martes, 24 de mayo de 2011

Yo soy ladino


Yo soy ladino por lengua del indígena, soy ladino porque bajé a sus valles y subí a sus sierras, tomé de su mirada celosa una sonrisa burlona; soy ladino por cuanto vi los pechos desnudos de sus mujeres y el indio las escondió tras sus espaldas, porque la pistola en mi cinto causaba desprecio a mis manos. Yo soy ladino porque mi español decía chamula, chontal; porque Simojovel me recibió en la aurora al paso fatigoso de mi pie, porque Pujiltic miró mi caballo donde en sus huellas iba a posarse el desnudo cuerpo del indio. Yo soy ladino por mi ropa y mis costumbres, porque mis antepasados robaron mujeres y su herencia crecía con horror para el lacandón, porque poco hablaba con ellos y mucho con el Presidente Municipal que tragaba como cerdo. Yo soy ladino porque mis manos no son callosas y se leer el libro, porque se me da el agua, la sal, el caballo, el peón, el guía, la casa, la sonrisa fría y viscosa, el palo y el rifle. , Soy ladino porque no hablo el cakchiquel, ni el seltal, ni el mame, porque poco caminé a pie y mucho en automóvil, en lomo de bestia. Comí carne, tomé leche y me alumbré para acomodarme con luz eléctrica, porque no me amamantó el pecho indígena y mi padre no tubo que dar a su hija para que le dieran pan por trabajo. Porque al dormir no quise oír las pistolas que bramaban ni ver al chamula que yacía inerte mientras su mujer gemía por el dolor en la posesión brutal, asquerosa, sucia, de morbosos ojos, de sucia mente con credencial de policía, o de petulante orgullo de ser el Señor Presidente Municipal. Yo soy ladino porque así fui bautizado con puño de tierra tirado al viento por el pie desnudo del indio. Así fui bautizado por gracia de su lengua. El durmió y yo dormí. El saraguate chilló y el guacamayo lanzó su hablar empedernido. La víbora silbó alegre y venenosa.
El presidente municipal de Venustiano Carranza, después de escupir sobre las lozas del piso de su casa, ordenó al comandante de la policía que me diera a uno de sus hombres para que fuese mi guía a Santotón. A la media hora se presentó un policía chaparrito y mal vestido que solícito se cuadró militarmente ante el funcionario. La ropa- pantalón y camisa- recordaba lejano un incierto color caqui con puntaditas aquí y allá de un hilo blanco, sobre la cabeza una tersa y brillante gorra nueva que le habían regalado unos alemanes que andaban de paso, según me diría después. Fuimos despedidos por un ademán grotesco del ciudadano presidente. Pascual, el policía, se volvió a cuadrar enseñando sus enormes dientes sucios y empezamos la marcha. Pascual, un indígena con fuertes situaciones conflictivas, soñaba con ser autoridad, pero, como el mismo decía, el ser policía ya era algo. Me confesó que él sabía hablar zotzil, su lengua materna, pero solo la usaba a hurtadillas y como con vergüenza que sin quererlo se le mezclaba un orgullo mal ocultado, hablaba con su gente entre murmullos para volver luego a una tambaleante castilla. Se quejaba, riéndose, de que a él le tocaban todas las comisiones en las que era menester caminar de veinte kilómetros para arriba.- Estas caminatas piden caballo- decía limpiándose el sudor- pero hay que ser obediente, disciplinado y eso ta’ bueno porque así el comandante se fija en uno para trepar a otros puestos o cuando menos con confianza puedo pedir permiso para ver a mi familia y ver si habrá tierra para la milpa.- Luego suspiró y exclamó cansado con voz aletargada.-¡Ta’ bueno! .
