martes, 24 de mayo de 2011

Los Alambiques


 LOS ALAMBIQUES


¡Ayyy… Ayyy….
Canta el tucán alegre en la mañana.
Canta el tzotzil con llanto pobre
Mientras que el indio solloza triste
Al ver su tierra herida..
¡Ayyy…Ayyy…
Llama a la ceiba orgullosa
Llama al coral y le implora.
Toca el caracol y se inclina-
Besa la tierra con congoja.
¡Ayyy…Ayyy…
Canta el tucán alegre en la selva
Canta su grito en la noche,
Y la pisada del indio triste
se hunde en el pantano del olvido.
¡Ya no más le cantes.
¡Ya no más le llores.
¡Háblale fuerte a la ceiba.
¡Háblale de tu congoja.
¡Háblale al pantano, háblale.
¡Háblale de tus selvas.
¡Ayyy…Ay…

La trama empezó a tejerse. Háganse los Cinco Soles dijo, y se hicieron. Al principio solo uno se hizo y luego los otros tres, el quinto aún se dilataba. La luz inmediatamente empezó a propagarse hacia todos los puntos. Háganse las cinco lluvias dijo y se hicieron. Al principio sola una se hizo y luego las otras tres, la quinta aún permanecía seca. El agua empezó a bañar todas las montañas, todos los valles, las llanuras; los mares y ríos nacieron. Háganse los árboles frutales dijo, y se hicieron: brotaron de diferentes formas y sabores y con ellos se daba el alimento, pero en forma tan dispersa en el primer sol que los hombres vagaban por los caminos para satisfacer sus hambres. Háganse las piedras, los minerales y las bestias y el resto de las cosas dijo, y se hicieron. Y la riqueza nació para el gozo y placer de los hombres, pero esto fue hasta el segundo sol, para mala fortuna con todo ello nació la avaricia y el lucro, el robo y el asesinato.
Y en aquellos parajes a donde no llegó la luz de ninguno de los soles, ni llegó ninguna de las aguas, ni nacieron los árboles frutales, creció con mayor fuerza la ceguez alejado de todo sentimiento humano y así, la lucha empezó a tomar forma en la tierra. Sí, porque unos hombres fueron hechos con la luz del sol, con la sangre de las lluvias, con el trabajo de los árboles sagrados, los minerales y granos nacidos de la tierra, mientras otros nacieron sin los atributos humanos; cegados por la codicia, atrapados en el placer de la holgazanería –si deleite predilecto- y sin los frutos ni los dones del trabajo viéndose morir, decidieron arremeter contra los otros, esclavizando a los que antes todo tenían.
En el primer sol, los hombres eran como los niños, ingenuos y asustadizos ante lo desconocido, pero no había maldad ni codicia, solo el lamento de la supervivencia, en pequeños grupos, nómadas tras los animales -.que  les huían- por todos los puntos de la tierra. Pero en el segundo sol, fueron hechos esclavos y así sufrían en el tercero y cuarto sol. Cuando el Quinto Sol empezó a amanecer, los hombres se dieron cuenta que podían vivir como en el primero, pero sin los temores de aquella primera vez y gozando de todos los bienes  descubiertos y construidos, utilizando su ciencia para hartarse de sabiduría y convivencia con la naturaleza. Y éste ‘Quinto Sol’ llegó al principio con calores extremos, precedido de la quinta lluvia en forma de fuertes tempestades que agigantaron todo el universo. Implacable llegó horadando todos los rincones, dando luz donde antes se creía que había que vivir para siempre en las tinieblas. Al principio muchos se asustaron pero al tomar claridad, la alegría invadió todas las esferas, todos los lunares, todas las lagunas, todas las montañas, todos los valles, todos los bosques y selvas, todas las nieves, todos los desiertos y la tierra vibró enorme, con estronduosa voz; todos corrían agitados y gritando, unos como cucarachas e hienas, otros como gamos y aves; así empezó el Quinto Sol.
El banquete estaba en todo su apogeo, a Chenaljó habían llegado el diputado Don Joaquín, el Presidente estatal del partido oficial y otras celebridades de la política del lugar, también estaban como invitados el pintor Jermilio y Ramiro el poeta, para que la cultura, a decir de los organizadores, estuviera presente. Junto al diputado Joaquín estaba sentado Jermilio y al lado de éste su inseparable maestro el poeta, del otro lado del diputado, el presidente del partido, sus ayudantes y secretarios y atrás de ellos los guarda espaldas, mostrando en el cincho, en forma altanera y bravucona, las cuarenta y cinco y las treinta y ocho; sentados al frente del diputado y sus allegados, se encontraban devorando febrilmente, como si hubieran dejado de comer durante una semana para esperar éste día los mayordomos y caciques de menor rango.
Cuando se hubo dado fin al venado o los venados que ahí se habían colocado para el festín, vinieron los brindis y las vivas, luego, ya en medio de una borrachera pavorosa, sin que los hombre pudieran sostenerse en pie, llegaron pandosas y llenas de orgullo por una oratoria, ya echa cliché hace cincuenta años, los discursos. Se ensalzó al mero jefe agrarista y luego al poder del estado, incontenible por bien dirigido, al partido oficial del que todos estaban orgullosos; a su política de justicia social que lograba repartir la riqueza en forma equitativa y sin extremismos, las buenas relaciones existentes desde hace mucho tiempo entre los patrones de la ciudad y del campo con los obreros y trabajadores agrícolas, en fin, de toda la bien estructurada organización, dirigida y cuidada por el gran jefe agrarista que era el presidente de la república y de todos los hombres que colaboraban con él; ah, desde luego no faltaron los alegres y envalentonados mueras a la reacción…pero la de hace cincuenta años.
Pero a Jermilio no lo convencieron los discursos ni las palabras dichas al último por el presidente del partido y más por el alcohol que por una convicción no madura, se puso colérico mientras levantaba las manos al cielo agitándolas al discutir con el diputado.
-¿Pero usted cree en verdad señor diputado que existe justicia social?- gritaba cerca del oído del diputado que, frunciendo la boca retiraba la cabeza para evitar ser salpicado por la saliva que salía huyendo de la boca del pintor.
-¡Ah, mi querido artista!- contestó el diputado manoseando el mantel para limpiarse los tullidos dedos manchados de comida-, la justicia social no se vende, se conquista, ¡y ésta ya fue conquistada!- gritó al cielo- hace cincuenta  y… tantos años. .- O qué. ¿no ha leído la historia, nuestra historia patria? ¡ Pues si murieron muchos campesinos… un millón, jovencito para ser exactos!.
Jermilio apretó los ojos mientras cavilaba, contando los años pasados desde aquella sangrienta revolución, luego empezó a menear la cabeza, tan rápida, como para negar con energía a los muertos o los vivos que habían quedado como héroes.
