduría, de experiencia, de comodidad económica, y sobre todo de nobleza para que todo salga bien, para poder caminar juntos en esta vida que es una verdadera tómbola.
-¿Tómbola? Que es eso- Preguntó con ojos quisquillosos don Nico inclinando su cuerpo delgaducho como una escultura que sobre marca su esqueleto.
-¿Tómbola? Una especie de suerte, Como que ganas, como que pierdes aún teniendo bien planeado los actos que se harán para un futuro en que uno cree que todo saldrá bien y sin esperarlo, ¡Zas! Se viene abajo el proyecto. Y Hay que saber virarle, es decir tener alternativas, o sea otro plan emergente. Bueno, creo usted me entiende don Nico.
-Te entiendo- contestó don Nico rascándose el mentón ligeramente con una mirada perdida por los arenosos suelos, pensando que quizás a ellos les había hecho falta eso de las alternativas. Luego levantando la vista y dirigiéndola a él volvió a preguntar o a insistir en la otra pregunta que no había sido contestada.- Veo, cuando te pierdes en estos horizontes, que lanzas tu mirada a las llanuras, a este mi desolado mundo, como que te vas a otros sitios. ¿A dónde te vas? Me gustaría desdoblarme como tú lo haces. Nosotros no tenemos tiempo para ello, O estas siempre tras el conejo, sobre el pescado, sobre el venado o no vives, nuestros niños se nos mueren, nuestras mujeres si no está el curandero cerca o junto puede también morirse en el parto, o las calenturas que también nos matan. Viejos como yo, somos pocos, y cuando ya no servimos para nada, pues por ahí nos quedamos para no ser una carga para los demás.
A Néstor esta descarga de don Nico le causó una especie de tristeza. Pocas veces había oído estas lamentaciones de un grupo marginado como éste. Acostumbrado como estaba de recorrer parte del territorio mexicano buscando el folklor, la artesanía, el color de sus indumentarias, sus bailes, o, incluso sus sabores en la comida, estas lamentaciones de don Nico le causaba escozor, empezaba a verlos en el sentido antropológico, y quizás más allá, en el sentido filosófico. El mismo hecho de buscar a estos grupos ya denotaba una búsqueda no folklórica y sin saberlo esta búsqueda de los seris era el principio de búsquedas cada vez más complejas , más arduas, más llenas de sorpresas, mas llenas de lamentaciones, amarguras, pero también más llenas de satisfacciones, más llenas de una solidaridad que lo envolvería en participaciones políticas, en luchas sociales, en correspondencia con la suerte que se depara en las persecuciones a sus movimientos sociales y políticos. Sin saberlo estaba por iniciar el relato más complicado de su andar. Mientras tanto, saliendo de la poza en que se encontraba disfrutando de la frescura del agua, secándose y vistiéndose se acercó a Don Nico, no para consolarlo, él nunca supo hacer esas tareas, sino para, de una manera ingenua, solidarizarse con él y su grupo. De alguna manera, sabía que tarde que temprano, ellos acabarían, si no perderse como etnia si integrarse al resto multiétnico de la sociedad mexicana en relaciones principalmente económicas., quizás perderían su indumentaria. No los creía tan fuertes socialmente para conservar muchos de sus usos como los coras, huicholes o juchitecos zapotecas, o mayas peninsulares. Pronto habría más y mejores carreteras, Bahía Kino dejaría de ser un rincón ignorado, llegarían turistas para disfrutar ese bello paisaje y ellos ya no tendrían a donde más correr, a donde más esconderse. Tarde o temprano el contacto más frecuente con otros grupos, indígenas o mestizos, acabaría por absorberlos en la recua de la sociedad mexicana, quizás y lo más seguro, discriminados, como lo son todos los grupos indígenas del país.
Pasaron varias noche, en que la contemplación de una bóveda nocturna tan luminosa por el inmenso chatoneo de millones de estrellas enseñando una inmensidad lumínica imposible de describir. Absorto, Néstor, se pasaba las horas mirando y adivinando las fugase luces que repentinamente aparecían y desaparecían. En uno de esos atardeceres, cuando las últimas pintas rojizas cubrían el horizonte, don Nico se acercó hasta donde se encontraba Néstor colocándole una de sus manos sobre el hombro.
