SEGUNDO COLOQUIO
Alfonso Pérez Valdivia
Alfonso Pérez Valdivia
-Corre Daniela, corre, debemos llegar a la cima de aquella loma antes que nazca el sol. Hemos de verlo en su orto y admirar como insiste con su iluminación con la que va modelando las formas de la naturaleza gritaba Víctor a Daniela, sujetándola de la mano mientras proseguía su ascenso por la ladera Sur cubierta por un bosque húmedo. Víctor desde hace tiempo quería traer hasta este lugar a Daniela para que ella comprendiese con la intensidad con que él comprendió, las palabras de aquél viejo amigo anciano con el que paso varios meses de intensa comunicación. Al otro lado de aquella loma de desparramaba en una sima un extenso llano cubierto por un pajar fino y resbaladizo. Allí, en su centro, había querido su anciano amigo, que fuese sepultado para cuando le llegara el momento de abandonar el mundo al que tanto amó y tanto odió.
Decía aquel anciano, cuando en los días cálidos legaban a ese lugar –como una forma de relajamiento, de distensión y paseo- que el amanecer le daba a aquél pequeño llano, una extraordinaria belleza, porque las laderas que estaban en ambos lados del llano, corrían paralelas al movimiento aparente del sol en la bóveda celeste, así que tanto en el crepúsculo como en el ocaso, las líneas de los bordes adquirían majestuosidad; pero sobre todo, en el amanecer, con la frescura del rocío, el bosque de ambas laderas, adquirían un tono verde-oscuro poco luminoso –casi opaco- contrastando- y encerrando con la paja del llano- que semejaba una larga plancha de oro lumínico fugándose en una perspectiva hasta la línea transversal del horizonte que aún permanecía en tonos grises. Ese fue el lugar escogido por el anciano amigo de Víctor para ser sepultado y que, en tono poético, decía que así, con soslayo y alegría, recibiría diariamente al Cargador del día. Víctor había pensado que difícilmente vería sepultar a su amigo, porque a pesar de sus setenta años su fortaleza era la de un joven robusto; el anciano era un verdadero semental. Nunca imaginó que las circunstancias colocarían a Tatita Pedro, su anciano amigo, al frente de un movimiento político que inevitablemente chocaría en forma violenta con los estamentos establecidos –y exigidos- por las necesidades del nuevo orden social. El latifundio moderno tragaba lentamente las comunidades indígenas; para los indígenas quedaban dos alternativas. Defenderse y con ello correr el riesgo del exterminio o, emprender un nuevo éxodo; ese continuo emigrar a cada vez peores lugares, lugares de inhóspita alegría, de siempre tristes soledades donde la humedad de intricados bosques enroña los cuerpos o vientos secos que seca las tierras y los ojos para ya no volver a llorar y así olvidar qué colores reflejan una lágrima cristalina. Lo primero fue lo que decidió la comunidad de Tatita Pedro y a esa actitud se sumaron otras comunidades que sentían latente el ataque a ellos. Por la gran calidad humana de tatita y su notable sencillez para ver con mayor claridad el orden y desintegración a la que llegaría la comunidad, con su trabajazón antropológica si se asumía una actitud pasiva y su consecuente emigración, es que fue elegido como el dirigente político por las comunidades –de hecho siempre había sido el dirigente espiritual de una basta comarca-. Aquel don para comunicarse con sus hermanos en forma tangible sin necesidad de recurrir a los recovecos del verbo, le daba un aire patriarcal. Y de hecho así era. Pedro era el Tata de todas las comunidades aledañas y de la propia. Hombres, niños y mujeres, sin importar su posición social dentro de sus comunas, siempre se dirigían a él, o hablaban de él, antes que Don Pedro era Tatita. Para Víctor también lo fue.
Cuando Víctor y Daniela llegaron a la cima -del horizonte del Este- dibujando firme la silueta de la sierra lejana, se dejaba ver la luz crepuscular, extendiendo lentamente la claridad a todos los contornos llegando poco a poco a iluminar la pequeña llanura que a sus pies se alargaba majestuosa como alfombra de terciopelo-oro y una como pequeña oleada de aire cargada con los aromas del bosque- níqueles, orquídeas y abetos-, llegó hasta ellos que la aspiraron profundamente, llenando los pulmones gozosos de recibir así el nuevo amanecer. Víctor extendió el brazo señalando con movimiento rítmico, de un extremo a otro, la longitud de aquel llano hasta detenerse a la altura de la línea horizontal que aún permanecía parada en la semi-oscuridad –semi-claridad- opuesta del alba.
-Este fue el rincón preferido para sus monólogos- dijo Víctor sin mirar a Daniela –aquí, donde estamos parados llegamos varias veces, algunas ocasiones al medio día, otras, a esta hora que eran las preferidas por él, para dejar traslucir sus coloquios. ¡Ah!- suspiró Víctor- cuántas horas aquí sentados él me permitió oír lo que en su espíritu guardaba y que al dármelos dejó de ser para él nada más. Recuerdo que siempre, con una palmada cariñosa en mi frente me pedía que lo acompañara para enseñarme, para festejar, el nacimiento de su Pequeño Poema, como el lo llamaba. Y fue precisamente el primer día que lo acompañé al nacimiento de su Pequeño Poema que empezó a hablarme del Cargador del Día y en uno de esos coloquios me confesó su gran ilusión por ser enterrado en el centro de este llano en el que, por no sé qué causas, y curioso que nunca preguntara, no germina la semilla de ningún árbol, o arbusto, solo esa espigada paja que al amanecer y al atardecer, como corredor y corolario de himnos sacros se transforma en tapiz de oro, como un manto de ondulaciones al capricho del viento que ahí hace ligero roce. Siempre pensó que así recibiría y despediría al Cargador del Día para traerle, como mensajero cotidiano las imágenes y vivencias de los que viven; sus yerros y sus atinos. Ignoro –continuó Víctor hablando, viendo ahora a Daniela y tomándola de los hombros mientras ella lo miraba firme a los ojos asomándole la ligera sonrisa muestra de ávido deseo de que él siguiera hablando- si ese deseo vehemente de Tatita haya sido cumplido. No estuve cerca cuando su muerte y el yerno, el único hombre que volví a ver después de la desgracia aquella casi hecatombe podría decir por lo que implica la pérdida de calidad humana, no quiso decírmelo; me tenía, sin yo saber los motivos, mucho odio. Pero ahora, a la distancia, pienso que es mejor así, de esta manera me quedaré con la idea de que Tatita Pedro yace en el centro de éste su rincón espiritual y en ningún otro lado.