-No mi diputado- dijo hundiendo el dedo en el hombro de Don Joaquín-. Aún no se alcanza la justicia social que ustedes tanto gritan, pues sabe?  Abundan los latifundios, pero cosa bien curiosa y estrafalaria…los latifundistas son ahora los dueños de su partido-. Y al terminar golpeó la mesa para dar un toque enérgico a esa su perorata, salida sin miedo y a la cara del diputado. Sonriendo por tal osadía volvió a ver, guiñándole un ojo, al poeta, que ebrio, más que los otros únicamente alzó los hombros en conformidad.
-¡No pasemos por alto la democracia!- gritó nuevamente el diputado a la vez arrojaba, contra al suelo un vaso que aulló tintineando al estrellarse en la tierra. El presidente del partido, Don Tomás, eufórico se levantó de su asiento y yéndose a recargar sobre la espalda de Jermilio, jalándole despiadadamente los pelos, gritaba mirando a todos los presentes.
- Tiene razón el diputado, la democracia de la Revolución, nos da la posibilidad de tener nuestras propiedades, pero eso si, ganadas con el sudor de nuestro trabajo,- luego dirigiéndose a Jermilio zarandeándole con mayor fuerza la cabeza le dijo casi besándole le oreja.- ¿Y tu pintorcillo qué haz hecho pos la revolución? ¡Dilo!. –Jermilio se levantó furioso deshaciéndose del puño que lo sujetaba y señalando a todos los políticos imploró al sol caluroso del medio día.
-¿Cuál propiedad ganada con el trabajo es la suya? Usted Don Tomás- y le hundió el dedo en el ojo- es un verdadero latifundista.- Se alejó un poco de ellos, apretándose el cinturón, clamó a todos los asistentes.- Si bien lo decía, todos los del partido son una bola de bandidos. Desgraciados, hijos de la chin…-No pudo terminar el insulto cuando el cañón de una de una pistola se hundió en su cráneo. El poeta atento pero sin fuerzas le ayudó a sentarse mientras con el pañuelo le limpiaba la sangre que empezaba a entintar su cara.
- Cálmese Jermilio, usted cálmese- le decía solícito e ignorando al resto de la gente que carcajeaba llena de gozo.
- Mire don Ramiro, mire usted cómo se ríen- decía mientras le arrebataba el pañuelo al poeta para limpiarse el mismo el rostro,- ¡Ah, pero palabra maestro que si yo tuviera una pistola, agradeciéndole a dios, mataba a todos estos desgraciados.
- Pues ándele usted, vaya dándole las gracias a dios, tenga- y le dejó la pistola deseada en las manos de Jermilio,- Ande!- incitaba el poeta, serio, con los ojos casi apagados por la borrachera- Mátelos de una buena vez. Yo le haré un poema por su gloria y proeza.
Todos guardaron silencio esperando algún indicio de que las manos del pintor tomara la pistola ofrecida para lanzarse sobre él prestos a despedazarlo. La pistola yacía plácida en la mano del poeta, mientras Jermilio la observaba incrédulo, luego la acaricio, le dio vueltas, alzó la vista hacia los asistentes, encontrándose con miradas escrutadoras, fijas, silenciosas, luego exclamó manoteando el arma del poeta.
-¡Ah que caray! ¿Usted quiere que me maten, verdad? No maestro, su poema no se hizo, no soy tan tarugo.
Las carcajadas tronaron nuevamente mientras Jermilio se retiraba del lugar manando cataratas de sangre por la herida de la cabeza: el poeta lo observó somnoliento, luego se echó a dormir sobre la mesa. Jermilio se perdió tambaleante entre el caserío seguido por las risas que se fueron alejando hasta perderse en un mareo que terminó en una neblina insípida.
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- Anda Chavita, vamos a echarnos una jaladas pa’ enseñarle a don Víctor la juerza que tengo- decía afanoso y con presunción el anciano y gigantón Don Pedro, jalando del brazo a Chavita, el nieto, chaparrito y fortachón que bajaba la cabeza humilde.
- No Tatita- contestaba Chavita,-¿cómo cree pues que voy a jugar con vos de ésa forma?
-Andá muchacho; ja, me tenés miedo. ¿O no es cierto?- Y una sonrisa maliciosa aparecía ligera adornando su rostro poblado de arrugas. Chavita se resistía retirando el brazo, y sin levantar la vista. Víctor entre tanto, con ojos inquietos veía a uno y a otro, supuestos rivales de un juego que desconocía, pero también con una sonrisa. Después de mucha insistencia, al fin cedió Chavita.
- Bueno, Tatita, pero nada más una vez- advirtió Chavita para que el abuelo no fuera a prolongar el juego. En Víctor se avivaron los ojos por el regocijo de asistir a ése juego extraño por el que quería mostrar el anciano sus fuerzas, a lo que se había negado chavita, por un temor mayor o por simple respeto.
Empezaron a jalarse mutuamente. El anciano orgulloso al principio, Chavita sereno con su chaparrito cuerpo, pero poco después, el anciano pujaba tanto y tan fuerte que las venas salieron graciosas y opulentas en sus brazos; en su cuello nació una cuerda gruesa y morada y su rostro pasó del rojo al morado. Chavita únicamente rojo y también pujando. Cuando Víctor, ya sosegado de su primera inquietud por el juego, cuando pensaba que aquello consistía únicamente en jalarse mutuamente para ver quién se salía de su lugar, se oyeron dos alaridos, uno de gozo y otro de sorpresa y el anciano voló por los aires yendo a retumbar su gigantesco cuerpo a la tierra. Y mientras el anciano aullaba del dolor Chavita exclamaba orgulloso pero humilde.
-¡ Te vencí Tatita, te vencí! Era su grito mientras se alisaba el pelo y se ajustaba el cincho.
Víctor se apresuró a levantar al anciano, pero éste negando la ayuda, se levantó destellando por sus ojos una cólera que parecía prometer una verdadera andanada de golpes.
-¡ Ajá!- balbuceaba dirigiéndose a Chavita,- me venciste por puritita suerte, jijo mal parido. Ahora echémonos una de verdad.
Chavita se repegó a la pared escondiendo los brazos tras la espalda.- No Tatita- le decía- si jugando lo vencí o’ra de a de veras, pues ni lo quiera dios.
-¡Que dios ni mil demonios, jijo mal parido! ¡Andá! –gritaba furioso el anciano. Víctor ya sin contenerse echó una carcajada y tomando del brazo al anciano lo llevó hasta la mesa.
- Ya Tatita Pedro, que conste que yo no vine a ver pleitos entre la familia.
- Ah claro que no, pero éste mal nacido no se va a estar riendo roda la vida de mí, qué caray.
- Te lo juro que no Tatita, pues cómo va a creer vos,- dijo Chavita yéndose a sentar junto al lado de Víctor. Durante un rato el anciano lo estuvo vigilando, en un principio rencorosamente pero después pasó a una risa y una alegría sana.
- ¡ Ah, no cabe duda que es nieto mío el desdichado!- exclamó al final rascándose la cabeza. Todos rieron, Chavita quedamente mientras el anciano y Víctor lo hacían ruidosamente. El silencio que siguió a ésta manifestación de alegría fue lo bastante largo y profundo que hasta a cada uno de ellos llegaba el lejano trabajo de las avispas rondando las flores.