-¿Molesto si interrumpo tus pensamientos?- Preguntó antes de sentarse a su lado. En ningún momento durante su estancia con ellos don Nico o cualquier otro miembro del grupo se atrevía a interrumpir lo que para ellos era un ritual de Néstor. Sin saber que era lo que hacía exactamente este fuereño llegado inesperadamente a su lado, pero que lo aceptaron por algún signo de simpatía, respetaban eso que llamaban ritual que no era otra cosa que soslayarse con aquella tranquilidad y nitidez de un cielo pocas veces visto por él.
-De ninguna manera Don Nico- contestó visiblemente alegre que se le acercara don Nico.- El tampoco había comprendido el por qué nunca se le acercaban en esos atardeceres y principios de la noche, creía, al principio, que temían a algún embrujo de las nocturnas horas, después, cuando se dio cuenta que era respeto a sus meditaciones se los agradeció en silencio. -Siéntese por favor.
Don Nico se sentó a su lado y pasado un par de minutos en que ambos guardaron silencio, con voz pausada preguntó. -¿Conoces el Ritual del Venado?- Néstor volteo la vista hacia el anciano sin ocultar su sorpresa por la pregunta.
-Algo he oído sobre esa danza, ¿Por qué pregunta? ¿Acaso va a ver alguna en estos días? -Se entusiasmó Néstor sintiéndose ya espectador de esa danza que había visto en algunas festividades en la ciudad de México.
-Por aquí cerca no, pero si se acerca el festival como tú lo llamas, para nosotros es un ritual. Nosotros carecemos de eso, es decir que carecemos de todo, hasta de rituales, pero yo si lo he visto, e ido a Banabichí donde se presenta como dios manda, y no como en la ciudad grande, -se refería a Hermosillo,- que lo hacen todo muy engalanado. No es fácil llegar. A mi grupo no los quieren, yo por ser viejo me respetan, pero los jóvenes no pueden ir. Y te pregunté esto por tantas preguntas que haces sobre rituales, que sobre herencias culturales que yo no se que es eso, pero en fin, a tus preguntas se me ocurrió y acordándome la cercanía del Ritual del Venado, me dije: A la mejor a él le gustaría estar por ahí.
-Claro que me gustaría estar ahí don Nico. ¿Dónde queda ese Banabichí
-¡Huuuuf, -expresó don Nico para marcar con mayor énfasis la distancia- Bastante retiradito, Al extremo oriente de donde nos encontramos. Al oriente y luego subir al norte, te llevará por lo menos un par de día llegar hasta allá en esas trocas que van más rápido que el caminar. Yo lo he hecho caminando, no hay de otra para mí, y me ha llevado más de una semana.
-Si usted me dice la ruta que he de llevar y cuando es el ritual, claro que me lanzo. ¡Faltaba más!- Se entusiasmó Néstor. Don Nico sonrió también al ver el entusiasmo de éste niño sabiendo incluso que esa sería la partida y despedida definitiva del joven llamado niño que había llegado sorpresivamente para quitarles o robarles un pedazo de corazón. Lo había llegado a querer tanto... era una querencia compartida por el resto del grupo que no escatimaban momento para estrecharle la mano o darle palmaditas en el hombro; darles de su pesca el mejor animal capturado, o de la liebres o venados cazados darle los trozos más suculentos y él, padeciendo siempre las hambres, nunca decía no, aceptando sin chistar y ni por cortesía ser el primero en ser servido en las comidas.
-Falta una semana para el ritual, pero por lo que he visto en ti, creo te gustaría estar en los preparativos. Cómo preparan al amigo que hará el papel de venado. En otros sitios son dos los que hacen el ritual, uno hace el papel de venado y otro el de jaguar, pero allí en Banabichí lo hacen como dios manda como es de origen, que me dicen es de los aztecas, como tú una vez me preguntaste si nosotros veníamos de ellos. Los de de Banabichí, creo si vienen de ellos. Pero para que se te haga más fácil la llegada, no tarda en pasar don Ciro, un viejo como yo, pero andariego como tú, desde que quedó viudo, solo eso hace, caminar de un lado para otro, quesque para ver todo lo que haya de ver antes de que lo llame su vieja para volverse a juntar. Si no pasa mañana por aquí seguro pasado mañana, ya le conozco sus tiempos. Le hablamos, le platicamos que quieres ir a Banabichí para estar el ritual del venado y seguro aceptará acompañarte. Él conoce el camino y no te perderás. Esperemos un par de días, estamos a tiempo para que conozcas eso que tanto buscas, ¿Cómo dijiste? Las herencias de nuestros antepasados, las herencias de nuestros abuelos.- Terminado el anuncio de don Nico, éste y Néstor guardaron silencio cada uno llevado a sus propios rincones de los recuerdos o esperanzas del futuro.