-¿Pero por qué la posibilidad de que esté en otro lugar y no aquí –interrogó Daniela con expresión dubitativa-, si su deseo fue que en éste lugar que me enseñas fuese su sepulcro?
No lo sé. Pero ya una vez te platiqué cómo fue su muerte. Esta le llegó cuando se enfrentaba con el ejército a raíz de la violencia desatada por latifundistas. En ese enfrentamiento muchos cayeron, pero la mayoría heridos o ilesos, huyeron con sus familias al monte y algunos lograron, según informes posteriores, rescatar el cuerpo de Tatita para darle sepultura clandestina. En ello me poyo para asirme a la idea de que sus deseos fueron cumplidos.
-Háblame una vez más de ese concepto, del Cargador el Día- invitó Daniela a la vez que atraía para sí a Víctor y sentarse juntos en el vértice de la loma. Mientras allá abajo, el amarillo del zacatal iba poblándose, conforme calentaba el sol, de aves ligeras buscando su alimento o pajitos para sus nidales, piando cánticos en todas las escalas matizados con el eco sonoro del lugar. Diríase que esas aves, en su vuelo, bordaban para el alma de Tatita la alegría de cada día, que en los pespuntes de cada alazo sedas de múltiples colores –colores de arco-iris- se formaba la sabia y la poesía indígena, que se pintaba así, en los lienzos de sus vestimentas los aromas del amor entre los hombres, que como un video-ilusión-magia-realidad poética, llena de luz boreal sin la blancura de la nieve, llegaba finalmente para los indígenas el anhelado Quinto Sol. Y al bajar las aves con su vuelo razante, agitando con su vibrar los delicados tallos del pajal una ligera agüita de rocío estrellada a la luz solar diamantaba colores visionarios por los que lentamente se adentraba Víctor a la ubiquedad del pasado…
Una voz de barítono cantaba entre la espesura de la selva, el aire caliente y húmedo precedía la ruta por la que se allegaban a las sílabas intangibles del idioma extraño; la voz se imaginaba aperturas para salmos allá arriba, tras la densa cortina verde; se transformaba en diapasón para los allegros al adentrarse, perforando, aquella cortina, violentando en un descenso el monte de orquídeas y musgos, se imaginaba, aquella voz, conforme se aposentaba en la humedad del barro, en réquiem brincando raíces centenarias, avellanando bejucales. Segundos antes, Víctor, dentro del remolino gigantesco que lo tragaba, había visto aquella imagen extraña y antinatural; la risa sarcástica del tecolote con mandíbulas y colmillos de tigre que lo acompañaría en los primeros minutos de su camino a la agonía. Víctor recordaba que había caído de bruces y luego aquel canto de varón creyó haberlo despertado a una triste realidad en el séptimo cielo indígena; con nitidez observó en la copa de la gran Ceiba sagrada a aquel sacerdote mesoamericano, ataviado con las plumas ricas y hermosas que las aves de la selva; las de pecho transolado, las de pecho turquesa, las de pecho verde-jade, las de oro amarillo, pechos rojo-sangre púrpura. Aquel genio del pasado lo observaba y luego del canto lloró como llorar la pérdida del hijo, del hermano o del padre. En sus fiebres, Víctor eso fue, primero hijo de un pueblo hace tiempo condenado a la extinción; esposo después de bella mujer dueña de fina silueta y penetrante mirada, senos altivos pero pequeños, cintura gravitando en danza insinuante, desnudez blanca y sensual, esposa sin consagración, esposo que no llego al acto conyugal, esposo solo por gracia del canto y el amor, brizna y soplo terrestre que terminó al morir en sacrificio ritual, en la ara desatinado a los hombres elegidos como compañeros cósmicos, guardianes del ciclo completo en que deben darse el día y la noche compañeros cantores del cargador del Tiempo.
Cuando Víctor salió de sus fiebres; cuando se hubo recuperado de las heridas que recibió en aquella emboscada; después de tres días de inconciencia por las que transito en un pasado remoto casi legendario, mezclado entre pueblos de mística cósmica, ataviado con las túnicas del guerrero, cuando abrió los ojos y vió al grupo de amigos indígenas, miembros de la comunidad de Tatita Pedro, verlos con aquel alborozo infantil –alegría infinita por recuperar al amigo que creían perdido- tamizado con ciertos dejos de desesperanza, se dio cuenta cabal que aquellos deseos de antarcia, de recuperar la cultura enajenada de sus teñíos, estaba prontamente llamada al estrépito del fracaso y que la acción corrosiva, ésta prontamente llenaría de desencanto la ilusión de sus dirigentes –no hay que jugar a la revolución-, recordaría Víctor con penetrante acusación, hoyando años de polémica. Aquel grupo de amigos le comunicarían que Tatita Pedro al enterarse que la intensión de las guardias del latifundio al buscar a Víctor era para asesinarlo, había preparado su salida –exigiendo inútilmente su huida- y solo por la buenaventura no había muerto aquella vez. Recordó que aquella fue la última noticia en vida de Tatita. A los dos días, camino a otra comunidad que trabajaba para los mismos fines se enteraría de la masacre organizada para acabar con la resistencia de los indígenas que con mayor vigor actuaban como centro de acción e inspiración política, los que tenían una nitidez de claridad que se trastocaba en mayor coraje; allí cayó Tatita Pedro. En este tramo de historia no platicada, Víctor sacudió la cabeza deseando olvidar la parte triste de las relaciones tenidas con aquella gente, fijó un rato largo la mirada hacia la llanura que se mostraba allá, ladera abajo, intentando creer que aquellas aves algo decían entre sí, que podría con un poco de atención descifrar las voces canoras, conocer para escuchar de ella, como si fuesen las portavoces del sol, portadores de los mensajes que a diario llenarían el espíritu de Tatita.