La llegada de Víctor a esos lugares había estado rodeada de un sin fin de problemas, sobre todo el paso por Chenaljó donde la mafia politiquera hacía estragos entre los campesinos, principalmente entre los núcleos indígenas. El paso de Víctor por esos lugares era tomado por algunos indígenas como uno más de aquellos politiqueros, por lo que le ponían trabas y obstáculos; le negaban caballos, le daban rutas equivocadas, el alimento casi imposible y el agua a veces dada con desprecio y desconfianza . A su vez los políticos y las autoridades husmeaban cada una de sus conversaciones, cada vereda tomada por él y cada mirada a las montañas que se posaban al norte. Todos desconfiaban sin llegar a precisar la causa y finalidad de su presencia y cuando le preguntaban, él esquivaba cualquier intención de señalar su personalidad, mostrando una sonrisa y en su propia lengua mal dominada, apenas para lo indispensable, se despedía. Solo cuando llegó a Jalchic pudo respirar su confianza saludando a cuanto indígena se encontraba. -¡ K’usi tal ichi’il! ( ¡que tal compañero) les decían asombrados, mostrando enorme sonrisa mientras le extendían la mano.- ‘ep k’ak’ al to,(mucho sol todavía) exclamaba Víctor alegre mientras señalaba el sol caluroso sin verlo. En esa forma había llegado hasta la casa de Don Pedro el Tata, Tatita de cariño llamado así por toda la comunidad y los alrededores.
- Platique un poco de las cosas de aquí- invitó Víctor, mientras en forma paladina tomaba pozol, tronando la boca el anciano y Chavita cuando se filtraban algunos granos no molidas-. ¿Es cierto que el latifundio de un tal Tomás se extendió hasta las nuevas colonias?.
-¡ Ah ¡ ¿Qué si el desgraciado de don Tomás hizo de la colonia parte de sus tierras?- y el anciano golpeó la mesa mientras su mirada fría escrutaba a Víctor sin responder a la pregunta, instantes después y como para que ésta no tuviera el más mínimo dejo de duda llamó a su hija que lavaba los trastes en una cocinilla tan oscura como la cueva de un felino, en parte porque carecía de ventilación y en parte por el humo impregnado en sus paredes,- A ver Chayito, decile a don Víctor lo de don Tomás-. Gritó, mientras la mujer, tímida, con una sonrisa a la par pícara y avergonzada- se paraba a prudente distancia de Víctor, como para evitar que fuera mordida.
- Es muy malo el señor Tomás- dijo, balbuceando las palabras sin despedirse de la sonrisa.
- ¡No, no! Aparte de eso, dile lo de la casa y de todas las otras casas- volvió a gritar Tatita golpeando con mayor fuerza la mesa. Chayito al igual que Chavita apretaron los ojos asustados-. ¡ Andá!- insistió el anciano.
- Pues nos echó el ganado- dijo la muchacha después de un silencio mientras buscaba las palabras- y todas las casas se cayeron-, concluyó Chayito, fatigada pero feliz por el encuentro de las palabras.
- Esa es la cosa- afirmó Tatita extendiendo los brazos para posar luego los puños en la cintura a la vez que acercaba la cabeza hacia Víctor como para contarlo en secreto- pero todavía más- dijo- De las casas hizo leñitos. Claro, el presidente municipal de Chenalhó dijo que era muy su justicia pues era de su propiedad, pero no cuente todavía don Víctor- suplicó el anciano aspirando aire profundo para proseguir-. El muy desventurado del marido de la Chayito se jué a Tuxtla que para levantar una denuncia y véalo usted, ahí está encerradito dizque por político y disolución…quién sabe que.- Tatita se rascaba la cabeza mientras sus labios resecos profesaban mil insultos. Su mirada fría  se llenaba de cristalinas aguas que mostraba sin recato, su odio profundo. El silencio que abrazaba a todos era despedazado por los dedos de Chavita que golpeaba la mesa, rubricando un ritmo; la hija ya se había evaporado del cuarto yéndose nuevamente a la cocina.
- Y otra cosa- volvió a hablar el anciano-, lo que vos me dijo la vez pasada, ya se lo fui dicho a la gente, para prever que quiera don Tomás hacer de lo nuestro suyo y están que quieren luego pelea. Pues muchos salieron perjudicados, con la condición claro, que yo mero los guíe y po’s claro que los guío, por algo soy el más experimentado. ¿O vos que cree don Víctor?- Preguntó inclinando nuevamente la cabeza, dando la impresión de que quería que Víctor lo viera mejor, que, pellizcándose los labios, señal de preocupación, meditaba razonando todos los acontecimientos. Las dificultades del problema eran grandes, ya que contra quienes se iba a luchar, tenían el poder y la influencia de los funcionarios agrarios y sobre todo que el tal Tomás, a mas de latifundista era el presidente del partido oficial en el Estado y al parecer dispuesto a utilizar la fuerza de las armas. Pero más que aquello, le preocupaba la actitud de los campesinos e indígenas que en un arrebato de cólera, sin orden ni compás, arremetieran contra la injusticia con consecuencias graves para la población. Conocía de antemano de lo que eran capaces los latifundistas y hacendados que poseían el poder o influencias.
- Así que la gente quiere pelea- murmuró Víctor como para sí, el anciano se levantó y extendiendo las manos a las vigas del techo de la choza, exclamó como un mecías furibundo frente a la muchedumbre.
-¡ Se ha de hacer! Porque los pobres tenemos la juerza y el valor, mientras los ricos únicamente la paga.
Víctor salió de su marasmo al escuchar la voz enérgica del anciano que así determinaba de un tirón la estrategia a seguir plasmada de una energía tan general y sencilla como capaz de originar el impulso del calor fogoso de la lucha revolucionaria, como si esa actitud revolucionaria contuviera en su seno la cría de un “quinto sol” que había que alumbrar, o que ya estaba alumbrando la tierra para dar a sus pobladores una claridad que al principio nítida e imprecisa cobraba, lleno de un rojo púrpura, la conciencia de una clarividencia tal, que decir “no se ha de hacer” significaba el sepulcro de su personalidad y su ideología rota ante la espalda que el mismo se pudiera dar. -¡Se ha de hacer!-, retumbó nuevamente éstas palabras en los oídos de Víctor que sonrió bonachón  al encontrar la respuesta que buscaba.
- Bien Tatita- dijo sonriendo Víctor-, entonces llame usted a toda la gente para platicar sobre lo que hay que hacer. ¿Se puede mañana temprano?.
- Se puede, y en cuatro días reunimos a la gente de toda la región afectada- contestó lacónico el anciano ya calmado y contagiado de la sonrisa de Víctor. Chavita también rió. Se paró y fue a zambullirse a la cocina a apresurar a la hermana con la comida.
