Alfonso Pérez Valdivia.
CUARTO COLOQUIO
Las laderas, en extremo sinuosas y carcomidas se presentaban, abellanadas por lunares de erosión –vísceras calizas- centenarias. Generaciones de hombres sembrando semillas en vana germinación coas heridas y astilladas por un suelo endurecido, casi cocido por la hornaza cósmica, suelo iridiscente por siglos y siglos; suelo sin sombras para mitigar un hambre –para espantarla solamente- hombres de hambruna estoica actitud pues a sabiendas de que nada se ha de recoger pasado el siglo agricultor ausente de que aunque sea unas cuantas gotas de agua. Se sabe y sin embargo se siembra, como un reflejo condicionado de genes ya programados, la semilla se deja sembrar, se deja cubrir por arenas sin humus y sin cenizas: Arenas, sólo arenas calizas que queman -el campesino lo sabe, pero imposible abandonar esa actitud inveterada, es su sino –agricultura fatídica, como una suerte mágica de recoger multiplicados los granos, a manera de Jesús, mirando al espacio celeste nítido, agarrando un futuro jamás llegado, noches lumínicas de estrellado manto, de Sur a Norte, de Este a Oeste; días claros y límpidos de sol abrasador, donde el mismo canto de los insectos suenan a ocarinas sordas de ser-. “Cómo he nacido campesino, aunque este pedazo de solar no me de nada, y haya dejado de ser cementera desde no sé cuánto, tengo que hoyarlo por costumbre, no de otra manera podré dormir si a ese campo no le ofrezco mi mano callosa”-dice- el campesino. Pero hubo un fin; los hijos de los hijos tuvieron que emigrar.
Así eran esas laderas; en algunos tramos manchas de zarzales, -casi lo único comestibles, eso y algunas raíces, pero el zarzal casi es un bocado de los dioses, pero hay que correr para ganarle a los pájaros su fruto, frutos famélicos, tiernos; no hay tiempo a que maduren pues el hambre empuja-. Espinas y zarzales, zarzales, espinos y chaparrales, juntos en tramos hacen una apretada mancha, él se adentra en ellas y jadeante asciende y desciende. El sol camina al cenit y no hay una nubecilla que quiera jugar haciendo de sombrilla, ni un vientecillo que se atreva a correr por esos montes, montes pelones a veces marcados por una línea fantástica de nopaleras haciendo de valladar, nopaleras teñidas por un gris marchito o verde vergonzante, olvidada su brillantes, nopaleras sin fruto. El viento, o golpea con fuerza arrasando migas verdes, retoños de arbustos o como caricia se olvida y transuta su camino valles abajo siguiendo hacia la costa lejana. El sigue subiendo y bajando y las agresivas matas le arañan las manos con que las aparta, y la cara cuando se hace menester agacharse para pasarlas - “¿A quien chingados se le ocurre cortar camino?”- piensa mientras se pasa el paliacate para recoger el sudor –“bien hubiera sido mejor esperar la recua del correo; pero no, la necedad y ese estúpido creerse un chingón. Ahora me jodo”. Y seguía bajando y subiendo. Llegaba a los vértices de las lomas; se paraba, se quitaba el sombrero de palma con sus alas hechas hacia abajo y se abanicaba produciendo artificial viento que no refrescaba; se ajaba las mejillas y la frente, se resecaba sus labios, el paliacate ya no recibía agua de nada. Pensativo veía los cuatro horizontes y se encontraba con el mismo panorama desolador. En algunas hondonadas, dentro de sus arrugas, algo semejante al verde fértil de las plantas, pero resultaba un espejismo abrumador, al llegar a ellos la ilusión se desvanecía. Siempre resultaba peor aquella aparente tranquilidad dentro de su sombra. Lo apretado del chaparral con sus espinas, se encargaba de ahuyentarlo nuevamente loma arriba; pero había que atravesarlas, y, al salir de ellas, parecía que hubiera luchado con docenas de felinos, nada había que permitiera sentarse bajo una sombra -¿Quién la podría dar? -Si encontraba una piedra plana buena para sentarse pronto se levantaba pues era tanto como sentarse en una hornilla. Se paraba, se abanicaba y seguía en camino “Cómo es que hay hombres que pueden vivir aquí”, seguía pensando. En verdad se necesita tener el alma de anacoreta para soportarlo.