Así, mientras Pascual por delante y yo siguiéndole, caminábamos bajo el sol inclemente por esa ruta de bosque, donde a nuestro sudor de la frente iban a posarse para mamar los lambeojos, donde por momentos se oía el alegre silbar de las cascabeles y los trinos asustados de los pájaros, por el lado de Pinole, el hermano de Pascual, Martín bajaba para dirigirse al rancho la Candelaria, en busca de trabajo. Viudo y joven le acompañaba su hermana menor de menos de quince años que con aliento de fatiga seguía a Martín con pie ligero, llevando en su espalda la pequeña hija del hermano. Su rostro moreno y bello- lozanía de juventud indígena- atormentado por el sol, dejaba entrever una servidumbre capaz de alimentar a su cansancio ante una sola mirada ligera de Martín, el fortachón hermano de Pascual, que ni se inmutaba, ni reía, ni hablaba. Tenían ya dos días de haber salido de por el rumbo de el Carmelito, donde pocos días antes habían sepultado a la orilla de la vereda, el cuerpo delgaducho, consumido- quizás de hambre, quizás de fiebre palúdica- de su esposa. Sabía por otras voces, que don Luís Mendoza, el dueño del rancho La Candelaria, le podría dar trabajo y así evitarse el ir hasta el Soconusco. Cuando el atardecer bajó a refrescar el día, Martín y su hermana ya llegaban a las orillas de Sayotitlán. A un lado, el gran barranco dividía la llanura de la sierra, su fondo se mostraba, por lo oscuro, incógnito y del otro lado, en el valle, lejano, se percibía ligeramente, en manchitas claras, el rancho: El sol del atardecer dio de cara a Martín, prolongando su figure sobre la tierra seca. Ahí se detuvo y tras sus anchas espaldas, la hermosa y cansada hermana, con la mirada picando a las hormigas que corrían de un lado a otro.

-Ta’ bueno- dijo Martín prolongando la voz con un suspiro cansado mientras aventaba el morral y la cobija al suelo.- Mira Ene- continuó y señalando hacia el horizonte con una vara- allá está el rancho del tal don Luís. ¿Cuándo te crees que lleguemos?- Enedina alzó los hombros incrédula mientras se sentaba, teniendo ya en los brazos a la niña.- Esto pide- siguió con su oráculo Martín- que caminemos otro día. Esta barranca- señaló sin que le hermana lo viera- solo de día la pasamos. Así que aquí dormiremos. Se hizo un silencio prolongado mientras el sol, engalanado de rojo púrpura, con sus huestes de nubes sonreía a las aves que manchaban el cielo de color amarillo violeta. Las figuras de Enedina y Martín en la orilla de aquel abismo se recortaban majestuosas; en silencio, sin ser oídos, con tristeza centenaria, sin sonrisas, luego en medio de un chasquido, el silencio fue roto por Enedina que con una mirada de angustia, empezó a balbucear entre cruzando los dedos- Pues vamos al pueblo- detuvo por un momento su oración examinándose los dedos mientras se quitaba la tierra de las uñas, continuando luego con voz más queda- Ahí podemos dormir.- Apenas tuvo tiempo de desenredar los dedos cuando sus ojos, color azabache, se apretaron con fuerza al sonoro rugido de la voz del hermano, casi su tata- ¡Que ‘tas diciendo Ene!- las aves asustadas huyeron piando escandalosamente hacia el bosque.- Donde se te ocurrió que nos metiéramos al pueblo a dormir. Si no se conoce el lugar, al pueblo no se entra a dormir trayendo vieja. Conozco a los ladinos, además no sabemos que pueblo hay por aquí antes del rancho y ya te dije que la barranca solo de día la pasamos. Por aquí buscaremos un buen sitio para dormir, mañana quiera dios decirnos, dirá. Cuando terminó su perorata, las aves volvieron del bosque aplaudiendo con el viento tibio, riéndose en coro en su vuelo al horizonte, rumbo al el sol que los tragó glotón al ocultarse dejando sin luz al día.