Por la tarde, mucho después de haber comido, Víctor, Chavita y el anciano Tatita, se encontraban descansando en el pequeño solar de la choza donde ya con bastante debilidad, rozando apenas la tierra el sol del atardecer, agigantando en el suelo los cuerpos de los tres hombres. Chavita, sentado en la tierra jugando con algunas piedrecillas como chiquillo, Tatita como cansado de contemplar la agonía del día, se recostó en la hamaca, Víctor continuó recargado en el palo de un membrillo fumando escandalosamente, clavando la mirada en las transparentes nubes, que, plateadas, se fugaban  con calma placentera hacia el horizonte en abrazo marital con las montañas que empezaban a oscurecerse. El silencio que los envolvía era roto por el paso en bandada de multicolores aves en alegre juego con sus piares coloreando la bóveda, sin que esos piares alegres sacara a los hombres de sus sueños y meditaciones.
Por la vereda apareció la figura de un hombre de cuerpo delgado que avanzaba con energía hacia la choza; bajo el brazo colgaba un morral lleno de objetos. Los perros ladrando alertaron a los tres amigos de la presencia en un principio inexplicable de aquella figura. Cuando se hubo acercado, todos sonrieron yendo a estrechar la mano del recién llegado. Tatita con su vocesón, levantándose presuroso de la hamaca lo recibió con exclamaciones de bienvenida.
-Señor Jermilio- decía al estrechar su mano-, ¡qué milagro ha sido ese que nos visita! ¿Viene otra vez a pintar?.
- Ahora no vengo a eso- contestó amable Jermilio mientras se quitaba el sobrero de palma. Cuando se hubo descubierto la cabeza, apareció en ella la gasa y algodón que cubría una herida al parecer profunda.
-¡ Dios de todos los santos! Exclamó Tatita mientras le daba vueltas curioseando la herida desde todos los ángulos. Jermilio orgulloso posaba para que lo admiraran mejor.
-¿Qué ha sido eso?- preguntó a la vez Víctor que también examinaba la herida.
- Fueron los pistoleros del diputado y del presidente del partido.- contestó con seguridad y aplomo Jermilio, sin abandonar el orgullo con que había enseñado la herida, como si en ella estuviera representada el valor de sus convicciones, en opinión de él mismo, revolucionarias.- Y a eso precisamente vengo Víctor, para que junto a usted  apoye a estas gentes y les demos pelea a esos desgraciados latifundistas.
Víctor frunció el ceño cavilando, llevando los dedos a pellizcar los labios; alisó el desparpajado y largo cabello.- ¿Los golpes que te dieron es la única razón por la que quieres estar con nosotros?- preguntó con malicia para indagar la fuerza y profundidad de las convicciones de Jermilio si era acaso un simple deseo de apagar el despecho de la burla sufrida a través de una alianza, que le resultara arribista, que después de satisfacer su venganza, se alejaría y no volvería a la lucha, que, sin arraigo ni fe, se daría en ésta región, en las próximas luchas, un desequilibrio. Porque era muy necesaria una disciplina que solo se lograba  a través de convicciones maduras y no simple caprichos o aventuras..
- Bueno- dijo Jermilio descuidando ya su postura de orgullo- los golpes, a decir verdad me hicieron comprender todo y si aquí estoy es porque he comprendido que mi lugar está entre la clase humilde.
Víctor no cesó de dudar de la veracidad de éste cambio y si no del cambio si de la decisión. A Jermilio lo había conocido en la ciudad de Tuxtla, cuando éste, rodeado de admiradores, pintaba en la calle a la usanza bohemia. Víctor se acercó a ver la obra y en la plática que siguió, el pintor blasfemaba contra los políticos. Víctor únicamente sonreía sin llegar a estimar en lo absoluto éste furor político del pintor contra los poseedores de la riqueza, pensaba que era una pose clásica como de tantos más, pero que en la práctica siempre daban el resbalón. Después de ese día hubo más tocando siempre el mismo tema, agregando por parte de Jermilio la amistad que tenía con grupos indígenas, la amistad, si no tan íntima fue suficiente como para no desconfiar plenamente de su persona, no así, de esa repentina entrega a la lucha.
-¿Y cómo fue ése golpe?- continuó escrutando Víctor.
- Ah – exclamó Jermilio nuevamente orgulloso- Usted verá, fue en el banquete de antier. El diputado se echó un discurso y yo lo rebatí, los llamé ladrones y le menté la madre a él y a todos los de su partido, entonces fue que me hundieron los desgraciados la pistola en el cráneo.- Tatita y Chavita no se contuvieron y rieron escandalosos con gozo de niño, Víctor se contagió sin poder disimular la sonrisa que adornó su rostro quemado por el sol. Fanfarrón el pintor se sacudía la camisa como para echar de ella alguna basurilla que le molestara y enseñoreándose exponía placentero la herida de la cabeza.
- Mal hecho- cortó lacónico Víctor las risas, haciendo que el pintor desvaneciera su orgullo que intrigado lo observó por todos lados.
- ¿Y por qué? – preguntó sorprendido extendiendo los brazos.
- Porque mostraste por adelantado una posición sin saber si tienes bases firmes para sostenerlas, mostrastes lo que serán tus acciones si es que realmente lo pretendes.
- No entiendo- volvió a hablar sorprendido el pintor a la vez que con desánimo por lo que creía una gran proeza.
- Si, mira, es sencillo. Primero déjame felicitarte aunque no se si deba hacerlo, por lo que hiciste, pero lo que hiciste, debiste meditarlo, porque gratuitamente te pusiste ya en la mira de esas gentes, y en el argot político serás doblemente cazado y tu deberás de ahora en adelante tener mucha más precaución- Jermilio caviló rozando apenas con la mano la cabeza para no lastimarse a causa de la fresca herida.- bien, pues eso es lo que necesitas, paciencia y reflexión para llevar tu ideología a un fin práctico; dices tener disposición  para la lucha, o al menos eso pretendes- continuaba Víctor en voz baja- pues eso es lo primero que hay que conseguir, o dicho en sus palabras más justas; a éstos- y señaló a Tatita y a Chava- es a los que hay que dirigirse, ahora ellos , los latifundistas trataran de que no te les acerques, intentarán desacreditarte, tienen mil maneras de hacerlo y tu dilatarás mucho para lograr su confianza, para tu fortuna por aquí te conocen. Las cosas Jermilio, cuando se van a hacer se hacen menos a la aventura, aunque tengo la ligera sospecha que todo fue un arrebato tuyo, de valentonada en estado de embriaguez. – Cuando Víctor concluyó con ésta lógica, Jermilio, primero palideció, luego pasó a un rojo de vergüenza.
- Bueno… es verdad, así fue- se confesó avergonzado el pintor titubeando un poco. Chavita y el anciano volvieron a reír, tan estronduosamente que las mismas aves se rieron huyendo hacia las montañas, el pintor, antes de que volviera a ser reprendido por Víctor se acercó suplicante,- Pero me he convencido plenamente… por eso estoy aquí; usted debe creerme.