-“Qué mendrugos de mazorca puede dar esta tierra, ni para sembrar pesadillas sirve. Todo esto es una roca de cal disfrazada con motitas de espino. ¿Dónde una poza de agua, algún aguaje olvidado por el azar de la naturaleza? Nada, absolutamente nada. “pinche geografía. Debí haberle hecho caso a Don Fidencio”,-“Espere la recua, a mas tardar mañana pasa” me dijo, pero yo tenía mucha prisa ¡prisa de qué o para qué? El estoicismo de esta gente deriva de esta tierra bruta ¿bruta?. Agotada quién sabe que pasado prehistórico, porque aquí no he visto rastros que se asemejen montículos, señales de que el territorio fue habitado por algún grupo. Ni duda cabe que los abuelos prehispánicos despreciaron estas tierras. Acá, sólo han llegado los que fueron empujados por las armas españolas”.
“¡Qué manera!, ¿sublime puedo decir? De aceptar formar parte de esta desolación, como si sus propias almas estuvieran desoladas y esto sólo fuera su consagración.”
Seguía bajando y seguía subiendo. Empezó a caminar recién apareció la primera línea rojiza, casi amarilla, del día nuevo, presumió que la frescura de la madrugada le permitiría avanzar con mayor soltura. –“espere la recua”- había insistido el alcalde de Texistepec. Él sonrió y se despidió dándole las gracias. Había trazado genialmente sus planes. Se adentraría montes a la derecha para cortar camino, de esta manera aprovecharía para saludar a Miguel, platicar sobre el tema de su inquietud antes de segur camino a Santa María lugar de sus propositos, -“Llegaré con Miguel después del medio día”-, se había dicho. –A Santa María deseaba estar muchos días antes de que empezaran las fiestas del lugar. En ocasiones, esas fiestas pueblerinas le fastidiaban. –“Las fiestas son para los antropólogos”- ironizaba con doble sentido; prefería la convivencia cotidiana, sin distorsiones. El frenesí, pensaba, de esas fiestas, crea espejismos. Se aposenta una falsa riqueza que se diluye al primer día siguiente de una fiesta, después ¿Qué queda? Miseria, otra vez la miseria perenne. Empieza nuevamente el ciclo ahorrativo para la fiesta del año siguiente o para el pago de deudas contraídas, así que ello solo tiene un valor estatológico como relajamiento a las angustias--“¿Qué ese es el mecanismo empleado por esos pueblos para evitar la acumulación monetaria de unos cuantos y así no haya predominio sobre los demás?.- correcto, eso ya lo sabemos, por lo tanto ya no tiene interés para mí. Yo necesito indagar el pensamiento del día, el cotidiano, cómo se las arreglan para sobrevivir y de la imagen del cosmos qué esperan. –“Pinche sol!”- volvió a exclamar en silencio tratando de evitar la mirada hacia los cielos claros, límpidos, sin una manchita blanca de nieve. Transparencia ideal para la observación del astrónomo, pero –“¡cómo jode al caminante!”-.
Pálpitos de desazón seguían acumulándose, día a día, año a año, siglo a siglo, por todos los lares curvados y verticales, de perspectiva ascendente e inclinaciones abruptas. En las líneas de remate de los montes, El se quedaba esperando por breves minutos alguna brizna de viento que lo refrescaba, algún soplo –hoy si, sopló divino- que mitigara el calor, pero allí con mayor vigor y coraje le golpeaba el sol. Rabioso hoyaba el suelo pespunteado con cávalas eternas. “Y todo esto. Seguía pensando- solo por saber qué diablos quiere decir Campo Cahual”. La primera vez que oyó el término indígena fue en la rivera sur del Usumacinta, ya en territorio Guatemalteco. En aquellas jornadas, casi épicas, por las hambrunas que soportó, había decidido, por lo que calculó, que podía recorrer a pie la parte Alta de Chiapas –empezó a caminar por la ranchería Las Margaritas, cerca de Comitán acompañado por un indígena Zeltal- a lomo, solo dos mudadas de ropa, una cobija y un morral con pozol agrio, en la mano un machete, eso fue todo junto con el ánimo para caminar-. Se llegó a las zonas arqueológicas de Bonampak y Yachilan. Bajó al gran río y pasó al Petén para conocer Piedras negras, supo que había una ranchería cercana como perdida en la gran selva – habitada por indígenas no Caribes-; entre enormes cedrales y caobas, la buscó – atravesando fuertes matapalos mamando agua de bejucos hidrantes- solo que algunas veces se equivocaba de bejucos y bebía agua amarga con sabor a sulfito que lo obligaba a vomitar antes de correr el riesgo de una diarrea deshidratante- Así llegó a la ranchería agazapada en las sombras de la alta montaña –gente indígena huída de las fuertes represiones policiales y milites-. Vivió tres días y dos noches con ellos, en el