viernes, 27 de mayo de 2011

Pueblo nuevo



¡Echémonos un puño de sal!
Luego se bebió de un tirón el contenido de la botella. Con la manga de la camisa se limpio los amoratados labios. Sus ojos de búho a medio dormir se introdujeron penetrantes a los de El. El lo observaba atento, golpeando con los dedos la cubierta de la mesa sin lograr llevar un ritmo.
Tercera Área:
Pensó desahogarse en el llano, pero se topó en la cantina con El y sin mayores complicaciones se sentó a su lado. Ya después de zamparse algunas botellas, masticaba su dolor con risa sarcástica.
-¿Y cómo crees vos que halla terminado aquello?
-ya me lo imagino- dijo El.
-Vos no te imaginás nada, o tal vez si, que es más mejor que verlo al menos que platicarlo. Ja.
Los dedos seguían golpeando la cubierta de la mesa sin ritmo aparente, superfluo, sin sentimiento. La nitidez del claro-oscuro de los cuerpos se mesclaba y ondulaban con el grisáceo del humo de los cigarrillos, fumando con demagógica calma, uno tras otro, otra otro uno, uno más. Los dedos seguían golpeando la cubierta de la mesa.
Los ojos de búho a medio dormir seguían inciertos en su rostro, se acercaban a El y lo acariciaba con sus manos temblorosas, El no se inmutaba, ni sufría ni gozaba, como muerto, como alejado, como perro sin amo, tímido se dejaba acariciar y los ojos de búho a medio dormir se bebían la botella, sin que el cansancio llegase a su estómago, como sin fondo, como hecho para esas tareas. La otra botella seguía quieta, olvidada, junto a los dedos que seguían tamborileando sobre la cubierta de la mesa, con los ojos clavados en los otros, en los de tecolote hartados de luz.
-No, no fue nada sencillo, todos nos incomodamos con esas muertes. Yo estaba en la cárcel, vos tenías cuatro días de haberte ido, Tatita uno de muerto.
Los dedos se espantaron, se aplastaron sobre la muerte. La mesa se silenció y sus ojos se clavaron en el océano de voces y gritos de la cantina. Las risas se fueron elevando con prisa continua y al momento que la rockola callaba, todos posaron sus ojos en los de El, como guacamayos asustados. El los fue examinando uno a uno, todos por todos, en escala se fueron entregando a su mirada como vedetes que levantaban un pie luego las botellas, luego hicieron caravanas y luego… y luego volvieron a reír burlones. La rockola los volvió a festejar.
Como tecolote hartado de luz cerró los ojos mientras meditaba. El, callado como Ceiba seguía picando con los ojos todos los rincones del frente sin mover la cabeza que permanecía inclinada. Sus dedos volvieron a tamborilear la mesa, ésta volvió a cantar gozosa aunque la mirada fuese profunda y triste.
La rockola cantó “Ojitos Verdes” con un grito tan estruendoso que los cristales chillaron. Los hombres se quedaban viendo fijamente, saturados de incertidumbre, unos riendo como idiotas, otros llenos de congoja.
El tecolote hartado de luz, hartado de hastío, hartado de desvelo, entrecerraba los ojos, luego los abría espantosamente para no dejarlo escapar, El seguía su tararear con los dedos, mordiz queándose los labios, sin tragarse la cerveza.
-Y vos te decías- gruñía Gambino- que la unión hacía la fuerza. Ja. Si, si, la unión. ¡Vos sos un pendejo y tus malditas ideas de mierda!
Los dientes apretaron los labios con fuerza marcándolos con tintes rojos, mientras la frente se arrugaba marcándolos con zurcos las ideas que se aglomeraban y disipaban al golpe de los dedos sobre la madera de la mesa. La cantina seguía con carcajadas, festejando la rockola que en altisonantes gritos revolvía el cerebro. Los hombres hacían caravanas jactanciosas como ligeras entre los aplausos de las gargantas. Otros más en un unísono placer se ponían a bailar, simulando a la mujer, levantándose coqueta las enaguas. Los silbidos llenos de borrachera invadían los tímpanos hasta enloquecer.