- Bien, te comprendo- concluyó Víctor y el pintor libre de ese peso, suspiró profundo volviendo a su pose orgullosa bajo la mirada de los dos indígenas que sin hacerles caso volvió su mirada hacia el universo, como para empezar a reconocer ése nuevo mundo con el que tenía que convivir. Sacó un cigarrillo y empezó a aspirar profundo con actitud poética. Víctor levantó la mano y golpeando algo invisible volvió al marco de la puerta; sin indagar más sobre el pintor caviló nuevamente sobre la gente que había que ser organizada para la lucha venidera. La noche los sorprendió sin que el grupo le diera alguna importancia. Así empezaron a ser arrullados por los insectos nocturnos.
Cuatro días después y luego que se había secado el rocío, de diferentes puntos los indígenas venían a arremolinarse a la fachada de la casa de Tatita. Conforme iban llegando, el anciano les hacía caravanas ceremoniosas tendiéndoles la mano para apenas rozarlas, luego saludaban a Víctor y por último al pintor que les zarandeaba los brazos por lo que los indígenas sonreían abriendo desmesuradamente los ojos.
- Tuviste suerte Jermilio- le decía Víctor al pintor socarronamente- les simpatizaste que estés aquí con ellos.
- Buen   vinik éste bak caxlam ( buen barón éste ladino flaco)- decían los indígenas dirigiéndose a Víctor  mientras señalaban al pintor entre las carcajadas de los concurrentes y del propio Víctor, Jermilio se cubría la cabeza con las manos, sorprendido e ignorante de lo que decían: Abría los ojos cómicamente, lo que volvía a provocar la risa de los indígenas.
- Ya aprenderás la lengua- decía Víctor para consolarlo.
La reunión empezó entre la algarabía de los hombres que hacían bromas unos a otros, después el silencio se hizo solemne como cuando se va a oír la prédica del Mesías. Se levantó uno de los ancianos y de inmediato la mirada de todos fueron a picarle el cuerpo, éste se inquietó un poco y jalándose el pantalón  de manta hacia arriba se concretó a decir.- K’usi k’apon don Víctor ( que hable don Víctor) y se sentó. Todos aplaudieron dirigiéndose a Víctor.
- ‘i’i, k’usi tatita k’apon ch’e es sjyu’el pero lo que no entienda  porque no domino su lengua me lo diga en kastilya ( no, que tatita les hable pues es su jefe y lo que yo no entienda me lo diga en español) dijo al levantarse Víctor señalando al anciano Tatita. Todos aplaudieron mientras Tatita carraspeando buscaba las palabras y al final para librarse, empezó precisamente con la exclamación con que había sorprendido a Víctor días anteriores.
- La lucha ha de hacerse – exclamó tatita-, por que los ricos tienen la paga que a los pobres nos quitan, ha de hacerse porque no hemos de dejar que nuestras mujeres y nuestros niños se queden sin el pozol y los frijoles. ¡Ah! Eso si compañeros, no en vano los viejos estamos viejos a costa de sobarnos el lomo. ¡ Basta ya compañeros que los caxlam como el mentado Tomás, nomás por que sí se haga de lo nuestro suyo a juerza de embaucarnos y mentirnos. Y si no, con las armas y el terror, como dice don Víctor, nos han despojado y maltratado. Allí tenés a Gabino, en la cochina cárcel dizque por político.¿ Pues qué? ¿ No hemos de palabrear también nosotros? No nos dejan y de ribete nos apalean. ¡ Pues la lucha la haremos de otra manera! ¡ Ah, eso si compañeros…-las palabras de Tatita iban penetrando hondo, caliente, quemando lamente de la masa indígena, indignándola a fuerza de dar clarividencia a su retoño político de su generación que se avivaba. Tatita atizaba, sin necesidad, llamaba a su ayuda los antecedentes de aquellas lejanas generaciones indígenas que fantasmalmente se aproximaban a las conciencias. Y estos fantasmas consiguieron imponer un profundo silencio que obligó a los indígenas a remomerar leyendas. Víctor no tuvo que hablar mucho, solo un poquito lo que por derecho y cultura les pertenecía; poco después todo mundo hablaba y opinaba: Por espacio de más de dos horas se discutió, luego nuevamente el anciano que había abierto la discusión se levantó ya sin intimidarse,- Hay una cosa compañeros- dijo ahora buscando la mirada de todos- bueno sería que don Víctor se fuese hoy mismo a Chalchihuitán a hablar con aquella gente, ellos tienen el mismo problema y podemos hacer buena alianza y ya como dijo Tatita, unidos ganamos mas batallas, po’s ésta contimás con los de Chalchuihuitán- detuvo su perorata para encender un cigarro y descansar de su discurso. Jermilio mientras tanto negaba con la cabeza la opinión que se daba mientras que a Víctor se le encendían los ojos llenos de interés, cuando se dio cuenta, el pintor cambió de opinión empezando a afirmar con el mismo movimiento de cabeza.- pero que sea hoy mismo- continuó el anciano después de su breve descanso- porque según he sabido mañana llega una comisión con un ingeniero y pues pa’ qué más que la verdad, todos sabemos a que van. ¿A qué ha de ser sino para ampliar el latifundio de don Tomás por aquel lado, o sea, que van a seguir mochándonos las manos pa’ que después tranquilamente y sin complicaciones nos cuelgan en cualquier palo a su sabor y menester. Por lo tanto debemos buscar la alianza. Pero quiero decir algo más. Yo creo que debemos demostrarles a los ladinos con perdón de don Víctor y el pintor, que nosotros no somos tan tarugos y propongo que mientras don Víctor va a Chalchihuitán nosotros nos apercavemos instruyendo a la gente, y ponerlos, con machetes y lo que tengan, por los caminos y principalmente por las cercanías de la finca de don Tomás, por que quien quite y éstos mal paridos nos quieran hacer una trastada.- Cuando se sentó, con la mirada severa estrujando el cuerpo enorme de Tatita, la inquietud volvió a apoderarse de la masa indígena, luego, como trompo en constante vértigo, la polémica  se desató, ya unos apoyándola y otros desechándola. La discusión iba subiendo de tono y las amenazas relucieron contra la despiadada corrupción. Víctor hizo elucubraciones teóricas, pensó que el indígena que había hablado podría ser un provocador, pero sacudiéndose la melena apartó ésta idea tan lejos de las cualidades limpias como es la población indígena- en su mayoría- rectificó, pensó que si éstas ideas, hasta cierto punto románticas e irreales, también recordó que cuando aparece un detalle de éstos, es decir un indígena renegado, que participa de la rapiña, frente a sus hermanos de sangre, la vergüenza de la traición lo coloca en el plano del destierro, así que pensó que aquí no se daba el caso.
