sábado, 28 de mayo de 2011

.El ritual del venado

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Un  ligero y arrullador viento barría la sabana del desierto de Sonora y a pesar de ello el calor era insoportable. Néstor se había agazapado en el añejo huamúchil, árbol que estaba a un costado del jacalón acondicionado como tienda y terminal de autobuses, para recibir un poco de ese viento y en su jícara un poco de taberna para mantener los labios húmedos. Don Ciro sentado en el tronco que a manera de banca pegado a la encalada pared, se abanicaba con su sombrero; de vez en cuando volteaba a ver a Néstor sin dejar de asombrarse de su terquedad de  querer  llegar hasta  Banabichi para estar presente en las festividades del Ritual del Venado. Este es un acto   en forma de danza de un solo individuo, aunque, según don Ciro en otros lados siempre son dos los danzantes. En este sitio y al parecer el más original era representado por un solo individuo. Un solo artista que se ataviaba con la cornamenta del venado, un par  de sonajas y argollas de cascabeles en los tobillos y piernas. La trama es el venado perseguido y muerto por un jaguar. Indudablemente el origen es prehispánico, con todo un mensaje bastante críptico de los juegos de la naturaleza, pero Néstor,  aún aletargado por una visión folklórica, despertaba ya en él la manera antropológica de ver los ritos indígenas. El panorama del Estado le parecía desolador. ¡Tanto había caminado por terrenos boscosos con caudales de agua, que al encontrarse en esta inmensidad  de llanos le parecía haber sido transportado a otro planeta! En la Mixteca alta había caminado por horas, en algo parecido, pero había lomas que había que subir y bajar lo que le daba o le dio cierta diversión, si a esas agotadoras marchas   puede decirse que son divertidas. Ya habían pasado varios días caminando por esos rumbos, A Hermosillo había llegado por tren y de ahí en vetustos camiones se dirigió por la ruta que conduce a Bahía Kino buscando al grupo de los seris que se habían convertido en una verdadera obsesión; ¿la causa? Fue el grupo indígena que jamás pudo doblegar las fuerzas españolas y su domesticación, entrecomillado,  se dio bastante entrado el siglo veinte. Por ello él creía que estos seris eran el grupo que se desprendió de los aztecas cuando en su peregrinar hacia el sur desde el famoso  y mítico Aztlán, más tarde se enteraría que no fueron los seris sino lo ópatas los desprendidos del grupo azteca, pero por mientras y  estando en esa confusión quería estar con ellos, rascar en su memoria genética y sobre todo ver si en sus actos cotidianos o festivales existía aún algo de aquellos antepasados. Los buscó por Nacori, Casas Grandes no la ciudad chihuahuense sino un pueblito rascuache y per varias rancherías que se esparcían hacia el norte de esa ruta. En vano. Fue en los últimos días y caminado por las orillas de la Bahía Kino que se topó inesperadamente con un pequeño grupo de ellos, sin que él supiera que se trataba de los seris que buscaba. Ambos sorprendidos; el grupo y él,  se quedaron quietos en ese tramo de la vereda, solo viéndose, como midiéndose, pero Néstor, acostumbrado a los encuentros de cierta manera inesperados con los grupos indígenas, tuvo el tino de sonreírles y saludarlos desde la prudente distancia en que se encontraban. Fue el más anciano del grupo el que contestó el saludo, que además de ser lo correcto entre ellos y que además, era el que mejor hablaba el español, como pudo constatar poco después
       -¿Qué rumbo llevas niño? Agregó preguntando el anciano después del saludo.
      - No llevo rumbo. – Contestó Néstor estúpidamente sin dejar de sonreír y acercándose hasta un par de metros de ellos. Vio en su mirada la sorpresa, el anciano incluso parecía que se divertía con esa respuesta pero  penetraba en sus  ojos para buscar una verdad disfrazada por la desconfianza añeja en ellos hacia extraños.
      -¿No tienes rumbo o no llevas rumbo? ¿Entons¨?
     -Es decir- intentó corregir Néstor- mi rumbo es encontrar a los seris que me han dicho que podría encontrarlos por estos rumbos, pero sin la seguridad de encontrarlos, por eso digo que no tengo rumbo.
-¿Y para qué quieres encontrar a los seris? Preguntó el anciano ligeramente alarmado queriendo encontrar, quizás, ponzoña en la actitud de Néstor. Su memoria le recordaba las terribles persecuciones que sufrieron durante siglos.
       - Soy estudiante –continuó Néstor teniendo ahora la certeza de que finalmente los había encontrado- Y mi profesor me habló de los seris como el grupo que nunca se doblegó. Yo me propuse estar con ellos para que me platiquen algo de sus antepasados.
        El anciano sonrió  tranquilizándose y deletreando en el rostro de Néstor supo que, además de su inocencia, era totalmente inofensivo y quizás hasta se podrían divertir con él. –Allá atrás, por donde venías – agregó señalando con su brazo flácido-  hay una vereda, seguro no la viste, acompáñanos, por ahí llegamos a nuestro poblado- Efectivamente, Néstor había pasado al lado de esa vereda a la que no le había dado importancia, pensando que quizás esa vereda  conducía a ningún lado. ¿Habrá terminado mi peregrinar? Pensó preguntándose Néstor.       Con un sol que pronto llegaría al cenit y un rostro totalmente bañado por el sudor Néstor se colocó al lado del viejo que poco después supo que se llamaba Nico, es decir Nicolás. Don Nico sería de ahí en adelante para Néstor y para Don Nico él seguiría siendo niño. ¿Así que nos andas buscando niño? ¿Cómo es que andas, niño,  por estos rumbos solito, acaso no tienes miedo? Que ocurrencias las tuyas niño de andar caminando bajo este sol sin protección, ¿No piensas acaso niño que puede matarte? Así, siempre que se dirigía a Néstor lo llamaba niño. Solo días después, cuando en la tranquilidad de las tardes y después que Néstor se explayara, cuando la intimidad hizo que se diera el acercamiento, ocasionalmente Don Nico se dirigía a él con el don: Si Don Néstor, No Don Néstor y eso para él era señal de que finalmente había entrega por ambas partes; el grupo y él. Néstor se dio cuenta que este grupo, tal vez una centena, carecía de ritos emblemáticos que los atara al pasado, a excepción de su lengua y ciertas costumbres, no existían festividades de rito religioso, cierto, tenían su santo patrón, pero lo festejaban en las poblaciones más grandes donde su etnia no prevalecía, casi puede decirse que su existencia era rudimentaria; pesca  y  agricultura  limitada. Esas poblaciones se convertían en los centros ceremoniales donde convergían además de los diferentes grupos seris, algunos pimas y mayos. Néstor no pudo estar en ninguna de esas ceremonias, la información es la que le daba Don Nico. Por las mañanas, mientras los jóvenes se iban a la pesca, Don Nico y Néstor se dirigían al arroyo distante una media hora de camino que por esas épocas aún conservaba un poco de agua. En una pequeña poza Néstor disfrutaba la frescura de su agua mientras don Nico lo observaba pensativo, hilando sin preguntar las motivaciones de un niño aparentemente frágil que se atrevía a caminar leguas, así medían ellos las distancias, solo para tener un encuentro con ellos. Lo comparaba de cierta manera con los misioneros, pero a diferencia de ellos, este niño llamado Néstor, no trataba de enseñarles nada, por el contrario, veía y con cierto orgullo que él quería aprender algo de ellos. ¿Qué podía aprender de ellos? Se preguntaba. ¿De su eterna miseria? De su constante deambular a lo largo de esas costas del mar de Cortez? ¿De las limitaciones geográficas y culturales? Néstor había hecho y seguía haciendo, muchas preguntas, muchas de ellas sin respuesta, puesto que no existían. Había que mandarlo con el curandero, se decía, seguro él podría contestar a muchas de sus preguntas. Por mientras Don Nico disfrutaba de su presencia.
       El horizonte no presentaba obstáculos para mirar cientos de leguas a la distancia. Por las mañanas y atardeceres un vaho trazaba una tenue línea que flotaba a ras de la tierra, cactos se erguían por cientos a los ciento ochenta grados de la vista, algunos de los llamados candelabros competían; biznagas gigantes se encontraban fácilmente, reptiles, sobre todo la cascabel presurosas atravesaban el  territorio, a veces perseguidas por los corre caminos, aves que gustaban de su carne, ocasionalmente las liebres huidizas corrían de aquí para allá, y arriba, planeando, los ojos atentos de alguna águila las observaba. Hacia el este, le decía don Nico, se encuentran las cabras de montaña, así como osos. Néstor empezaba a encontrar la belleza del desierto y la disfrutaba, sobre todo en aquellos prolongados silencios que era acompañada con las meditaciones, estas eran rotas con el ulular, en los atardeceres de los tecolotes y lechuzas que se apoderaban de los cielos a esas horas y por las mañanas el golpeteo con eco majestuoso de los pájaros carpinteros que pintaban sus alas con líneas rojas  y coquetas adornadas con una plumita parada sobre sus gráciles cabecitas, y cuando corría el viento, una ligera cortinita de polvo se le pegaba al rostro.
         -¿Te gusta lo que ves?- Preguntaba don Nico rompiendo el silencio al que se entregaba Néstor. -¿Qué trae a tus recuerdos estos paisajes? ¿Tienes Mujer? Deberías traerla algún día para que juntos vean esto, para que juntos mediten-
        -No tengo esposa...aún me falta mucho que aprender antes de meterme a esos enredos. Por ahora no tengo nada que ofrecerle. A una compañerita hay que estar lleno. Lleno de sabiduría, de experiencia, de comodidad económica, y sobre todo de nobleza para que todo salga bien, para poder caminar juntos en esta vida que es una verdadera tómbola.
         -¿Tómbola? Que es eso- Preguntó con ojos quisquillosos don Nico inclinando su cuerpo delgaducho como una escultura que sobre marca su esqueleto.
         -¿Tómbola? Una especie de suerte, Como que ganas, como que pierdes  aún teniendo bien planeado los actos que se harán para un futuro en que uno cree que todo saldrá bien y sin esperarlo, ¡Zas! Se viene abajo el proyecto. Y Hay que saber virarle, es decir tener alternativas, o sea otro plan emergente. Bueno, creo usted me entiende don Nico.
       -Te entiendo- contestó don Nico rascándose el mentón ligeramente con una mirada perdida por los arenosos suelos, pensando que quizás a ellos les había hecho falta eso de las alternativas. Luego levantando la vista y dirigiéndola a él volvió a preguntar o a insistir en la otra pregunta que no había sido contestada.- Veo, cuando te pierdes en estos horizontes, que lanzas tu mirada a las llanuras, a este mi desolado mundo, como que te vas a otros sitios. ¿A dónde te vas? Me gustaría desdoblarme como tú lo haces. Nosotros no tenemos tiempo para ello, O estas siempre tras el conejo, sobre el pescado, sobre el venado o no vives, nuestros niños se nos mueren, nuestras mujeres si no está el curandero cerca o junto puede también morirse en el parto, o las calenturas que también nos matan. Viejos como yo, somos pocos, y cuando ya no servimos para nada, pues por ahí nos quedamos para no ser una carga para los demás.
      A Néstor  esta descarga de don Nico le causó una especie de tristeza. Pocas veces había oído estas lamentaciones de un grupo marginado como éste. Acostumbrado como estaba de recorrer parte del territorio mexicano buscando el folklor, la artesanía, el color de sus indumentarias, sus bailes, o, incluso sus sabores  en la comida, estas lamentaciones de don Nico le causaba escozor, empezaba a verlos en el sentido antropológico, y quizás más allá, en el sentido filosófico. El mismo hecho de buscar a estos grupos ya denotaba una búsqueda no folklórica y sin saberlo esta búsqueda de los seris era el principio de búsquedas cada vez más complejas , más arduas, más llenas de sorpresas, mas llenas de lamentaciones, amarguras, pero también más llenas de satisfacciones, más llenas de una solidaridad que lo envolvería en participaciones políticas, en luchas sociales, en correspondencia  con la suerte  que se depara en las persecuciones a sus movimientos sociales y políticos. Sin saberlo estaba por iniciar el relato más complicado de su andar. Mientras tanto, saliendo  de la poza en que se encontraba disfrutando de la frescura del agua, secándose y vistiéndose  se acercó a Don Nico, no para consolarlo, él nunca supo hacer esas tareas, sino para,  de una manera ingenua, solidarizarse con él y su grupo. De alguna manera, sabía que tarde que temprano, ellos acabarían, si no perderse como etnia si integrarse al resto multiétnico de la sociedad mexicana en relaciones principalmente económicas., quizás perderían su indumentaria. No los creía tan fuertes socialmente  para conservar muchos de sus usos como los coras, huicholes o juchitecos zapotecas, o mayas peninsulares. Pronto habría más y mejores carreteras, Bahía Kino dejaría de ser un rincón ignorado, llegarían turistas para disfrutar ese bello paisaje y ellos ya no tendrían a donde más correr, a donde más esconderse. Tarde o temprano el contacto más frecuente con otros grupos, indígenas o mestizos, acabaría por absorberlos en la recua de la sociedad mexicana, quizás y lo más seguro, discriminados, como lo son todos los grupos indígenas del país.
        Pasaron varias noche, en que la contemplación  de una bóveda nocturna tan luminosa por el inmenso chatoneo de millones de estrellas enseñando una inmensidad lumínica imposible de describir. Absorto, Néstor, se pasaba las horas mirando y adivinando las fugase luces que repentinamente aparecían y desaparecían. En uno de esos atardeceres, cuando las últimas pintas rojizas cubrían el horizonte, don Nico se acercó hasta donde se encontraba Néstor colocándole una  de sus manos sobre el hombro.
       -¿Molesto si interrumpo tus pensamientos?- Preguntó antes de sentarse a su lado. En ningún momento durante su estancia con ellos don Nico o cualquier otro miembro del grupo se atrevía a interrumpir lo que para ellos era un ritual de Néstor. Sin saber que era lo que hacía exactamente este fuereño llegado inesperadamente a su lado, pero que lo aceptaron por algún signo de simpatía, respetaban eso que llamaban ritual que no era otra cosa que soslayarse con aquella tranquilidad y nitidez de un cielo pocas veces visto por él.
          -De ninguna manera Don Nico- contestó visiblemente alegre que se le acercara don Nico.- El tampoco había comprendido el por qué nunca se le acercaban en esos atardeceres y principios de la noche, creía, al principio, que temían a algún embrujo de las nocturnas horas, después, cuando se dio cuenta que era respeto a sus meditaciones se los agradeció en silencio. -Siéntese por favor.
          Don Nico se sentó a su lado y pasado un par de minutos en que ambos guardaron silencio, con voz pausada preguntó. -¿Conoces el Ritual del Venado?- Néstor volteo la vista hacia el anciano sin ocultar su sorpresa por la pregunta.
      -Algo he oído sobre esa danza, ¿Por qué pregunta? ¿Acaso va a ver  alguna en estos días? -Se entusiasmó Néstor sintiéndose ya espectador de esa danza que había visto en algunas festividades en la ciudad de México.
       -Por aquí cerca no, pero si se acerca el festival como tú lo llamas, para nosotros es un ritual. Nosotros carecemos de eso, es decir que carecemos de todo, hasta de rituales, pero yo si lo he visto, e ido a Banabichí donde se presenta como dios manda, y no como en la ciudad grande, -se refería a Hermosillo,- que lo hacen todo muy engalanado. No es fácil llegar. A mi grupo no los quieren, yo por ser viejo me respetan, pero los jóvenes no pueden ir. Y te pregunté esto por tantas preguntas que haces sobre rituales, que sobre herencias culturales que yo no se que es eso, pero en fin, a tus preguntas se me ocurrió y acordándome la cercanía del Ritual del Venado, me dije: A la mejor a él le gustaría estar por ahí.