Creyó, a la manera de los tenochcas, que esas aves eran almas de los guerreros caídos en combate junto a Tatita, y que aquellos eran su cotidiano que hacer, apenas el orto con la línea de la sierra como pabilo, empezaba su diario iluminar para traerle ya no únicamente la alegría a través del canto, sin tan siquiera los mensajes de los vivos, si no algo como el entretejer la ilusión y la magia del aire y el jugueteo con el alma aposentada en ese rincón –como la oblea rojiza, parte del cosmos nocturno recordando el choque pedernal del maestro tolteca en la piedra dura hecha gesticulante, granito de ademán místico, mística piedra labrada a golpe de artesano-filósofo, artista-matemático, genio –agricultor, cosmología llevada a la filigrana de las tocas dadas a trueque por la naturaleza; golpe de cincel-pedernal, chispas rojizas que se prolongan en constante trasmutación en cada alba-. Víctor creyó entonces adivinar en la orilla opuesta del vallejo, soslayándose con las sombras extremadamente alargadas del bosque, proyectadas como valla la figura risueña de Tatita Pedro deleitándose con la presencia de las cantoras aves. Sintió incluso como cosa fugaz, que le guiñaba un ojo como era su costumbre cada vez que empezaba a hablar de sus “cosas del alma” como él decía, y las fibras todas de su cuerpo, intentaron obedecer a un íntimo deseo de bajar corriendo la pradera para acercarse al encuentro de Tatita, pero la cálida presencia de Daniela lo volvió a la ubiquidad serena de la realidad presente que esperaba a que Víctor continuara su relato.
-El concepto general no fue inventiva de Tatita- habló lentamente Víctor rehaciéndose al presente –el concepto viene desde el mundo prehispánico, solo que los libros de historia únicamente nos hablan, por cierto con la frialdad típica de la antropología, como el Cargador del Tiempo, pero únicamente con aplicación cronológica, establecida en los sistemas de medición del tiempo, es decir, en los candelarios, en el que cada deidad-tiempo será cargador al término de su función, del que precede; por ejemplo, Ehecatl es cargado en el año en que él es símbolo o cualidad pero al termino de su ciclo asimismo se convertirá en cargador del que le sigue. Así sucesivamente cerrando “rosetas”, que incluso puede reducirse hasta períodos más pequeños como es el mesoamericano de veinte días. Pero el concepto no nació únicamente para tipificar la cronología, esa fue una de tantas formas de aplicación deductiva, en realidad su valor filosófico está en el razonamiento al que se vieron obligados tras la contemplación cósmica; sabedores de la dialéctica del espacio, entendieron los ciclos cerrados del hombre en tiempos máximos y en tiempos mínimos. Encontraron que el hombre está animado por su creatividad y que ésta debía ser cotidiana para darle animosidad al espíritu pero también entendieron que el hombre no solo vivía para y por su Yo individual, que éste solo existía en relación de otros Yos, hablando en términos occidentales, pero con la simbiosis de lo terreno y lo cósmico, enlazó, las emociones y las percepciones que ejercitan el espíritu; fueron encerrados en un día y a él lo llamaron el Cargador del Día, sin ningún valor cronológico, si no específicamente metafísico, es decir, un valor cultural dirigido más para la construcción constante del espíritu, vulnerable a los accidentes cotidianos que quedan impresos irremisiblemente en el espíritu que serán los que conformen su estructura.
-Permíteme un momento- interrumpió Daniela, visiblemente interesada, inquieta incluso, haciendo aquel mohín gracioso al mojarse los labios con la punta de la lengua –antes que sigas adelante debo volver a un principio básico en mí: El espíritu no muere con el cuerpo, éste sigue existiendo, sea como energía, luz o conciencia, no a la manera cristiana o a la leyenda teológica, si no como forma y expresión inexorable de la creación; entonces, si como tu dices, que el hombre está animado por su creatividad y que esa debe ser cotidiana para darle animosidad al espíritu, estableces que en el individuo hay un principio, un inicio de consciencia quizás desde la vida nonata a partir del cual debe recrearse continuamente en otros cuerpos, y que, no es imposible, el espíritu de Tatita Pedro, al que yo conozco por tus relatos, sea el espíritu milenario de algún sabio prehispánico?
-Eso se llama reencarnación…
-Sólo estoy estableciendo mis principios –quiso polemizar Daniela, interrumpiendo nuevamente a Víctor que le sonreía- además de que de esos ejemplos está lleno el mundo al que algunos llaman insólito.
-En todo caso ello cae dentro de las leyes de la Física- continuó Víctor- y no contiene en realidad ningún enigma, salvo para aquellos que quieren darle una explicación ajena al pensamiento filosófico; al conocimiento dialéctico, la ignorancia se establecería únicamente en el desconocimiento de sus leyes pero esto no lo altera en modo alguno, la concepción dialéctica, por el contrario, la reafirma, es decir su verdadera ubicación no altera la concepción filosófica. En todo caso, son las diversas maneras que tienen los pueblos de abordar el mundo lo que determina la concepción de él. Así, cada pueblo en cada proceso de su historia, de su propia historia, va agregando algo a la concepción primaria, hasta crear su estructura filosófica. Por ejemplo, los pueblos del Occidente antiguo, sus teósofos, “trataron de adivinar la imponente grandeza del ciclo cósmico en el que nuestro mundo y la raza humana no son más que unos acontecimientos puramente efímeros” de ahí sus doctrinas religiosas cargadas con actitudes pasivas hacia lo ignoto y pesimismos; y esto, a pesar de las aristotélicas premisas de ser estudiada, dado que en cada caso el verdadero objeto de la investigación es la sustancia de las cosas. Esto lo dijo Aristóteles; entonces podría pensarse que los pueblos prehispánicos hacían lo mismo, dado su alto nivel de conciencia sobre la esencia de las cosas; pero no fue así, saltaron esta concepción para llegar a alturas científicas, logrando establecer principios dialécticos no empíricos. Ellos no trataron de adivinar el ciclo cósmico, si no que buscaron con ahínco, con fijación casi patética –si con el arte no se hubiera desdoblado tan humanamente- a través de la investigación sus leyes, a desentrañar, a sacar a luz la esencia y leyes que la sostienen. Esta fue diferencia fundamental entre ambas concepciones. Esto los ató al entendimiento de que en el hombre nada es efímero si hay creatividad.
