ROSITA Y DON LUCINO
-Es evidente, don Lucino me lo dijo una sola vez. No lo entendí en el momento, solo pasado algunos años al encuentro con Tatita comprendía la monumentalidad de tal aseveración. Claro, Tatita, con el que tuve mayor comunicación, se preocupó por darme más dimensión en sus enseñanzas, cierto que para él no había tal, para él solo era comunicación, el verbo de su don cotidiano que entre sus gentes, entre los suyos es común. Don lucino lo manifestó así, poquito, como al desaire, como quien se lo dice al que es su igual, sin percatarse que mi formación cultural estaba ajena en el tiempo y en el espacio. Vió en mis ojos cansancio y soledad, quizás angustia, tal vez la desventura del ser que queda inmóvil en un cosmos frío y apagado. Espíritu inerte del ser que queda inmóvil en un cosmos frío y apagado. Espíritu inerte sin espiral para continuar su prolongación; Don Lucino me lo dijo, antes de que yo le pidiera el agua para calmar mi sed, antes incluso de que lo saludara al acercarme a su jacal, llegando a él del monte, venido de un prolongado viaje a la zona chiclera, aturdido por la felonía vista entre aquellos hombres sin esperanza, que se pudren en vida en el infierno de selva y crimen; aquella selva de noches frías, de días donde el calor se prolongaba con el hervor de los cazones de chicle. Llegaba al jacal de Don Lucino con la vista apagada, terrosa, quizás porque no tuve la habilidad de haber llegado a esas escenas con el escrutinio antropológico, si no con la mística, no redentora, pero sí con la pasión y la convicción del que quiere creer que hay esperanza para los hombres. Don Lucino me miró viéndome, vió en mis ojos lo que estaba adentro y me dijo: Anda, vé tras la maestra, ella te ayudará. Es difícil entender qué clase de ayuda pueda proporcionar una maestra rural cuando ni siquiera sabe que tienes problemas. ¿Cómo imaginar que puedes toparte con individuo alguno que te mirará a los ojos y conocerá las tormentas de tu espíritu?: ¡Y nuestra ceguera para comprender el profundo contenido de lo que se te dice!. Tatita, años más tarde en las noches tibias, más que por el clima, por la ternura de las gentes, sentados en el patio de su jacal, mirando el firmamento tratando de leer mensajes hipotéticos en cada destello de sus astros me decía: aprendé vos a ver a los ojos de tus semejantes y conocerás lo que está dentro de ellos; cuando conozcas el espíritu que inquieta o tranquiliza a ese ser, estarás listo para conocer el cosmos. Por ello pequeña Daniela, te digo que es evidente tu aseveración cuando me dices que no te gustó los ojos de aquel hombre. ¿Cuáles serán sus tormentos? En el caso de Samuel viste soledad y es cierto, tengo muchos años de conocerlo y reconozco tu acierto.
-No entiendo entonces por qué hablas – interrumpió Daniela a Víctor- de la divina creación. Si la Divinidad es lo dado por Dios siendo que tú eres ateo, ya que no únicamente hablas de la Divina Creación como necesidad de usar ese vocablo sino como aseveración, como parte de un elemento que enriquece al espíritu.
-Es difícil hablar de ello- razonó Víctor- por principio, el contacto indígena influyó mucho en mí en el lenguaje. El lenguaje indígena es florido, poético, en apariencia carente de sentido metafísico, las más de las veces solo decimos ¡que manera tan hermosa de hablar del indígena! sin detenernos a analizar cuán profundo es su verbo. Por ello, cuando me expreso de esa manera es por la concientización que he recibido de la filosofía indígena. La Divina Creación tiene en este sentido una muy larga caracterización. Saber ver y saber que puede uno ser visto, no en la apariencia sino en su contenido. Hay ejemplos sencillos, tú lo tocaste hablando de Samuel, y es que por desgracia no a todos los hombres les es dado poseer espíritus creativos, espíritus con la capacidad de que al solo pose de sus ojos sobre los objetos de la naturaleza o sobre los ojos de otros hombres o de los artefactos hechos por ellos, pueden recrearse y penetrar a sus entrañas. Sabes bien que el antropólogo a pesar de la actitud humanista que lo cubre, más que creación o, apreciación para sí de los elementos ajenos, su dedicación está más para la elaboración de la estadística, y la estadística es sólo la recopilación fría, impresa en papel de las pobrezas económicas de los pueblos, del analfabetismo tanto en lengua oficial como en las lenguas nativas si entre ellos se está desarrollando el estudio; es la estadística de las hambrunas, de sus vestimentas, de sus relaciones de producción, de sus relaciones sociales, de sus huesudos cuerpos que han de emigrar de unas tierras a otras, etc. Y así como ellos, otros estudiosos, psicólogos o sociólogos, médicos o lingüistas curiosean al hombre. No les resto categoría, sé de muchos humanistas entre estas profesiones, pero ¿Dónde carajos está la trabazón del que ve y es mirado? Por ello digo que por desgracia solo pocos tienen el privilegio de que al mirar y penetrar en lo que se va recreando continuamente. Y esa continua recreación es lo que conduce al espíritu al enriquecimiento. Con las cosas que se le están dando va consiguiendo su transformación dándose a él la Divina Creación : es la humanización del que aprende a ver y es lo dado por la naturaleza para su recreación.