        -Claro que me gustaría estar ahí don Nico. ¿Dónde queda ese Banabichí
       -¡Huuuuf, -expresó don Nico para marcar con mayor énfasis la distancia- Bastante retiradito, Al extremo  oriente de donde nos encontramos. Al oriente y luego subir al norte, te llevará por lo menos un par de día llegar hasta allá en esas trocas que van más rápido que el caminar. Yo lo he hecho caminando, no hay de otra para mí, y me ha llevado más de una semana.
        -Si usted me dice la ruta que he de llevar y cuando es el ritual, claro que me lanzo. ¡Faltaba más!- Se entusiasmó Néstor. Don Nico sonrió también al ver el entusiasmo  de éste niño sabiendo incluso que esa sería la partida y despedida definitiva del joven llamado niño que había llegado sorpresivamente para quitarles o robarles un pedazo de corazón. Lo había llegado a querer tanto... era una querencia compartida por el resto del grupo que no escatimaban momento para estrecharle la mano o darle palmaditas en el hombro; darles de su pesca el mejor animal capturado, o de la liebres o venados cazados darle los trozos más suculentos y él, padeciendo siempre las  hambres, nunca decía no, aceptando sin chistar y ni por cortesía ser el primero en ser servido en las comidas.
        -Falta una semana para el ritual, pero por lo que he visto en ti, creo te gustaría estar en los preparativos. Cómo preparan al amigo que hará el papel de venado. En otros sitios son dos los que hacen el ritual, uno hace el papel de venado y otro el de jaguar, pero allí en Banabichí lo hacen como dios manda como es de origen, que me dicen es de los aztecas, como tú una vez me preguntaste si nosotros veníamos de ellos. Los de de Banabichí, creo si vienen de ellos. Pero para que se te haga más fácil la llegada, no tarda en pasar don Ciro, un viejo como yo, pero andariego como tú, desde que quedó viudo, solo eso hace, caminar de un lado para otro, quesque para ver todo lo que haya de ver antes de que lo llame su vieja para volverse a juntar. Si no pasa mañana por aquí seguro pasado mañana, ya le conozco sus tiempos. Le hablamos, le platicamos que quieres ir a Banabichí para estar el ritual del venado y seguro aceptará acompañarte. Él conoce el camino y no te perderás. Esperemos un par de días, estamos a tiempo para que conozcas eso que tanto buscas, ¿Cómo dijiste? Las herencias de nuestros antepasados, las herencias de nuestros abuelos.- Terminado el anuncio de don Nico, éste y Néstor guardaron silencio cada uno llevado a sus propios rincones de los recuerdos o esperanzas del futuro.
       La despedida de Néstor tuvo mezcla de todo; alegría y tristeza por parte del grupo, entusiasmo por parte de él y agradecimiento por el cobijo dispensado a su presencia, A su morral le metieron carne seca de venado, uno de los gestos más simbólicos de la entrega de amistad sin reservas cosa que agradeció Néstor efusivamente. Por la tarde, ya en Hermosillo, se trepaban en casi incinerado camión de tercera que los dejarían en Mazocahui sitio de entronque de  caminos  que finalmente los llevaría hasta Banabichi, población donde se llevaría a cabo el Ritual del Venado. Mientras viajaban al siguiente lugar  del viaje, don Ciro ya le había dicho a Néstor que si no llegaba el autobús o si se tardaba y pasaba una troca con la misma ruta era conveniente pedirles la venia para el traslado para llegar antes del anochecer. Aunque sin entender del todo Néstor aprobó, finalmente don Ciro era el guía. Y así sucedió, más de una hora de espera con aquel somnoliento calor y el autobús no aparecía, cuando de la vereda que partía hacia la pequeña población de Mazocahui, en medio de una polvareda se acercaba la troca esperada. Don Ciro se levantó. –Pérame, tantito, voy a preguntar si va para Banabichi- Le dijo casi imperativo a Néstor. Cuando la troca se detuvo en el cruce del camino Don Ciro se acercó a dialogar con el chofer. Casi en segundos el trato estaba hecho. Volteando hacia Néstor le hizo el ademán  de que se acercara y se trepara a la parte de atrás de la troca.
       -¿Cuánto hay que pagar?- Le preguntó Néstor a don Ciro.
       -Nada niño- Contestó seriamente.- Aparte de que la mayoría de la gente me conoce, estos hombre de las trocas son bien reatas, hacen favores sin pedir nada a cambio, no es su negocio, eso sí, si hay alguna descompostura o se pincha una llanta, hay que ayudar, pero eso casi nunca sucede, Trépate y vámonos. Ya en el camino y a la velocidad que lo permitía, el calor se amortiguó con el viento. Pronto Néstor se clavo en el paisaje intercalando ocasionalmente algunas palabras con don Ciro que eran en realidad preguntas  sin hilvanar, algunas sobre el nombre de las plantas, otro sobre el origen de las gentes del lugar a donde iban. La respuesta de don Ciro coincidía con la de don Nico de que estas gentes parecían venir del grupo desprendido por los aztecas. No lo manifestaban exactamente tal cual ni uno ni el otro, pero las deducciones de Néstor apuntaban a que así era. Los habitantes de Banabichi eran descendientes de aquella tribu que más tarde fundarían el imperio más grande de la época prehispánica. Sonreía con deleite pensando en ese encuentro y ser testigo de un ritual con esos orígenes. Efectivamente y don Ciro tuvo razón, llegaron a Banabichi antes de que oscureciera. Agradecieron al chofer de la troca que seguiría su camino hacia más el norte.
       Fue sencilla la presentación y como pudo constatar Néstor don Ciro era conocido y bienvenido en todas las regiones de Sonora, agradeció a don Nico el que los hubiera juntado. La presentación que más gozo Néstor fue con el curandero de la región y que además era el encargado de preparar al hombre que haría el papel de venado. Refugio se llamaba aquel hombre ligeramente encorvado por los años y quizás por la sabiduría que a cuestas llevaba y que se veía inmediatamente. Don Cuco, le decían los más allegados, Don Refugio el resto de la población. Néstor no pudo nunca decirle ni don Cuco ni don Refugio, hacia contracción y solo le decía Don y don Cuco sonreía remarcándole su apelativo estrenado con don Nico: Si mi niño, no mi niño, como dice mi niño? Claro mi niño. Néstor lo tomaba como una confianza que al parecer no a cualquiera se le brindaba.
        Temprano en la mañana siguiente Néstor se encontraba ya atisbando los horizontes, Al oriente se veía las laderas de la Sierra Occidental y que tras ella se encontraba el enorme territorio de Chihuahua. Hacia el norte y poniente la inmensidad de un solo plano  lleno de sus cactos,  de diferentes tamaños y especies. Órganos, algunos verdaderos gigantes, estaban  candelabros llamados así por su similitud a estos pero invertidos, biznagas normales y biznagas gigantes, verdaderas joyas de la naturaleza, muchas  de ellas en floración, Había viejos, con sus barbas largas y blancas, desde veinte centímetros hasta de casi un metro. Monstruos, así llamados  por el enredo de su pulpa pero que le daban un señorío inigualable, pero Néstor no se estaba demasiado tiempo en la contemplación como sucedió en territorio de don Nico, ahora le urgía estar presente en los preparativos del ritual. Máximo veinte minutos y rápido se metía al jacalón para  tomar un atole y correr luego tras Don Refugio y Gregorio el joven veinteañero que haría el papel del venado. Lo hacia correr a diferentes ritmos y antes de que la respiración llegara a su ritmo normal Don Refugio palpaba  con ambas manos todo su cuerpo. Empezaba por la piernas, suavemente siempre sin presionar, seguía con cadera y abdomen, luego pecho y espalda, se entretenía un poco más en la frente y sienes para finalmente detenerse en el sitio del corazón, terminado este chequeo le daba a beber algo que Néstor nunca supo que era, pero si se dio cuenta que no siempre era la misma cantidad, al parecer la medida a tomar estaba dictada por el escrutinio de sus manos. Luego venían las contorciones que Don Refugio le indicaba. La espalda curvada hacia atrás, hacia los lados, movimientos severos de una sola pierna, haciendo círculos, primero una, luego otra. Movimientos de brazos de agitación asombrosa, como de un temblor que va subiendo en su aceleración hasta tener la mano hecho puño a la altura de su rostro sin dejar de vibrar. Una carrera más y después de ella otra porción de esa bebida. Por las tardes se repetía las carreras y los movimientos. Néstor había pensado que la preparación del danzante era el baile o los movimientos acompañados por los instrumentos que se usarían para tal fin, Se había imaginado, como en los centros culturales conocidos que habría un maestro de danza que le marcaría el ritmo adecuado, nunca se imaginó que un curandero era el centro de la preparación del ritual. Teniendo a su lado a don Ciro, le preguntó calculadoramente, no qué era, sino para qué era la bebida  que le daba a tomar el curandero al joven venado.
      -Solo se que es para tener control del flujo de la sangre- Le contesto, si no evasivamente sin con rapidez y sin mirarlo a los ojos, pero, y quizás sin pretenderlo, informó algo más. –En el ritual, el joven debe tener exactamente todos los movimientos del venado; desde su carrera, su lucha con el jaguar, sus heridas, su agonía, y su muerte.
        -¡Quién hará el papel de jaguar- Preguntó al encontrarse que había olvidado que intervenía un jaguar en el rito.
        -Nadie-contestó sin mirar a Néstor- El tiene que simular que es perseguido por un jaguar, ahí está el arte de estos grupos. EL joven que hará el papel de venado debe convencer a los ojos de todos nosotros que ahí está el jaguar, que es atacado y es muerto y debe convencernos de todo ello. Debemos participar de su angustia, como dices tu niño, nos debe contagiar de sus temores.
        Néstor se quedó extraviado en el escenario hipotético del ritual que en un par de días más se celebraría. La gente del lugar mientras tanto se preparaba adornado la plazuela donde se celebraría con cadenas de papel de china, banderolas, y el cuadrante donde estaría la estrella como centro de la expectativa. Cuidaban que no hubiera pedazos de vidrio o piedras anguladas. Los músicos  no afinaban nada. Uno de ellos limpiaba con esmero el caparazón de una tortuga del desierto. Otro una especie de timbales, aquel otro un cajón de madera de palo fierro le daba lustre y los de las flautas de carrizo nomás le miraban con un ojo abierto y el otro cerrado el interior del agujero del tubito, para cerciorarse o que tuviera alguna basurita o alguna araña hubiera hecho su nido en su interior. Más valía prevenir se decían entre risas.
      Don Refugio, además de vigilar que el flujo de sangre del joven venado estuviera en lo correcto, vigilaba también su sueño durmiendo en un catre junto al catre del joven. ¡Qué maravilla de responsabilidad! pensaba Néstor, Si así fueran todos los médicos seguía pensando ilusamente, sabiendo que aquí, en estos parajes la mercadotecnia no existe. Aquí se vive con la naturaleza y con lo que da la naturaleza.
       Llegó el día que tenía a Néstor casi postrado en la excitación. Además de los lugareños había visita de peregrinos de una extensa región que puntuales están para la celebración del rito. Estratégicamente Néstor se había sentado, como todos, en el suelo,  junto a Don Refugio, el curandero y jefe indiscutible del ceremonial y a su lado opuesto, su milagroso guía Don Ciro, atrás, los demás espectadores parados. Adivinaba Néstor la hora del día por la posición del sol; se aproximaban las cinco de la tarde y el calor había disminuido bastante.
         Los sonidos acuáticos se empezaron a esparcir en el entorno, todos guardaron silencio, El hombre del caparazón de tortuga empezaba un ritmo ligero, el caparazón lo tenia dentro de una tina que contenía agua que era  lo que le daba ese singular sonido y como un preludio se fueron asomando los vientos musicales de las flautas de carrizo. Parecía un llamado lastimero que se iba extendiendo por las llanuras del este y oeste, del  norte y sur y cuando parecía que se sumergían en el éxtasis de esos sonidos saltó hacia el centro del cuadrante inesperadamente un venado, eso creyó ver Néstor y seguramente el resto de los espectadores, pero no era otro qué el joven ataviado como venado. Exclamaciones de admiración se extendieron rápidamente y al tiempo, los sonidos de las flautas y caparazón de tortuga se silenciaron, siendo suplido por los sonidos de los cascabeles y las sonajas que ataviaban al venado. Quedó el venado en el centro del cuadrante atisbando a derecha e izquierda moviendo nerviosamente las sonajas que empuñaba y con gráciles movimientos cambiaba de posición, siempre vigilando a derecha e izquierda de su entorno. El Hombre del cajón de madera inició otro ritmo de sonidos, más graves y sonoros al que respondió el venado alebrestado lanzando coces, bajando la cabeza y súbitamente levantándola como atacando con su cornamenta al acosador. En la imaginaria  de todos ellos vieron que efectivamente era atacado por el jaguar, Los ojos del joven –venado se dilataban y en ellos se veía un terrible temor. Resoplaba, lanzaba sus coces, el ritmo de las sonajas se volvía más enérgico y sonoro, bajaba sus brazos y los elevaba, sus piernas temblorosas seguían el rito que los cascabeles le urdían, cada pedazo de su piel temblaba. Se iniciaba ese temblor en el lomo, bajaba a sus caderas, se trasmitía  a sus piernas, en los hombros y en las mejillas. En un momento de lucidez Néstor se preguntó cómo era posible que ese joven lograra dominar esos temblores, cómo podía lograr exaltar cada uno de sus músculos de sus piernas y espalda mientras saltaba de un lado a otro y lanzaba esos puntapiés que efectivamente parecían las coces del venado y al tiempo lograba dilatar los ojos para expresar el terror de su próxima muerte. Con claridad, todos pudieron ver cuando el zarpazo del jaguar hería por el cuello al venado, éste abrió desmesuradamente la boca, movió, trastabillando todo su cuerpo, luchando por evitar la caída, sus sonajas iban acompañando los estertores, los cascabeles en sus tobillos rimaban cada trastabilleo hasta que finalmente cayó herido de muerte. El temblor de muerte se traducía en estertores que se manipulaban con temblores en la piel, ligeras sacudidas de una pierna luego la otra, los brazos que fue apagando el sonido de las sonajas y luego, finalmente subiendo el sonido de sonajas y cascabeles para apagarlas súbitamente. Con un último estirón de una de sus piernas. El venado finalmente había muerto. Volvieron a aparecer el ritmo del capazón de tortuga y los lánguidos silbidos de las flautas. A semejanza de un réquiem pero de escaso dos minutos de duración los músicos finalmente sacaron a los espectadores de la hipnosis en que se encontraban. Néstor aun prolongó un rato más su éxtasis hasta que la mano de Don Refugio sobre su hombro lo despertó.
       La sonrisa de don Refugio fue condescendiente al tiempo que le pregunta - ¿Cómo te haz sentido niño?
       Néstor no encontró palabra para expresar los sentimientos  que lo habían invadido durante el ritual y solo le apretó la mano a Don Refugio en señal de agradecimiento.
(1)   Los seris, en realidad tienen un ritual importante, Tienen calendario y al festejar su año nuevo presentan un gran canasto monumental que representa la abundancia y la fertilidad.
                                                                      