Cansado, sudoroso, lleno de tierra y escupiendo lodo, Pascual suspiraba cuando nos aproximábamos a la casa del presidente municipal. La noche se cernía cautelosa por el horizonte opuesto, mientras los pasos ligeros del indio, corrían seguidos de la mirada socarrona del ladino. Yo me sacudía la camisa, abanicándome el rostro con el paliacate y la irritación de mi piel, a causa del ardiente sol de la tarde, se coloreaba, apareciendo el salpullido. -¡Ah! –Suspiró Pascual- Otra misión cumplida- Yo reí. Iba a tocar la puerta cuando la mano de Pascual me detuvo con sonrisa suplicante a la vez que me mostraba sus enormes dientes, ennegrecidos por la tierra.-Si vos querés- empezó apenado – Si vos querés ir de nuevo a Santotón, acuérdate que la caminata pidió caballo, pedícelos a don Agusto- Luego, escupiendo, se dio a la tarea de arreglarse presuroso la ropa. Al abrirse la puerta, el resplandor que escapaba del interior, solo me permitió ver la figura de una mujer que pequeña y regordeta, se recortaba en el marco, meneando terriblemente las caderas. Aspiré profundo para poder hablar fuerte con la creencia de que la oscuridad en que me encontraba, dificultaría serme oído por la mujer.- ¡Está don Agusto?- grité. La mujer echó unos brinquitos hacia atrás para luego de inmediato, recargándose con energía a la puerta, como tratando de impedir que fuésemos a entrar por la fuerza a la casa. -¿Usted es Víctor?- también gritando preguntó. –Así es – contesté agachando la cabeza en caravana burlona, recargando mi hombro en el canto de la puerta mientras jugueteaba con los botones de mi camisa. Pascual entre tanto, permanecía recto, con ridículo porte militar, solo sus grandes pestañas tiesas se agitaban turbulentas, permitiendo escapar solo de vez en vez el destello de sus negros ojos. La sirvienta haciendo un mohín con su boca, sustrajo de los senos un papel que me alargó hasta centímetros de mi, tuve que retirarme para evitar que el papel, mantecoso, se introdujera entre mis labios. Jugueteé por un rato el papel buscando un poco de luz, hasta que condolida la mujer, se hizo a un lado dejando escapar un poco de claridad que se escondía tras su gordura. Me paré frente a Pascual leyendo en voz alta que al oírme, sus piernas se hicieron más rígidas, más tensas y su cabeza más erguida. La mujer coló su cara por encima mis hombros, sonando la nariz escandalosamente. Yo leí “Ciudadano Víctor- decía el papel con letras llenas de colitas que dificultaban un poco su lectura- no he podido estar para esperarlo por tener que trasladarme en forma inmediata al rancho Monte Zapote propiedad de su servidor- luego un punto y coma inmenso – reconociendo la urgencia de su trabajo me he permitido dejarle un sobre con un carta de presentación para don Luís Mendoza, propietario del rancho La Candelaria, aunque dudo que puede servirle, pues mi compadre es tan tarugo que se le olvidó aprender a leer. Yo también iré a ese rancho pues tengo negocios pendientes con mi compadre don Luís, pero la carta es por si llega usted primero- otro punto y coma más pequeñito que el anterior, hice una pausa que aproveché para empujar con el hombro a la mujer que seguía dándole con su ruidosa nariz, ella sin pena volvió a meter su cara. Continué-. En el cuartel de la policía, con el subcomandante le he dejado dos caballos para su traslado, ordenando a la vez que el policía que lo guió a Santotón sea nuevamente su guía.- Cuando Pascual oyó lo de guía, apretó con fuerza los dientes rechinándolos mientras abría extraordinariamente los ojos. La carta terminó con una cordial despedida y una rúbrica que abarcaba toda una mitad del papel.
-¿Qué te parece Pascual?- le dije un poco burlonamente, posando mi mano en su brazo-. ¿Te disciplinas y nos vamos temprano e ese mentado rancho?  Hoy hay caballos- Pascual suspiró profundo, llevando sus manos a las alturas, luego exclamó quedamente.- Ta’ bueno, tempranito salimos para no agarrar mucho sol-. Nos habíamos retirado unos díez pasos cuando nos estrujó el ruido del violento portazo que la mujer daba. Se nos había olvidado dar las gracias. Pascual soltó una enorme carcajada echándose la gorra hacia la nuca.
Al día siguiente mientras Pascual y yo, después de cinco horas de caminata, nos bajábamos de los caballos a descansar a la orilla de un riachuelo y nos alegrábamos al ver a lo lejos, colina abajo, el rancho de don Luís, por el lado opuesto también se alegraba Martín, el hermano fortachón de Pascual que humedeciéndose con la lengua los labios, decía a su hermana sin verla.-Po’s hora si llegamos Ene, allá se ve el rancho la Candelaria, estoy segurito-, detuvo irguiéndose lo más posible para abarcar aquella dimensión. Destapó el guaje para beber de su agua que escurría presurosa por entre las comisuras de su boca, luego se la ofreció a la hermana mientras le decía- si querés descasar es buen tiempo de hacerlo, o si tenés fuerzas de una vez llegamos, no serán más de dos horas.
- Mejor llegamos- dijo con vergüenza Enedina no atreviéndose a ver al hermano- quién quita nos den algo para la niña.