último día de convivencia fue que se mencionó el nombre de Campo Cahual. Él no le dio importancia al término, simplemente anotó en su libretita la “sustancia” de la conversación; le habían dicho “Estamos aquí haciendo nuevamente un Campo Cahual” Él anotó y se olvidó del tema. Inconscientemente pensó que se trataba de alguna deformación del idioma, así que no indago más, creyendo resolverlo más adelante con algún diccionario de leguas nativas, si acaso ello fuera necesario. Pasó el tiempo y el término quedó olvidado en el cajón de papeles archivados. Fue hasta que, una vez, caminando por las laderas que bajan a las planicies del Veracruz medio, se encontró a Miguel –propiamente lo conoció-, indígena mixteco del Alto Oaxaca. Había bajado Miguel hacia Veracruz buscando ganar algún dinero en las zafras cañeras.- cerca del jacal de la ranchería a donde él iba a dormir fue que se lo encontró. Bailaba y bailaba, sin pareja, en medio del círculo de hombres que le hacían barullo y cantando; alguien los acompañaba con una jarana –casi- de la época, poquitos días después de la conquista, a juzgar por sus maderas astilladas y ennegrecidas-. Miguel bailaba y cantaba a todo pulmón con una embriaguez que lo hacía babear. Él se acercó, saludó y se sentó sin más junto al grupo. Ningún interés tenía por beber, cantar o mirar –escudriñamiento antropológico- solo cansancio que lo hizo sentarse con aquellos hombres; cansancio y tal vez algún dejo de soledad que lo abrumaba desde hacía varias jornadas por el rumbo; así que esa tarde viendo que el grupo se divertía cerca de “su jacal” decidió acompañarlos por un rato. Cuando Miguel se cansó de Bailar y cantar fue a sentarse junto a Él. “Mucho gusto- le saludo cortés- yo me llamo Miguel, más conocido por el Coralillo”, Él sonrió y le tendió la mano.
Dentro de su beodez habló de su tierra dando pelos y señales y de qué manera se llegaba a ella, Él supo deducir que más que ranchería se trataba de un simulacro de jacal. Habló de su constante caminar de un lado a otro buscando ganarse el dinero; ya bajaba al sur de Veracruz al corte de caña, ya se iba al Istmo a limpiar montes, ya se adentraba en los campos petroleros de Tabasco haciendo faenas de peón supliendo a otros por lo que daban medio sueldo, se llegaba a las costas de Campeche y se hacía mareño “y eso que no se nadar” decía riendo, se internaba en los bosques de Chiapas –“merito hasta donde están unas ruinas de los antepasados, grandotas y bien chulas”- haciéndola de maderero, luego regresaba a su tierra, siempre sin dinero pues éste se lo acababa todo conseguido tras duras jornadas de trabajo agotador y mal pagado- en cuanto se le atravesaba algún burdel “con viejas a toda madre”. “¿tienes esposa?” preguntó él- “¡No que va!, ¿Con qué le lleno la tripa? Solo jefa y jefecito, eso es todo” “pues entonces ¿porqué no te quedas a vivir por estos lugares si te es más fácil encontrar trabajo? “porque allá –contestaba dubitativo- aunque todo esté jodido y la pinche tierra no da nada, es mi lugar. Yo que más quisiera que venir a un lugar como éste que es un verdadero Campo Cahual. Pero yo allá nací y po’s quiéralo que no, bajo alguna nopalera que a lo mejor ni tunas da, está enterrado mi cordón.
En los días siguientes volvieron a hablar, pero ya el término no apareció en las conversaciones siguientes; todas las pláticas giraban sobre la Mixteca Alta asiento de Miguel y como Él prometió visitarlo algún día que tuviera que ir a Santa María “esta cerquita, casi al paso” había insistido Miguel visiblemente entusiasmado- le dio todas las señales para llegar sin perderse” llendo con la recua del correo se puede llegar insistía. Con el tiempo el término volvió a olvidarse, pero ahora había quedado una espinita, que lo despertó cuando en sus trabajos siempre se hallaba una muralla que no le permitía seguir adelante, aquel sentido que le daban los hombres de Mesoamérica al trabajo humano en el campo, así que quiéralo o no, el término volvió a aparecer “¿Campo Cahual?” meditó pensando que no podría ser coincidencia que apareciese el término en dos ocasiones diferentes y separados en tiempo. Preguntó a los filólogos que pudieran darle respuesta; lo más cercano que encontró es que se trataba de Casa donde hay diversión o el lugar de la diversión, o en lugar de la fiesta, pero no encajaba lo expresado por los indígenas. El sabía que contenía un sentido metafísico y razonaba que forzosamente formaba parte de la estructura filosófica de los sabios de Mesoamérica, llegado, quizás un poco deformado, hasta los indios de la época.