                                                                          Alfonso Pérez Valdivia Coacalco febrero 2011
                                                                  Festival del Venado en Sonora realizado en 1957.





viernes, 27 de mayo de 2011

La huida





HUIDA

Cuando llegó a la Ceiba donde habían quedado de verse, la noche era clara y fresca, cualquiera que hubiera sido trasladado a ese lugar sin sentirlo, se le hubiese dificultado percibir que era un lugar cálido, a no ser por un ojo avisor que analizara la vegetación, que denotaba un gran apetito solar y una constante precipitación fluvial. Mientras esperaba, mordisqueándose las uñas, escrutaba el cielo estrellado y su gran Vía láctea, sus pensamientos vagaban y cuando éstos se detenían en el pasaje romancero y sus deslices, una breve e ingenua sonrisa de su cara saludaba la noche.
De vez en cuando a hurtadillas, lanzaba su mirada pícara al morral que yacía a sus pies, se recargó en el árbol y placentero púsose a contar los puntos de luz centellantes de la bóveda. Los pájaros cantaban en sus lechos compitiendo con los grillos en opereta. Una sombra ágil y pequeña corría apareciendo y desapareciendo en el bosque; su larga trenza saltaba gozosa sobre la espalda.
Cuando la vió Hipólito, sus ojos pícaros se llenaron de alegría y luego con cierto temor volteó hacia todos los rincones, tratando de descubrir a algún inoportuno que estuviese vigilante sobre sus actos.
Convencido de su soledad empezó a peinarse con garbo socarrón, sus grandes dientes blancos se mostraban satisfechos y cuando la figura se acercó a pocos metros de la Ceiba, él fue a su encuentro, no sin antes lanzarle una fugaz mirada al morral al tiempo que pensaba –Si cruzamos el río antes de que amanezca, ya nadie nos alcanzará-.
                      





     Tres Picos Chis.
1967

Alfonso Pérez Valdivia

Alegoría de un Tonal


-Po’s vas a ver que la Carmelita, la hija de Teófilo, que se moría y que regresaba, que se moría y se volvía a regresar. Así estuvo toda la noche la pobrecita. Y no te vayas a creer que la chamaca era grande, no que va, si acaso tenía cuatro o cinco años-
-Y en una de esas vueltas que daba a la vida, le dice a su mamá: “mamacita, San Pedro no me deja entrar, cada vez que llego me pregunta cuál es mi nombre, y yo le digo pues Carmelita ¿Cuál otro debería ser pues?, y él contesta: no es cierto, ese no es tu nombre, y  me cierra la puerta diciéndome que no es cierto, que ese no es mi nombre, y que vaya  a que me lo den o no entro. ¿Mamacita, cuál es pues mi nombre?” Y pues todos los que estábamos en la Vela nos le quedamos viendo a la mujer de Teófilo. Y ésta que se voltea reteenojada y le dice a su viejo: “Ves, yo decía que le pusiéramos su nombre, y tu no quisiste que porque estaba muy feo. A ver h’ora qué haces, po’s la pobre no se puede morir.
-Teófilo se persignó frente a las imágenes, compita, diciendo “Perdóname Diosito, no sabía que fuera tan malo cambiarle su nombre, pero es que ese pinche nombrecito con que vino al mundo, pues de a tiro está feito”. Feo o no, ese es el nombre que le tocaba, con ese nombre vino al mundo y ese debiste de dejarle. –le contestó la vieja- No que te pones a contradecirle a Diosito. ¡A ver hora, ¿qué vas a hacer?!
-Puta, compita, palabra que allí quería reírme pues Teófilo rascándose la cabeza que dice: Po’s vamos a bautizarla otra vez. Y como yo, compita, tenía a la mano mi cuaco, pues que me voy de voladito por el cura. Y ahí te viene todo hecho la muina diciendo que como jodemos, que son chingaderas, que somos una bola de pendejos. Y yo también encabronándome que le digo: “pues si le vamos a pagar a la Virgencita el favor, no crea usted que es nomás porque sí, estamos jodidos pero sabemos corresponder”. Y que el cabrón me contesta… “Pior si no fuera así”…
-Total, que llegamos al rancho, sacó un chingo de pendejadas que traía en una maletita negra y que se adorna con ellas poniéndose luego a rezar. Luego con el agua bendita que traía en una botellita que la baña allí en el catre diciendo: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y de quién sabe qué otras chingaderas con el nombre de Casimira”. Y  po’s no lo vas a creer compita, pero apenas le cayo el agüita a la chamaca ya con su verdadero nombre, se fué h’ora si de adeveras con una sonrisa bien bonita.
-Por eso te digo compita, es malo cambiar el nombre y quitarle aquel con el que vinieron, porque si se lo cambiamos o nos lo cambian, no podemos bien morir y si morimos, po’s ahí nomás andamos penando. Ese casi igualito que esos pendejos indios de la sierra, quesque pasó un coyote por la puerta cuando nace el fulanito pues coyotito se llamará, quesque fue una lagartija, pues lagartijita, quesque nada más encuentran caquita de zanate o colibrí, po’s ahí se las ingenian. Pues sí, después de todo no son nada pendejos.
La diferencia es que su tonal es medio bruto y el nuestro, cristiano como Dios manda.   

                                         

 San Lorenzo Tenochtitlán, Ver
Alfonso Pérez Valdivia








           