- Seguimos pues- murmuró Martín mientras se pasaba la manaza tosca sobre los labios recién refrescados. Sus corazones briosos latían con mayor fuerza a medida que se acercaban al rancho, de donde por sus chozas aledañas, salían descoloridas volutas de humo y lastimeros ladridos que se prolongaban en un eco infinito. Los pajarillos surcaban presurosos el viento, yendo de aquí para allá, revoloteando sobre las copas de los árboles, cantando al unísono columpio de sus ramas.
De vez cuando pasaban raudas y escandalosas parvadas de pericos que manchaban de verde el cielo, largando para el oído una vibración dolorosa por sus escalas agudas y prolongadas. El sol ahora tibio, parsimonioso, rojo como de vergüenza, se alargaba en su ruta hacia las montañas, recreando en el cielo con sus rayos ráfagas de luces amarillas y naranjas que en su parte más oscura se hacía violeta.
Los ladridos de los perros se volvían más violentos conforme la corpulenta figura de Martín se acercaba al grupo de chozas esparcidas alrededor de la casa grande. Enedina, cabizbaja, temblorosa, se conformaba con ver las huellas dejadas por el hermano para sentirse protegida del ambiente desconocido, estremeciéndose más cuando algún perro, can hambriento, se apresuraba a olfatear sus desnudos pies.
-¿Este es el rancho de don Luís Mendoza? –preguntó esperanzado Martín a un grupo de hombres mientras su hermana se estrellaba a sus espaldas. Los hombres los miraron silenciosamente, sin contestar, examinándose los unos a los otros, llevando luego la mirada a otro hombre, que parecía ser el capataz. Este, después de un silencio prolongado, escupiendo al suelo antes de contestar, dijo categórico.-Así es- luego de pasar la manga de la camisa sobre los labios continuó.- Di, qué querés.
Vengo desde más allá del Carmelito- contestó Martín sin titubear desde su extraordinaria altura- buscando trabajo para darle de comer a ésta niña que es huérfana de mi esposa y a esta muchacha que es mi hermana- suspiró un poco al señalar a la hermana, luego continuó- también huérfana de mi madre y mi tata. Tened la gentileza de decirme donde puedo ver a Don Luís Mendoza para ver si me atiende con éste mi ruego-. Al terminar su parlamento los hombres relajaron los cuerpos que se habían tensado para oír a Martín. El capataz, como con placer, volvió a escupir el suelo, luego, señalando la casa grande, con un ademán grotesco dijo casi gritando, como para demostrar su autoridad.- Ve pues, que parece necesitar los brazos y los pies del indio- bajó luego la voz, cubriéndose con una mano la boca y mientras, con mirada libidinosa paladeaba el cuerpo frágil de Enedina- y las piernas de una mujer-. Enedina se ruborizó pegándose más al cuerpo de Martín, éste golpeó con fuerza, tachonando la tierra al momento que se alejaba del grupo con dirección de la casa grande, Los hombres rieron a carcajadas.
Don Luís los recibió con mirada halagadora desde el fondo de la habitación, convertida curiosa y descuidadamente en oficina. Posó la mirada sobre las piernas desnudas y musculosas de Martín y finalmente se detuvo en la carita compugida de Enedina que con la cabeza agachada, yacía como conejillo perplejo ante el zorro. Se paró del asiento y sin permitir que hablara Martín dio vueltas a su alrededor tocando con palmaditas sus espalda y brazos, tomó de la barbilla a Enedina lanzando una bocanada de satisfacción, seguido de un siseo de la muchacha que corrió a refugiarse a un costado del hermano al tiempo que la sangre hacía colorear su rostro. La niña entre sus brazos empezó a llorar siendo el pretexto esperado, anhelado por ella para ir luego a sentarse al rincón más alejado de los hombres.
-¿Querés ocupación? –casi grito don Luís obligando que Martín hachase unos pasitos hacia atrás sorprendido. –Así es- dijo tímidamente antes de que el hacendado volviese a gritar, preparándose para el caso puso en tención todos sus músculos, plantando fuertemente las piernas al piso. –Conque querés ocupación- volvió a repetir el hombre, llevándose una mano a acariciar el mentón mientras daba vueltas sobre si mismo. Luego mirando a Enedina volvió a gritar- ¿Cuántos años tiene la muchacha?