-Ah si, si, la lucha era por la tierra, pero vos los azuzaste contra Don Joaquín y los alambiques. ¡Que chingados se tenía que hacer allí pues! –Gambino golpeó la mesa con una violencia inaudita que astilló la luz en mil pedazos. Los ojos de El parpadearon pero pronto se volvieron a ajustar a su disciplina mortuoria. El cantinero, barrigón y sudando hasta por las orejas vigilaba con boca austera a los borrachines, el mesero corría como cucaracha asustada, llevando el alcohol a las mesas, los hombres sedientos los sorbían ruidosamente, sin respirar y luego escupían gargajos haciendo gestos al limpiarse los labios con el paliacate o de sopetón con la mano llena de cicatrices de mazorca, llena de tierra de milpa y seguían cantando sin resuello.
-Dice la gente que vos no tenés la culpa de nada. Ja. Bien que vos los supistes embaucar. ¡Una lágrima de macho no echastes sobre el cuerpo de Chavita, si no que gritates ¡luchar, luchar! Y luego te juites! Gambino manoseaba el viento con el puño erizado de venas mientras sus ojos destellaban odio. La rockola cantó “El abandonado” y la cantina entera relinchó golpeando vasos con vasos, inflando estómagos, brillando vistas.
Quinto múltiple:
            Los vasos se estrellaban en el piso y el cantinero alzaba los hombros frunciendo el ceño; el mesero asustadizo los miraba y anotaba con lápiz tembloroso en una libretita: tres, cuatro, doce, otro más. Luego corría con más vasos y volvía a anotar: cinco, siete. La rockola seguía cantando y los dedos de El volvieron a emprenderla contra el ritual mal logrado. Era cierto que había salido, pero no, de ninguna manera había huido, tenía otras necesidades. Así se disculpaba, mientras sus ojos penetraban intranquilos en ámbitos pasionales de todas las quimeras.
            -Los colgaron- volvió a rezar Gambino con mirada pesada, agobiada por el odio y la borrachera- ¡pero no fueron los únicos! –Gritó encrespado- le siguieron el capitán, los dos sargentos, los tres soldados y los dos civiles que llegaron con el pelotón de veinte sardos a las investigaciones.
            -¿Qué pelotón es ese- preguntó El en voz baga entre una muchedumbre de alcohólicos- con tantos oficiales?
            -¡Pelotón o no- gritó Gambino golpeando la mesa con la botella cerca de los dedos de El que seguían con un ritmo desquiciante- el caso señor es que el pueblo contagiado por tus ideas malditas colgó, en un descuido a ocho más- Ah, vos mero insitates a tal cosa, como si las vidas jueran tuyas. 
Se volvió a tragar otra botella entre resuellos. El líquido maloliente se escurría ligero entre las comisuras abogatadas y moradas. El calor como las palabras y los pensamientos se hacían sofocantes, El se limpiaba, sin dejar de golpear con los dedos la mesa, la frente llena de sudor con el paliacate, luego aspiraba profundo y solemne otro cigarrillo entre chasquidos de saliva.
Una yarda quinientas voces:
            “… Si me matan a balazos que maten al cabo y que” –volvió a cantar la rockola ante los aullidos salvajes de la embriaguez. El calor seguía sofocante y el taconeo de los bailadores huérfanos de sobriedad relampagueaban insultos. La mente casta de la calle empedrada y enlodada, abría incrédulo los ojuelos, persignándose se echaba a correr levantándose las enaguas.
            -Si- decía reposado Gambino, dejando caer las palabras lentas, pensadas, como deslizadas por un cordel –Cuando llegaron aquellos militares y empezaron las primeras averiguaciones, se corría el dicho de que querían pepenar a Tatita y a vos principalmente. Por la noche Tatita reunió a la gente y le dijo que escogieran; se dejaban agarrar, el pueblo protestó- se defendían, o se largaban todos del lugar, dejando todo, rumbo a la sierra. Si, Tatita dijo que de acuerdo con la política de vos, había que defenderse, luego se quejó de que  no estuvieras vos y luego ya ves, los colgaron.