Pueblo nuevo



¡Echémonos un puño de sal!
Luego se bebió de un tirón el contenido de la botella. Con la manga de la camisa se limpio los amoratados labios. Sus ojos de búho a medio dormir se introdujeron penetrantes a los de El. El lo observaba atento, golpeando con los dedos la cubierta de la mesa sin lograr llevar un ritmo.
Tercera Área:
Pensó desahogarse en el llano, pero se topó en la cantina con El y sin mayores complicaciones se sentó a su lado. Ya después de zamparse algunas botellas, masticaba su dolor con risa sarcástica.
-¿Y cómo crees vos que halla terminado aquello?
-ya me lo imagino- dijo El.
-Vos no te imaginás nada, o tal vez si, que es más mejor que verlo al menos que platicarlo. Ja.
Los dedos seguían golpeando la cubierta de la mesa sin ritmo aparente, superfluo, sin sentimiento. La nitidez del claro-oscuro de los cuerpos se mesclaba y ondulaban con el grisáceo del humo de los cigarrillos, fumando con demagógica calma, uno tras otro, otra otro uno, uno más. Los dedos seguían golpeando la cubierta de la mesa.
Los ojos de búho a medio dormir seguían inciertos en su rostro, se acercaban a El y lo acariciaba con sus manos temblorosas, El no se inmutaba, ni sufría ni gozaba, como muerto, como alejado, como perro sin amo, tímido se dejaba acariciar y los ojos de búho a medio dormir se bebían la botella, sin que el cansancio llegase a su estómago, como sin fondo, como hecho para esas tareas. La otra botella seguía quieta, olvidada, junto a los dedos que seguían tamborileando sobre la cubierta de la mesa, con los ojos clavados en los otros, en los de tecolote hartados de luz.
-No, no fue nada sencillo, todos nos incomodamos con esas muertes. Yo estaba en la cárcel, vos tenías cuatro días de haberte ido, Tatita uno de muerto.
Los dedos se espantaron, se aplastaron sobre la muerte. La mesa se silenció y sus ojos se clavaron en el océano de voces y gritos de la cantina. Las risas se fueron elevando con prisa continua y al momento que la rockola callaba, todos posaron sus ojos en los de El, como guacamayos asustados. El los fue examinando uno a uno, todos por todos, en escala se fueron entregando a su mirada como vedetes que levantaban un pie luego las botellas, luego hicieron caravanas y luego… y luego volvieron a reír burlones. La rockola los volvió a festejar.
Como tecolote hartado de luz cerró los ojos mientras meditaba. El, callado como Ceiba seguía picando con los ojos todos los rincones del frente sin mover la cabeza que permanecía inclinada. Sus dedos volvieron a tamborilear la mesa, ésta volvió a cantar gozosa aunque la mirada fuese profunda y triste.
La rockola cantó “Ojitos Verdes” con un grito tan estruendoso que los cristales chillaron. Los hombres se quedaban viendo fijamente, saturados de incertidumbre, unos riendo como idiotas, otros llenos de congoja.
El tecolote hartado de luz, hartado de hastío, hartado de desvelo, entrecerraba los ojos, luego los abría espantosamente para no dejarlo escapar, El seguía su tararear con los dedos, mordiz queándose los labios, sin tragarse la cerveza.
-Y vos te decías- gruñía Gambino- que la unión hacía la fuerza. Ja. Si, si, la unión. ¡Vos sos un pendejo y tus malditas ideas de mierda!
Los dientes apretaron los labios con fuerza marcándolos con tintes rojos, mientras la frente se arrugaba marcándolos con zurcos las ideas que se aglomeraban y disipaban al golpe de los dedos sobre la madera de la mesa. La cantina seguía con carcajadas, festejando la rockola que en altisonantes gritos revolvía el cerebro. Los hombres hacían caravanas jactanciosas como ligeras entre los aplausos de las gargantas. Otros más en un unísono placer se ponían a bailar, simulando a la mujer, levantándose coqueta las enaguas. Los silbidos llenos de borrachera invadían los tímpanos hasta enloquecer.
-Ah si, si, la lucha era por la tierra, pero vos los azuzaste contra Don Joaquín y los alambiques. ¡Que chingados se tenía que hacer allí pues! –Gambino golpeó la mesa con una violencia inaudita que astilló la luz en mil pedazos. Los ojos de El parpadearon pero pronto se volvieron a ajustar a su disciplina mortuoria. El cantinero, barrigón y sudando hasta por las orejas vigilaba con boca austera a los borrachines, el mesero corría como cucaracha asustada, llevando el alcohol a las mesas, los hombres sedientos los sorbían ruidosamente, sin respirar y luego escupían gargajos haciendo gestos al limpiarse los labios con el paliacate o de sopetón con la mano llena de cicatrices de mazorca, llena de tierra de milpa y seguían cantando sin resuello.
-Dice la gente que vos no tenés la culpa de nada. Ja. Bien que vos los supistes embaucar. ¡Una lágrima de macho no echastes sobre el cuerpo de Chavita, si no que gritates ¡luchar, luchar! Y luego te juites! Gambino manoseaba el viento con el puño erizado de venas mientras sus ojos destellaban odio. La rockola cantó “El abandonado” y la cantina entera relinchó golpeando vasos con vasos, inflando estómagos, brillando vistas.
Quinto múltiple:
            Los vasos se estrellaban en el piso y el cantinero alzaba los hombros frunciendo el ceño; el mesero asustadizo los miraba y anotaba con lápiz tembloroso en una libretita: tres, cuatro, doce, otro más. Luego corría con más vasos y volvía a anotar: cinco, siete. La rockola seguía cantando y los dedos de El volvieron a emprenderla contra el ritual mal logrado. Era cierto que había salido, pero no, de ninguna manera había huido, tenía otras necesidades. Así se disculpaba, mientras sus ojos penetraban intranquilos en ámbitos pasionales de todas las quimeras.
            -Los colgaron- volvió a rezar Gambino con mirada pesada, agobiada por el odio y la borrachera- ¡pero no fueron los únicos! –Gritó encrespado- le siguieron el capitán, los dos sargentos, los tres soldados y los dos civiles que llegaron con el pelotón de veinte sardos a las investigaciones.
            -¿Qué pelotón es ese- preguntó El en voz baga entre una muchedumbre de alcohólicos- con tantos oficiales?
            -¡Pelotón o no- gritó Gambino golpeando la mesa con la botella cerca de los dedos de El que seguían con un ritmo desquiciante- el caso señor es que el pueblo contagiado por tus ideas malditas colgó, en un descuido a ocho más- Ah, vos mero insitates a tal cosa, como si las vidas jueran tuyas. 
Se volvió a tragar otra botella entre resuellos. El líquido maloliente se escurría ligero entre las comisuras abogatadas y moradas. El calor como las palabras y los pensamientos se hacían sofocantes, El se limpiaba, sin dejar de golpear con los dedos la mesa, la frente llena de sudor con el paliacate, luego aspiraba profundo y solemne otro cigarrillo entre chasquidos de saliva.
Una yarda quinientas voces:
            “… Si me matan a balazos que maten al cabo y que” –volvió a cantar la rockola ante los aullidos salvajes de la embriaguez. El calor seguía sofocante y el taconeo de los bailadores huérfanos de sobriedad relampagueaban insultos. La mente casta de la calle empedrada y enlodada, abría incrédulo los ojuelos, persignándose se echaba a correr levantándose las enaguas.
            -Si- decía reposado Gambino, dejando caer las palabras lentas, pensadas, como deslizadas por un cordel –Cuando llegaron aquellos militares y empezaron las primeras averiguaciones, se corría el dicho de que querían pepenar a Tatita y a vos principalmente. Por la noche Tatita reunió a la gente y le dijo que escogieran; se dejaban agarrar, el pueblo protestó- se defendían, o se largaban todos del lugar, dejando todo, rumbo a la sierra. Si, Tatita dijo que de acuerdo con la política de vos, había que defenderse, luego se quejó de que  no estuvieras vos y luego ya ves, los colgaron.
            El humo se extendía placentero con ojuelos oscuros hacia vigas llenas de telarañas, donde los bichos lanzaban sus hilos para bailar y  rascar las nucas, luego asustadas corrían hacia arriba presas de pánico por las manazas que los abofeteaban.
            El, quería ir al llano a embriagarse con luz enfática del sol que, iracundo, hacía zambullirse a los hombres a las tabernas y a las mujeres al comal, a las reces golpear con sus colas los insectos, pero era preso de la lengua de Gambino que, pegajosa iba plasmando en el cerebro la tez cobriza y morada de los ojos saltados por la asfixia. Los sucesos rodaban como sanguijuelas en barrancas y solo su fondo insípido placentero, los vomitaba.
Mil pesos por esa res:
            Un borracho usó su pistola. Sus ladridos con olor a pólvora hicieron que se avergonzara la rockola que calló azorada por un instante su lamento. Todos los dientes salieron a festejar el grito de “¡Ay calaca no te asustes que aquí está tu padre!”.
            -Cuando se supo lo de los nuevos ahorcados- continuó Gambino menospreciando los balazos altaneros- la gente se asustó. Muchos aconsejaron a Tatita que se juera, pero no hizo caso. Solo dijo “Yo soy el Tata”. A los dos días llegó mucho ejército.
            El espejo de la cantina hacía más monstruosa la antesala del desquicio. El, seguía golpeando la mesa con sus dedos incansables mientras sus ojos se poblaban de escenas y figuras tarzánicas, donde el zaraguato se empinaba desde la copa del roble para echar sus gritos a la laguna, burlándose del haragán y lúgubre caimán que bostezaba hundiendo en el aire sus poderosas mandíbulas. El ejército de rondas marchaba marcial poseyéndolo todo. Sin respetar y avergonzar, la rockola volvió a entonar su aguja ante la afanosa exigencia de los veintes.
            ¡Santo Dios, mañana es cuaresma… No señora, es Todos Muertos!
            Otro cigarro fue encendido. La llama del cerillo temblaba azorada al ver en su nacimiento aquel recinto tan cuajado de insolencias. Cumplida su misión se extinguió como urgida de perderse. La cerveza de El seguía quieta y olvidada. Gabino se zampó otra más.  
            -Y empezó la masacre- dijo ahora calmado Gabino, esperando que su calma abarrotada de quietud y la maleza de cabellos que caían al rostro dejaran ver sus ojos, pero El se mantuvo firme, con el ojo sin dilatación y solo el temperamento agónico encontraba como único escape el golpetear de sus dedos sobre la mesa –Tatita entre los primeros- -continuó Gabino –unos hombres lo alcanzaron a llevar al monte, ya muriendo preguntó por todos, luego pidió que se despidieran de su parte de vos. Todos callaban meneando la cabeza diciendo que si ¡Ah tarugos!- El agachó la cabeza, cruzó los pies y al ritmo de sus dedos las piernas empezaron  un vaivén. El cantinero introducía manojos de billetes a un cajón, el mesero seguía corriendo asustado por las órdenes; de aquí para allá, para allá de aquí, con su trapo sucio y gris colgando del brazo, el lápiz en la oreja, la libreta en la bolsa del pantalón. La rockola nuevamente y ya segura, se alegró, cantando sin que su canto fuerte ablandara los hormigueos del cerebro, tan fuertes entre cachetadas al campesino alcoholizado, como rincón oscuro y seguro ante la mortaja luz de la miseria.
¡Viva el Partido Revolucionario Institucional, jijos de la guayaba!
            La masacre del ejido garantizaba igualdad o quizás superioridad a la tragedia de Chilpancingo, pero mayormente vil porque de las voces sardas se escupía el desprecio al indígena como algo inferior a un simple perro y a la orden de esa voz se extinguía para bocado del latifundio. Inanimado, el ojo firme, el corazón furibundo, El callaba. Se detenía por un instante  el Quinto Sol.
            -Tatita- empezó a llorar Gambino- fue un papá para mí, por algo me dio a la hija. Cuando se moría pidió agua. Se la dieron y luego hecho bocanadas de sangre. Así me lo contaron. Pocos sabemos –continuó Gambino levantando la vista turbada hacia las vigas pobladas de insectos y arañas en convivencia militar- eh, pocos sabemos donde está el hoyo santo donde duerme para siempre Tatita.
            La noche anterior los tecolotes habían cantado alegres en velorio selvático, El había apresurado el paso hundiendo en la noche las piernas largas y cansadas. En la selva quiso cantar triste y condolido pero fue aplastado por los vocerones al chocar con el viento. El llano del día siguiente se extendía placentero entre espinas de ixcanales al baño caluroso de sol, El entonces entró a la cantina a buscar frescura para la boca y descanso para su insomnio. Ahí fue a sentarse gambino.
“¡Yo soy el Secretario General chingaos! ¡Conmigo no se paga un centavo en las parrandas, ese es mi lema!”
            Las cucarachas como gambusinas, idiotizadas, corrían por el piso aplastando su inoperancia. El chasquido de las bocas al escupir y las baladas grotescas de las lenguas seguían como el sol al cenit, lento pero seguro, al desquiciamiento de la razón. Mas botellas se sacudían de su contenido y los ojos viscosos insultaban al mesero que, solícito y mentecato blandía más botellas por todos los rincones. Gambino se tomó otra más, El hacía caso omiso de la suya, sus piernas balanceándose y sus dedos martillando la mesa seguía siendo su único placer ostentorio por donde el escape de la emoción salía presuroso, sin fatiga.
            -¡Ya vos, dejá esos dedos!- protestó Gambino mientras golpeaba con la botella vacía la mesa, inmediatamente fue obedecido. Loa ojos de El buscaron ocupación y pronto la halló en las voluptas del humo del cigarrillo que se escapaba ligero, formando figuras en la mente abstracta de la hora –Eh –continuó resoplando gambino- murieron cuarenta y… quien sabe cuantos, otros más fueron a curarse a la sierra y otros más fueron a la cárcel, a mí, no sé hasta ahorita porqué esos perros me echaron juera. Y vos, ¿dónde te encontrabas? Seguro que bajo algunas enaguas.
            Desde lejos se dejaron oír cuatro campanadas, el sol disciplinado empezó a declinar su hiriente calor dando albergue a ráfagas de viento que traían mensaje de frescura. Los pajarillos de toda índole aplaudían el aire y con sus vocecillas agudas plasmaban una clarividencia de fervor alegre. Solo en el cautiverio de la cantina cuajada de lenguas mordaces y alcoholes temblorosos, seguían festejando a la garganta que cantaba burlones al compás de la rockola. Gambino, sin sobriedad durante muchos días, gustaba del placer de recordar escenas repetidas infinitas veces en los sueños y en los insomnios de muchos hombres mujeres y niños, e insistía con el mismo placer masoquista de descifrar hechos y gotas de sangre por cada parpado cerrado para siempre, pero El continuaba inculpado de agitación expresiva, solo sus músculos, para evitar cualquier fricción con su voluntad de piedra y barro, pujaba en vaivén sobre las piedras.
“¡Yo vivo bien gracias a Dios… y a l indio que trabaja que caray!”
            Pero pensémonos mutuamente, decían los tucanes asombrados al verse sus enormes picos que como hachas cortaban las ramas de los cedros y las caobas. Los coralillos con sus anillos rojos, se embelezaban al tragarse las ratas sorprendidas sobre los huevos recién puestos por las tortugas de río. Los árboles se frotaban unos a otros para contarse en abrazo marital lo que cada uno de ellos por sus hojas había visto al pie de sus troncos. Sus raíces se asomaban por entre la tierra para poner trampas a los pies guardados por botas. El pie desnudo pasaba ligero sobre ellas sin darle importancia.
            -Pasó un poco de tiempo- siguió diciendo Gambino picando con sus ojos de búho a medio dormir, el rostro distraído de El –y la gente empezó a volver a su quietud- luego Gambino tronó en sarcásticas risotadas –tus pinches ideas no sirvieron para ganar la tierra. Quedamos pior que antes. Vos has de estar feliz ahora jijo mal parido- El no se sonrojó, ni la cara se le llenó de arrugas de enojo, siguió observando las boluptas de humo que despedían holgada su boca. –Los alambiques, ya ves vos siguen haciendo trago y el tal Tomás ya amplió su latifundio hasta merito las barrancas. El ejército ahí lo tenés, cuidando que no se caigan las alambradas y donde fueron casas pronto habrá potreros para que paste el ganado. Si señor.
            La armonía de la luz solar se sacudía de esos contrastes violentos del medio día, los cuervos en parvadas de luto graznaban con inquietos chillidos en las arboledas. En ocasiones los pericos interrumpían en le pueblo con interminables cantos de un solo vocablo, tiñendo en verde el amarillo pálido de la atmósfera. Dieron las seis de la tarde, la hora más triste del día, donde con luz, las sombras se desvanecían hasta desaparecer, los gritos eran sordos, los movimientos lentos, el agua parda, el tucán silencioso, las zacuas se colgaban, la borrachera continuaba con rito salvaje, la rockola aullaba, las botellas yacían, el mesero se cansaba, Gambino se bebía otra más, El seguía ignorando la suya y sus piernas continuaban en subi-baja incansable con la mirada vagando por entre las cabezas desparpajadas.
 “¿Qué te crees? Tengo el papel pero no tengo la tierra”
            Gambino soñoliento por la borrachera, golpeaba la mesa con el puño cerrado, con gesto de violencia que se convertía, al caer el puño, en una sola manifestación. Sus ojos hartados de luz entrecerraban, haciendo esfuerzos quimeros por atrapar con su mirada el cuerpo alejado y distraído de El, para sujetarlo y despedazarlo con su lengua mordaz. La sinopsis de la tragedia era hora solo un yerro de interpretación por cada ojo, por cada oído o por cada olfato, y en amalgama volátil, se sacudían cada cual en su mejor forma. El, todo lo aprehendía en silencio y todo lo rechazaba por última vez y se introducía por todas aquellas pasiones.
            -¿Y ya sabés  lo que se dice de vos?- preguntó Gambino con gran esfuerzo mientras su cuerpo iba siendo vencido por el marasmo. Por segunda y última vez El lo tomó en cuenta meneando negativamente la cabeza -¿No lo sabés?- se sorprendió incrédulo Gambino –Ja, pues unos nos dicen que huistes- detuvo El por primera vez el vaivén de las piernas –otros dicen que buscabas paga nada más –El detuvo la mirada, sin parpadear- otros dicen que estás colgado en algún árbol, otros dicen que juites cobarde, otros que sos valiente, otros que juites torpe, otros que estás muy lejos, otros que te dieron mucha paga, otros más que sos su hermano, otros que tenés concubina, que te escondites en sus enaguas, que no sabías nada. Que sí lo sabías, que de estar tú en la matanza hubieras sido el primero en morir, que hubieras corrido al primer balazo, que juites muy macho, que sos un ángel, que enseñastes muchas cosas, que eres un mal parido, que Dios te cuide- Gambino detuvo su letanía y limpiándose la boca con la mano, se sirvió otra botella dejándola luego caer fuertemente y continuó pegando su cara a la mesa –Tal parece que lo mejor es que te hubiera ahorcado el propio pueblo y luego te hiciera un monumento. ¡Pero para mí, solo sos una mierda! –Gritó por último Gambino cayendo pesadamente sobre la mesa, preso de fatal borrachera. Vegetando sobre ella, con ojos viscosos, empezó a echar espuma por la comisura de los labios amoratados. El se le quedó mirando fijamente y meneando la cabeza como para arrojar del cerebro la escenografía de las punzantes oraciones de Gambino, agarró por fin la cerveza y cerrando los ojos se la zampó de un tirón, limpiándose con el paliacate de los labios. Se retiró de la cantina seguido de las carcajadas de la rockola y los aplausos de los campesinos ebrios. El alzó los hombros y escapó de la telaraña.
Pujiltic, Chiapas. 1963
Alfonso Pérez Valdivia

