HUIDA
Cuando llegó a la Ceiba donde habían quedado de verse, la noche era clara y fresca, cualquiera que hubiera sido trasladado a ese lugar sin sentirlo, se le hubiese dificultado percibir que era un lugar cálido, a no ser por un ojo avisor que analizara la vegetación, que denotaba un gran apetito solar y una constante precipitación fluvial. Mientras esperaba, mordisqueándose las uñas, escrutaba el cielo estrellado y su gran Vía láctea, sus pensamientos vagaban y cuando éstos se detenían en el pasaje romancero y sus deslices, una breve e ingenua sonrisa de su cara saludaba la noche.
De vez en cuando a hurtadillas, lanzaba su mirada pícara al morral que yacía a sus pies, se recargó en el árbol y placentero púsose a contar los puntos de luz centellantes de la bóveda. Los pájaros cantaban en sus lechos compitiendo con los grillos en opereta. Una sombra ágil y pequeña corría apareciendo y desapareciendo en el bosque; su larga trenza saltaba gozosa sobre la espalda.
Cuando la vió Hipólito, sus ojos pícaros se llenaron de alegría y luego con cierto temor volteó hacia todos los rincones, tratando de descubrir a algún inoportuno que estuviese vigilante sobre sus actos.
Convencido de su soledad empezó a peinarse con garbo socarrón, sus grandes dientes blancos se mostraban satisfechos y cuando la figura se acercó a pocos metros de la Ceiba , él fue a su encuentro, no sin antes lanzarle una fugaz mirada al morral al tiempo que pensaba –Si cruzamos el río antes de que amanezca, ya nadie nos alcanzará-.
Tres Picos Chis.
1967
Alfonso Pérez Valdivia
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