- Es una niña señor…-empezó a decir Martín, siendo interrumpido por la amenaza de otro grito del hacendado- ya ha cumplido los catorce años señor- acabó por contestar Martín titubeante y un poco incomodo por el giro de la interrogación que maliciosamente introducía el hacendado. Este hizo un ‘humm’ y luego un silencio que pareció prolongarse por horas para Martín que, quizás temiendo que su situación lo llevara a acciones no previstas en relación con su hermana y la actitud del dueño de la finca. Muy en el fondo de su alma nacía un arrepentimiento por no haber llegado solo, para luego, salvado el obstáculo del trabajo, traer a la hermana, pero,¿dónde la dejaría mientras tanto? -¡Hmmm!- volvió a repetir don Luís y finalmente se acercó a la muchacha a la vez que sus labios volvían a ladrar. -¿Ha tenido marido? La sangre enrojeció a Martín - el paso se estaba dando- que irritado se plantó a espaldas del hacendado, pero sus músculos tensos  volvieron a aflojarse para que pudiera salir de aquella situación sin que se proyectara a un desahogo  violento y solo exclamar en forma enérgica pero cortés. –Solo su cara a sido rozada por la mirada del hombre. Es una niña y virgen…- Hizo una pausa para luego continuar como con advertencia de sus propósitos y decisión ineludible- y solo conocerá marido cuando ella lo permita y el amor de uno de su origen esté en su pecho.- Mientras esto decía Martín la hermana escondía el rostro, púrpura de vergüenza, entre sus manos.
Don Luís, observando maliciosamente la solidez del indio, posó sus manos sobre los hombros de él a la vez que exclamaba sonriente .Son preguntas de rutina. ¿Sabes? Otros vienen y no hay trabajo, me ofrecen a su mujer o a su hija y yo hago el sacrificio. Tú no quieres darme a tu hermana y yo no te la pido. ¡Andá! – Volvió a gritar – querés el trabajo, ve a donde el capataz, él te dirá tus quehaceres y te indicará donde te echarás, entre tanto a esa hija que cargas quedará en el jacal de mi sirvienta- y para imponer ésta orden, dio dos golpecitos en la frente del indio. –Andá- volvió a gritar al ver la actitud desconfiada de Martín. Finalmente éste empezó a retirarse sin dejar de observar a la hermana que lo veía salir con mirada suplicante, luego apresurado decidió partir en busca del capataz. El hacendado también salió regresando al poco rato, trayendo tras de sí a una mujer flacucha. –Esta es la niña- dijo parándose frente a Enedina. La mujer hizo el intento de arrancarle a la niña siendo evitada por un gesto enérgico de la muchacha sin que sus ojos se posaran en algo en concreto. El hacendado volvió a intervenir, - Esa niña necesita pecho- gritó- y tu no puedes dárselo, ésta mujer lo hará a falta de madre. ¿ O querés que se te muera? –hasta entonces Enedina se atrevió a ver al hacendado y luego a la mujer, finalmente cedió a la niña que lloraba lastimosamente. Se levantó para seguir a la mujer que salía con la criatura ya pegada a un flácido ceno cuando fue detenida por la mano del hacendado que le decía, abandonado el grito anterior, utilizando ahora, una voz susurrante- Espérate vos, quiero decirte cuales van a ser tus tareas.- Y mientras seguía hablando se encaminó a la puerta, cerrándola, pasando sobre sus garfios un inmenso aldabón. Ante los ojos agigantados de la muchacha que no podía exhalar un grito de protesta siquiera. –Sabes- continuó don Luís ya frente a la muchacha que temblorosa caminaba hacia atrás- que algunos indios son tarugos, no saben ganarse a su amo. Yo quise darle la oportunidad a tu hermano, pero la rechazó. Tú no debes rechazarla. Eres virgen y eres india, yo tengo el derecho. –Dijo mientras entre sus labios asquerosos salía evasivamente su lengua como víbora acechante. Por fin Enedina pudo gritar mientras sus uñas, como aguijones, como pequeñas garras de halconcillo, se clavaban sobre el rostro del hacendado que se había echado de bruces sobre ella. Viéndose la sangre que empezó a manar de su rostro, el hacendado gritó. – Ah, pendeja india, sabes relinchar, pero ¿sabes? Como dice el dicho, para morir montado, no hay como morir en potranca-. Los ojos de Enedina se oscurecieron.