            El humo se extendía placentero con ojuelos oscuros hacia vigas llenas de telarañas, donde los bichos lanzaban sus hilos para bailar y  rascar las nucas, luego asustadas corrían hacia arriba presas de pánico por las manazas que los abofeteaban.
            El, quería ir al llano a embriagarse con luz enfática del sol que, iracundo, hacía zambullirse a los hombres a las tabernas y a las mujeres al comal, a las reces golpear con sus colas los insectos, pero era preso de la lengua de Gambino que, pegajosa iba plasmando en el cerebro la tez cobriza y morada de los ojos saltados por la asfixia. Los sucesos rodaban como sanguijuelas en barrancas y solo su fondo insípido placentero, los vomitaba.
Mil pesos por esa res:
            Un borracho usó su pistola. Sus ladridos con olor a pólvora hicieron que se avergonzara la rockola que calló azorada por un instante su lamento. Todos los dientes salieron a festejar el grito de “¡Ay calaca no te asustes que aquí está tu padre!”.
            -Cuando se supo lo de los nuevos ahorcados- continuó Gambino menospreciando los balazos altaneros- la gente se asustó. Muchos aconsejaron a Tatita que se juera, pero no hizo caso. Solo dijo “Yo soy el Tata”. A los dos días llegó mucho ejército.
            El espejo de la cantina hacía más monstruosa la antesala del desquicio. El, seguía golpeando la mesa con sus dedos incansables mientras sus ojos se poblaban de escenas y figuras tarzánicas, donde el zaraguato se empinaba desde la copa del roble para echar sus gritos a la laguna, burlándose del haragán y lúgubre caimán que bostezaba hundiendo en el aire sus poderosas mandíbulas. El ejército de rondas marchaba marcial poseyéndolo todo. Sin respetar y avergonzar, la rockola volvió a entonar su aguja ante la afanosa exigencia de los veintes.
            ¡Santo Dios, mañana es cuaresma… No señora, es Todos Muertos!
            Otro cigarro fue encendido. La llama del cerillo temblaba azorada al ver en su nacimiento aquel recinto tan cuajado de insolencias. Cumplida su misión se extinguió como urgida de perderse. La cerveza de El seguía quieta y olvidada. Gabino se zampó otra más.  
            -Y empezó la masacre- dijo ahora calmado Gabino, esperando que su calma abarrotada de quietud y la maleza de cabellos que caían al rostro dejaran ver sus ojos, pero El se mantuvo firme, con el ojo sin dilatación y solo el temperamento agónico encontraba como único escape el golpetear de sus dedos sobre la mesa –Tatita entre los primeros- -continuó Gabino –unos hombres lo alcanzaron a llevar al monte, ya muriendo preguntó por todos, luego pidió que se despidieran de su parte de vos. Todos callaban meneando la cabeza diciendo que si ¡Ah tarugos!- El agachó la cabeza, cruzó los pies y al ritmo de sus dedos las piernas empezaron  un vaivén. El cantinero introducía manojos de billetes a un cajón, el mesero seguía corriendo asustado por las órdenes; de aquí para allá, para allá de aquí, con su trapo sucio y gris colgando del brazo, el lápiz en la oreja, la libreta en la bolsa del pantalón. La rockola nuevamente y ya segura, se alegró, cantando sin que su canto fuerte ablandara los hormigueos del cerebro, tan fuertes entre cachetadas al campesino alcoholizado, como rincón oscuro y seguro ante la mortaja luz de la miseria.
¡Viva el Partido Revolucionario Institucional, jijos de la guayaba!
            La masacre del ejido garantizaba igualdad o quizás superioridad a la tragedia de Chilpancingo, pero mayormente vil porque de las voces sardas se escupía el desprecio al indígena como algo inferior a un simple perro y a la orden de esa voz se extinguía para bocado del latifundio. Inanimado, el ojo firme, el corazón furibundo, El callaba. Se detenía por un instante  el Quinto Sol.