-Compañeros- alzó la voz Víctor al momento de pararse, los gritos al momento se hicieron murmullos y luego el silencio prevaleció en la reunión. Víctor hizo un preámbulo como a modo de finta, como para sopesar el valor del silencio-. Compañeros- volvió a gritar con voz enérgica pero respetuosa-, tiene razón el compañero, creo Chavita, que ustedes ya conocen puede acompañarme a ese lugar, para no dar la vuelta hasta el pueblo podemos cortar camino. Hoy mismo nos vamos si están de acuerdo. Esto es cuanto a la alianza, que es importantísima, en cuanto a lo otro no voy a discutir ahorita si la opinión de armarse y vigilar los caminos sea oportuna, pues antes debemos saber los alcances de la alianza- Los murmullos empezaron nuevamente, Víctor repasó con la mirada a cada indígena encontrando en sus miradas odio y energía, luego un poco conciliador continuó- pero si ustedes consideran armarse háganlo pues, pero no como alternativa sino como simple precaución, a manera de espiar, pero que sean ellos los que dejen las alternativas. O resuelven el problema u otra represión será respondida en la forma que se considere, pero repito, necesitamos alianzas y si ustedes están de acuerdo, terminando la reunión Chavita y yo salimos para Chalchihuitán-. Cuando Víctor se sentó los gritos interrumpieron la pesadez, los gritos fueron alegres pero llenos de coraje. La reunión terminó después de fijar responsabilidades.
Poco a poco los hombres se fueron alejando de la casa de Tatita entre abrazos y murmullos de felicitaciones o echando bravatas y mueras al latifundista don tomás. Al pasar junto a Víctor le dan palmaditas en la espalda ofreciéndole sus buenos deseos en su viaje a Chalchihuitán. Cuando se hubo desalojado el solar, Víctor, junto a Chavita se pusieron febrilmente a preparar el morral que debían llevar así como la cobija y el inseparable pozol en bola. Jermilio se acercó a Víctor, tímido pero orgulloso le preguntó si podría acompañarlos.
-¿ Cuantas leguas son Chavita? – preguntó sin voltear a verlo, como para calcular las energías del pintor para la caminata.
- No más de cuatro- le contestó Chavita afanoso en los amarres del morral.
Víctor mentalmente, pellizcándose los labios multiplicó inmediatamente- ¿Aguantarás dieciséis kilómetros tomando en cuenta que es monte y que ésta distancia fácilmente se multiplica? Le preguntó al pintor.
- Ah, pero si como no- fue la contestación inmediata del pintor que, sin esperar la aceptación oficial le mostró a Víctor eufórico su morral ya preparado. Esto lo había hecho en cuanto se dio cuenta que Víctor realizaría la tarea de la alianza. Víctor sonrió y golpeo el aire.
Ya preparados fueron a despedirse de Tatita que con bonachona sonrisa les dio una palmada a cada uno de ellos- Id, id- les decía- que esto se va a poner, pero que si rete bueno. Eh, si- exclamaba con ojos inquietos- ya muy los veo a estos caxlam. De usted depende don Víctor, de usted depende.
-Que así sea- concluyó Víctor. El pintor asintió con un movimiento enérgico de cabeza y Chavita apretó los dientes. Los tres partieron bajo la mirada vigilante del anciano que musitaba entre los labios oraciones de buena ventura para Víctor y su hijo y maldiciones para los caxlam que horadaban asesinando.
Pronto la montaña fue vigilante del paso de los tres hombres que machete en mano, apartaban inmisericorde los brazos de las ramas que inútilmente trataban de saludarlos. Al principio Jermilio igualaba a la guacamaya con infatigable lengua, pero a las dos horas del camino cambió de parecer y empezó a respirar profundo aire. Víctor y Chavita se intercambiaban monosílabas , yéndose presuroso al silencio con el que con mayor claridad se oía el fatigoso respirar de Jermilio.
A Chalchihuetán tenían que llegar al anochecer, por ello no descasaban ni aún por la mirada suplicante del pintor que con un poco de vergüenza mostraba su fatiga. El machete cortaba mientras tanto, la maleza que en ocasiones se entre tejía en los pies aminorando la marcha para luego, tomando auge se proyectaban en el camino. El sol del atardecer empezaba con su clásico arte de teñir de cien colores el universo contagiando a las aves que hacían sonar su canto de mil maneras. La tierra empezó a humedecerse con la frescura de la tarde y las ceibas con su blancura y arrogancia se erguían guardianes en medio de su sequito de matorrales o robles o cedros en los diferentes puntos de la montaña pletórica de selva. El verde empezaba a oscurecerse, produciendo una masa inicua de pesadez en la tierra y el calor se fue marchitando. Un olor a alcohol empezó a prender la atmósfera.
-¡Los alambiques!- gritó sorpresivamente Chavita, deteniendo el paso y abriendo desmesuradamente los ojos, que con un tabú altanero hizo que el indígena se parar en seco, que miraba urgido por todos los rincones. El pintor también se detuvo aspirando profundo para comprobar la veracidad de Chavita, pero sin darle importancia.- Estamos en los terrenos de los alambiques- volvió a exclamar con mayor seguridad.
-¿Estás seguro?- preguntó Víctor visiblemente preocupado, imitando a Chavita en la búsqueda por los rincones de la montaña.
- Como que Tatita es mi abuelo.
- ¿ Es malo esto? – preguntó con amplia sonrisa el pintor sin dejar de respirar profundo.
- Son alambiques clandestinos- le explicó Víctor, pellizcándose los labios- es decir, zona prohibida, si nos llegan a ver no lo contamos . Apresuremos el paso- urgió Víctor- para salir pronto de ésta maldita zona.
Los tres empezaron a caminar de prisa, husmeando los recovecos de la distancia. El pintor se colocó, con precaución  en medio de Chavita y Víctor, con una sonrisa que evidentemente no era de alegría, sino de notable nerviosismo. La bota de Víctor golpeaba con furia la tierra aprisionándola en su prisa. No bien habían caminado unos metros cuando el eco de una carabina se agazapó en el oído. Instintivamente detuvieron el paso, mirando hacia todos lados y el eco se volvió a repetir, seguidos de otros más. Una bala altanera silbó cerca del oído de Chavita.
- Ah malditos- murmuró- Ya nos miraron don víctor- y agachado se arrastró hacia él que ya se encontraba tirado junto al pintor.
- Tu conoces mejor el lugar, aconseja por donde nos vamos- dijo Víctor.
- No sería mejor ir a decirles que no tenemos malas intenciones?- opinó el pintor angustiado mientras se mojaba con saliva las orejas.
- Eso sería tan estúpido como que nosotros mismos nos diéramos un balazo en la nuca. Vámonos a la cueva del muerto, ahí estaremos seguro; hasta bien entrada la noche salimos. Pero corramos separados, así se les hará más difícil a estos perros- concluyó Chavita con la aceptación de Víctor.
- Corre tras de mi- le dijo Víctor al pintor que angustiado miraba hacia todos lados.
Cuando se levantaron para echarse a correr, los ladridos de las armas se dejaron de nuevo  oír, seguidas de las blasfemias, ahora ya claras, de los tiradores. Empezó una carrera con la muerte. Los tres era ahora tímidos cervatillos que huían presurosos de las garras de cazador que implacable los perseguía. El jadeo del pintor se oía claro a las espaldas de Víctor, luego se fue alejando. Chavita se había perdido entre los matorrales y palos y no se volvió a ver. Los disparos se fueron alejando hasta que a los oídos de Víctor los atrapó el silencio.