- Ese mi buen ciudadano- gritó saludando desde lejos, imitando el caló capitalino don Agusto a la vez que apresuraba al caballo teniendo ya a la vista el rancho la Candelaria-.  Con que llegamos juntos.
- Así es- contesté sonriendo sin despegar mis ojos, llenos de envidia del hermoso caballo azabache del presidente municipal. Pegado a sus ancas, el comandante de la policía, orgulloso también, cabalgando en su potro inquieto como fuerte. Comparados con ellos, el mío era un jumenco y el de Pascual una ridícula jaca. Pascual, parándose en los estribos se cuadró sin poder disimular una sonrisa de satisfacción al mostrarles a sus jefes, que la misión encomendada, se cumplía con disciplina y prontitud. Gruesas gotas de sudor bajaban, oscuras de tierra, por nuestros rostros.
- Pues ahora seremos tres, cuatro- rectificó don Agusto tornando a su antifaz de autoridad- los que visitemos a mi compadre. En diez minutos no más, estaremos ante los platos de venadito, seguro que si, ya lo verán-. Una bandada de pericos que pasaban en vuelo fugaz, se carcajearon y burlaron con risa prolongada; tras ellos pasó leve pero fresco, el viento de la montaña, donde con su luz se prolongaba nuestra sombra, convirtiéndonos en monstruos gigantes terriblemente delgados.
Al llegar a las primera chozas de la hacienda, los perros, sin preocuparse de nosotros, ladraban con rabioso coraje  alrededor de unos hombres que, gritando agitaban los brazos. Llegó hasta nosotros el conocido grito de una pistola que se repitió por seis veces más.  Cuando me di cuenta ya Pascual y el comandante corrían tras de don Agusto mientras sacaban sus revólveres, el polvo que levantaron  sus monturas segaron por un momento mi ruta, pero luego, ya diseminada, vi a mis tres conocidos apearse junto al grupo de hombres que no cesaban de gritar, mientras otro hombre se paraba frente a don Agusto. Cuando me hube acercado, Pascual, con los ojos horrorizados, hincando sus rodillas en la tierra, escudriñaba el cuerpo gigantesco de un indio que vomitaba con turbulencia buches de sangre, mientras los ojos vidriosos, ojos de agonía, ojos de muerte se clavaban hacia la bóveda celeste que se hacía violeta.
- ¡Pero si éste mismo muerto es mi hermano!- gritó Pascual en el momento que yo bajaba del caballo y don Agusto rodeaba la espalda del hacendado conduciéndolo fuera del grupo.          -¡Este mismo muerto es mi hermano!- volvió a gritar Pascual dirigiéndose a don Agusto, quién volteó furioso al mismo tiempo que contestaba.
- ¡Pues ese indio será tu hermano, pero don Luís es mi compadre!,- luego levantando el brazo, en forma brutal y despiadada la dejó caer sobre la cara de Pascual, que inmediatamente cayó sangrante por los efectos del golpe de pistola. -¡Apolinar!, -gritó dirigiéndose al comandante- Desarme a su policía y se lo lleva lejos del rancho. No quiero volver a verlo jamás- Mientras el comandante se lanzaba sobre Pascual, don Agusto giró sobre sus talones y observando escrutadoramente los rostros de los peones, con leve sonrisa satánica les gritó. -¡Que esto se olvide!- . Mi frente se restiró apergaminada y mis ojos opacos, miopes, fantasiosos, parecían hundirse hacia el centro mismo del cerebro por la fuerza de la tensión. El final de Pascual se sospechaba, se imaginaba, se veía diluirse de ésta comedia, de esta pantomima, de éste drama; veíase su cuerpo putrefacto y mientras examinaba con espanto cada uno de esos rostros, mi corazón se aceleraba con fuerza al descubrir una figurita menudita que se abrazaba con fuerza e histeria al pilar de una de las arcadas de la casona. Su cuerpo frágil temblaba, mientras por sus ojos negros y desmesurados, nacían cristalinas sus lágrimas. Su cuerpo semi desnudo mostraba pechos erguidos y tiernos. Su ropa estaba desgarrada. Me di cuenta de inmediato de cual era el origen de la tragedia, de ese punto culminante donde jugó la ley de las causalidades. Con pasos nerviosos de un coraje no oculto, me acerqué al presidente municipal.