            -Tatita- empezó a llorar Gambino- fue un papá para mí, por algo me dio a la hija. Cuando se moría pidió agua. Se la dieron y luego hecho bocanadas de sangre. Así me lo contaron. Pocos sabemos –continuó Gambino levantando la vista turbada hacia las vigas pobladas de insectos y arañas en convivencia militar- eh, pocos sabemos donde está el hoyo santo donde duerme para siempre Tatita.
            La noche anterior los tecolotes habían cantado alegres en velorio selvático, El había apresurado el paso hundiendo en la noche las piernas largas y cansadas. En la selva quiso cantar triste y condolido pero fue aplastado por los vocerones al chocar con el viento. El llano del día siguiente se extendía placentero entre espinas de ixcanales al baño caluroso de sol, El entonces entró a la cantina a buscar frescura para la boca y descanso para su insomnio. Ahí fue a sentarse gambino.
“¡Yo soy el Secretario General chingaos! ¡Conmigo no se paga un centavo en las parrandas, ese es mi lema!”
            Las cucarachas como gambusinas, idiotizadas, corrían por el piso aplastando su inoperancia. El chasquido de las bocas al escupir y las baladas grotescas de las lenguas seguían como el sol al cenit, lento pero seguro, al desquiciamiento de la razón. Mas botellas se sacudían de su contenido y los ojos viscosos insultaban al mesero que, solícito y mentecato blandía más botellas por todos los rincones. Gambino se tomó otra más, El hacía caso omiso de la suya, sus piernas balanceándose y sus dedos martillando la mesa seguía siendo su único placer ostentorio por donde el escape de la emoción salía presuroso, sin fatiga.
            -¡Ya vos, dejá esos dedos!- protestó Gambino mientras golpeaba con la botella vacía la mesa, inmediatamente fue obedecido. Loa ojos de El buscaron ocupación y pronto la halló en las voluptas del humo del cigarrillo que se escapaba ligero, formando figuras en la mente abstracta de la hora –Eh –continuó resoplando gambino- murieron cuarenta y… quien sabe cuantos, otros más fueron a curarse a la sierra y otros más fueron a la cárcel, a mí, no sé hasta ahorita porqué esos perros me echaron juera. Y vos, ¿dónde te encontrabas? Seguro que bajo algunas enaguas.
            Desde lejos se dejaron oír cuatro campanadas, el sol disciplinado empezó a declinar su hiriente calor dando albergue a ráfagas de viento que traían mensaje de frescura. Los pajarillos de toda índole aplaudían el aire y con sus vocecillas agudas plasmaban una clarividencia de fervor alegre. Solo en el cautiverio de la cantina cuajada de lenguas mordaces y alcoholes temblorosos, seguían festejando a la garganta que cantaba burlones al compás de la rockola. Gambino, sin sobriedad durante muchos días, gustaba del placer de recordar escenas repetidas infinitas veces en los sueños y en los insomnios de muchos hombres mujeres y niños, e insistía con el mismo placer masoquista de descifrar hechos y gotas de sangre por cada parpado cerrado para siempre, pero El continuaba inculpado de agitación expresiva, solo sus músculos, para evitar cualquier fricción con su voluntad de piedra y barro, pujaba en vaivén sobre las piedras.
“¡Yo vivo bien gracias a Dios… y a l indio que trabaja que caray!”
            Pero pensémonos mutuamente, decían los tucanes asombrados al verse sus enormes picos que como hachas cortaban las ramas de los cedros y las caobas. Los coralillos con sus anillos rojos, se embelezaban al tragarse las ratas sorprendidas sobre los huevos recién puestos por las tortugas de río. Los árboles se frotaban unos a otros para contarse en abrazo marital lo que cada uno de ellos por sus hojas había visto al pie de sus troncos. Sus raíces se asomaban por entre la tierra para poner trampas a los pies guardados por botas. El pie desnudo pasaba ligero sobre ellas sin darle importancia.