-Volvamos al Cargador del Día- pidió Daniela devolviendo la sonrisa a Víctor- pero al Cargador del Día tal como lo entendió Don Pedro, porque, por lo que entendí durante nuestras charlas, él fue quien, al hablar del concepto, lo humanizó ¿no es así? O, como tú dices, le quito la frialdad estadística de la antropología.
-Gozaba en él…-arrastró Víctor las palabras lentamente, refiriéndose al Concepto, que Tatita Pedro tanto gustaba de poetizar.
-Exacto. Eso me has hecho creer.
-Es difícil entrar a él así nada más, sin retomar del Cordón Umbilical que lo ata a los bisabuelos, a los tatarabuelos –dijo Víctor entornado la mirada dirigida al llano, rodeando con las manos sus rodillas recogidas y en ellas apoyando el mentón, guardando breve silencio, mientras Daniela se le recargaba al hombro con actitud tranquila y tierna sumándose al silencio. La luz y la tibieza de la media mañana fue matizando con nuevos tonos el tapiz de oro de la sabana llanera; ocres jaspeados de orillas rojizas y motitas verdosas languideciendo por el limpio viento arrastrado desde lejanos horizontes con murmullos invisibles y resonantes acústicos; aves alegres cantándose, buscándose para hacer el amor, y a lo lejos, al Oriente, llenándose de brillantes formando líneas firmes para separar los cielos y las tierras. Luego, una como voz de naturaleza sonora, alzandóse desde los fondos fuertes del bosque, gritos de zacuas; gritos de micos, aleteos de verdes plumas, roncos vozarrones de macilentos tigres.
Aras de rubor y mística creación copadas en las cimas de la majestuosidad de las ceibas; radas efímeras de constitución rocosa; caliza, conteniendo el empuje violento de la selva cargando sus musgos y helechos, bejucos hidrantes, derramando en gotas sus sabias cristalinas.
Los fulgores de colores horizontales y verticales, lejanos y cercanos, sonoros y callados –pálpitos del vaivén de la atmósfera- cargados de perfumes lejanas y silvestres; de yacer se alzaban iridiscentes al contagio de recuerdos vagos e inseguros que poco a poco, en los ojos de Víctor, tornábase en figuras concretas y anheladas. De allá, en el horizonte fugaz, levantábase la figura risueña de Tatita Pedro, caminando entre las espigas del zacatal, recibiendo los saludos de las aves –almas de guerreros amigos- que de tan ligero vuelo, diríase que gravitaban en etérea constelación. A pasos lentos se acercaba a Víctor sin abandonar el risueño rostro que lo hacía niño, y conforme se allegaba al sitio donde Víctor soñaba, la noche se alzaba gigante trayendo consigo en luminosos puntitos las andrómedas celestes –lumínica majestuosidad atada a los atavismos de los primeros seres extendiendo una mano- como regalando el arcano de su alma- se acuclilló al lado de Víctor.
-¿Qué tenés Víctor?- preguntó Tatita inclinándose hacia él que no trató de ocultar ligeras lágrimas, confiando quizás que esas aguas podría achacarlas al humo de la hoguera cercana, pero Tatita conocía bien el alma de sus amigos, sabía que algo pasaba dentro de Víctor e insistió en hacerlo.
-Mire Don Pedro- contestó Víctor sin apartar la mirada de la luz rojiza de las llamas que formaban fantásticas figuras enarboladas de leyendas –cuan profundamente me han llegado sus coloquios. Sentía que algo había en mí sin encontrarlo. Conocí amigos con los que nos sorprendía el sol levante en pláticas profundas sobre el amor y sobre el arte, discusiones sobre la mísera vida en los barrios tristes de la urbana ciudad en cabareteras melancólicas, y esto quedaba impreso en la Tela del Pintor, en la Piedra del Escultor, en el Papel del Escritor; lo hablábamos a veces en la salas de las casas de nuestras amantes, a veces en los estudios y a veces, como hoy, en la vida nocturna del campo; llegábamos a la exaltación, nos regocijamos en nuestras ilusiones, contamos más de mil veces la leyenda humana, pero la claridad de usted, es más profunda, en su sencillez es que se me ha dado la posibilidad de un espacio de reencuentro ¿me entiende? –interrogó Víctor sin apartar la mirada de la fogata.-
-Sigue- contestó tatita acercándosele sin abandonar su sonrisa.
-Ese caminar que usted menciona, ese caminar andando, recogiendo de mañana, tarde y noche los aromas, como usted lo dice poéticamente, los aromas de la vida para echarlos a nuestro cesto; cargas que no son lastres, sino formas de expresión del mundo de las vivencias para superarnos, para hacernos mas humanos. Cuántas veces los andé sin saberlo con la claridad que usted lo sabe. Un poquito me duele sobre todo por mi andar por los caminos del amor. Hoy lo sé con la certidumbre de la sencillez. Caminé por los caminos que tienen corazón, los caminé y tengo firme el propósito de seguir caminándolos, por más que suene a vana promesa; y es que por ventura de ellos conocí la esencia del contar; de los labios de las mujeres bebí los sueños y las ilusiones, de sus senos jóvenes y altivos arranqué una como épica actitud cósmica de la recreatividad y de su centro de mujer tomé el cordón que me ungía con la espiritualidad de los afectos, pero, por desventura también conocí el desamor, separaciones sin violencia; nos separábamos amándonos o desamándonos, que son quizás las más dolorosas; rompimientos en la cima de la entrega creando hondonadas crueles en el espíritu. ¡Ah…! Cuán falso vidente resulté al no prever que las lastimaduras que se acercaban inflables como pesados aldabones sobre mi romanticismo. Aquellas intensidades de luz me cegaron.
-¿A causa de ellas es que estás con nosotros?- preguntó Tatita visiblemente interesado en el despliegue que estaba haciendo Víctor a sus angustias.