-¿Es tu Dios acaso la naturaleza?- interrumpió Daniela a Víctor.
-No. Sólo si fuera panteísta, la naturaleza es mi creación por cuanto elimino con ello el concepto del pecado y participo de su movimiento; pero mi ateísmo no es el del ateo puro, aquel que conduce necesariamente al pesimismo. Para el ateo puro no hay esperanzas, no hay transmutación de valores. De lo que se es dueño ya está dado; vendrá su muerte y ese es su final. La muerte de los demás hombres ya está también dada, si se muere el hombre es porque así está dado; si se embrutece con las orgías es porque así está dado; sufrirá inanición porque así ya está dado; caminará por caminos de asfalto cubiertos de polvos porque así ya está dado. Cada individuo se formará con lo que ya está dado. No más. Pero no, mi ateísmo no es ese, mi ateísmo es dialéctico. La diferencia estriba en que para nosotros hay esperanza, hay fe en los hombres, hay conciencia firme de que podemos y de que debemos asumir la responsabilidad con nosotros mismos. Que la creatividad puede extenderse; llegar a cada elemento de los objetos con la sublimación y la entrega de la visión creadora. ¿Quieres que te hable de mi primer contacto? –mientras Víctor hacía esta pregunta, a su memoria llegaron escenas viejas, polvosas, cargadas de tufos chicleros: nubarrones terribles golpeando inmisericorde los campamentos chicleros. Poco a poquito van llegando hacia él, a su memoria, los primeros pasos que trastocaron su camino soñador y efímero. No recordaba con presición como había llegado al primero campamento chiclero cercano a Puerto Juárez casi frente a Isla Mujeres allá por el año de 1957. Sólo recordaba que el ingeniero jefe se había reído de sus pretensiones de pasar algunos días en el tercer campamento, es decir, el campamento interior en plena selva quintanarroense. “No se lo recomiendo” había dicho el ingeniero tratando de ocultar la ironía tras aquellas densas barbas negras y sucias. Pero Víctor había insistido con vehemencia; había explicado de mil maneras que aquel viaje era necesario para él, que aquello constituiría un enorme paso para su formación, que quería, deseaba conocer aquel mundo del que tan poco se hablaba en las ciudades. Se habla tan poco y siempre de una manera corrosiva, como si aquello correspondiese a una dimensión infrahumana. “No lo creo fuerte” insistía el ingeniero “es usted demasiado joven, no entenderá en toda su dimensión lo que allá verá, se horrorizará, vomitará. No, definitivamente no. Aquellos tipos hace mucho que dejaron de pertenecer a este mundo, han dejado de ser hombres. Todos sin excepción son criminales huidos de la justicia que los busca y como allá prácticamente nadie desea, por voluntad penetrar, pues… ¡Qué carajos, hacen de su vida una mierda!” –“pero allá hay grupos indígenas, no es cierto”- insistía Víctor pertinaz. “Es cierto –contestaba el ingeniero-, es cierto pero forman un grupo aparate, ellos no participan directamente en la explotación, que me imagino es lo que usted quiere ver; ellos solo conducen a los hombres hacia los bosques que tengan abundancia de chicle; abren veredas, etcétera; pero la explotación, lo que se dice la mera explotación que es lo más duro, está a cargo de esos cabronísimos criminales. Si después de todo lo que digo usted insiste, pues… ya lo verá. No’mas le recuerdo joven que son tres días a caballo hasta donde se encuentra por ahora el tercer campamento. Hay usted dirá. Con bastimentos no cuente, eso será cosa suya no’mas le aviso que salgo pasado mañana por la madrugada. Y no piense –casi gritó el ingeniero al empezar a caminar rumbo a su camioneta- que voy de recreo, entre otras cosas voy a ver cuántos se han matado para suplirlos por otros que ya andan merodeando por allí”. Aquí empezaban los recuerdos casi con nitidez. Antes de este viaje Víctor había caminado entre los indígenas del país con otro sentido; con el sentido folklórico que la mayoría daba a estos paseos, y aunque había penetrado a lugares más difíciles que el resto de sus conocidos, acercábase en consecuencia a realidades más dolorosas. Por regla esa era la búsqueda; toparse de lleno a la realidad cargada de hambrunas, marginamientos, palpar y sentir con estremecimiento lo vilependeado de la vida indígena: el robo de sus hijas, el robo de sus cosechas, el robo de sus tierras, el empuje constante hacia lugares más inaccesibles. Y también, porqué no, gozar de la exquisitez de sus artes tejidos en palma, de sus bordados en múltiples colores, de la transmutación de sus barros en joyas hechas para el halago de la estética. Participar de sus cantos, aquellos cantos lánguidos seguidos del tamboril, de la flauta, de viejas guitarras. Y aquellos cantos de atávica tristeza fué convirtiéndose poco a poco, paso a paso, en el conducto por el que Víctor empezó a penetrar a la esencia de su vida; lo que en ella se decía como los cantos nocturnos con los que se llama para la conseja a los seres de la creación; a las aves y lagartos para juntos llorar la humedad llorosa de su marginación; a los reptiles y cactus en los arenosos caminos de las sierras desérticas, fueron aquellos cantos que iba dibujando con sus notas, las siluetas magras y estoicas de caminos huidizos, quebradizos, pantanosos. Fueron aquellos cantos lastimosos y lastimeros los que condujeron a Víctor lentamente a la interpretación de una verdad oculta entre caobas y ceibas, entre chicozapotes y matapalos; más allá de las charcas pestilentes anidados por los reptiles, bajo los vuelos de los pájaros tornasoles y verde-jades; arriba de las calcinantes piedras de las sierras pelonas; a través de ríos majestuosos e indomables; más allá de las matanzas ignomiosas. Poco a poco una nueva forma de acercamiento se fue dando, más alejando del folclor pero más apegado a la verdad indiana; la palabra dejó de ser poesía abstracta para dejar de ver su fondo filosófico.