¿Cuál podría ser el contenido encerrado en esa voz?. Sólo en dos ocasiones lo había oído emplear y en las dos lo había pasado por alto pero además existía el hecho de que fue expresado por hombres separados por una Geografía de selvas y ríos, montañas y desiertos y por cinco o seis años de distancia, aunado a ello que fue dicho por individuos de lengua materna diferente. Así que no había duda que la voz implicaba un alto contenido que seguramente prevaleció en épocas prehispánicas “pinche terminajo” seguía mascullando, “me ha quitado el sueño, el hambre y la vergüenza, pero he de saber su real contenido” luego, se quejaba en silencio “Cómo carajos no le hice caso al consejo de Don Fidencio”. Si hubiera esperado hasta mañana, día en que pasa el correo y sus malditas mulas, nada hubiera perdido; pero no, ahí vengo hecho un pendejo bajo este sol. –“¡Puta Madre!” se encolerizaba en sus adentros.
Ni un tocón legendario, chispa póstuma que denotara la existencia de algún bosque arcaico ¿Cuántos siglos de inerte blancura tendrán estas hirientes ondulaciones?. Pensaba, Sierra abajo se alzaban cuando menos con brazos altivos, los órganos que semejaban candiles de múltiples lámparas, pero arriba, zacatillo insípido y chaparrales broncos. Él, caminaba a veces, con la cabeza gacha “la sed empieza a joderme” murmuraba, vió algunas biznagas escondidas, guareciéndose bajo pequeños preduscos y recordó, con una sonrisa oculta cuando una de sus tantas hambres lo atrapó varias leguas tras los cerros de Monte Albán queriendo cortar camino. -cuándo no- para llegar a Jojo, hace ya algunos años. Las había probado pero rápido las escupió -¡Más agua tiene un kilo de algodón! -vociferó.
Además de comer nopales crudos, bajados de su árbol a pedradas y rodadas por el monte a puntapiés para quitarle sus espinas, cortó camino y gustó de una raíz; sus carnes, pedazo de raíz con suficiente agua…agua. Cómo extrañaba los bejucales de las selvas y aquellas orquídeas rosadas y lilas –bendito sereno- que como copas alzadas en los pinares recibían a diario el agua del rocío –aguas puras y cristalinas con rico sabor a uranio. Pero en aquellos intricados bosques hubo días en que se lamentó porque también encontró las sed; jornadas largas en que ni bejucos, ni ríos, ni orquídeas encontraba. Recordó la primera vez en que sufriendo esa sed se topó con una charca macilenta, y desesperado y en hinojos se postró a sus orillas para beber “¡No la pendejés vos!” le gritó Tiótimo su camarada de aventura, “si vos tomás de’sa agua, no vivís más de tres días”. El se petrificaba mientras Teótimo husmeaba por las orillas de la poza hasta encontrar una matita cuyo fruto en flor se parecía al azahar de las novias: un botón como gota nacarada. Lo arrancaba y exprimía en la charca –“bebe rápido vos de sus ondas”- le decía –“esto lo purifica pero solo ahí donde hace circulitos, si querés más, aprieta otro botoncito; tomá”- y le tendía más botones nacarados. Él sonrió al recordar aquellas épocas y a aquél hombre –indígena- cara de niño, verdadero salvaguarda de aquella aventura en los Altos de Chiapas.
El calor apretaba y Él trataba de tragar saliva –inútilmente- para mojarse la garganta; los labios resecos empezaban a partírsele produciéndole tenue ardor, pero seguía subiendo “¡Qué carajos!” se decía. Se llegó nuevamente a otro vértice. Allí parado, con las manos hechas puños y erizadas de venas apretándose la cintura, osciló la cabeza de Oriente a Poniente, giró el cuerpo y miró un Norte diáfano con murmullos de mochuelos; giró de nuevo y allí estaba un Sur que mareaba. Algo pasó por su mente y sonrió llevándose las manos a las comisuras de la boca y haciendo un hueco con ellas a manera de bocina gritó “¡Heyy… Heyy…!” un oblato agudo contestó trayendo su eco “¿Eso es todo?” se preguntó sonriendo aparentando sorpresa. “¡Abyssus abyssus invocat!” volvió a gritar. “Creo que este pinche calor ya me está deschavetando. Aquí estoy gritando como un loco concertino, pero más que violín me cargo un violón” se dijo a manera de chunga, e inicio su nuevo descenso.
Allá abajo, en otra hondonada tapizada de zarzales y espinos como culebrilla reptando en el fondo Él ya no soportó más; quitándose la camisa construyó una pequeña cobija amanera de sombrilla y arrastrando una piedra plana la colocó bajo las matas y a manera de almohada reposó la cabeza en ella. Aquella insípida sombra algo lo alivió del calor, pero no sin que le costara algunos arañazos extras en manos, nalgas y cara.