            -Pasó un poco de tiempo- siguió diciendo Gambino picando con sus ojos de búho a medio dormir, el rostro distraído de El –y la gente empezó a volver a su quietud- luego Gambino tronó en sarcásticas risotadas –tus pinches ideas no sirvieron para ganar la tierra. Quedamos pior que antes. Vos has de estar feliz ahora jijo mal parido- El no se sonrojó, ni la cara se le llenó de arrugas de enojo, siguió observando las boluptas de humo que despedían holgada su boca. –Los alambiques, ya ves vos siguen haciendo trago y el tal Tomás ya amplió su latifundio hasta merito las barrancas. El ejército ahí lo tenés, cuidando que no se caigan las alambradas y donde fueron casas pronto habrá potreros para que paste el ganado. Si señor.
            La armonía de la luz solar se sacudía de esos contrastes violentos del medio día, los cuervos en parvadas de luto graznaban con inquietos chillidos en las arboledas. En ocasiones los pericos interrumpían en le pueblo con interminables cantos de un solo vocablo, tiñendo en verde el amarillo pálido de la atmósfera. Dieron las seis de la tarde, la hora más triste del día, donde con luz, las sombras se desvanecían hasta desaparecer, los gritos eran sordos, los movimientos lentos, el agua parda, el tucán silencioso, las zacuas se colgaban, la borrachera continuaba con rito salvaje, la rockola aullaba, las botellas yacían, el mesero se cansaba, Gambino se bebía otra más, El seguía ignorando la suya y sus piernas continuaban en subi-baja incansable con la mirada vagando por entre las cabezas desparpajadas.
 “¿Qué te crees? Tengo el papel pero no tengo la tierra”
            Gambino soñoliento por la borrachera, golpeaba la mesa con el puño cerrado, con gesto de violencia que se convertía, al caer el puño, en una sola manifestación. Sus ojos hartados de luz entrecerraban, haciendo esfuerzos quimeros por atrapar con su mirada el cuerpo alejado y distraído de El, para sujetarlo y despedazarlo con su lengua mordaz. La sinopsis de la tragedia era hora solo un yerro de interpretación por cada ojo, por cada oído o por cada olfato, y en amalgama volátil, se sacudían cada cual en su mejor forma. El, todo lo aprehendía en silencio y todo lo rechazaba por última vez y se introducía por todas aquellas pasiones.
            -¿Y ya sabés  lo que se dice de vos?- preguntó Gambino con gran esfuerzo mientras su cuerpo iba siendo vencido por el marasmo. Por segunda y última vez El lo tomó en cuenta meneando negativamente la cabeza -¿No lo sabés?- se sorprendió incrédulo Gambino –Ja, pues unos nos dicen que huistes- detuvo El por primera vez el vaivén de las piernas –otros dicen que buscabas paga nada más –El detuvo la mirada, sin parpadear- otros dicen que estás colgado en algún árbol, otros dicen que juites cobarde, otros que sos valiente, otros que juites torpe, otros que estás muy lejos, otros que te dieron mucha paga, otros más que sos su hermano, otros que tenés concubina, que te escondites en sus enaguas, que no sabías nada. Que sí lo sabías, que de estar tú en la matanza hubieras sido el primero en morir, que hubieras corrido al primer balazo, que juites muy macho, que sos un ángel, que enseñastes muchas cosas, que eres un mal parido, que Dios te cuide- Gambino detuvo su letanía y limpiándose la boca con la mano, se sirvió otra botella dejándola luego caer fuertemente y continuó pegando su cara a la mesa –Tal parece que lo mejor es que te hubiera ahorcado el propio pueblo y luego te hiciera un monumento. ¡Pero para mí, solo sos una mierda! –Gritó por último Gambino cayendo pesadamente sobre la mesa, preso de fatal borrachera. Vegetando sobre ella, con ojos viscosos, empezó a echar espuma por la comisura de los labios amoratados. El se le quedó mirando fijamente y meneando la cabeza como para arrojar del cerebro la escenografía de las punzantes oraciones de Gambino, agarró por fin la cerveza y cerrando los ojos se la zampó de un tirón, limpiándose con el paliacate de los labios. Se retiró de la cantina seguido de las carcajadas de la rockola y los aplausos de los campesinos ebrios. El alzó los hombros y escapó de la telaraña.
Pujiltic, Chiapas. 1963
Alfonso Pérez Valdivia

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