-Estaba decidido a salir hacia el tercer campamento. Como pude me hice de bastimentos para doce días, pensé que con eso bastaba –continuó Víctor hablando rememorando aquello que lo condujo al encuentro con el valor de la palabra indígena. Daniela pensaba que era mejor no interrumpir para que así Víctor pudiese hilar aquella historia ya lejana. Tenía especial interés en conocer las circunstancias de aquel primer encuentro como lo denominaba Víctor; el encuentro con la palabra, con el alma indígena, aquello que como significado se creaba el concepto de la Divina Creación a través del aprendizaje del Saber ver-. Salimos de madrugada –continuó Víctor- Noté cierto malestar en el ingeniero al verme llegar y con ello saber que lo acompañaría a pesar de toda la gama de fantasías nauseabundas que me había pintado “Ahorita ordeno que le preparen su caballo” había dicho el ingeniero contestando a mis saludos. Aquel camino verde lleno de rocío se prestaba para soñar, y así lo hice durante las primeras horas de la mañana, solo distrayendo mis coloquios el piar de infinidad de aves. “Esta calma es aparente” me dijo el ingeniero un par de horas después de nuestra salida conforme el sol iba despegando su enorme mole del horizonte; horizonte solo adivinado entre aquella densidad de verde-gris, verde-amarillo, entre aquella maraña de bejucos colgantes, de hidras pegadas a los palos aprisionando sus corpulencias “Deje usted que caliente el sol y ya verá si le place este camino. Deje usted que empiece a sudar dentro de esta hornaza y el jumenco ese en que monta empiece a martirizarlo. Deje usted, ya verá”. Decía el ingeniero aún no conforme con tenerme a su lado. Aunque tampoco nunca me pregunté el por qué sencillamente no se negó a recibirme. Quizás porque en el fondo me necesitaba así solo fuera para desahogar su condición de capataz en esta ingrata ocupación, además de que los hombres que nos acompañaban, tres únicamente, eran hombres apagados, taciturnos, que no hablaban ni entre ellos mismos.
A la atmósfera de aquella tarde en la que Víctor dialogaba con Daniela iban agolpándose los recuerdos con sabor a selva, con sabor a chicle cuajado al hervor del fuego. La música proveniente de la sala llegaba hasta el patio sombreado donde se encontraban entretejidos con el aroma de las anonas y hueles de noche que hacían de valladar con el patio grande. Esas aromas hacían de fácil conducto para trasladar a Víctor rumbo a las zonas oscuras de la memoria. Y algo así como cortinas de vegetación que va a abriéndose al paso de bestias cansadas, montadas por sudorosos hombres, semejaban aquellos mangos golpeados por ligeros vientos. El rumor de los roces y el cántico de las pavas sinfonizaban con el vuelo razante de algunas palomas huidizas; y allá, más arriba, en la majestuosidad de las ceibas las parvadas de loros con sus alas extendidas mostrando sus rojos matices escandalizaban asustadas al apercibimiento de las bestias que, cansadas se aproximan y se alejaban de sus nidales. De vez en cuando algún tam-tam de tambor lejano llegaba hasta los oídos de Víctor que con la mirada interrogaba primero a los tres hombres y luego al ingeniero que erguido en su caballo contestaba sin mirar a Víctor –eso es la colonia Xayil. Estamos muy lejos de ella, pero aquí, en este infierno todo parece cercano. Sí aquí le miento la madre a mi cuñado ¡carajos si no lo oye!-
Lodazales, ixcanales de martirizantes puntas horadando la piel de los caballos. Tramos de chaparrales que dibujaban la bóveda descubierta para que el sol mareara con su luminosidad, algunos vientos acariciantes para refrescar dando un poco de quietud a los cuerpos fatigados, para que más adelante nuevamente a penetrar a los cedrales que con hostigamiento pertinaz, como cerrazón a los colores, producir ciertas formas de entristecimiento. Allí nuevamente la humedad, el sopor, el jenjen pegado a las mejillas, los lambeojos intentando penetrar por las pupilas hasta el mismo centro del cerebro. Los paliacates solo agrietaban la piel al limpiar el sudor escurriendo sal y mugre. Noches de insomnio maldiciendo a los moscos que volaban por aquí y por allá, para luego quedar hipnóticos frente a aquellas hogueras que creaban imágenes macilentas. Lo que para Víctor era la novedad para el ingeniero era la martirizante cotidianidad, el ir y venir esos caminos andados por el tráfico de carnes rumbo al obligo de la supra explotación y el retorno de materias enriquecidas con la sangre salada de los hombres caídos en esos abismos. Por aquí y por allá, claros enormes de bosque que, como manchas epidémicas de trópicos enfermaban a la naturaleza, fácil se imaginaban como ventanales por los que se podría asomar cualquier mortal para ver el traslado de toneladas de caobas, de cedros, de palofierro, de chicozapotes, de ébanos camino a las residencias europeas convertidas en hermosos y pulidos muebles.