En aquella triste condición dentro de su madriguera, reanudó sus filosofemas –“tengo algunos supuestos”- monologó –“lo que en esencia me da la covertura, ¿covertura?- se rió del adjetivo usado. –“Bueno, existe en algún lado un trabazón de pensamientos que pudiera convertirse en silogismo”.-
“La Pronta Divina está originada por el Movimiento Cósmico. ¿Si? Pero a la vez se hace esencia; la Pronta Divina es la esencia humana, pero entendida ésta solo como realización del Ser en la Naturaleza.”
“No es únicamente como se señala en la arqueología como la huella o el paso de los hombres en su errante caminar, si no como creatividad en cada paso de los hombres; este paso- con asentamientos por breves o largos periodos- dejó señalado el campo, ese campo se llamará Campo Cahual si logra construirse con el hombre. No es, por tanto Lugar de Fiesta o recreo así a priori sino, Lugar de Fiesta- regocijó transformación- humanización del campo halla o no construcción perenne. Esa viborita emplumada en movimiento, se llama Quetzalcoatl; es herida por un Dardo Solar que es la energía; de su cuerpo mana la Sangre Divina o creadora y de ella florece la vida; ahí están las flores en las gotas rojas; las flores son símbolos de la vida y es en el campo primero donde se da la esencia: tras el hombre siempre está la Pronta Divina como sombra constante de los hombres de ingenio creador. ¿Qué simboliza aquello o esto que puede ser ajeno al Campo Cahual? Si es allí donde el hombre mesoamericano, por su peculiar forma de trabajar la tierra, por su típico modo de producción como dicen los economistas que los diferenciaron de las maneras tecnológicas del occidente, su organización exigía una entrega casi epopéyica y épica sobre terrenos agrestes, sobre lagos, lagunas y caudalosos ríos, y también sobre yermos páramos fronterizos entre bárbaros y cultos concedentes a los sino cósmicos. El hombre mesoamericano vivió enajenado al campo; al campo y a la naturaleza y por ello obligado a la conservación cósmica, y de esa práctica extrajo todo su conocimiento. Aquella constelación de deidades, una a una va a un origen común hasta hacerse una, que vigilan los procesos realizados en el campo, solo existen, en su dialéctica acción ahí donde el hombre posó su mano transformadora. De ese milagro transformador tomó su pan de maíz y elaboró su espíritu. Creo, ese es un Campo cahual. Pero esperemos qué más puede decirnos el joven Miguel.” Meditando, elucubrando, jugando con una varita tomando de un zarzal Él entró a un relajamiento y a pesar – o por él- de calor empezó a dormitar.
Lagartijas atrevidas se acercaban hasta sus codos desnudos recorriendo el brazo hasta la mano con una curiosa manera de reconocimiento del advenedizo; otras, igual o más atrevidas que las primeras se llegaban hasta sus mejillas, olían sus carnes saladas por el sudor y corrían presuntuosas meneando sus colitas a derecha e izquierda como los ánades. Atrás y delante de la hondonada como vértice de mujer seguían los cantos de diversos insectos, con tal nitidez que el zumbido de sus alerones era un escucho sonoro. Un murmullo generalizado como coplas y coros fantásticos realizaron los habitantes del desierto, llevando la fantasía al extremo de oír canciones nacidas del roce de los espinos, algunos guijarros rodados desde las cimas daban un toque de oblatos constantes y repetidos casi a un ritmo, tan…tan…tan…tin…tiiinnn… hasta llegar a los fondos. Algunos abejorros empezaron a circular zumbando cerca del rostro de Él. Subían y bajaban, se lanzaban en vuelo zaético casi golpeando su nariz. “Pendejo de mi” soñaba. Despertó y como si el sueño se prolongara en la vigilia exclamó dentro de su encuevado dormitorio, “¡Cómo carajos fui a conocer a Miguel!, si nunca se me hubiera atravesado en mi camino hoy no estaría en estos montes. ¡O si? Y todo por esa pinche ley de la causalidad; pinche ley y pinche causalidad: conozco a Miguel o me lo encuentro en aquel brincoteo amenaza de baile lleno de embriaguez, saca a relucir su frasecita de campo cahual; recuerdo que en el Petén la oí por primera vez; me dice donde vive; cometo la tarugada de en su momento no averiguar más sobre el concepto; se me pierde días después; se me ocurre venir a Santa María y vuelvo a recordar la frasecita y con ello a Miguel y para colmo su ranchería está al paso. ¡Pinche Miguel! ¡Qué lugar escogiste para nacer, cómo no quedó tu tripa enterrada en algún otro nopal, bajo una sombrada Ceiba, cerca de algún manglar, o bajo alguna piedra de algún agradable bosque, o a la orilla, como tortuga, de un mar delicioso o río acogedor! ¡O bajo los mosaicos de la recámara de una querida? ¡Verdad?” ironizó él mismo mofándose. “Algo tiene el Campo Cahual que lo