La despedida de Néstor tuvo mezcla de todo; alegría y tristeza por parte del grupo, entusiasmo por parte de él y agradecimiento por el cobijo dispensado a su presencia, A su morral le metieron carne seca de venado, uno de los gestos más simbólicos de la entrega de amistad sin reservas cosa que agradeció Néstor efusivamente. Por la tarde, ya en Hermosillo, se trepaban en casi incinerado camión de tercera que los dejarían en Mazocahui sitio de entronque de caminos que finalmente los llevaría hasta Banabichi, población donde se llevaría a cabo el Ritual del Venado. Mientras viajaban al siguiente lugar del viaje, don Ciro ya le había dicho a Néstor que si no llegaba el autobús o si se tardaba y pasaba una troca con la misma ruta era conveniente pedirles la venia para el traslado para llegar antes del anochecer. Aunque sin entender del todo Néstor aprobó, finalmente don Ciro era el guía. Y así sucedió, más de una hora de espera con aquel somnoliento calor y el autobús no aparecía, cuando de la vereda que partía hacia la pequeña población de Mazocahui, en medio de una polvareda se acercaba la troca esperada. Don Ciro se levantó. –Pérame, tantito, voy a preguntar si va para Banabichi- Le dijo casi imperativo a Néstor. Cuando la troca se detuvo en el cruce del camino Don Ciro se acercó a dialogar con el chofer. Casi en segundos el trato estaba hecho. Volteando hacia Néstor le hizo el ademán de que se acercara y se trepara a la parte de atrás de la troca.
-¿Cuánto hay que pagar?- Le preguntó Néstor a don Ciro.
-Nada niño- Contestó seriamente.- Aparte de que la mayoría de la gente me conoce, estos hombre de las trocas son bien reatas, hacen favores sin pedir nada a cambio, no es su negocio, eso sí, si hay alguna descompostura o se pincha una llanta, hay que ayudar, pero eso casi nunca sucede, Trépate y vámonos. Ya en el camino y a la velocidad que lo permitía, el calor se amortiguó con el viento. Pronto Néstor se clavo en el paisaje intercalando ocasionalmente algunas palabras con don Ciro que eran en realidad preguntas sin hilvanar, algunas sobre el nombre de las plantas, otro sobre el origen de las gentes del lugar a donde iban. La respuesta de don Ciro coincidía con la de don Nico de que estas gentes parecían venir del grupo desprendido por los aztecas. No lo manifestaban exactamente tal cual ni uno ni el otro, pero las deducciones de Néstor apuntaban a que así era. Los habitantes de Banabichi eran descendientes de aquella tribu que más tarde fundarían el imperio más grande de la época prehispánica. Sonreía con deleite pensando en ese encuentro y ser testigo de un ritual con esos orígenes. Efectivamente y don Ciro tuvo razón, llegaron a Banabichi antes de que oscureciera. Agradecieron al chofer de la troca que seguiría su camino hacia más el norte.
Fue sencilla la presentación y como pudo constatar Néstor don Ciro era conocido y bienvenido en todas las regiones de Sonora, agradeció a don Nico el que los hubiera juntado. La presentación que más gozo Néstor fue con el curandero de la región y que además era el encargado de preparar al hombre que haría el papel de venado. Refugio se llamaba aquel hombre ligeramente encorvado por los años y quizás por la sabiduría que a cuestas llevaba y que se veía inmediatamente. Don Cuco, le decían los más allegados, Don Refugio el resto de la población. Néstor no pudo nunca decirle ni don Cuco ni don Refugio, hacia contracción y solo le decía Don y don Cuco sonreía remarcándole su apelativo estrenado con don Nico: Si mi niño, no mi niño, como dice mi niño? Claro mi niño. Néstor lo tomaba como una confianza que al parecer no a cualquiera se le brindaba.