-No Don Pedro, no por ellas, yo era el desequilibrado, soñé más de lo permitido, pero no piense que estoy aquí para aliviar traumas. Una vez, oí los Cantos Otomíes, es cierto que cuando los oí había una densa neblina que amenazaba convertirse en intenso nubarrón dentro de mí opacando las cosas de las vivencias y que cuando oí esos cantos me así a ellos con un fervor pagano que alivió ciertas formas de mi locura, de aquella vorágine en la que me hallaba envuelto; mezcla del amor, política y trabajo a más de mi estudio; al oír el Ave maría en boca Otomí, el sonido de sus dulces voces se escenificó en hombres de su raza y de su lucha por existir; por Ser. Fue que entonces poco me importó romper con todo lo que me ataba a aquella existencia; olvidé amigos y amigas y lo que todo ello implicaba en mi diario hacer. Fue que a ustedes los busqué sin conocerlos. Es cierto que antes de ustedes conocí a otras gentes de su misma historia, así que ya de esto algo me era familiar; pero para mí todo se transformaba en la precisión de la búsqueda del conocimiento; abordar la sencillez de su filosofía, tomar de ustedes, que son herederos de una forma cultural hoy casi mitológica para el entendimiento de hombres que no son indígenas.
Al llegar aquí, llegué en cierta forma desposeído de toda forma del amor; podría decir que un tanto hastiado de ella a pesar de no haberla bebido del todo. Llegué aquí buscando el conocimiento de ustedes y si era posible dar algo a cambio, no sé qué, pensé en la orientación política, en ayudar a quitarles ese miedo abismal hacia los hombres de poder. Pero me encuentro con gentes como usted y me doy cuenta de que en nada puedo ayudarles.
-No te engañes Víctor. Dar la amistad vale muchísimo más que un extenso terreno ganadero o un gran puño de dinero, y con ello nos damos cuenta que contamos con gente de tamaños y que no estamos solos.
¡Ah…! Don Víctor, tu si que estas curioso, llegas a nosotros abandonando tu mundo del que seguramente no todo era felicidad, aún aquellas luchas que sostenías te daban algo para hacerte hombre; compartes nuestra hambre, caminas por senderos muy nuestros y con ellos digo brechas difíciles, para realizar tareas en otras comunidades que nosotros podríamos realizar, consigues que vengan tras de ti otros para hacer un buen grupo luchador y decís pendejamente que nada nos has dado. Eso sí esta para tañirse de risa.
-¿Y qué con eso? Acaso vale más de lo que ustedes me han dado; una forma sencilla de ver el mundo, una cosmogonía que enriquece mi marxismo, un hogar inmenso como lo es todo lo extenso del bosque, un solar para sentarme en las noches cerca de una fogata ¿Cree usted acaso que todo esto vale menos?
-Olvida eso, Víctor, me interesa más lo otro, aquello por lo que pasaste antes al llegar hasta nosotros, y me interesa porque de cierta manera, aunque tu no lo admitas, te duele. Hablas del desamor, con los escrúpulos del hombre seriamente lastimado tras una mascara de dureza que solo es nostalgia.
-Es cierto- balbuceo Víctor sonriendo por primera vez en mucho tiempo, pero era una sonrisa tímida, mezcla de melancolía y vergüenza al sentirse desnudo por la verdad de Don Pedro.
-Andá, andá- apremió el anciano indígena –ve que la noche se presta a las cuitas y hay que aprovecharla a más que te has decidido a empezar que es lo más difícil-. Del fondo del jacal la nieta de Don Pedro salió acercándose a ellos a ofrecerles un café. Víctor y Don Pedro tomaron los jarros sin agradecer y sin mirar a la mujer; el anciano y él fijando los ojos en la fogata que crispaba sus leños.
-Siempre he pensado que en política tengo claridad –continuó Víctor sorbiendo el aromático líquido contenido en el jarro-, que al menos entiendo los conceptos. Usted me comprende ¿Verdad? –Hizo un preámbulo Víctor interrogando al anciano-. Sí, nos comprendemos. Bien- continuó Víctor recogiendo una varita del suelo para juguetear con ella mientras hablaba-, entiendo que en ese sentido los conceptos son valederos para dar la ubicación exacta de lo que pretendemos decir. ¿Pero en lo moral y en los sentimientos, digamos del amor? ¿Cuáles o dónde están los recovecos en que se esconden estas premisas?. En un mundo no espiritual a la nobleza se le llama pendejés, en otro mundo el audaz y el hábil es el rastrero, el falaz, el doble-cara. ¿Pero en el amor dónde quedan los conceptos si a veces, la compañera que uno ama, es incapaz de decir una verdad solo por jugar al audaz?. Si puedo personalizar esta idea diré que en ese sentido es que se han producido mis derrotas y que quizás por ello la aparente dureza de mi actitud como usted lo ha descubierto. Pero entendamos que esa sería o es la única arma con que cuento para evitar los encuentros con el amor y así evitarme esas desilusiones. Podría, tal vez, decir que mi última derrota fue porque quise ser escultor de la nada y que como experiencia tiene un valor, pero como verdad ¡Cuánto daño me hizo!.
-Todos poseemos una dualidad y nos valemos de ella para esconder, a los ojos intrusos, nuestros verdaderos sentimientos. Solo es la verdadera intensidad, en la reciprocidad de sentimientos, en la renuncia a algo de nosotros para integrarnos a la compañera, suponiendo, y este suponer mío es el que puede engañar, que ella, también renuncia a algo de ella para integrarse a uno, es cuando la dualidad se hace clara y sencilla, asequible. Personalizado diré que en una ocasión quise atrapar la dualidad de una mujer que amé, y que el intento por atrapar esa dualidad se convirtió en obsesión, quizás enajenado por el amor que le profesaba. Pero ¡Cuántas veces, tras una sonrisa y un beso estaba la mentira!¡Cuántas veces una mano cálida cubría el nerviosismo por correr a algún secreto rincón, en pos de otros brazos cálidos!¡Cuántas veces una cita se convertía en desaliento! Es cuando me preguntaba ¿Dónde diablos está la dualidad, si cuando se es paciente no se prevee que a causa de ello se mina el filosofar. Se perdona y se calla, sin prestar atención que a causa de ello se aleja uno de los caminos que tienen corazón. En ese sentido, una vez soñé y me perdí en la ilusión.
Tatita Pedro guardó silencio; por breves momentos desapareció de su rostro la sonrisa. Víctor también calló.