hace similar a la manifestación artística; en el arte el hombre se manifiesta artísticamente, su obra constituye el desdoblamiento de su ser humano. El arte es en sí una manera de abordar el mundo, es la conceptualización, sea el mundo de las cosas o de las sensaciones y la plasmación que se ejerce de distinta manera a las ciencias, es el desdoblamiento humano en que se alcanza la espiritualización. El Campo Cahual es en esencia una forma de manifestación, si por ventura de él se ha conseguido tomar lo mínimo para el sustento que implique también sustento espiritual, pero solo a condición de que el hombre entregue algo de sí y ese algo, si es su fuerza de trabajo, no será de ninguna manera entelequia económica, si no la transportación de la esencia humana en un campo yermo de creatividad, es en ese entonces cuando ese campo adquiere un valor no tenido antes en virtud de que en conciencia y espiritualidad le entregó el hombre. Su correspondencia será enormemente enriquecida. Se realiza una adjunción de elementos aparentemente disímbolos; mejor expresado, elementos disímbolos, logran adjunción con la comunión hombre-naturaleza… “seguía meditando mientras allá, tras la cima de la hondonada en que se encontraba cloqueando en solitaria inquietud se dejaba oír los ladridos de algunos perros que él no oía por estar entregado al juego, que en el fondo, eso era y no otra cosa hasta no tener los datos de Miguel. Seguía con su varita a la que le había arrancado las espinas con los dientes mientras irreflexivamente la jugueteaba. Ya despertado totalmente se paró al salir de su cueva, golpeándose con las manos los pantalones para echar abajo las arenillas y pajitas que se le habían adherido; deshizo el cobertizo hecho con su camisa y se la puso luego de sacudirla, se abanicó por un rato con su sombrero –siempre con las alas hacia abajo con lo que simulaba un caracof totonaco- se colocó el paliacate alrededor del cuello e inició sin él saberlo el último ascenso.
Algo empezaba a cobrar un nuevo tono. El campo, si bien seguían siendo montes yermos –borbotones de aires calizos- sin tocones o cádavas olvidadas por e tiempo, algo en el aire empezaba a insuflar un nuevo aroma; algo como un humo tenue nacido de trozos leñosos descendía hacia él. “¡Puta!” -exclamó- “sólo eso me faltaba, que vaya a quedar en medio de un incendio”. En ese momento no razonó que nada había que quemarse donde todo ya había sido calcinado por soles de siglos. Algunas aves carroñeras, allá como puntitos manchando el azul cerúleo del cielo, se movían lánguidas y elegantes haciendo una espiral aérea gravitando sobre un mismo espacio. Los ladridos de los perros empezaron a llegar con mayor claridad. Él se paró casi llegando a la cima, tratando de oír esperanzado, haciendo el signo peculiar del silencio, pidiéndoselo a los insectos, a los mochuelos, a las lagartijas, a los roedores, a los guijarros y a los zarzales del fondo para oír con mayor claridad; todos callaron y Él siguió ascendiendo. -”Es muy posible que esté ya en la última loma!- se dijo. Llegó a la línea que marcaba el final y el principio de la ladera y en su rostro empezó a dibujarse una alegría, aquella alegría que da la tranquilidad y las esperaza de hallar al fin lo buscado; abajo, en la sima, a la orilla de un pequeño vallejo se levantaba inseguro un jacal, con una terrible inclinación –como si sólo bastara el soplo travieso de algún niño para que aquel semi-cubículo callese en estrépito por cansancio. De uno de sus lados, una mujer marchita, algo hacía sobre un hogar del que se desprendían pequeñas volutas de humo blanco; los perros famélicos ladraban a seres invisibles del lado opuesto, o, quizás, era el eco del olor de él que les llegaba por el extremo de enfrente. Se quedó parado, extasiado por un rato, con las piernas abiertas una mano e la cintura y la otra apretando sobre el hombro el morral con sus escasas mudadas de ropa. Volvió a llevar las manos a la boca, como la primera vez y gritó “¡Miguel… joven Miguel… Miguelillo…!” los perros reaccionaron pronto y reorientándose se colocaron en la línea ladrando furiosos hacia la loma de donde él bajaba. Un hombrecillo salió al solar agitando en lo alto las manos. A un grito enérgico del hombre, los perros dejaron de ladrar; al pasar él junto a los animales les dijo casi en un susurro “vosotros me reconocéis, ¿verdad?” y siguió su camino tranquilo hacia donde se encontraba el anciano extendiendo una mano y con la otra quitándose el sombrero, el anciano hizo lo mismo y tras él la anciana seria, jugueteándose el mandil de mil colores por la cantidad de trozos de tela diversa adosadas al mandil original. En sus sienes bajo la cabellera cana y trenzada los clásicos