martes, 24 de mayo de 2011

Los Alambiques


 LOS ALAMBIQUES


¡Ayyy… Ayyy….
Canta el tucán alegre en la mañana.
Canta el tzotzil con llanto pobre
Mientras que el indio solloza triste
Al ver su tierra herida..
¡Ayyy…Ayyy…
Llama a la ceiba orgullosa
Llama al coral y le implora.
Toca el caracol y se inclina-
Besa la tierra con congoja.
¡Ayyy…Ayyy…
Canta el tucán alegre en la selva
Canta su grito en la noche,
Y la pisada del indio triste
se hunde en el pantano del olvido.
¡Ya no más le cantes.
¡Ya no más le llores.
¡Háblale fuerte a la ceiba.
¡Háblale de tu congoja.
¡Háblale al pantano, háblale.
¡Háblale de tus selvas.
¡Ayyy…Ay…

La trama empezó a tejerse. Háganse los Cinco Soles dijo, y se hicieron. Al principio solo uno se hizo y luego los otros tres, el quinto aún se dilataba. La luz inmediatamente empezó a propagarse hacia todos los puntos. Háganse las cinco lluvias dijo y se hicieron. Al principio sola una se hizo y luego las otras tres, la quinta aún permanecía seca. El agua empezó a bañar todas las montañas, todos los valles, las llanuras; los mares y ríos nacieron. Háganse los árboles frutales dijo, y se hicieron: brotaron de diferentes formas y sabores y con ellos se daba el alimento, pero en forma tan dispersa en el primer sol que los hombres vagaban por los caminos para satisfacer sus hambres. Háganse las piedras, los minerales y las bestias y el resto de las cosas dijo, y se hicieron. Y la riqueza nació para el gozo y placer de los hombres, pero esto fue hasta el segundo sol, para mala fortuna con todo ello nació la avaricia y el lucro, el robo y el asesinato.
Y en aquellos parajes a donde no llegó la luz de ninguno de los soles, ni llegó ninguna de las aguas, ni nacieron los árboles frutales, creció con mayor fuerza la ceguez alejado de todo sentimiento humano y así, la lucha empezó a tomar forma en la tierra. Sí, porque unos hombres fueron hechos con la luz del sol, con la sangre de las lluvias, con el trabajo de los árboles sagrados, los minerales y granos nacidos de la tierra, mientras otros nacieron sin los atributos humanos; cegados por la codicia, atrapados en el placer de la holgazanería –si deleite predilecto- y sin los frutos ni los dones del trabajo viéndose morir, decidieron arremeter contra los otros, esclavizando a los que antes todo tenían.
En el primer sol, los hombres eran como los niños, ingenuos y asustadizos ante lo desconocido, pero no había maldad ni codicia, solo el lamento de la supervivencia, en pequeños grupos, nómadas tras los animales -.que  les huían- por todos los puntos de la tierra. Pero en el segundo sol, fueron hechos esclavos y así sufrían en el tercero y cuarto sol. Cuando el Quinto Sol empezó a amanecer, los hombres se dieron cuenta que podían vivir como en el primero, pero sin los temores de aquella primera vez y gozando de todos los bienes  descubiertos y construidos, utilizando su ciencia para hartarse de sabiduría y convivencia con la naturaleza. Y éste ‘Quinto Sol’ llegó al principio con calores extremos, precedido de la quinta lluvia en forma de fuertes tempestades que agigantaron todo el universo. Implacable llegó horadando todos los rincones, dando luz donde antes se creía que había que vivir para siempre en las tinieblas. Al principio muchos se asustaron pero al tomar claridad, la alegría invadió todas las esferas, todos los lunares, todas las lagunas, todas las montañas, todos los valles, todos los bosques y selvas, todas las nieves, todos los desiertos y la tierra vibró enorme, con estronduosa voz; todos corrían agitados y gritando, unos como cucarachas e hienas, otros como gamos y aves; así empezó el Quinto Sol.
El banquete estaba en todo su apogeo, a Chenaljó habían llegado el diputado Don Joaquín, el Presidente estatal del partido oficial y otras celebridades de la política del lugar, también estaban como invitados el pintor Jermilio y Ramiro el poeta, para que la cultura, a decir de los organizadores, estuviera presente. Junto al diputado Joaquín estaba sentado Jermilio y al lado de éste su inseparable maestro el poeta, del otro lado del diputado, el presidente del partido, sus ayudantes y secretarios y atrás de ellos los guarda espaldas, mostrando en el cincho, en forma altanera y bravucona, las cuarenta y cinco y las treinta y ocho; sentados al frente del diputado y sus allegados, se encontraban devorando febrilmente, como si hubieran dejado de comer durante una semana para esperar éste día los mayordomos y caciques de menor rango.
Cuando se hubo dado fin al venado o los venados que ahí se habían colocado para el festín, vinieron los brindis y las vivas, luego, ya en medio de una borrachera pavorosa, sin que los hombre pudieran sostenerse en pie, llegaron pandosas y llenas de orgullo por una oratoria, ya echa cliché hace cincuenta años, los discursos. Se ensalzó al mero jefe agrarista y luego al poder del estado, incontenible por bien dirigido, al partido oficial del que todos estaban orgullosos; a su política de justicia social que lograba repartir la riqueza en forma equitativa y sin extremismos, las buenas relaciones existentes desde hace mucho tiempo entre los patrones de la ciudad y del campo con los obreros y trabajadores agrícolas, en fin, de toda la bien estructurada organización, dirigida y cuidada por el gran jefe agrarista que era el presidente de la república y de todos los hombres que colaboraban con él; ah, desde luego no faltaron los alegres y envalentonados mueras a la reacción…pero la de hace cincuenta años.
Pero a Jermilio no lo convencieron los discursos ni las palabras dichas al último por el presidente del partido y más por el alcohol que por una convicción no madura, se puso colérico mientras levantaba las manos al cielo agitándolas al discutir con el diputado.
-¿Pero usted cree en verdad señor diputado que existe justicia social?- gritaba cerca del oído del diputado que, frunciendo la boca retiraba la cabeza para evitar ser salpicado por la saliva que salía huyendo de la boca del pintor.
-¡Ah, mi querido artista!- contestó el diputado manoseando el mantel para limpiarse los tullidos dedos manchados de comida-, la justicia social no se vende, se conquista, ¡y ésta ya fue conquistada!- gritó al cielo- hace cincuenta  y… tantos años. .- O qué. ¿no ha leído la historia, nuestra historia patria? ¡ Pues si murieron muchos campesinos… un millón, jovencito para ser exactos!.
Jermilio apretó los ojos mientras cavilaba, contando los años pasados desde aquella sangrienta revolución, luego empezó a menear la cabeza, tan rápida, como para negar con energía a los muertos o los vivos que habían quedado como héroes.
-No mi diputado- dijo hundiendo el dedo en el hombro de Don Joaquín-. Aún no se alcanza la justicia social que ustedes tanto gritan, pues sabe?  Abundan los latifundios, pero cosa bien curiosa y estrafalaria…los latifundistas son ahora los dueños de su partido-. Y al terminar golpeó la mesa para dar un toque enérgico a esa su perorata, salida sin miedo y a la cara del diputado. Sonriendo por tal osadía volvió a ver, guiñándole un ojo, al poeta, que ebrio, más que los otros únicamente alzó los hombros en conformidad.
-¡No pasemos por alto la democracia!- gritó nuevamente el diputado a la vez arrojaba, contra al suelo un vaso que aulló tintineando al estrellarse en la tierra. El presidente del partido, Don Tomás, eufórico se levantó de su asiento y yéndose a recargar sobre la espalda de Jermilio, jalándole despiadadamente los pelos, gritaba mirando a todos los presentes.
- Tiene razón el diputado, la democracia de la Revolución, nos da la posibilidad de tener nuestras propiedades, pero eso si, ganadas con el sudor de nuestro trabajo,- luego dirigiéndose a Jermilio zarandeándole con mayor fuerza la cabeza le dijo casi besándole le oreja.- ¿Y tu pintorcillo qué haz hecho pos la revolución? ¡Dilo!. –Jermilio se levantó furioso deshaciéndose del puño que lo sujetaba y señalando a todos los políticos imploró al sol caluroso del medio día.
-¿Cuál propiedad ganada con el trabajo es la suya? Usted Don Tomás- y le hundió el dedo en el ojo- es un verdadero latifundista.- Se alejó un poco de ellos, apretándose el cinturón, clamó a todos los asistentes.- Si bien lo decía, todos los del partido son una bola de bandidos. Desgraciados, hijos de la chin…-No pudo terminar el insulto cuando el cañón de una de una pistola se hundió en su cráneo. El poeta atento pero sin fuerzas le ayudó a sentarse mientras con el pañuelo le limpiaba la sangre que empezaba a entintar su cara.
- Cálmese Jermilio, usted cálmese- le decía solícito e ignorando al resto de la gente que carcajeaba llena de gozo.
- Mire don Ramiro, mire usted cómo se ríen- decía mientras le arrebataba el pañuelo al poeta para limpiarse el mismo el rostro,- ¡Ah, pero palabra maestro que si yo tuviera una pistola, agradeciéndole a dios, mataba a todos estos desgraciados.
- Pues ándele usted, vaya dándole las gracias a dios, tenga- y le dejó la pistola deseada en las manos de Jermilio,- Ande!- incitaba el poeta, serio, con los ojos casi apagados por la borrachera- Mátelos de una buena vez. Yo le haré un poema por su gloria y proeza.
Todos guardaron silencio esperando algún indicio de que las manos del pintor tomara la pistola ofrecida para lanzarse sobre él prestos a despedazarlo. La pistola yacía plácida en la mano del poeta, mientras Jermilio la observaba incrédulo, luego la acaricio, le dio vueltas, alzó la vista hacia los asistentes, encontrándose con miradas escrutadoras, fijas, silenciosas, luego exclamó manoteando el arma del poeta.
-¡Ah que caray! ¿Usted quiere que me maten, verdad? No maestro, su poema no se hizo, no soy tan tarugo.
Las carcajadas tronaron nuevamente mientras Jermilio se retiraba del lugar manando cataratas de sangre por la herida de la cabeza: el poeta lo observó somnoliento, luego se echó a dormir sobre la mesa. Jermilio se perdió tambaleante entre el caserío seguido por las risas que se fueron alejando hasta perderse en un mareo que terminó en una neblina insípida.
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- Anda Chavita, vamos a echarnos una jaladas pa’ enseñarle a don Víctor la juerza que tengo- decía afanoso y con presunción el anciano y gigantón Don Pedro, jalando del brazo a Chavita, el nieto, chaparrito y fortachón que bajaba la cabeza humilde.
- No Tatita- contestaba Chavita,-¿cómo cree pues que voy a jugar con vos de ésa forma?
-Andá muchacho; ja, me tenés miedo. ¿O no es cierto?- Y una sonrisa maliciosa aparecía ligera adornando su rostro poblado de arrugas. Chavita se resistía retirando el brazo, y sin levantar la vista. Víctor entre tanto, con ojos inquietos veía a uno y a otro, supuestos rivales de un juego que desconocía, pero también con una sonrisa. Después de mucha insistencia, al fin cedió Chavita.
- Bueno, Tatita, pero nada más una vez- advirtió Chavita para que el abuelo no fuera a prolongar el juego. En Víctor se avivaron los ojos por el regocijo de asistir a ése juego extraño por el que quería mostrar el anciano sus fuerzas, a lo que se había negado chavita, por un temor mayor o por simple respeto.
Empezaron a jalarse mutuamente. El anciano orgulloso al principio, Chavita sereno con su chaparrito cuerpo, pero poco después, el anciano pujaba tanto y tan fuerte que las venas salieron graciosas y opulentas en sus brazos; en su cuello nació una cuerda gruesa y morada y su rostro pasó del rojo al morado. Chavita únicamente rojo y también pujando. Cuando Víctor, ya sosegado de su primera inquietud por el juego, cuando pensaba que aquello consistía únicamente en jalarse mutuamente para ver quién se salía de su lugar, se oyeron dos alaridos, uno de gozo y otro de sorpresa y el anciano voló por los aires yendo a retumbar su gigantesco cuerpo a la tierra. Y mientras el anciano aullaba del dolor Chavita exclamaba orgulloso pero humilde.
-¡ Te vencí Tatita, te vencí! Era su grito mientras se alisaba el pelo y se ajustaba el cincho.
Víctor se apresuró a levantar al anciano, pero éste negando la ayuda, se levantó destellando por sus ojos una cólera que parecía prometer una verdadera andanada de golpes.
-¡ Ajá!- balbuceaba dirigiéndose a Chavita,- me venciste por puritita suerte, jijo mal parido. Ahora echémonos una de verdad.
Chavita se repegó a la pared escondiendo los brazos tras la espalda.- No Tatita- le decía- si jugando lo vencí o’ra de a de veras, pues ni lo quiera dios.
-¡Que dios ni mil demonios, jijo mal parido! ¡Andá! –gritaba furioso el anciano. Víctor ya sin contenerse echó una carcajada y tomando del brazo al anciano lo llevó hasta la mesa.
- Ya Tatita Pedro, que conste que yo no vine a ver pleitos entre la familia.
- Ah claro que no, pero éste mal nacido no se va a estar riendo roda la vida de mí, qué caray.
- Te lo juro que no Tatita, pues cómo va a creer vos,- dijo Chavita yéndose a sentar junto al lado de Víctor. Durante un rato el anciano lo estuvo vigilando, en un principio rencorosamente pero después pasó a una risa y una alegría sana.