Aguas corrientes sobre lechos de barro negro se oían a la distancia nocturna; el silencio de los hombres quedaba enmarcado, haciéndose más nítido por los murmullos lastimosos de los guijarros botando, resbalando, corriendo hacia metas abajo. ¿Por qué ya no se oían los teponachtles de iridiscente oración?¿Por qué los cantos una vez creídos inventerados en aquella casi magia cósmica aposentada entre hombres de mística e indomable selva. Jaguares y plumas verde-jade se había silenciado?¿Dónde el vaivén del ritmo de doncellas de piernas morenas, bellas y gráciles senos amamantando una filosofía de truenos y polen, colibríes y serpientes, espirales de dialéctica ascensión se ajan. Secándose sus mieles al paso de los siglos solo quedaba el pezón bronco y negro como huella tangible de su exaltación supliéndolos las almas poetisas de advenedizos hombres: hacinas de odios. Lajas de obsidiana oradaron la tierra, sumergiéndose al escape de los hierros. Allí, sepultos, se guardaron para la historia. ¿Qué es de sus herederos, de aquellos hijos horfanados para el trabajo de las minas, para el reparto de las haciendas? Unos, unos cuantos, de cientos, de miles, guardaron con celo patriarcal la herencia. La atesoraron y solo a gotitas egoístas la daban; la cosmología de sus abuelos les dio la fortaleza para continuar con la existencia, preñada de ilusiones queriendo llegar a la reconquista. Se amancebaban quietos, silenciosos- con silencio acerval y atávico- con montes, con las sierras, con los desiertos, con las selvas y ríos, con los cedrales y espinos: siguieron callados, tejiendo sus canastas, orlando sus telas, coloreando sus máscaras trivales, torneando sus barros, jugando sus juguetes, rasgando sus guitarras, soplando sus flautas, transmitiendo a los nietos la conseja –este es tu sino-, les dicen. –se fuerte-, les cuchichean. –Que no te contagie el caxlam-, les reclaman. -Este es nuestro mundo y ésta la manera de verlo-, les educan. –El egoísmo pierde al individuo-, les enseñan. –Sólo estamos aquí de paso, cultiva tu espíritu que es el que perdura- les filosofan. -No te amargues por los sucesos del día. A tu cesto va todo; alegrías y tristezas, descalabros y triunfos, todo sirve para templar y hacerte hombre y no mico, las cargas hacen tu espíritu. De ti depende si lo depuras-. Es la oración para el que nace. Después de aquellos breves minutos de silencio, el anciano indígena volvió a sonreír y poniéndole una mano sobre el hombro a Víctor preguntó -¿Puedo decir algo? Algo que a lo mejor te dolerá.
-Diga, nunca lo he callado- contestó Víctor sin atreverse a ver al anciano.
-Claro que si no te gusta podrás darme un moquete- bromeó el anciano señalándose la mejilla. Víctor volteó a verlo y sonrió tímidamente.
-Sabe usted que eso jamás sucederá, mi respeto para usted es grande y todo lo que diga será bienvenido. Así que adelante- invitó Víctor sin entender la broma del anciano.
-Ándale pues- se regocijó don Pedro removiendo jocoso las sentaderas en el suelo -¿Sabés que después de oírte pienso que eres un… grandísimo pendejo?- detuvo por un momento las palabras chasqueando la lengua y viendo de soslayo a Víctor. Al notar que en él no se alteraban las facciones pensó “después de todo es hombre hecho para la fuerte crítica” continuó luego emocionado- Y perdonarás vos lo fuerte de mi palabra, pero efectivamente la intensidad que recibiste te perdió, uno; y luego aquella afanosa búsqueda de la dualidad en los recovecos del alma, dos; más aquella desazón al sentirte traicionado o desilusionado o ajado o como vos querás decirlo por un desamor, ocultándote a causa de ello tras una máscara de dureza que a decir verdad nada tiene de fiereza y fortaleza, si no amasada por una fragilidad anhelando otro chingadazo, y perdona nuevamente mi palabra, pero no hay otra manera de decirlo. ¿Cómo te crees vos se sentirán los hombres que nunca han conocido nada del amor; cierto es que tanto daño hace la luz cegadora como la oscuridad total en estos asuntos del alma, pero cuando menos, el que ha llegado, como tú, a esa intensidad de luz es porque pasó por lo menos por la penumbra y luego la claridad. ¿Te crees que son dichosos aquellos hombres metidos hasta el tuétano en cavernas frías y oscuras que les enmohecen el espíritu?.
¿No piensas acaso, que hombres como tú, que han tenido la fortuna de conocer las más diversas facetas del amor han tenido o alcanzado un nivel difícilmente alcanzado por aquellos que tranquilamente se apoltronan en sus cuitas? A eso vas vos, a quejarte del desamor cuando tuviste la fortuna de gozar las cálidas caricias no de un espíritu, sino de múltiples espíritus que de una manera u otra fueron diosas creadoras que amamantaron tu insatisfecha ambición y en ese sentido bueno es seguir insatisfecho, pues como vos bien decís, que de su centro de mujer tomaste la esencia que a los mortales nos permite lograr la alquimia del espíritu, porque no únicamente tomamos de ellas su sexo sino también la esencia humana, y créeme que ellas deben haber tomado lo mismo si tu afecto fue sincero. ¡Decíme, ¿Qué diablos andás buscando por los recovecos de la dualidad?. Yo conozco tu dualidad y la he puesto al descubierto sin el ánimo de profanar tu secreto, puesto que ambos, vos y yo, en una u otra forma, somos afines. Déja en paz la dualidad de las hembras amadas, ellas te la mostrarán sin que prevalezca tu exigencia; te la dirán sin palabras, de hecho te la han mostrado a través del amor y también, porque no, a través del desamor. Que tú no lo hayas sabido entender será cosa de tu incapacidad emotiva, cosa que en verdad dudo mucho, más bien creo que es cosa de ambición. ¿Puedo seguir?