chiquiadores; los canes, verdaderos chuchos de campesinos, flacos y roñosos, con sus orejas hechas girones y gachas, espinazo escultórico, rabo entre las patas y los ojos tristes, tristes… -siguieron a los hombres que después de saludarse caminaron rumbo al cobertizo “con que este es el jefecito de Miguel” –pensó él viendo de soslayo el panorama alrededor de la casa –“y aquella es la jefa”- se dijo, dirigiéndole una amable sonrisa a la anciana que se la correspondió- No po’s no, Miguelillo no está- dijo el jefecito- mientras lo invitaba a sentarse en unos butaques hechos con piel de venado, roído quizás por el hambre de los perros o las ratas de los campos- Sabrá Dios qué tierras andará pisando o’rita; ya va al sur, ya va a la costa, ya corre hacia Campeche, qué sabrá Dios ‘ónde será. A propósito Don Víctor- Interrogaba entusiasmado, como si las andanzas de Miguel le produjeran ciertas formas de orgullo- supo usted que ya se fue hasta Monterrey, quesque quería saber de qué sabor eran las gringas. Pues regresó todo embotado, con un sombrero color café de terciopelo bien chulo y un cinturón enorme de hebilla, cantando y bailando como se estila por allá. ¡Una polvadera nos hacía cuando aquí bailaba! ¡Ah! Pero eso si, la cara de indio pendejo jamás se le quitará-. Él lo recordó, con aquella cara de matón barato, chaparro y fuerte, el rostro salpicado por enormes granos, boca casi sin labios y dentro unos dientes enormes, verdosos casi negros y mirada torva, pero con un corazón gigante de niño feliz. Según contó el jefecito ya Miguel les había hablado de él, diciéndoles que cualquier día iba a llegar para visitarlos y que cuando eso sucediera lo recibieran como si se tratara del hermano que nunca tuvo; él sonrió y agradeció.
-¡po’s estamos, espera que te espera. Por eso, cuando gritates desde la loma le dije a mi vieja “segurito ese es Don Víctor” no’mas que nosotros te esperábamos por el camino real. Menuda sorpresa nos dites bajando por aquel lado. Bien dijo Miguelillo “Ese Don Víctor a veces parece nahual”.
-“¿Tantos años me han esperado estas gentes?- se asombró él –es increíble como la esperanza de una visita mantenga la ilusión de conocer a alguien de quién solo se conoce solo por la noticia ¿Qué diablos les habrá contado de mi Miguelillo que a pesar del tiempo transcurrido esperaban mi llegada? ¿Cuántas gentes ajenas a su medio se atreven a llegar hasta estos lugares? Solo eso pudo explicar el que me esperasen con tanta naturalidad. Aunque es verdad y casos he sabido, de que ésta gente esperan el retorno de alguien que ocupó un lugarcito en su corazón, con una paciencia estoica que continúa aún más allá de la muerte -“no te olvides de mantener limpio el catre para cuando él vuelva”- he oído decir a padres moribundos a la madre que oye serena los últimos consejos.
-Le prometí a Miguelillo pasar a saludarlo cuando tuviera que ir a Santa María y pues aquí estoy- contestó él mientras estiraba las cansadas piernas abanicándose con el sombrero –lástima que él no se encuentre, me hubiera gustado verlo bailar-. Los dos rieron.
-¿Va a dilatar?- preguntó el anciano haciendo más chiquitos los ojos como para filtrar algún desencanto.
-Quiero estar mañana en Santa María, no quiero que me agarren las fiestas que ya están próximas. Así que Don Celso voy a pedirle posada por esta noche…- calló para esperar la reacción del jefecito que seguía con aquel gesto gracioso con los ojos chiquitos e inclinado hacia él para verlo y oírlo mejor. Luego Don Celso, se levantó y extendiendo los brazos hacia el frente exclamó:
-¡Pero si cómo no Don Víctor, ésta es su casa, podés disponer de ella, pero espera- titubeó un momento poniéndose una mano en el mentón y viendo a su mujer- nada más que vas tú a disculparnos que no podamos darte una cama, no la tenemos, pero guardamos enrollado un buen petate casi nuevecito, ¿Aceptas?- él sonriendo aceptó moviendo afirmativamente la cabeza.- Bueno continuó entusiasmado don Celso, -ahora queremos que comas con nosotros- y diciendo esto caminó hacia una mesa hecha de tablones ya a punto de pulverizarse, pasándole la mano por la superficie para echar abajo el polvo acumulado. La mujer corrió ligerito hacia la olla que se calentaba en la lumbrada –hoy tenemos carnita para comer, que seguro te gustará, además tendrás harta hambre después de la jornada que acabas de hacer- siguió parloteando mientras en la cara de Víctor se dibujó una amarga tristeza –“Otra vez lagartija”- se dijo pensativo –“ya me tocó comer otra vez lagartija, cómo no me ofreció unos frijolitos, algunos lotes hervidos o unas tortillas con sal y chilito, pero ¿carnita? Sé lo que es la carnita por estos montes. ¡Chingá! ¿Por qué no me traje unas latas? Todo por no cargar-“.