Una como profunda y triste nostalgia, acaudillaba las galopantes imágenes del bosque que remedaban titánicas luchas por estar cerca del paso de aquellos caballos con sus jinetes agobiados. Una como profunda y triste llaga que mostraba boquerones de desaliento se entregaban a cada paso, a cada minuto, a cada segundo a aquellos seres que transitaban, unos ya despersonalizados, otro impávido, por aquella ruta que como cueva deglutía pedazo a pedazo sus cuerpos. Una como profunda desesperanza, poco a poco agobiaba a Víctor conforme, como simbiosis, lo risueño de la aventura se hacía pesada realidad, y más cuando el tucán, con aquellos enormes picos hechos hachas, mezclaban el golpear de los troncos con sus cantos –como yo canto y golpeo- parecía oír Víctor- los palos podridos, tu golpearás el duro suelo a tu retorno.
Dos noches y tres días sucedieron en medio de tam-tam lejanos, en medio de agudos chillidos de monos-arañas, surcados por vuelos de aves de plumaje verde-jade, azul-turquesa, amarillo-oros; tres días con gargantas secas, roncas, piernas acalambradas causadas por el trotar de las bestias, dos noches atisbando los contornos más allá de las hogueras, adivinando siluetas espectrales, soportando y maldiciendo el silbar de los insectos. Días bebiendo pozol, noches bebiendo café y para Víctor el camino se angostaba. A las dieciséis horas del tercer día, el ingeniero se detuvo y señalando con el índice sin ver a Víctor dijo –hacia allá, a no más de media hora, habremos llegado. Entonces usted ya verá si de veras se aguanta el vómito. Estaremos nada más cuatro días, que le juro se le harán meses. Porque estoy seguro que de lo que usted va a ser testigo no tiene ni la menor idea- Víctor solo alzó los hombros y azuzó su caballo para tomar la delantera.
-Y fue cierto Daniela- retornó Víctor al presente-, fue cierto que llegaba al umbral del paroxismo. Ahí estaba parado frente aquellas pesadillas dantescas nada fáciles de describir. Ahí enmudecí al contacto de una realidad jamás imaginada con los atavíos de mil hermosos colores, con la mezcla de seres ya no humanos se filtraba hacia una aridez parda. Aunque aquel campamento nos recibió con la frescura de un atardecer recién rociado por una lluvia pasajera, pronto la hornaza de aquel conjunto se fue haciendo avasallador-. Víctor titubeó un instante ya que no deseaba recuperar nuevamente aquello que le dolía profundamente, pero la mirada suplicante de Daniela para conocer el inicio de su transmutación ocasionada por el contacto indígena, lo reacomodó en aquellos lugares y aquellas épocas. Así le llegaron nuevamente y ahora como mayor vigor aquellas muestras, pedazos de carne que como cristales se rompían con la fragilidad de su transparencia. Eran danzas orquestadas con los sonidos nocturnos de la selva, lamentos de animales huyendo de fieras carniceras, arrullos de pájaros contándose los unos a los otros los pasajes diurnos; ojazos de tecolotes polluelos, y los hombres, aquellas pálidas sombras de hombres tomando su aguardiente, expulsando la locura por aquellas bocas malicientas, derrochando blasfemias a todo lo que tuviera corazón. Aquellos hombres llenos de llagas putrefactas por carecer de lo indispensable para la cura, se herían, y sus heridas se agigantaban en pocos días. La mugre y el desaseo del cuerpo cobijaban las roñas, cubriendo con rapidez piernas y brazos, levantando ámpulas que luego segregaban puses de un amarillo desagradables. Y las fiebres, fiebres palúdicas, fiebres bronconeumónicas, desinterías, infecciones pulmonares, tifoideas. Toda, toda la gama de enfermedades tropicales que podían reunirse en algún lugar allí se agolpaban, se circulaban se rolaban, cada una de ellas tomaba para sí su tributo de carne y sangre.