- preguntó el anciano mirando a Víctor que se encontraba en actitud taciturna adivinando ecos del pasado dentro de la hoguera- bien –continuó el anciano notando el silencio de Víctor- aquel desamor del que hablas con tanta tristeza, debes darle un justo valor. Nada hay en el mundo que valga lo suficiente para hundir nuestro espíritu e incluso ese desamor tiene su propio valor, sea a través de la tristeza que necesariamente ocasiona por haberse fincado en ello una ilusión y por que viene a ser parte de la arquitectura humana. Como experiencia vale y claro cuanto dolió, pero no de otra manera podemos caminar por los Caminos que tienen Corazón, en ellos también tienen cabida tristeza, sea como manera o fuente de preocupación para aprender a atisbar el horizonte. Un hombre que no ha pasado por esas experiencias en realidad no conoce el alma humana. Es más humano el que a pasado por ello, pero se deshumaniza si se queda en el lamento. Debés tomar en cuenta don Víctor que cada hecho de la vida va a tus lomos; tenés un cesto y allí va a parar todo. Qué fue tu primera experiencia en el amor, ello marcó tu espíritu, qué es la primera experiencia en el desamor, ello también marcó tu espíritu, señalando caminos a seguir. Así como una vez fuiste escultor, esa práctica te señaló un camino, con ello aprendiste a gozar de las formas. Una vez caminaste los desiertos y ellos agregó un concepto más a tu hacer pues entendiste lo calcinante que son las arenas y las premuras de la sed, fuiste político, hacedor de ideas y con ellos la virtud de estar cerca muy de cerca de las pasiones de hombres que deseaban señalar los caminos y seguro viste en ellos sus angustias y anhelos y ni duda cabe que ello también te marcó, dejando señales en tu camino. Eso, también cayó en tu cesto y quiéralo que no, lo cargas. Oíste el canto Otomí y al oírlo corriste hasta nosotros; crees que es fácil hacer de todo esto una mera ilusión. Nada, nada. Aquí nos tenés a nosotros que ya formamos parte de tu Carga; esto también te señala, te marca. Quizás mal librado, quizás bien librado, no lo sé, pero halla o no alegrías con nuestro encuentro, nosotros ya estamos dentro de ti y tú dentro de nosotros. Estas cargas nos conforman, quizás nos sesguen, quizás nos alinien, pero nos van modelando día a día. Aquí, el pesimismo deberá ser un fuereño que no debemos admitir. ¿Entendés?.
Por un rato ambos quedaron en silencio, luego Don Pedro se levantó, apretándose con ambas manos la cintura atisbó los fondos oscuros de la noche.
-Perdoná lo duro que he sido Don Víctor- dijo el anciano sin dejar de ver la negrura del bosque cercano- pero porque te queremos bien es que he dicho lo dicho. Quiero decir algo más, pero no hoy. Ya es tarde. Para mañana si vos me lo permitís, quiero que me acompañes a mi rincón preferido, allí, donde medito las Cosas de mi Alma, allí, donde deseo ser enterrado cuando muera -al decir esto el anciano, Víctor se levantó sobresaltado y un poco avergonzado trató de hablar de otras cosas-. Nada, nada –atajó don Pedro- de todas maneras quería enseñártelo, es para mi un Pequeño Poema. Allá terminaremos este feliz diálogo. Créeme, me entusiasma oír lo que he oído. Pero deberemos salir antes que ese lucero se matice con las primeras luces del alba –dijo al tiempo que señalaba el planeta brillante en medio de su séquito de estrellas fulgurantes-. Buenas noches Don Víctor- terminó el anciano dirigiéndose hacia el interior del jacal. Víctor sonrió y dijo para sus adentros –buen viejo- y le siguió los pasos.
Una línea amarilla pálida apareció tras la sierra, dejando por delante inmensas moles negras de selva y riscos.
Tatita Pedro y Víctor llegaban al vértice de la loma que escondía un llano cubierto de fina paja color ocre. El majestuoso y aplastante silencio embargaba el ánimo de Víctor; las sombras de los árboles añejos, bisabuelos de arbustos tímidos, explayaban cauces inveterados; tal vez lechos cálidos de secretos centenarios o milenarios. Arriba, tras sus copas inalcanzables, más arriba de la tenue niebla que acariciaba fresca los mantos verdes el pespunte de una luz solar cobraba vigor. Tatita Pedro se alzó vigoroso cerca de la ladera que daba como vallar a la sima y dijo, -señalando el horizonte aural- ¿ves ese nacimiento? – Víctor asintió-, pues bien, ese es mi Cargador, es el Cargador del Día, o soy su depositario. Bueno al traerte hasta acá, solo fue una manera presuntuosa de señalarte mi rincón. Allá abajo, deseo que sean enterrados mis huesos. ¿Por qué lo quiero así? Fíjate donde nace mi Cargador; exactamente por donde se inicia el valle que es largo como corredor. En todo el día no se da una sombra. Así, permaneceré cálido sin que nada perturbe los mensajes que él me traerá a diario. Ya entendés. Con ello también quiero decirte, y esta también es otra forma de mi atrevimiento que el cargador tiene en especial significado. Por ejemplo este valle, que tenés abajo, es mío y lo que ello significa para mí, de ninguna manera existe en obligación que lo tenga para ti. Mis vivencias, son mis vivencias; tus vivencias son tus vivencias; lo que nos une es la calidad humana que le damos a las cosas, pero por lo que a mí me ha dado este nacimiento y mi próximo Ocaso, día a día, año tras año, con su nadir que también es virtud es lo que ha hecho de mí lo que soy. Tu nadir y Cenit ha hecho lo que sos. Si has sabido matizarlo con la filosofía de la Pronta Divina de nada tenés que arrepentirte. Eso es lo que yo llamo el Cargador del día, es el que nos modela atando nuestros actos.