- ¡ Ah, no cabe duda que es nieto mío el desdichado!- exclamó al final rascándose la cabeza. Todos rieron, Chavita quedamente mientras el anciano y Víctor lo hacían ruidosamente. El silencio que siguió a ésta manifestación de alegría fue lo bastante largo y profundo que hasta a cada uno de ellos llegaba el lejano trabajo de las avispas rondando las flores.
La llegada de Víctor a esos lugares había estado rodeada de un sin fin de problemas, sobre todo el paso por Chenaljó donde la mafia politiquera hacía estragos entre los campesinos, principalmente entre los núcleos indígenas. El paso de Víctor por esos lugares era tomado por algunos indígenas como uno más de aquellos politiqueros, por lo que le ponían trabas y obstáculos; le negaban caballos, le daban rutas equivocadas, el alimento casi imposible y el agua a veces dada con desprecio y desconfianza . A su vez los políticos y las autoridades husmeaban cada una de sus conversaciones, cada vereda tomada por él y cada mirada a las montañas que se posaban al norte. Todos desconfiaban sin llegar a precisar la causa y finalidad de su presencia y cuando le preguntaban, él esquivaba cualquier intención de señalar su personalidad, mostrando una sonrisa y en su propia lengua mal dominada, apenas para lo indispensable, se despedía. Solo cuando llegó a Jalchic pudo respirar su confianza saludando a cuanto indígena se encontraba. -¡ K’usi tal ichi’il! ( ¡que tal compañero) les decían asombrados, mostrando enorme sonrisa mientras le extendían la mano.- ‘ep k’ak’ al to,(mucho sol todavía) exclamaba Víctor alegre mientras señalaba el sol caluroso sin verlo. En esa forma había llegado hasta la casa de Don Pedro el Tata, Tatita de cariño llamado así por toda la comunidad y los alrededores.
- Platique un poco de las cosas de aquí- invitó Víctor, mientras en forma paladina tomaba pozol, tronando la boca el anciano y Chavita cuando se filtraban algunos granos no molidas-. ¿Es cierto que el latifundio de un tal Tomás se extendió hasta las nuevas colonias?.
-¡ Ah ¡ ¿Qué si el desgraciado de don Tomás hizo de la colonia parte de sus tierras?- y el anciano golpeó la mesa mientras su mirada fría escrutaba a Víctor sin responder a la pregunta, instantes después y como para que ésta no tuviera el más mínimo dejo de duda llamó a su hija que lavaba los trastes en una cocinilla tan oscura como la cueva de un felino, en parte porque carecía de ventilación y en parte por el humo impregnado en sus paredes,- A ver Chayito, decile a don Víctor lo de don Tomás-. Gritó, mientras la mujer, tímida, con una sonrisa a la par pícara y avergonzada- se paraba a prudente distancia de Víctor, como para evitar que fuera mordida.
- Es muy malo el señor Tomás- dijo, balbuceando las palabras sin despedirse de la sonrisa.
- ¡No, no! Aparte de eso, dile lo de la casa y de todas las otras casas- volvió a gritar Tatita golpeando con mayor fuerza la mesa. Chayito al igual que Chavita apretaron los ojos asustados-. ¡ Andá!- insistió el anciano.
- Pues nos echó el ganado- dijo la muchacha después de un silencio mientras buscaba las palabras- y todas las casas se cayeron-, concluyó Chayito, fatigada pero feliz por el encuentro de las palabras.
- Esa es la cosa- afirmó Tatita extendiendo los brazos para posar luego los puños en la cintura a la vez que acercaba la cabeza hacia Víctor como para contarlo en secreto- pero todavía más- dijo- De las casas hizo leñitos. Claro, el presidente municipal de Chenalhó dijo que era muy su justicia pues era de su propiedad, pero no cuente todavía don Víctor- suplicó el anciano aspirando aire profundo para proseguir-. El muy desventurado del marido de la Chayito se jué a Tuxtla que para levantar una denuncia y véalo usted, ahí está encerradito dizque por político y disolución…quién sabe que.- Tatita se rascaba la cabeza mientras sus labios resecos profesaban mil insultos. Su mirada fría  se llenaba de cristalinas aguas que mostraba sin recato, su odio profundo. El silencio que abrazaba a todos era despedazado por los dedos de Chavita que golpeaba la mesa, rubricando un ritmo; la hija ya se había evaporado del cuarto yéndose nuevamente a la cocina.
- Y otra cosa- volvió a hablar el anciano-, lo que vos me dijo la vez pasada, ya se lo fui dicho a la gente, para prever que quiera don Tomás hacer de lo nuestro suyo y están que quieren luego pelea. Pues muchos salieron perjudicados, con la condición claro, que yo mero los guíe y po’s claro que los guío, por algo soy el más experimentado. ¿O vos que cree don Víctor?- Preguntó inclinando nuevamente la cabeza, dando la impresión de que quería que Víctor lo viera mejor, que, pellizcándose los labios, señal de preocupación, meditaba razonando todos los acontecimientos. Las dificultades del problema eran grandes, ya que contra quienes se iba a luchar, tenían el poder y la influencia de los funcionarios agrarios y sobre todo que el tal Tomás, a mas de latifundista era el presidente del partido oficial en el Estado y al parecer dispuesto a utilizar la fuerza de las armas. Pero más que aquello, le preocupaba la actitud de los campesinos e indígenas que en un arrebato de cólera, sin orden ni compás, arremetieran contra la injusticia con consecuencias graves para la población. Conocía de antemano de lo que eran capaces los latifundistas y hacendados que poseían el poder o influencias.
- Así que la gente quiere pelea- murmuró Víctor como para sí, el anciano se levantó y extendiendo las manos a las vigas del techo de la choza, exclamó como un mecías furibundo frente a la muchedumbre.
-¡ Se ha de hacer! Porque los pobres tenemos la juerza y el valor, mientras los ricos únicamente la paga.
Víctor salió de su marasmo al escuchar la voz enérgica del anciano que así determinaba de un tirón la estrategia a seguir plasmada de una energía tan general y sencilla como capaz de originar el impulso del calor fogoso de la lucha revolucionaria, como si esa actitud revolucionaria contuviera en su seno la cría de un “quinto sol” que había que alumbrar, o que ya estaba alumbrando la tierra para dar a sus pobladores una claridad que al principio nítida e imprecisa cobraba, lleno de un rojo púrpura, la conciencia de una clarividencia tal, que decir “no se ha de hacer” significaba el sepulcro de su personalidad y su ideología rota ante la espalda que el mismo se pudiera dar. -¡Se ha de hacer!-, retumbó nuevamente éstas palabras en los oídos de Víctor que sonrió bonachón  al encontrar la respuesta que buscaba.
- Bien Tatita- dijo sonriendo Víctor-, entonces llame usted a toda la gente para platicar sobre lo que hay que hacer. ¿Se puede mañana temprano?.
- Se puede, y en cuatro días reunimos a la gente de toda la región afectada- contestó lacónico el anciano ya calmado y contagiado de la sonrisa de Víctor. Chavita también rió. Se paró y fue a zambullirse a la cocina a apresurar a la hermana con la comida.
Por la tarde, mucho después de haber comido, Víctor, Chavita y el anciano Tatita, se encontraban descansando en el pequeño solar de la choza donde ya con bastante debilidad, rozando apenas la tierra el sol del atardecer, agigantando en el suelo los cuerpos de los tres hombres. Chavita, sentado en la tierra jugando con algunas piedrecillas como chiquillo, Tatita como cansado de contemplar la agonía del día, se recostó en la hamaca, Víctor continuó recargado en el palo de un membrillo fumando escandalosamente, clavando la mirada en las transparentes nubes, que, plateadas, se fugaban  con calma placentera hacia el horizonte en abrazo marital con las montañas que empezaban a oscurecerse. El silencio que los envolvía era roto por el paso en bandada de multicolores aves en alegre juego con sus piares coloreando la bóveda, sin que esos piares alegres sacara a los hombres de sus sueños y meditaciones.
Por la vereda apareció la figura de un hombre de cuerpo delgado que avanzaba con energía hacia la choza; bajo el brazo colgaba un morral lleno de objetos. Los perros ladrando alertaron a los tres amigos de la presencia en un principio inexplicable de aquella figura. Cuando se hubo acercado, todos sonrieron yendo a estrechar la mano del recién llegado. Tatita con su vocesón, levantándose presuroso de la hamaca lo recibió con exclamaciones de bienvenida.
-Señor Jermilio- decía al estrechar su mano-, ¡qué milagro ha sido ese que nos visita! ¿Viene otra vez a pintar?.
- Ahora no vengo a eso- contestó amable Jermilio mientras se quitaba el sobrero de palma. Cuando se hubo descubierto la cabeza, apareció en ella la gasa y algodón que cubría una herida al parecer profunda.
-¡ Dios de todos los santos! Exclamó Tatita mientras le daba vueltas curioseando la herida desde todos los ángulos. Jermilio orgulloso posaba para que lo admiraran mejor.
-¿Qué ha sido eso?- preguntó a la vez Víctor que también examinaba la herida.
- Fueron los pistoleros del diputado y del presidente del partido.- contestó con seguridad y aplomo Jermilio, sin abandonar el orgullo con que había enseñado la herida, como si en ella estuviera representada el valor de sus convicciones, en opinión de él mismo, revolucionarias.- Y a eso precisamente vengo Víctor, para que junto a usted  apoye a estas gentes y les demos pelea a esos desgraciados latifundistas.
Víctor frunció el ceño cavilando, llevando los dedos a pellizcar los labios; alisó el desparpajado y largo cabello.- ¿Los golpes que te dieron es la única razón por la que quieres estar con nosotros?- preguntó con malicia para indagar la fuerza y profundidad de las convicciones de Jermilio si era acaso un simple deseo de apagar el despecho de la burla sufrida a través de una alianza, que le resultara arribista, que después de satisfacer su venganza, se alejaría y no volvería a la lucha, que, sin arraigo ni fe, se daría en ésta región, en las próximas luchas, un desequilibrio. Porque era muy necesaria una disciplina que solo se lograba  a través de convicciones maduras y no simple caprichos o aventuras..
- Bueno- dijo Jermilio descuidando ya su postura de orgullo- los golpes, a decir verdad me hicieron comprender todo y si aquí estoy es porque he comprendido que mi lugar está entre la clase humilde.
Víctor no cesó de dudar de la veracidad de éste cambio y si no del cambio si de la decisión. A Jermilio lo había conocido en la ciudad de Tuxtla, cuando éste, rodeado de admiradores, pintaba en la calle a la usanza bohemia. Víctor se acercó a ver la obra y en la plática que siguió, el pintor blasfemaba contra los políticos. Víctor únicamente sonreía sin llegar a estimar en lo absoluto éste furor político del pintor contra los poseedores de la riqueza, pensaba que era una pose clásica como de tantos más, pero que en la práctica siempre daban el resbalón. Después de ese día hubo más tocando siempre el mismo tema, agregando por parte de Jermilio la amistad que tenía con grupos indígenas, la amistad, si no tan íntima fue suficiente como para no desconfiar plenamente de su persona, no así, de esa repentina entrega a la lucha.
-¿Y cómo fue ése golpe?- continuó escrutando Víctor.
- Ah – exclamó Jermilio nuevamente orgulloso- Usted verá, fue en el banquete de antier. El diputado se echó un discurso y yo lo rebatí, los llamé ladrones y le menté la madre a él y a todos los de su partido, entonces fue que me hundieron los desgraciados la pistola en el cráneo.- Tatita y Chavita no se contuvieron y rieron escandalosos con gozo de niño, Víctor se contagió sin poder disimular la sonrisa que adornó su rostro quemado por el sol. Fanfarrón el pintor se sacudía la camisa como para echar de ella alguna basurilla que le molestara y enseñoreándose exponía placentero la herida de la cabeza.
- Mal hecho- cortó lacónico Víctor las risas, haciendo que el pintor desvaneciera su orgullo que intrigado lo observó por todos lados.
- ¿Y por qué? – preguntó sorprendido extendiendo los brazos.
- Porque mostraste por adelantado una posición sin saber si tienes bases firmes para sostenerlas, mostrastes lo que serán tus acciones si es que realmente lo pretendes.
- No entiendo- volvió a hablar sorprendido el pintor a la vez que con desánimo por lo que creía una gran proeza.
- Si, mira, es sencillo. Primero déjame felicitarte aunque no se si deba hacerlo, por lo que hiciste, pero lo que hiciste, debiste meditarlo, porque gratuitamente te pusiste ya en la mira de esas gentes, y en el argot político serás doblemente cazado y tu deberás de ahora en adelante tener mucha más precaución- Jermilio caviló rozando apenas con la mano la cabeza para no lastimarse a causa de la fresca herida.- bien, pues eso es lo que necesitas, paciencia y reflexión para llevar tu ideología a un fin práctico; dices tener disposición  para la lucha, o al menos eso pretendes- continuaba Víctor en voz baja- pues eso es lo primero que hay que conseguir, o dicho en sus palabras más justas; a éstos- y señaló a Tatita y a Chava- es a los que hay que dirigirse, ahora ellos , los latifundistas trataran de que no te les acerques, intentarán desacreditarte, tienen mil maneras de hacerlo y tu dilatarás mucho para lograr su confianza, para tu fortuna por aquí te conocen. Las cosas Jermilio, cuando se van a hacer se hacen menos a la aventura, aunque tengo la ligera sospecha que todo fue un arrebato tuyo, de valentonada en estado de embriaguez. – Cuando Víctor concluyó con ésta lógica, Jermilio, primero palideció, luego pasó a un rojo de vergüenza.