-Cinco o seis mujeres había nada más en aquella colonia chiclera; una o dos de origen indígena posiblemente robada o expulsada de su grupo y las restantes prostitutas que habían seguido a sus hombres hasta aquellos lugares, y ellas tomaban de la ventisca entre el grupo ocasionando constantes pleitos entre sus hombres que las defendían como cosa suya y de los restantes que las apetecían para su satisfacción. La Compañía únicamente les proveía de azúcar, café, fríjol y sal, eso era todo; de vez en cuando alguna pomada que solo servía para disimular las heridas y algunos frascos de quinina que se agotaban en pocos días. Si los hombres querían comer algo más, ellos mismos deberían buscarlo en el monte usando el ingenio, pues no había armas para la caza a excepción de los machetes y hachas que eran parte del equipo de trabajo, pero armas de fuego nadie tenía, ellas eran decomisadas cuando se enrolaban a esa tropa de recolectores de la sabia del chicle. Cuando algún venado o jabalí caía entre ellos, por un momento se olvidaban de rencillas y participaban todos en el festín, pero cuando la presa era alguna ave u otro animal pequeño; mono, cervatillo, o reptil, solo participaban tres o cuatro de los más allegados alejándose de los demás para disfrutar de aquel alimento, siempre cuidando que no se les acercara algún otro intruso. Estas escenas semejaban épocas oscuras de las cavernas. Cuando durante las horas del día el calor abrumaba el lugar, se veía a los hombres silenciosos, taciturnos, boqueando a las alturas como maldiciendo la verticalidad de los rayos que caían sobre ellos. Los vapores de la tierra abrazaban los cuerpos produciendo una horrible comezón que no terminaba sino hasta muy entrada la tarde. Luego llegaba la noche; una melancólica oscuridad iba adentrándose en la conciencia de los hombres, y en sus cuitas se adivinaba primero cierta inquietud que poco a poco iba transformándose en abiertas y claras envidias. Envidia por cualquier cosa; porque aquel tuvo la fortuna de encontrar palos con sabia rica y pronto llenó su cazo chiclero o porque aquel otro comió faisán junto con aquellos otros y no fue invitado, o porque aquel comió con tortilla caliente sus frijoles recién salidos de las manos de su mujer que se los preparó, o porque aquel otro pudo detener la infección y secar sus llagas que ya apestaban. La noche y su silencio se prestaban para llevar sus envidias hacia la lucubración de acciones que permitieran abandonar su soledad. Algunos planeaban allegarse mujeres robándoselas de las comunidades indígenas cercanas, pero luego desistían de ello sabedores de la agresividad de los indígenas en estos casos, porque para estos indígenas ellos no eran hombres de razón, o sea, que contra ellos podían tomar represalias terribles. Cuando llegaban a estas conclusiones es que dirigían sus miradas hacia los cobertizos donde dormían los hombres que tenían mujeres. Meditando en ello, sus ojos iban adquiriendo un extraño brillo, pequeños destellos agujeraban la oscuridad hasta posarse en las carnes desnudas femeninas que gozaban de las noches cálidas –aquí se matan por cualquier cosa- me había recordado el ingeniero –dijo Víctor-. A veces solamente por un buen trago de alcohol. No importa que yo esté aquí. Es cierto que conmigo no se meten, me respetan, pero solo en ese sentido y no porque cargue armas, no, ni por mi envestidura. ¡Bah! ¡Eso les vale pura chingada! Es que soy su único contacto con el exterior, conmigo les llega su paga, su alcohol, su fríjol y su sal. Pero lo demás les vale madre… Ya usted lo verá-. Una noche, hermosa Daniela, la tercer noche para ser más precisos que pasaba en aquel campamento, mientras anotaba en mi cuadernillo algunas conversaciones que había oído entre uno de los grupos que se formaban, alumbrado con la hoguera que había quedado encendida después de haber hervido un poco de café, a mis espaldas cayeron unos inmensos alaridos. Gritos llenos de rabia, insultos, aquel palabrerío y empezaron a corear como llamados por espantosa atracción para el divertimento. Fueron formando un círculo y al compás de aplausos y risas, dos hombres, machete en mano escupían y lanzaban fulgurantes golpes de metal. Una hoguera que servía de hogar para hervir chicle dentro de un enorme cazo, hacía de reflector iluminando la lucha, aquella lucha que se adivinaba mortal. Los coros de los espectadores lastimaban más que el acero, babas de hombres idiotizados escurrían por las bocas que alardeaban risa -¡Quiébralo, quiébralo!- gritaban sin saber a cuál de los dos se dirigían -¡reviéntale la madre!- decían otros más -¡hazle mierda los cojones!- gritaban otros. Los aceros llegaban a las carnes, las abrían, escurrían a través de ellas el rojo líquido viscoso. Yo estaba petrificado; hipnótico veía a su público, hipnótico veía a aquella arena que hacía de circo, hipnótico me paralicé en ese tramo de camino deshumano; me perdí en el escándalo que producían las risas de aquellos seres ante cada estocada que se daban los luchadores. Sentí con clarividencia que los tucanes enmudecían, que los lagartos de las charcas del oeste salían de sus aguas para dirigirse hacia el centro de ese espectáculo, que los reptiles empujaban con entusiasmo sus cuerpos por veredas y espinales, que las lechuzas dilataban más sus ojazos para captar con avidez la fantasía lumínica del rodeo, que los quetzales se aprisionaron con temor a sus nidos. ¿¡Qué es esto!? Grité inconsciente en un momento creyendo que lo decía dentro de mí -¡Se juegan la puta, pendejo!