Temprano en la mañana siguiente Néstor se encontraba ya atisbando los horizontes, Al oriente se veía las laderas de la Sierra Occidental y que tras ella se encontraba el enorme territorio de Chihuahua. Hacia el norte y poniente la inmensidad de un solo plano lleno de sus cactos, de diferentes tamaños y especies. Órganos, algunos verdaderos gigantes, estaban candelabros llamados así por su similitud a estos pero invertidos, biznagas normales y biznagas gigantes, verdaderas joyas de la naturaleza, muchas de ellas en floración, Había viejos, con sus barbas largas y blancas, desde veinte centímetros hasta de casi un metro. Monstruos, así llamados por el enredo de su pulpa pero que le daban un señorío inigualable, pero Néstor no se estaba demasiado tiempo en la contemplación como sucedió en territorio de don Nico, ahora le urgía estar presente en los preparativos del ritual. Máximo veinte minutos y rápido se metía al jacalón para tomar un atole y correr luego tras Don Refugio y Gregorio el joven veinteañero que haría el papel del venado. Lo hacia correr a diferentes ritmos y antes de que la respiración llegara a su ritmo normal Don Refugio palpaba con ambas manos todo su cuerpo. Empezaba por la piernas, suavemente siempre sin presionar, seguía con cadera y abdomen, luego pecho y espalda, se entretenía un poco más en la frente y sienes para finalmente detenerse en el sitio del corazón, terminado este chequeo le daba a beber algo que Néstor nunca supo que era, pero si se dio cuenta que no siempre era la misma cantidad, al parecer la medida a tomar estaba dictada por el escrutinio de sus manos. Luego venían las contorciones que Don Refugio le indicaba. La espalda curvada hacia atrás, hacia los lados, movimientos severos de una sola pierna, haciendo círculos, primero una, luego otra. Movimientos de brazos de agitación asombrosa, como de un temblor que va subiendo en su aceleración hasta tener la mano hecho puño a la altura de su rostro sin dejar de vibrar. Una carrera más y después de ella otra porción de esa bebida. Por las tardes se repetía las carreras y los movimientos. Néstor había pensado que la preparación del danzante era el baile o los movimientos acompañados por los instrumentos que se usarían para tal fin, Se había imaginado, como en los centros culturales conocidos que habría un maestro de danza que le marcaría el ritmo adecuado, nunca se imaginó que un curandero era el centro de la preparación del ritual. Teniendo a su lado a don Ciro, le preguntó calculadoramente, no qué era, sino para qué era la bebida que le daba a tomar el curandero al joven venado.
-Solo se que es para tener control del flujo de la sangre- Le contesto, si no evasivamente sin con rapidez y sin mirarlo a los ojos, pero, y quizás sin pretenderlo, informó algo más. –En el ritual, el joven debe tener exactamente todos los movimientos del venado; desde su carrera, su lucha con el jaguar, sus heridas, su agonía, y su muerte.
-¡Quién hará el papel de jaguar- Preguntó al encontrarse que había olvidado que intervenía un jaguar en el rito.
-Nadie-contestó sin mirar a Néstor- El tiene que simular que es perseguido por un jaguar, ahí está el arte de estos grupos. EL joven que hará el papel de venado debe convencer a los ojos de todos nosotros que ahí está el jaguar, que es atacado y es muerto y debe convencernos de todo ello. Debemos participar de su angustia, como dices tu niño, nos debe contagiar de sus temores.
Néstor se quedó extraviado en el escenario hipotético del ritual que en un par de días más se celebraría. La gente del lugar mientras tanto se preparaba adornado la plazuela donde se celebraría con cadenas de papel de china, banderolas, y el cuadrante donde estaría la estrella como centro de la expectativa. Cuidaban que no hubiera pedazos de vidrio o piedras anguladas. Los músicos no afinaban nada. Uno de ellos limpiaba con esmero el caparazón de una tortuga del desierto. Otro una especie de timbales, aquel otro un cajón de madera de palo fierro le daba lustre y los de las flautas de carrizo nomás le miraban con un ojo abierto y el otro cerrado el interior del agujero del tubito, para cerciorarse o que tuviera alguna basurita o alguna araña hubiera hecho su nido en su interior. Más valía prevenir se decían entre risas.
Don Refugio, además de vigilar que el flujo de sangre del joven venado estuviera en lo correcto, vigilaba también su sueño durmiendo en un catre junto al catre del joven. ¡Qué maravilla de responsabilidad! pensaba Néstor, Si así fueran todos los médicos seguía pensando ilusamente, sabiendo que aquí, en estos parajes la mercadotecnia no existe. Aquí se vive con la naturaleza y con lo que da la naturaleza.