- Bueno… es verdad, así fue- se confesó avergonzado el pintor titubeando un poco. Chavita y el anciano volvieron a reír, tan estronduosamente que las mismas aves se rieron huyendo hacia las montañas, el pintor, antes de que volviera a ser reprendido por Víctor se acercó suplicante,- Pero me he convencido plenamente… por eso estoy aquí; usted debe creerme.
- Bien, te comprendo- concluyó Víctor y el pintor libre de ese peso, suspiró profundo volviendo a su pose orgullosa bajo la mirada de los dos indígenas que sin hacerles caso volvió su mirada hacia el universo, como para empezar a reconocer ése nuevo mundo con el que tenía que convivir. Sacó un cigarrillo y empezó a aspirar profundo con actitud poética. Víctor levantó la mano y golpeando algo invisible volvió al marco de la puerta; sin indagar más sobre el pintor caviló nuevamente sobre la gente que había que ser organizada para la lucha venidera. La noche los sorprendió sin que el grupo le diera alguna importancia. Así empezaron a ser arrullados por los insectos nocturnos.
Cuatro días después y luego que se había secado el rocío, de diferentes puntos los indígenas venían a arremolinarse a la fachada de la casa de Tatita. Conforme iban llegando, el anciano les hacía caravanas ceremoniosas tendiéndoles la mano para apenas rozarlas, luego saludaban a Víctor y por último al pintor que les zarandeaba los brazos por lo que los indígenas sonreían abriendo desmesuradamente los ojos.
- Tuviste suerte Jermilio- le decía Víctor al pintor socarronamente- les simpatizaste que estés aquí con ellos.
- Buen   vinik éste bak caxlam ( buen barón éste ladino flaco)- decían los indígenas dirigiéndose a Víctor  mientras señalaban al pintor entre las carcajadas de los concurrentes y del propio Víctor, Jermilio se cubría la cabeza con las manos, sorprendido e ignorante de lo que decían: Abría los ojos cómicamente, lo que volvía a provocar la risa de los indígenas.
- Ya aprenderás la lengua- decía Víctor para consolarlo.
La reunión empezó entre la algarabía de los hombres que hacían bromas unos a otros, después el silencio se hizo solemne como cuando se va a oír la prédica del Mesías. Se levantó uno de los ancianos y de inmediato la mirada de todos fueron a picarle el cuerpo, éste se inquietó un poco y jalándose el pantalón  de manta hacia arriba se concretó a decir.- K’usi k’apon don Víctor ( que hable don Víctor) y se sentó. Todos aplaudieron dirigiéndose a Víctor.
- ‘i’i, k’usi tatita k’apon ch’e es sjyu’el pero lo que no entienda  porque no domino su lengua me lo diga en kastilya ( no, que tatita les hable pues es su jefe y lo que yo no entienda me lo diga en español) dijo al levantarse Víctor señalando al anciano Tatita. Todos aplaudieron mientras Tatita carraspeando buscaba las palabras y al final para librarse, empezó precisamente con la exclamación con que había sorprendido a Víctor días anteriores.
- La lucha ha de hacerse – exclamó tatita-, por que los ricos tienen la paga que a los pobres nos quitan, ha de hacerse porque no hemos de dejar que nuestras mujeres y nuestros niños se queden sin el pozol y los frijoles. ¡Ah! Eso si compañeros, no en vano los viejos estamos viejos a costa de sobarnos el lomo. ¡ Basta ya compañeros que los caxlam como el mentado Tomás, nomás por que sí se haga de lo nuestro suyo a juerza de embaucarnos y mentirnos. Y si no, con las armas y el terror, como dice don Víctor, nos han despojado y maltratado. Allí tenés a Gabino, en la cochina cárcel dizque por político.¿ Pues qué? ¿ No hemos de palabrear también nosotros? No nos dejan y de ribete nos apalean. ¡ Pues la lucha la haremos de otra manera! ¡ Ah, eso si compañeros…-las palabras de Tatita iban penetrando hondo, caliente, quemando lamente de la masa indígena, indignándola a fuerza de dar clarividencia a su retoño político de su generación que se avivaba. Tatita atizaba, sin necesidad, llamaba a su ayuda los antecedentes de aquellas lejanas generaciones indígenas que fantasmalmente se aproximaban a las conciencias. Y estos fantasmas consiguieron imponer un profundo silencio que obligó a los indígenas a remomerar leyendas. Víctor no tuvo que hablar mucho, solo un poquito lo que por derecho y cultura les pertenecía; poco después todo mundo hablaba y opinaba: Por espacio de más de dos horas se discutió, luego nuevamente el anciano que había abierto la discusión se levantó ya sin intimidarse,- Hay una cosa compañeros- dijo ahora buscando la mirada de todos- bueno sería que don Víctor se fuese hoy mismo a Chalchihuitán a hablar con aquella gente, ellos tienen el mismo problema y podemos hacer buena alianza y ya como dijo Tatita, unidos ganamos mas batallas, po’s ésta contimás con los de Chalchuihuitán- detuvo su perorata para encender un cigarro y descansar de su discurso. Jermilio mientras tanto negaba con la cabeza la opinión que se daba mientras que a Víctor se le encendían los ojos llenos de interés, cuando se dio cuenta, el pintor cambió de opinión empezando a afirmar con el mismo movimiento de cabeza.- pero que sea hoy mismo- continuó el anciano después de su breve descanso- porque según he sabido mañana llega una comisión con un ingeniero y pues pa’ qué más que la verdad, todos sabemos a que van. ¿A qué ha de ser sino para ampliar el latifundio de don Tomás por aquel lado, o sea, que van a seguir mochándonos las manos pa’ que después tranquilamente y sin complicaciones nos cuelgan en cualquier palo a su sabor y menester. Por lo tanto debemos buscar la alianza. Pero quiero decir algo más. Yo creo que debemos demostrarles a los ladinos con perdón de don Víctor y el pintor, que nosotros no somos tan tarugos y propongo que mientras don Víctor va a Chalchihuitán nosotros nos apercavemos instruyendo a la gente, y ponerlos, con machetes y lo que tengan, por los caminos y principalmente por las cercanías de la finca de don Tomás, por que quien quite y éstos mal paridos nos quieran hacer una trastada.- Cuando se sentó, con la mirada severa estrujando el cuerpo enorme de Tatita, la inquietud volvió a apoderarse de la masa indígena, luego, como trompo en constante vértigo, la polémica  se desató, ya unos apoyándola y otros desechándola. La discusión iba subiendo de tono y las amenazas relucieron contra la despiadada corrupción. Víctor hizo elucubraciones teóricas, pensó que el indígena que había hablado podría ser un provocador, pero sacudiéndose la melena apartó ésta idea tan lejos de las cualidades limpias como es la población indígena- en su mayoría- rectificó, pensó que si éstas ideas, hasta cierto punto románticas e irreales, también recordó que cuando aparece un detalle de éstos, es decir un indígena renegado, que participa de la rapiña, frente a sus hermanos de sangre, la vergüenza de la traición lo coloca en el plano del destierro, así que pensó que aquí no se daba el caso.
-Compañeros- alzó la voz Víctor al momento de pararse, los gritos al momento se hicieron murmullos y luego el silencio prevaleció en la reunión. Víctor hizo un preámbulo como a modo de finta, como para sopesar el valor del silencio-. Compañeros- volvió a gritar con voz enérgica pero respetuosa-, tiene razón el compañero, creo Chavita, que ustedes ya conocen puede acompañarme a ese lugar, para no dar la vuelta hasta el pueblo podemos cortar camino. Hoy mismo nos vamos si están de acuerdo. Esto es cuanto a la alianza, que es importantísima, en cuanto a lo otro no voy a discutir ahorita si la opinión de armarse y vigilar los caminos sea oportuna, pues antes debemos saber los alcances de la alianza- Los murmullos empezaron nuevamente, Víctor repasó con la mirada a cada indígena encontrando en sus miradas odio y energía, luego un poco conciliador continuó- pero si ustedes consideran armarse háganlo pues, pero no como alternativa sino como simple precaución, a manera de espiar, pero que sean ellos los que dejen las alternativas. O resuelven el problema u otra represión será respondida en la forma que se considere, pero repito, necesitamos alianzas y si ustedes están de acuerdo, terminando la reunión Chavita y yo salimos para Chalchihuitán-. Cuando Víctor se sentó los gritos interrumpieron la pesadez, los gritos fueron alegres pero llenos de coraje. La reunión terminó después de fijar responsabilidades.
Poco a poco los hombres se fueron alejando de la casa de Tatita entre abrazos y murmullos de felicitaciones o echando bravatas y mueras al latifundista don tomás. Al pasar junto a Víctor le dan palmaditas en la espalda ofreciéndole sus buenos deseos en su viaje a Chalchihuitán. Cuando se hubo desalojado el solar, Víctor, junto a Chavita se pusieron febrilmente a preparar el morral que debían llevar así como la cobija y el inseparable pozol en bola. Jermilio se acercó a Víctor, tímido pero orgulloso le preguntó si podría acompañarlos.
-¿ Cuantas leguas son Chavita? – preguntó sin voltear a verlo, como para calcular las energías del pintor para la caminata.
- No más de cuatro- le contestó Chavita afanoso en los amarres del morral.
Víctor mentalmente, pellizcándose los labios multiplicó inmediatamente- ¿Aguantarás dieciséis kilómetros tomando en cuenta que es monte y que ésta distancia fácilmente se multiplica? Le preguntó al pintor.
- Ah, pero si como no- fue la contestación inmediata del pintor que, sin esperar la aceptación oficial le mostró a Víctor eufórico su morral ya preparado. Esto lo había hecho en cuanto se dio cuenta que Víctor realizaría la tarea de la alianza. Víctor sonrió y golpeo el aire.
Ya preparados fueron a despedirse de Tatita que con bonachona sonrisa les dio una palmada a cada uno de ellos- Id, id- les decía- que esto se va a poner, pero que si rete bueno. Eh, si- exclamaba con ojos inquietos- ya muy los veo a estos caxlam. De usted depende don Víctor, de usted depende.
-Que así sea- concluyó Víctor. El pintor asintió con un movimiento enérgico de cabeza y Chavita apretó los dientes. Los tres partieron bajo la mirada vigilante del anciano que musitaba entre los labios oraciones de buena ventura para Víctor y su hijo y maldiciones para los caxlam que horadaban asesinando.
Pronto la montaña fue vigilante del paso de los tres hombres que machete en mano, apartaban inmisericorde los brazos de las ramas que inútilmente trataban de saludarlos. Al principio Jermilio igualaba a la guacamaya con infatigable lengua, pero a las dos horas del camino cambió de parecer y empezó a respirar profundo aire. Víctor y Chavita se intercambiaban monosílabas , yéndose presuroso al silencio con el que con mayor claridad se oía el fatigoso respirar de Jermilio.
A Chalchihuetán tenían que llegar al anochecer, por ello no descasaban ni aún por la mirada suplicante del pintor que con un poco de vergüenza mostraba su fatiga. El machete cortaba mientras tanto, la maleza que en ocasiones se entre tejía en los pies aminorando la marcha para luego, tomando auge se proyectaban en el camino. El sol del atardecer empezaba con su clásico arte de teñir de cien colores el universo contagiando a las aves que hacían sonar su canto de mil maneras. La tierra empezó a humedecerse con la frescura de la tarde y las ceibas con su blancura y arrogancia se erguían guardianes en medio de su sequito de matorrales o robles o cedros en los diferentes puntos de la montaña pletórica de selva. El verde empezaba a oscurecerse, produciendo una masa inicua de pesadez en la tierra y el calor se fue marchitando. Un olor a alcohol empezó a prender la atmósfera.
-¡Los alambiques!- gritó sorpresivamente Chavita, deteniendo el paso y abriendo desmesuradamente los ojos, que con un tabú altanero hizo que el indígena se parar en seco, que miraba urgido por todos los rincones. El pintor también se detuvo aspirando profundo para comprobar la veracidad de Chavita, pero sin darle importancia.- Estamos en los terrenos de los alambiques- volvió a exclamar con mayor seguridad.
-¿Estás seguro?- preguntó Víctor visiblemente preocupado, imitando a Chavita en la búsqueda por los rincones de la montaña.
- Como que Tatita es mi abuelo.
- ¿ Es malo esto? – preguntó con amplia sonrisa el pintor sin dejar de respirar profundo.
- Son alambiques clandestinos- le explicó Víctor, pellizcándose los labios- es decir, zona prohibida, si nos llegan a ver no lo contamos . Apresuremos el paso- urgió Víctor- para salir pronto de ésta maldita zona.