-No creo de justicia- Empecé a decir, cuando el ojo frío y oscuro de una pistola se posó rápido en mi frente.
- ¡Usted no opina! –gritó don Agusto con tal fuerza que se opacaron todos los sonidos, rescatándose solo el aliento colectivo de los hombres. Cerré los ojos mientras mi corazón golpeaba con fuerza enloquecedora un ritmo que parecía romper su breve prisión; creyendo ver la muerte ulular con cara cosmética dentro de mi cerebro. Se prolongó el silencio no se cuantos minutos y cuando abrí los ojos, don Agusto y el hacendado se perdían tras la puerta. A lo lejos, por entre el monte alto, se oyeron dos balazos que vinieron a romper el silencio, acompañados de unas pisadas que se acercaban por mi espalda. Con nerviosismo volteé topándome con un hombre joven que, sin presentarse, me habló en voz baja pero firme.
- Tengo mi caballo cerca, está fresco, en cuanto  oscurezca totalmente, se va tomando el camino de la Concordia para que no pase por Monte Zapote.- quise protestar pero el joven continuó como adivinando mis pensamientos,- es cierto que no lo han matado, pero, ¿quién sabe? A la mejor lo venadean- mi cuello se estiró como buscando el escopetazo. –Usted ya lo oyó – dijo refiriéndose a las palabras de don Agusto- Ese olvídense es una velada amenaza. No quiere testigos, éstos no le importan, le tienen sin cuidado- señaló a los hombres- Ya el policía ha sido muerto –pronuncié un hay lastimero, vergonzoso- Usted a protestado y pues… no les conviene. Debe creerme- continuó enfatizando sus razones- Yo veo esto cotidianamente.
-¿Y quién es usted?- pude preguntar en un receso de mi desconocido amigo que volteaba continuamente a vigilar la casona, como si estuviera temeroso de ser visto conmigo.
- Soy pasante de medicina- dijo mientras se pasaba un pañuelo sobre la frente- tengo dos años estudiando enfermedades de ésta región, sobre todo la oncocercosis que hace estragos y en estos dos años he visto crímenes peores. Si vivo es porque aprendí a callar- No quise llamarle cobarde porque ¿acaso yo no lo era? ¿No me había quedado trémulo y silencioso frente a ese gigantesco ojo obsceno de la pistola? No pudiendo razonar más sobre los sucesos me concreté a preguntar sobre el destino de la muchacha. Destino que ya tenía previsto el médico, ¿ágil de mente? ¿De accionar?, pues sin que acabara de hablar me contestó- Todos saben que mañana salgo para San Cristóbal, por mi no hay problema, tengo gente de confianza que llevará hoy mismo a la muchacha a Puljitic, yo pasaré por ella y la entregaré al centro indigenista. Ellos sabrán que hacer. Selló sus labios para observar del cielo su oscuridad presurosa, mientras una estrella nacía para minar la bóveda y tras ella otras más, luego más y más. El médico me extendió la mano y dándome las últimas indicaciones fue a perderse entre el caserío.
Cuando hube caminado varios kilómetros y a la orilla del río que habría de pasar, detuve el caballo para voltear hacia el rancho y mis ojos alcanzaron a percibir algunas lucecillas de entre la distancia que titiritaban al ritmo del titiritar de las estrellas, de los grillos, de las luciérnagas, de los chaquistes. Ahí recordé que no sabía, que no había preguntado por el nombre del joven médico. La bóveda majestuosa y enorme producía en mi alma el malestar de un enano que poco después empezó a ser tragado por la selva, que chillaba al paso de mi caballo y del ladino que lo montaba. Si, ladino porque temblé al contacto en mi frente, del cañón de una pistola. Ladino porque mis nervios se cuartearon ante los bramidos de las balas; ladino por lengua del indígena que así me bautizaba, yendo en ese bautizo el odio que se ocultaba en su lengua zotsil; en sus pies desnudos, en sus ojos firmes, sin vergüenza y con orgullo de muerte. Ladino porque no mamé la esencia de la filosofía por el conducto del pecho de una madre indígena.
El bosque se hizo espantosamente oscuro y de todos sus rincones el chillido de las bestias se burlaron de la marcha avergonzada de un ladino.

                                                                                                        Pujiltic. 1963
                                                                                                        Alfonso Pérez Valdivia.

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