Llegó el día que tenía a Néstor casi postrado en la excitación. Además de los lugareños había visita de peregrinos de una extensa región que puntuales están para la celebración del rito. Estratégicamente Néstor se había sentado, como todos, en el suelo, junto a Don Refugio, el curandero y jefe indiscutible del ceremonial y a su lado opuesto, su milagroso guía Don Ciro, atrás, los demás espectadores parados. Adivinaba Néstor la hora del día por la posición del sol; se aproximaban las cinco de la tarde y el calor había disminuido bastante.
Los sonidos acuáticos se empezaron a esparcir en el entorno, todos guardaron silencio, El hombre del caparazón de tortuga empezaba un ritmo ligero, el caparazón lo tenia dentro de una tina que contenía agua que era lo que le daba ese singular sonido y como un preludio se fueron asomando los vientos musicales de las flautas de carrizo. Parecía un llamado lastimero que se iba extendiendo por las llanuras del este y oeste, del norte y sur y cuando parecía que se sumergían en el éxtasis de esos sonidos saltó hacia el centro del cuadrante inesperadamente un venado, eso creyó ver Néstor y seguramente el resto de los espectadores, pero no era otro qué el joven ataviado como venado. Exclamaciones de admiración se extendieron rápidamente y al tiempo, los sonidos de las flautas y caparazón de tortuga se silenciaron, siendo suplido por los sonidos de los cascabeles y las sonajas que ataviaban al venado. Quedó el venado en el centro del cuadrante atisbando a derecha e izquierda moviendo nerviosamente las sonajas que empuñaba y con gráciles movimientos cambiaba de posición, siempre vigilando a derecha e izquierda de su entorno. El Hombre del cajón de madera inició otro ritmo de sonidos, más graves y sonoros al que respondió el venado alebrestado lanzando coces, bajando la cabeza y súbitamente levantándola como atacando con su cornamenta al acosador. En la imaginaria de todos ellos vieron que efectivamente era atacado por el jaguar, Los ojos del joven –venado se dilataban y en ellos se veía un terrible temor. Resoplaba, lanzaba sus coces, el ritmo de las sonajas se volvía más enérgico y sonoro, bajaba sus brazos y los elevaba, sus piernas temblorosas seguían el rito que los cascabeles le urdían, cada pedazo de su piel temblaba. Se iniciaba ese temblor en el lomo, bajaba a sus caderas, se trasmitía a sus piernas, en los hombros y en las mejillas. En un momento de lucidez Néstor se preguntó cómo era posible que ese joven lograra dominar esos temblores, cómo podía lograr exaltar cada uno de sus músculos de sus piernas y espalda mientras saltaba de un lado a otro y lanzaba esos puntapiés que efectivamente parecían las coces del venado y al tiempo lograba dilatar los ojos para expresar el terror de su próxima muerte. Con claridad, todos pudieron ver cuando el zarpazo del jaguar hería por el cuello al venado, éste abrió desmesuradamente la boca, movió, trastabillando todo su cuerpo, luchando por evitar la caída, sus sonajas iban acompañando los estertores, los cascabeles en sus tobillos rimaban cada trastabilleo hasta que finalmente cayó herido de muerte. El temblor de muerte se traducía en estertores que se manipulaban con temblores en la piel, ligeras sacudidas de una pierna luego la otra, los brazos que fue apagando el sonido de las sonajas y luego, finalmente subiendo el sonido de sonajas y cascabeles para apagarlas súbitamente. Con un último estirón de una de sus piernas. El venado finalmente había muerto. Volvieron a aparecer el ritmo del capazón de tortuga y los lánguidos silbidos de las flautas. A semejanza de un réquiem pero de escaso dos minutos de duración los músicos finalmente sacaron a los espectadores de la hipnosis en que se encontraban. Néstor aun prolongó un rato más su éxtasis hasta que la mano de Don Refugio sobre su hombro lo despertó.
La sonrisa de don Refugio fue condescendiente al tiempo que le pregunta - ¿Cómo te haz sentido niño?
Néstor no encontró palabra para expresar los sentimientos que lo habían invadido durante el ritual y solo le apretó la mano a Don Refugio en señal de agradecimiento.
(1) Los seris, en realidad tienen un ritual importante, Tienen calendario y al festejar su año nuevo presentan un gran canasto monumental que representa la abundancia y la fertilidad.
Alfonso Pérez Valdivia Coacalco febrero 2011
Festival del Venado en Sonora realizado en 1957.

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