Víctor entró corriendo a la cueva del Muerto, su bocaza negra inmediatamente lo tragó, quiso fumar para calmar los nervios que lo estrangulaba pero el temor de que la luz del cerillo fuera visto por los asesinos lo detuvo. Curioseando hacia fuera, sentado en cuclillas en un rincón, con su pistola en la mano por si acaso entrara uno de ellos, esperó a sus compañeros. Le extrañaba que el pintor no hubiese llegado tras el y que Chavita que se dilataba pero acaso entraría en cualquier momento. Los minutos empezaron a correr ligeros, marcando paso a paso el ritmo del corazón. Nuevamente se oyeron algunos tiros a lo lejos haciendo que se sobresaltara Víctor, luego el silencio; un silencio que olía a sangre fue invadiendo la montaña, la sierra, la planicie, la atmósfera y ni el pintor ni Chavita se presentaban. Los minutos siguieron corriendo hasta formar horas y las horas continuaron amontonándose para hacer la espera más inquieta. Las alucinaciones empezaron a tomar cuerpo en la mente de Víctor que, haciendo uso de toda la lógica siempre llegaba en su forma más macabra a presentar un cuadro que agitaba hasta el más frío temperamento. Quiso creer que Chavita y el pintor no habían alcanzado a llegar a la cueva, pero que se encontraban salvados en algún otro lugar. Pero acudía implacable el recuerdo de los últimos tiros cuando él ya se encontraba en la cueva. Y el pintor que corría tras él. ¿Por qué lo fui a aceptar’- se preguntaba Víctor sumido en una angustia mezclado con dolor y coraje. Y las horas continuaron su marcha mientras en la gran bóveda aparecían las galaxias con sus destellos luminosos. Las horas se hacían al compás del tiempo típico de la selva, que producía silbidos al cortar las hojas de los inmensos árboles. El reloj martillaba su camino irrefutable y en el infinito apareció con nitidez la luz de la luna llena, que enorme y roja, explayaba su mirada a cada párpado de las aves que titiritaban alegres y burlonas.
Cuando el reloj de Víctor señalaba la llegada de las diez de la noche, perdió asustado las esperanzas de que llegaran sus compañeros, levantándose de donde, desde que había llegado estaba quieto, salió de la cueva; al principio con cautela, poco después echó a andar con paso lento, agachado, tomando en cuenta cada ruido que se hacía en la naturaleza, cada rincón oscuro y cada boquete de luz. Avanzó con paso lleno de cálculo matemático, tratando de reconstruir o de imaginar la ruta seguida por sus compañeros. Había abandonado la idea de ir a Chalchihuetán que sucumbía entre la fiera y obstinada idea de encontrar a sus amigos.
Mientras caminó agazapado fue seguido quisquillosamente por los silbidos de los insectos que molestos se atravesaban en su paso.
Al principio sus ojos se dilataron tratando de aprehender en toda su realidad aquel cuadro. Entrecerraba los ojos para querer formarse solo una ilusión, pero no, el cuadro seguía tan real y pujante como doloroso; tan trágico como una obra de Orozco o un Guernica. Sus pasos se hicieron inseguros, no atreviéndose a seguir, pero al final fue vencido por una frialdad necesaria. Quería palpar, quería tomar, quería asegurarse que su mente, a veces calenturienta, le estaba engañando con una broma estúpida. Pero no. Cuando se hubo acercado a ese enorme árbol silueteado por la luz de luna llena, jugando macabramente con el viento, los cuerpos de sus amigos se movían con lentitud y como con una sonrisa la puerta de la muerte saludaban a Víctor. Sus ojos espantosamente abiertos, le señalaba o le mostraban a él las heridas, los orificios que sus cuerpos teñidos de rojo poseían , las manos sangrantes atadas con salvajismo por la espalda. En el pecho de Chavita pendía un letrero pintado con la sangre de los muertos “ Así quedarás si pasas”. Un remolino de viento jugó con los ojos de Víctor y una catarata de gritos parecía llegar de lejos: las aves cantaban y la luna se pandeaba holgadamente sin importarle seguir hacia su cenit.
Una guacamaya nerviosa subió hasta lo alto e su nido y desde ahí vió a un hombre parado ante dos cuerpos colgantes que hacían vaivenes con el viento, Aquel hombre, alumbrado por la luna, permanecía inerte, con los pies abiertos, los puños cerrados y pegados a las piernas, con la mirada encajada en aquellos cuerpos; el viento también a él lo acariciaba, su chaqueta iba de un lado a otro zarandeándole y su pelo como pasto, se inclinaba de un lado a otro sobre su cabeza. Aquel hombre levantó el puño y amenazando los cuerpos colgados gritó.-¡ Qué ironía ¡- alcanzó a oír la guacamaya- Chavita, tu querías tus tierras y hoy ellas te cubrirán eternamente.- La guacamaya asustada cerró sus ojos y agitando sus alas se volcó al espacio con terribles aullidos y conjuras. Al pasar junto a aquel hombre alcanzó a golpearla su voz.- ¡ Perros, así yacerán!.- Presurosa la guacamaya huyó a la conseja de la luna.
Víctor tomó un puño de tierra y después de mostrársela ante los quietos y salidos ojos de Chavita y del pintor, lanzando terribles amenazas las esparció al viento.
Empezó a caminar lentamente, apesumbrado, luego echó a correr, tropezándose con los nudos de las yerbas, la luna proyectaba su sombra, los pájaros asustados por su paso huracanado se lanzaban al vuelo; así corrió Víctor hasta que sofocado vió las primeras chozas del ejido de Tatita.
Abrió la puerta impulsivamente, deteniéndose en la hamaca donde roncaba plácidamente el anciano; su cuerpo se agitaba y expandía por el trabajo afanoso de sus pulmones por la carrera. No le habló a Tatita, sino que se entretuvo contemplándolo. En el rostro del anciano, sus rasgos enérgicos se mostraban placenteros y al oír a aquellos pulmones que casi resoplaban en sus oídos, abrió sus ojos con calma, parpadeando. Primero con sorpresa llena de incertidumbre lo acogió y solo hasta que hubo reconocido en aquel cuerpo inmóvil la figura de Víctor, brincó sorprendido de la hamaca.
-¡ Usted, don Víctor?  , pero si lo esperábamos hasta mañana y eso por la noche- Víctor guardó un rato de silencio sin siquiera mover un músculo, ni un pestañear, su mirada fija, penetrando en la del anciano, hasta que éste empezó a rascarse enérgicamente la cabeza.
- A pasado algo grave Tatita- dijo al fin Víctor pero sin moverse- el anciano abrió desmesuradamente los ojos , sacando la lengua para remojarse los labios resecos, se paró enérgicamente para examinar de cerca los ojos de Víctor que continuaban inertes-. Pasamos por los alambiques-. Hizo una pausa y el anciano pareció despertar de un profundo sueño con gran arrebato de calor- No nos dimos cuenta… A tu hijo lo colgaron.- Su mirada se hizo más fría ante la reacción de angustia del anciano que pasó de inmediato a una mirada inyectada por el coraje. El anciano abandonó la presencia de Víctor con un misticismo desconcertante; se puso a pasear por el cuartucho que pareció achicarse aun más para estrujarlo y aplastarlo. Desde el rincón donde el anciano se había ocultado preguntó, esquivo pero piadoso por el pintor.