- me contestó asombrado de mi ignorancia uno de los hombres. Cuando la pareja de luchadores, emulándose uno al otro se acercó a aquel hogar en que se hervía el chicle, un enorme tecolote voló razante junto a uno de ellos produciendo con su aleteo la distracción de uno que fue aprovechado por el otro para asestarle mortal golpe de machete en el cuello. El hombre trastabilló; soltó el machete llevando sus manos a la garganta intentando taponar la herida, acercándose inseguro a aquel cazo que tenía a sus espaldas. Los hombres callaron un instante, los reptiles detuvieron su arrastrar un momento, los cocodrilos apretaron sus mandíbulas, los búhos pestañaron con rapidez, el quetzal alzó su bella cola y el hombre… cayó dentro del cazo en que se hervía el chicle. Los gritos volvieron a oírse, el vencedor sonrió dirigió una mirada hacia su alrededor, vió a la mujer por la que se había peleado. Era el triunfador y aquella mujer era viuda por solo unos minutos. Su nuevo hombre la tomó de la cintura y se la llevó a su cubículo para hacer el amor y le curara las heridas si ello era posible. Los demás, poco a poco, después del festín, como halagados, como regalados con un poco de diversión se fueron alejando hacia sus rincones y yo, mi pequeña Daniela, quedé solo, en el centro de esa arena circense, idiotizado, sin poder creer aún que aquello había sido amena diversión para los otros hombres. Vi aquel cazo que seguía hirviendo adivinando las nuevas texturas de su contenido. No lo recuerdo pero no fueron menos de diez minutos que quedé en esa situación, lentamente lágrimas de una juventud que no estaba preparada para aquello, fueron saliendo para acompañarme con los nuevos sonidos de la selva que iban formando para mí nuevas imágenes. Ya el canto del organillo no era dulce si se mezclaba en medio de los hombres, ya el ballet aéreo del colibrí carecía de sentido si se producía dentro de esa atmósfera, ya los colores del pavo real perdían su luminosidad y belleza si seguía allí. Recordé al ingeniero y me pregunté por qué no había llegado para impedir ese pleito y un poco como enfadado e interrogativo, fui a buscarlo a su tienda. Lo encontré tirado en su catre bañado en sudor y con una temperatura altísima. -¿Vió usted eso? -me preguntó jadeante antes de que yo hablara-, ¿Ya gozó de su estancia verdad? -siguió hablando-, se lo dije. Aquí se matan por cualquier pendejada y claro como que no es lo mismo oírlo que verlo. Pero usted quería verlo. Ya debe estar contento ¿no es verdad?- No creí que la vida llegara a esos extremos de crueldad- contesté sentándome en un banquito destartalado que estaba junto al catre- ayer y antier también vi pleitos, heridas, pero esto rebasa lo soportable. –Bueno, -continuó el ingeniero- ya debe estar usted conforme. Ahora lo que tiene que hacer es largarse mañana mismo-. Me le quedé viendo. No entendí con claridad su mandato; había creído que íbamos a regresar juntos, él me lo había dicho cuando salimos hacia estos lugares. . Ahora me despedía así, nada más. Lo interrogué al respecto y me contestó con algo como de amargura, con palabras que se asfixiaban dentro de la fiebre que poco a poco se adueñaba de su cuerpo y mente. Mire –dijo- yo padezco de un pinche paludismo crónico. Las calenturas pocas veces me pescan aquí, cuando llegan, en verdad me tumban; son tres días y a veces más que me obligan a estar en este miserable catre, pero no importa, uno de los hombres que nos acompañaron me ayudará pero no a usted. Con usted no están obligados a nada, pronto se quedará sin bastimentos y de quedarse más días no le alcanzará para llegar a las colonias más cercanas de donde partimos. Si permanece aquí, si se queda sin alimentos, no piense que se lo van a ofrecer estos hijos de puta. No; tendrá que conseguirlos usted mismo. ¿Y cómo le hará? ¿Robándole a los demás? ¿Se atrevería? ¿Verdad que no?- me interrogaba penetrándome con su mirada vidriosas. Yo callaba- No usted no se atreverá, tendría que irse al monte a cazar pero no solo, no podría, tendría que acompañarse con uno o dos de éstos malditos, porque de lo que cacen ellos a usted nada le regalarán; tendrá que unirse a ellos, integrarse, hacerse uno más –cuando dijo esto me sobresalté ¿cómo podría hacerme yo uno más, otro como ellos? el ingeniero pareció adivinar mi susto y continuó-. Si si, y defenderá sus alimentos como bestia, así se empieza. Formará grupo con alguno de ellos y poco a poco se integrará a esa miserable existencia –pensé, al pintarme el ingeniero este horrible cuadro, que la fiebre ya empezaba a fantasear sus argumentos, pero a pesar de esta disculpa, algo en mi interior se alarmó. ¡Si, era preferible salir de ese infierno! –Pero no puedo dejarlo a usted así- intenté argumentar algo que ni yo mismo sabía-. ¡Nada, nada,- cortó el ingeniero- yo ya tengo cayo en esto pero usted no. Uno de los hombres que vinieron con nosotros le servirá de guía hasta el Tejón. De allí él se regresará con los caballos pues los necesitaré para cuando yo regrese, de ahí, usted puede caminar, pues no son más que seis horas hasta las colonias más próximas. Teodoro, el hombre que lo acompañará ya le indicará el camino que debe seguir!- Yo no dije nada, entendí que no había nada más que decir, que tendría que regresar al día siguiente, ahora, con la dolorosa carga de los alaridos de los marginados. Por la madrugada fui a la tienda del ingeniero para despedirme pero no pude hacerlo, la altísima fiebre de su paludismo lo tenía inconsciente. Fue en esos momentos que comprendí su rudeza para conmigo, la poca comunicación que se había establecido y que se usaba únicamente para aclararme algunas dudas siempre contestadas tajantes. Me dio lástima su situación y por un momento una sombra de duda de atrapó al pensar si acaso, su ocupación en estos lugares también estaba ligada a alguna historia de crimen. Preferí no pensar en ello. Silencioso le toqué una de sus manos ardientes a modo de despedida.