- La voz de Tatita siguió contando mientras Víctor admiraba aquel pedazo de terreno yermo de árboles y pudo, casi con las manos acariciar la tersura del zacatal a la distancia. Algo recordaba ese pequeño valle los viejos Juegos de Pelota Mesoamericanos; religiosidad oculta por los siglos donde se alternaba el deseo profundo de ser el elegido –al triunfar- para compañero solar tras el sacrificio en la Ara Florida , como algo, casi o mucho, impulso por ser el guerrero flechado para viajar al cosmos en seguimiento del Quetza… Algo o mucho de aquellos sabios mesoamericanos estaba en el alma de tatita Pedro, que a diferencia de aquellos, hoy, sin dardos, sin anillo, sin pelota, sin pluma, sin aras floridas, deseaba ser enterrado en el centro de aquel disimulado Juego de Pelota que era el vallejo teniendo como vallar sin aros las lomas húmedas de selva. Si no podría seguir a Quetza… en el Cosmos podía hablar con Tatita Pedro en ese llano; día a día. Víctor entendió que esa era la disyuntiva única para don pedro y quiso hablar para entender el íntimo deseo del tata; quiso decirle que entendía su concepto del Cargador del Día, pero también quería ser compañero de su tristeza por aquellos padres de sus padres que no pudieron ser esclavizados, continuar con el ritmo cósmico. Sabía que a Tatita, sin manifestarlo, le dolía la posibilidad de que la herencia estuviese a punto de perderse… Quiso tomarle el brazo, pero ya Tatita bajaba la ladera corriendo con vigor juvenil. Víctor se quedó en la cima mientras el sol ya nacía, ya se coloreaba intenso en la bóveda. Víctor buscó a Don Pedro y lo descubrió en el centro del pequeño callejón con las manos izadas hacia él gritándole -¡qué tan estúpida fue la voz de no sé que profeta al decir que no podía encontrarse dos veces la felicidad en un mismo rincón. Yo aquí, a la felicidad la he encontrado miles de veces!-. Calló. Sopló un ligero viento obligando a la niebla a bajar a ras de tierra dejando al descubierto un límpido azul-amarillo. Corría el aire y del valle se levantaron pedernices con su cloar agudo y el colibrí con su vuelo semejante al trueno. Mariposas–papalotes puntearon de colores vivos el ocre-oro-fino del valle y bajo su vuelo Tatita Pedro apareció de hinojos exclamando: ¡Vientos Euros, vientos Áfros, vientos de un Norte frío, vientos que roturan del oeste al Este, vientos incestos de Ehecatl, de Huracán vengativo por lastimado que haces de la tierra un torbellino de centro oscuro y profundo… qué es de tus hijos. ¿Quetza… Quetza… por qué ese abandono de la cría, ese deshijar de tu obra, por qué tus verdes labrados se borran escondiendo tu belleza pagana a ojos que no quieren marchitarse. Hazte visible a los hijos de los hijos de tus hijos, déjales beber de tu aguaje colmo de aguas hechas sabiduría; haz que nuevamente tu sangre, manantial de conceptos infinitos, almagre los sueños de quienes aún esperan de ti la guía para dominar el cosmos. Bien se dice que dominas el Todo, que eres simbología de arco-iris; eres verde-jade, rojo-coral, azul-cerúleo-turquesa. Del blanco-nácar-caracol al negro-obsidiana. ¡Sopla tu flauta y tañe el tamboril; despierta con los sonidos arrancados allá en la selva a los hijos flácidos de escarnio. Vuelve a colocarles el cesto a cada uno de ellos para que nuevamente canten-caminando con sus Cargas. Cargas de la noche al alba, del orto al ocaso, Día a día con los Aromas Cotidianos, porque solo así volverán a sentirse que Son. ¡Quetza… Quetza… date cuenta que tu movimiento es telúrico y que al rajar la tierra –buscando un parto imposible- fabricas el sepulcro de los caídos…
Hoy Don Víctor, he muerto…
Víctor entrecerró los ojos tratando de fijar la imagen de Tatita Pedro, aquella que tanto le agradaba cuando le guiñaba un ojo y le decía –son cosas mías, cosas del alma- y al abrirlos nuevamente, su corazón se agitó yendo a un pálpito emotivo al sentir que aún, allá, frente y debajo de donde se encontraba con Daniela, Tatita Pedro se incorporaba para encaminar sus pasos hacia el esfumado horizonte, cubriéndose lentamente por el zacatal dorado por un sol caído a plomo.
-Tal parece que una nueva carga lleva Tatita Pedro- dijo casi en silencio Víctor.
-Te refieres a que…
-A que al fin llegué a su rincón después de su muerte; que llegué a visitarle y mostrarle una fase ya casi olvidada por mí; la fase del amor. ¿Cómo fue que me dijo una vez?- trató de recordar Víctor mirando a Daniela que alzó los hombros ignorante-. Sí, fue una noche de coloquios. Estábamos frente a la hoguera ya familiar y con ella se reflejabas sus hermosos dientes blancos. Me dijo de pronto, contestando a algo que ya no recuerdo que fue “¡Espíritu de Coyote tenés tú, que a veces se hace tecolote!” yo le contesté, lo recuerdo, un poco al desaire que era yo un advenedizo por lo tanto me daba lo mismo hacerme tecolote o coyote o tucán o zacua o guacamaya o no sé que más. El sonrió como niño travieso y dándome una palmada en la frente gritó “¡No, no. Jamás serás un advenedizo y por eso nunca serás un loro, por más que te gusten sus formas; no hablas por hablar; eres penetrante como el tecolote pero difícil de atrapar como el coyote. Esa es tu dualidad: noctámbulo y caminero. Pero ya te atraparán; el amor te atrapará!” Esa fue mi segunda risa en mucho tiempo, pero esta vez no fue de vergüenza como la primera sino mostrando algo de mofa e ironía. “¡Bah!” Exclamé aquella ocasión.
-Creo que no es tatita Pedro- dijo Daniela sin sentir que por primera vez le daba ese tratamiento- el que lleva esa nueva Carga.
-¿Por qué crees que no la lleve?- preguntó sorprendido Víctor.
-No. La Nueva Carga la llevas tú. Por mucho tiempo debiste venir aquí, pero no tanto para mostrarme este hermosos lugar, sino para cumplirte a ti mismo. Algún oculto llamado quizás para venir a mostrarte el origen de tus constantes sueños y decirle a Don Pedro: Usted tenía razón, al fin fui atrapado. Sonrió Daniela viendo que Víctor se asombraba ante este análisis escueto de sus íntimos deseos, haciendo el desavío de los sueños por volver a ese rincón para darle razón a Tatita Pedro y la aparente exigencia de cumplir una adusta promesa haciendo realidad la adjunción patriarcal indiana con el mensaje sencillo de la palabra, alhajada con la verdad de la fragilidad del alma aleada con el ímpetu de su pasión. Ahora, la visita de Víctor y Daniela a aquel vallejo constituía una nueva Carga. Algo se agregaba al espíritu –y esto lo sabían ellos con un sabor risueño.
Acayucan, Ver., 8 de noviembre de 1979.
Acayucan, Ver., 8 de noviembre de 1979.
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