-¿ Llegaste solo?.
- Desgraciadamente-, contestó Víctor adivinando el contenido de la pregunta- Jermilio acompañó en su muerte a Chavita. Los tres corrimos.- continuó diciendo esto como a manera de disculpa, como si estuviera ante un juez incólume- dijimos que nos encontraríamos en la cueva del Muerto. No llegaron ellos. En la noche salí a buscarlos…y ahí estaban, colgados.
Toneladas de arena cayeron, hasta ese momento sobre el cuerpo rígido de Víctor, que no soportando más se sentó en la hamaca ocultando en sus manos su rostro. El anciano sin más preguntas salió del cuarto. Pasó mucho rato sin que se volviera a ver. Poco después llegaron hasta los oídos de Víctor las amenazas e injurias que el anciano vociferaba a las estrellas que tímidas y avergonzadas titilaban. Entró nuevamente el anciano con furia incontenible y señalando con el brazo hacia Víctor le dijo.
- Espérate aquí, voy por la gente. Nosotros nos haremos justicia.- y salió precipitadamente. Víctor lo siguió con la vista hasta que éste se perdió entre el caserío.
No pasaron más de veinte minutos cuando hasta a Víctor llegaron, primero murmullos incoherentes, luego voces claras y llenas de exclamaciones de odio. Se levantó parsimoniosamente y fue hasta donde la gente se reunía. En cuanto fue visto pronto se agolparon a su alrededor salpicando de preguntas y amenazas. Víctor se dio cuenta que todos venían armados con machetes y algunos con viejas escopetas. Quiso hablarles, echarles un discurso pero calló ante el odio incontenible que se marcaban en sus rostros, se daba cuenta que la filosofía de la revolución se manifestaba como brote y que nada ni nadie podría detenerlos. El anciano hacia el cielo exclamó ante la gente reunida.
- ¡Quiera Dios y encontremos al desgraciado de don Joaquín para colgarlo con mis propias manos!
Cuando oyó el nombre, Víctor preguntó a uno de los hombres que se encontraba a su lado.
-¿don Joaquín el diputado?
- El mismo- dijo sin voltear a verlo- él es el dueño de los alambiques clandestinos.
- Vamos don Víctor- dijo el anciano sacando a Víctor de sus meditaciones que, inquietas sus manos pellizcaban sus labios- Todos en silencio- ordenó el anciano a lo que los indígenas primero contestaron con alaridos de cólera pasando luego al mutismo.
Las aves y los insectos expectantes veían marchar a una masa de hombres recortados por el plano luminoso de la luna ya cerca del cenit. Sin sombras, sordos, caminando hacia el campamento de los alambiques y reluciendo los machetes. Cuando llegaron al sitio, los guardias sorprendidos por esa masa compacta de indígenas, corrían asustados y cobardes porque jamás imaginaron una reacción así. La mayoría alcanzó a huir y solo siete que quisieron hacerles frente con sus armas fueron apresados por la cólera indígena que empezaron a golpearlos despiadadamente.
- ¡No, ya no más!- protestó el anciano- Los quiero vivos. Vamos a donde se encuentra mi hijo y el pintor.
Todos obedecieron y empezaron su marcha guiados por el anciano y Víctor, el resto, picando con sus machetes a los guardias de los alambiques que, ensangrentados caminaban a tropezones. Cuando llegaron hasta donde se encontraban los cuerpos, la sorpresa y el coraje de todos enmudeció los cielos. El anciano se paró ante el cuerpo de su hijo y sollozando le besó las manos.
- ¡Ah, mi’jo! Aquí yaces- murmuraba el anciano sin despegar los labios de las manos frías y tiesa de Chavita que lo veía con sus ojos secos de muerte- somos los pobres los que pagamos con sangre la riqueza de los ricos. Pero esto se acabó.- Víctor observaba en silencio aquella escena donde el indio muere por redimirse. Los cuerpos fueron bajados con solemnidad y cubiertos por los cotones de sus compañeros. El anciano se postró ante ellos y llorando oró dándole las últimas promesas. Todos en silencio se persignaron cuando Tatita hubo terminado la oración. Luego tomando el letrero que le habían colgado a Chavita, lo mostró iracundo a todas las galaxias y como sacerdote de ritual prehispánico, lo llevó a frotar a los ojos de los guardianes capturados.- Cuelguen a éstos- sentenció el anciano arrojando el letrero con ira lejos de ellos. Los hombres forcejearon, tratando inútilmente de zafarse de sus ligaduras. Suplicaron, se arrodillaron, lloraron escandalosamente, pero el anciano mantenía su brazo extendido, ahora hacia los árboles donde antes se encontraban los cuerpos de Chavita y el pintor. Pronto quedaron los siete hombres colgados, columpiándose al vaivén del viento.
- ¡Esta es mi justicia y lamento no haberme encontrado al diputado, pero ya nos encontraremos, ya nos encontraremos!- gritó Tatita con su brazo extendido. La montaña se agitó sacudiendo a sus habitantes: las codornices, los tucanes, los guacamayos, los pericos, los petirrojos, las zacuas y hasta los mismos zopilotes se estremecieron  emprendiendo la huida  hacia el horizonte.- Esta es la justicia del indio- murmuró Víctor. Y empezó la peregrinación en un silencio aún más profundo y solemne que con el que habían llegado a los alambiques.
Al amanecer llegaron. Llegó aquella masa de indígenas ahora entre cánticos al poblado. Ya las mujeres esperaban hecho puño. Al pasar el grupo junto a ellas, estas se persignaron tocando con sus dedos los cuerpos rígidos de los muertos, dirigiendo una mirada de condolencia a Tatita y a Víctor que silenciosos caminaban al frente del cortejo.
Los cuerpos fueron colocados en el centro del poblado adornado con flores y velas. Las oraciones se llenaron de lágrimas llenando el espacio.  Tatita permaneció inmóvil sin ningún secreto de odio o de amor. Sus lágrimas llegaron lentas hasta los cotones de los muertos.
- Que fácil y sencilla es la muerte- murmuraba Víctor- Así como nítida, también violenta llega, nos sorprende o nos avisa, nos pone trampas o nos despeja el camino, llega alegre cuando más se implora en una agonía martirizada o llega triste cuando con mayor esplendor se quiere poseer la riqueza humana, pero siempre sencilla y fácil. Hoy la muerte nos duele. El pintor dejó sus pinceles y quiso crear su obra con la palabra, Chavita, hermoso, la dio por sus hermanos.
El sol empezó a calentar con ardor y Tatita señalando con el dedo como para despedirse de los muertos dijo lento pero firme.- Es untinik vo’ob k’ak al del ‘u ta diciembre ta ya’ akeli ta bini. (Es nuestro quinto sol, del mes de diciembre. Te guardaré en mí).
                                                                                                             Puljitik 1964
Alfonso Pérez Valdivia           .

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