-El retorno fue en medio de un profundo silencio; mis sentidos Daniela se cerraron para el concurso de las aves que hablaban a nuestro paso, mis ojos se oscurecieron para los lumínicos colores de la selva, mi cuerpo se apañó a las heridas de los insectos. Sólo imágenes llenas de violencia, como pesadillas, estuvieron en mi cerebro queriendo contar las gotas de sangre que se derramaban para la existencia. De esta manera llegamos hasta le punto en que yo debería seguir solo y Teodoro regresar hacia el campamento chiclero, -tome ese camino- me dijo lacónico Teodoro –por él llegarás al atardecer a Uxchil, lo demás será fácil-. Yo asentí y me despedí de él con un ligero toque de dedos.
Polvoso, con la tierra hecha lodo escurriendo desde la frente hasta el mentón, los ojos apagados, la boca sedienta y el estómago con un enorme vacío fue que me acerqué a la primera choza de aquella colonia de indígenas. Allí, al acercarme para pedir agua fue que me encontré con aquel anciano que más tarde supe se llamaba Lucino. Don Lucino, el anciano de quién te hablé al principio fue que al verme en esas lamentables condiciones, como sabiendo ya las escenas que habían hecho estrago en mi espíritu me había dicho aún antes de que yo lo saludara –Anda, ve tras la maestra, ella te ayudará, vete por ese camino y la alcanzarás antes de que anochezca en la otra colonia-. ¿Qué había visto en mí que me daba ese consejo? No lo sabía o no lo supe de momento. Como tampoco podía explicarme en qué y cómo me ayudaría una maestra rural a la que incluso no conocía; tampoco imaginaba que yo necesitara ayuda de alguna naturaleza desconocida para mí. Pero algo dentro de mí ser, como el desquebrajamiento de una línea trazada de antemano me impulsó a obedecer al anciano, naciendo dentro de mí algo como angustia y alegría, mezcla desconcertante para ir tras la maestra.
Efectivamente, antes de que cayera totalmente el día, antes que las sombras nocturnas aprisionaran a los seres de la creación, antes de que nacieran para la vida noctámbula los coyote y las lechuzas; antes de que tiritaran los grillos me acercaba al centro de la ranchería donde una joven de facciones blancas y lánguidas, de mirada llena de luz y cuerpo frágil, sentada en una butaca cantaba, acompañada de una guitarra a los indígenas que la rodeaban en respetuoso silencio. Al acercarme al grupo ella, sin dejar su canto, me miró y sonrió a manera de bienvenida, ello me alegró instantáneamente y supe que podía sentarme tranquilo a hacerme uno más. Ahora sí podía hacerme uno más para oír los cantos de la alegría, para sumarme a la tranquila atmósfera que se respiraba en ese pequeño espacio de bóveda celeste. Pude entonces gozar el destello interminable de las estrellas, pude atrapar los sonidos del campo…Entendía que había un Campo Cahual* con el que se podía gozar, entremezclar el viento ligero que nos tocaba con los mensajes de las cuerdas de una guitarra. En los 15 días que viví en aquella ranchería supe su vida; ella me habló de la gran satisfacción que le placía estar entre los indígenas, no a la manera del folklore, si no para dar y recibir. Ella les daba un abecedario con notas de canto: la a, la e, la i, o, u, siempre estaba precedida de reuniones festivas. Pero también supe, por boca de una de las mujeres ancianas, que aquella joven estaba condenada a una próxima muerte. Todos lo sabían, ella lo sabía pero nunca se hablaba de ello. Yo me entristecí pero seguí el consejo de no hablar sobre el tema. Cuando le platiqué de mis experiencias y de mi reciente viaje a la zona chiclera, lo visto que tanto me había atormentado, ella me dijo con sencillez –lo supe-, ¿Cómo sabías que venía con esa tormenta en el espíritu?-Interrogué incrédulo- -No sé cómo- contestó con ligera sonrisa- simplemente lo supe, lo vi en tus ojos la noche aquella que llegaste -¿Y porqué a través de mis ojos, qué viste en ellos? –Continué interrogando con preocupación- Porque los ojos son ventanas –continuó ella-, nuestras luces se ven a través de ella que son como luceros del espíritu y los tuyos venían apagados, por eso lo supe.