-¿Sabes Don Víctor- continuó hablando el anciano sacándolo de sus pensamientos- ayer me tope con un chumpipe en una hondonada, como a cuatro leguas de por aquí, muy chulo el condenada y muy sabroso. Ya lo probarás y dirás si miento-. En Víctor la tristeza desapareció- “¡Ah vaya, entonces comeré guajolote!”- se dijo aliviado.
Los tres comieron en silencio religioso, ¡Qué pensamientos correrían entonces en cada uno de ellos!, en el anciano teniendo un solo hijo y lejos de su hogar, trayéndole de vez en cuando alegría de sus canciones y zapateos volviendo nuevamente a esa vida de miseria en medio de aquél incandescente páramo. Quizás las horas nocturnas le deparen alegrías no comprendidas por otros. Y en las horas de intensa luz diurna, viendo aquél paraje de atmósfera nítida alcanzando a ver con tanta claridad kilómetros de distancia. Soledad, quizás rica en matices que sólo un pensamiento sereno pudiera apreciar. ¿Y en ella? ¿A caso la carga constante y perenne, como liturgia ensombrecida y arraigada o clarificada y dulce de ser compañera?
Al término de la comida Don Celso y él volvieron a los butaques mientras la anciana arrojaba a los chuchos inquietos los sobrantes de la comida.
-Vengo por una respuesta a una pregunta- dijo de pronto Víctor –Buscaba a Miguelillo pero creo usted me contestara mejor-.
-¿Qué es?- interrogó el anciano inclinándose nuevamente hacia él.
-¿Qué es un Campo Cahual?
El anciano se tornó serio, rascándose la cabeza sin dejar de mirar a Víctor -¿Campo Cahual?- preguntó a su vez don Celso –verá usted, no es fácil explicarlo, para mí no es nada sencillo- tartamudeaba por lo sorpresivo de la pregunta –Un hombre sabio podría contestarlo. ¿Pero yo? Verá usted. ¿Cómo le diré? Mire, a ver si lo puedo decir. El hombre una vez fue un bruto. ¿Verdad?, es decir, cuando las sombras, todas eran de noche, cuando el padre jaguar aún no se mancornaba con la mujer, entonces él caminaba y caminaba como huérfano viviendo sin saber usar el azadón y la coa, sin conocer los secretos de la tierra; comía nada más lo que Dios le mandaba, a veces un chumpipe, o un tejón, algún mapache, lagartijas. -¿Verdad? No, pues le faltaba aquel Don que nos hace hombres. ¿Y qué era ese Don? Pues nada menos que Dios le entregara la coa. Le faltaba dominar la tierra. ¿Y que pasó con eso? Pues que al trabajar la tierra fue que realmente empezó a hacerse hombre. Ese era el Don que le faltaba. Y no porque allí sacara su maíz y sus calabazas, no era algo mas, eran los gérmenes de una nueva vida. Entonces el hombre se ayuntó con la tierra y esa tierra habló. El hombre se entusiasmó con la experiencia y extendió poco a poco su labor. Tomó bosques que le estorbaban para sus labrantíos, los preparaba para hijar ahí el semen de sus semillas y ella, la tierra ya solo esperaba las aguas del cielo para cantar lo florido.
Ese campo se había convertido para el hombre en un Campo Cahual. Sí Don Víctor el Campo Cahual es aquel que ha vivido con el espíritu del hombre. El hombre le ha entregado su alma y ella ha correspondido con sus frutos.
‘Ora con e correr del tiempo y con las guerras de los hombres los Campos Cahuales se han diferenciado unos a los otros. Por desgracia hoy no todos son iguales. Tenemos Campos Cahuales muy bonitos, bellos, colmados de flores que le dan sus aromas, regados por frescos ríos; hay también Campos Cahuales broncos, con los que hay que luchar día y noche o se nos pierden en enormes montes. Y también los hay tristes, muy tristes, como éste que tu ves que es el mío, triste como el alma de un indio solitario.
San Lorenzo Tenochtitlán, Ver.
26 de noviembre de 1979.
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