Pardeaba la tarde cuando nos reunimos ocho o nueve docenas de indígenas y yo en el llanito de Bochuú para darle a Rosita, nuestra querida maestra la última despedida. Los representantes de las diversas colonias de la región se habían reunido poco antes para decidir el lugar en que sería sepultada, puesto que cada grupo quería tener su cuerpo en su colonia y ante la imposibilidad de ello, se determinó que fuera en ese llanito considerado el centro de la región. La fosa ya estaba abierta cuando llegamos, montones de piedras estaban reunidas para erigir una especie de estela truncada sobre su cuerpo, para señalar a los hombres su presencia, para que llegara incluso a futuras generaciones. Cuando los hombres se disponían a llenar de tierra aquella fosa, una voz cansada y tierna se dejó oír –Esperen un momento niños- dijo Don Lucino, aquel anciano que me había empujado a la búsqueda de la maestra para que aliviara mi fatiga –Esperen niños-, volvió a repetir. Abrimos el círculo que habíamos formado en torno al ataúd dentro de la fosa para que pasara Don Lucino. Por ahí penetró el anciano hasta llegar, con su paso cansado a uno de los extremos de la fosa. Algo empezó a decir dirigiendo su mirada hacia aquel fondo, no lo entendí porque estaba dicho en lengua maya, pero por la mirada de los demás hombres y mujeres supe la dolencia profunda que le causaba aquella partida. De su morral, de piel de jabalí, sustrajo una flauta de carrizo, la mostró a los cielos hacia el rumbo en que el sol empezaba a ocultarse. Musitó algunas oraciones y luego comenzó a tocar aquel instrumento. Notas lánguidas, profundas y tristes empezaron a esparcirse por aquel campo; notas de un sentir llenos de congoja estaban llamando a los corazones para que abrieran sus pechos y guardaran el bello recuerdo de aquello que ya se iba; notas que se hacían canto para así decirnos, hablarnos de su vivencia tierna que dio todo a cambio de las sonrisas de los niños, de la alegría y la amistad de los mayores. Cantos bordados en notas de flauta que nos daban, para ver, la premisa sencilla de una mujer. Yo estaba al otro extremo de la fosa y viendo a aquel anciano tocar como nunca había oído tocar así una flauta, con vientos que no nacían de los pulmones, sino de más allá, que nacían del mismo centro del corazón. Viendo y oyendo aquella melancólica despedida que encerraba muy dentro de sí una furia retenida por la incapacidad de detener aquel proceso de la vida y la muerte; de cómo se escapaba de ellos aquél espíritu; no pude reprimir un impulso y yo, primero que todos y quizás sin ese derecho, arrojé el primer puño de tierra sobre al ataúd de Rosita y sentí que en ese puño de tierra iban semillas que germinarían para florear las nuevas formas de ver a los hombres. Sentí que algunas de esas semillas iban a posarse dentro de mí y su germen darme atributos desconocidos, algo así como murallas a ambos lados de una línea que me conduciría a un proceso de aprendizaje en el que me incluiría el saber ver, ver a los ojos de los hombres y descubrir en ellos lo que Rosita y Don Lucino vieron en mí: Aprender a ver y aprender a ser visto, formando con ello la base de la espiral que conduce de manera sencilla y dialéctica de la creación cotidiana, lo que para espíritus muy elegidos como el de Don Lucino, como el de Rosita o como el de Tatita Pedro, se convierte en forma de una Divina Creación. El canto de la flauta de Don Lucino duró quince minutos, quince minutos que condujeron, a mi corazón y a mi espíritu a laberintos de preguntas y contestaciones. Volví la vista hacia aquel anciano que tan bella y sentidamente despedía a nuestra amiga y noté como lágrimas cristalinas y puras escapaban de sus ojos; yo entendí y en esas lágrimas me reflejé. Cuando terminó levantó su mirada y la posó en mí sonriendo tiernamente. Mientras los demás hombres procedían a llenar de tierra aquel foso, Don Lucino se me acercó y tomándome del brazo me condujo a un lugar apartado de aquel círculo mientras me decía –A ti niño, también te dolió ¿verdad?- Así es Don Lucino- contesté sombrío- Es cierto, lo sé –contestó el anciano- muchos de por aquí aprendieron de ella, de una u otra forma, pero a cada uno de ellos les dejó un pedacito de su corazón. A ti también te toco algo, lo sé, tu mirada ya tiene luz ¿Te acuerdas como llegaste?
Don Lucino siguió hablando, no recuerdo si prestaba atención a lo que él decía o si estaba haciendo una transferencia de imágenes y lo que él me decía nacían, para mí, de la boca, del alma de Rosita. Porque efectivamente, ella, antes de partir me había regalado con sus cantos y sus miradas, un pedacito de su corazón.
Campeche 24 de agosto de 1979
Alfonso Pérez Valdivia
Señor Alfonso lo vengo siguiendo desde youtube. Si usted me permite quisiera imprimir para mi este escrito. Saludos. e_pur_simove@html
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