Los tres empezaron a caminar de prisa, husmeando los recovecos de la distancia. El pintor se colocó, con precaución  en medio de Chavita y Víctor, con una sonrisa que evidentemente no era de alegría, sino de notable nerviosismo. La bota de Víctor golpeaba con furia la tierra aprisionándola en su prisa. No bien habían caminado unos metros cuando el eco de una carabina se agazapó en el oído. Instintivamente detuvieron el paso, mirando hacia todos lados y el eco se volvió a repetir, seguidos de otros más. Una bala altanera silbó cerca del oído de Chavita.
- Ah malditos- murmuró- Ya nos miraron don víctor- y agachado se arrastró hacia él que ya se encontraba tirado junto al pintor.
- Tu conoces mejor el lugar, aconseja por donde nos vamos- dijo Víctor.
- No sería mejor ir a decirles que no tenemos malas intenciones?- opinó el pintor angustiado mientras se mojaba con saliva las orejas.
- Eso sería tan estúpido como que nosotros mismos nos diéramos un balazo en la nuca. Vámonos a la cueva del muerto, ahí estaremos seguro; hasta bien entrada la noche salimos. Pero corramos separados, así se les hará más difícil a estos perros- concluyó Chavita con la aceptación de Víctor.
- Corre tras de mi- le dijo Víctor al pintor que angustiado miraba hacia todos lados.
Cuando se levantaron para echarse a correr, los ladridos de las armas se dejaron de nuevo  oír, seguidas de las blasfemias, ahora ya claras, de los tiradores. Empezó una carrera con la muerte. Los tres era ahora tímidos cervatillos que huían presurosos de las garras de cazador que implacable los perseguía. El jadeo del pintor se oía claro a las espaldas de Víctor, luego se fue alejando. Chavita se había perdido entre los matorrales y palos y no se volvió a ver. Los disparos se fueron alejando hasta que a los oídos de Víctor los atrapó el silencio.
Víctor entró corriendo a la cueva del Muerto, su bocaza negra inmediatamente lo tragó, quiso fumar para calmar los nervios que lo estrangulaba pero el temor de que la luz del cerillo fuera visto por los asesinos lo detuvo. Curioseando hacia fuera, sentado en cuclillas en un rincón, con su pistola en la mano por si acaso entrara uno de ellos, esperó a sus compañeros. Le extrañaba que el pintor no hubiese llegado tras el y que Chavita que se dilataba pero acaso entraría en cualquier momento. Los minutos empezaron a correr ligeros, marcando paso a paso el ritmo del corazón. Nuevamente se oyeron algunos tiros a lo lejos haciendo que se sobresaltara Víctor, luego el silencio; un silencio que olía a sangre fue invadiendo la montaña, la sierra, la planicie, la atmósfera y ni el pintor ni Chavita se presentaban. Los minutos siguieron corriendo hasta formar horas y las horas continuaron amontonándose para hacer la espera más inquieta. Las alucinaciones empezaron a tomar cuerpo en la mente de Víctor que, haciendo uso de toda la lógica siempre llegaba en su forma más macabra a presentar un cuadro que agitaba hasta el más frío temperamento. Quiso creer que Chavita y el pintor no habían alcanzado a llegar a la cueva, pero que se encontraban salvados en algún otro lugar. Pero acudía implacable el recuerdo de los últimos tiros cuando él ya se encontraba en la cueva. Y el pintor que corría tras él. ¿Por qué lo fui a aceptar’- se preguntaba Víctor sumido en una angustia mezclado con dolor y coraje. Y las horas continuaron su marcha mientras en la gran bóveda aparecían las galaxias con sus destellos luminosos. Las horas se hacían al compás del tiempo típico de la selva, que producía silbidos al cortar las hojas de los inmensos árboles. El reloj martillaba su camino irrefutable y en el infinito apareció con nitidez la luz de la luna llena, que enorme y roja, explayaba su mirada a cada párpado de las aves que titiritaban alegres y burlonas.
Cuando el reloj de Víctor señalaba la llegada de las diez de la noche, perdió asustado las esperanzas de que llegaran sus compañeros, levantándose de donde, desde que había llegado estaba quieto, salió de la cueva; al principio con cautela, poco después echó a andar con paso lento, agachado, tomando en cuenta cada ruido que se hacía en la naturaleza, cada rincón oscuro y cada boquete de luz. Avanzó con paso lleno de cálculo matemático, tratando de reconstruir o de imaginar la ruta seguida por sus compañeros. Había abandonado la idea de ir a Chalchihuetán que sucumbía entre la fiera y obstinada idea de encontrar a sus amigos.
Mientras caminó agazapado fue seguido quisquillosamente por los silbidos de los insectos que molestos se atravesaban en su paso.
Al principio sus ojos se dilataron tratando de aprehender en toda su realidad aquel cuadro. Entrecerraba los ojos para querer formarse solo una ilusión, pero no, el cuadro seguía tan real y pujante como doloroso; tan trágico como una obra de Orozco o un Guernica. Sus pasos se hicieron inseguros, no atreviéndose a seguir, pero al final fue vencido por una frialdad necesaria. Quería palpar, quería tomar, quería asegurarse que su mente, a veces calenturienta, le estaba engañando con una broma estúpida. Pero no. Cuando se hubo acercado a ese enorme árbol silueteado por la luz de luna llena, jugando macabramente con el viento, los cuerpos de sus amigos se movían con lentitud y como con una sonrisa la puerta de la muerte saludaban a Víctor. Sus ojos espantosamente abiertos, le señalaba o le mostraban a él las heridas, los orificios que sus cuerpos teñidos de rojo poseían , las manos sangrantes atadas con salvajismo por la espalda. En el pecho de Chavita pendía un letrero pintado con la sangre de los muertos “ Así quedarás si pasas”. Un remolino de viento jugó con los ojos de Víctor y una catarata de gritos parecía llegar de lejos: las aves cantaban y la luna se pandeaba holgadamente sin importarle seguir hacia su cenit.
Una guacamaya nerviosa subió hasta lo alto e su nido y desde ahí vió a un hombre parado ante dos cuerpos colgantes que hacían vaivenes con el viento, Aquel hombre, alumbrado por la luna, permanecía inerte, con los pies abiertos, los puños cerrados y pegados a las piernas, con la mirada encajada en aquellos cuerpos; el viento también a él lo acariciaba, su chaqueta iba de un lado a otro zarandeándole y su pelo como pasto, se inclinaba de un lado a otro sobre su cabeza. Aquel hombre levantó el puño y amenazando los cuerpos colgados gritó.-¡ Qué ironía ¡- alcanzó a oír la guacamaya- Chavita, tu querías tus tierras y hoy ellas te cubrirán eternamente.- La guacamaya asustada cerró sus ojos y agitando sus alas se volcó al espacio con terribles aullidos y conjuras. Al pasar junto a aquel hombre alcanzó a golpearla su voz.- ¡ Perros, así yacerán!.- Presurosa la guacamaya huyó a la conseja de la luna.
Víctor tomó un puño de tierra y después de mostrársela ante los quietos y salidos ojos de Chavita y del pintor, lanzando terribles amenazas las esparció al viento.
Empezó a caminar lentamente, apesumbrado, luego echó a correr, tropezándose con los nudos de las yerbas, la luna proyectaba su sombra, los pájaros asustados por su paso huracanado se lanzaban al vuelo; así corrió Víctor hasta que sofocado vió las primeras chozas del ejido de Tatita.
Abrió la puerta impulsivamente, deteniéndose en la hamaca donde roncaba plácidamente el anciano; su cuerpo se agitaba y expandía por el trabajo afanoso de sus pulmones por la carrera. No le habló a Tatita, sino que se entretuvo contemplándolo. En el rostro del anciano, sus rasgos enérgicos se mostraban placenteros y al oír a aquellos pulmones que casi resoplaban en sus oídos, abrió sus ojos con calma, parpadeando. Primero con sorpresa llena de incertidumbre lo acogió y solo hasta que hubo reconocido en aquel cuerpo inmóvil la figura de Víctor, brincó sorprendido de la hamaca.
-¡ Usted, don Víctor?  , pero si lo esperábamos hasta mañana y eso por la noche- Víctor guardó un rato de silencio sin siquiera mover un músculo, ni un pestañear, su mirada fija, penetrando en la del anciano, hasta que éste empezó a rascarse enérgicamente la cabeza.
- A pasado algo grave Tatita- dijo al fin Víctor pero sin moverse- el anciano abrió desmesuradamente los ojos , sacando la lengua para remojarse los labios resecos, se paró enérgicamente para examinar de cerca los ojos de Víctor que continuaban inertes-. Pasamos por los alambiques-. Hizo una pausa y el anciano pareció despertar de un profundo sueño con gran arrebato de calor- No nos dimos cuenta… A tu hijo lo colgaron.- Su mirada se hizo más fría ante la reacción de angustia del anciano que pasó de inmediato a una mirada inyectada por el coraje. El anciano abandonó la presencia de Víctor con un misticismo desconcertante; se puso a pasear por el cuartucho que pareció achicarse aun más para estrujarlo y aplastarlo. Desde el rincón donde el anciano se había ocultado preguntó, esquivo pero piadoso por el pintor.
-¿ Llegaste solo?.
- Desgraciadamente-, contestó Víctor adivinando el contenido de la pregunta- Jermilio acompañó en su muerte a Chavita. Los tres corrimos.- continuó diciendo esto como a manera de disculpa, como si estuviera ante un juez incólume- dijimos que nos encontraríamos en la cueva del Muerto. No llegaron ellos. En la noche salí a buscarlos…y ahí estaban, colgados.
Toneladas de arena cayeron, hasta ese momento sobre el cuerpo rígido de Víctor, que no soportando más se sentó en la hamaca ocultando en sus manos su rostro. El anciano sin más preguntas salió del cuarto. Pasó mucho rato sin que se volviera a ver. Poco después llegaron hasta los oídos de Víctor las amenazas e injurias que el anciano vociferaba a las estrellas que tímidas y avergonzadas titilaban. Entró nuevamente el anciano con furia incontenible y señalando con el brazo hacia Víctor le dijo.
- Espérate aquí, voy por la gente. Nosotros nos haremos justicia.- y salió precipitadamente. Víctor lo siguió con la vista hasta que éste se perdió entre el caserío.
No pasaron más de veinte minutos cuando hasta a Víctor llegaron, primero murmullos incoherentes, luego voces claras y llenas de exclamaciones de odio. Se levantó parsimoniosamente y fue hasta donde la gente se reunía. En cuanto fue visto pronto se agolparon a su alrededor salpicando de preguntas y amenazas. Víctor se dio cuenta que todos venían armados con machetes y algunos con viejas escopetas. Quiso hablarles, echarles un discurso pero calló ante el odio incontenible que se marcaban en sus rostros, se daba cuenta que la filosofía de la revolución se manifestaba como brote y que nada ni nadie podría detenerlos. El anciano hacia el cielo exclamó ante la gente reunida.
- ¡Quiera Dios y encontremos al desgraciado de don Joaquín para colgarlo con mis propias manos!
Cuando oyó el nombre, Víctor preguntó a uno de los hombres que se encontraba a su lado.
-¿don Joaquín el diputado?
- El mismo- dijo sin voltear a verlo- él es el dueño de los alambiques clandestinos.
- Vamos don Víctor- dijo el anciano sacando a Víctor de sus meditaciones que, inquietas sus manos pellizcaban sus labios- Todos en silencio- ordenó el anciano a lo que los indígenas primero contestaron con alaridos de cólera pasando luego al mutismo.
Las aves y los insectos expectantes veían marchar a una masa de hombres recortados por el plano luminoso de la luna ya cerca del cenit. Sin sombras, sordos, caminando hacia el campamento de los alambiques y reluciendo los machetes. Cuando llegaron al sitio, los guardias sorprendidos por esa masa compacta de indígenas, corrían asustados y cobardes porque jamás imaginaron una reacción así. La mayoría alcanzó a huir y solo siete que quisieron hacerles frente con sus armas fueron apresados por la cólera indígena que empezaron a golpearlos despiadadamente.
- ¡No, ya no más!- protestó el anciano- Los quiero vivos. Vamos a donde se encuentra mi hijo y el pintor.
Todos obedecieron y empezaron su marcha guiados por el anciano y Víctor, el resto, picando con sus machetes a los guardias de los alambiques que, ensangrentados caminaban a tropezones. Cuando llegaron hasta donde se encontraban los cuerpos, la sorpresa y el coraje de todos enmudeció los cielos. El anciano se paró ante el cuerpo de su hijo y sollozando le besó las manos.
- ¡Ah, mi’jo! Aquí yaces- murmuraba el anciano sin despegar los labios de las manos frías y tiesa de Chavita que lo veía con sus ojos secos de muerte- somos los pobres los que pagamos con sangre la riqueza de los ricos. Pero esto se acabó.- Víctor observaba en silencio aquella escena donde el indio muere por redimirse. Los cuerpos fueron bajados con solemnidad y cubiertos por los cotones de sus compañeros. El anciano se postró ante ellos y llorando oró dándole las últimas promesas. Todos en silencio se persignaron cuando Tatita hubo terminado la oración. Luego tomando el letrero que le habían colgado a Chavita, lo mostró iracundo a todas las galaxias y como sacerdote de ritual prehispánico, lo llevó a frotar a los ojos de los guardianes capturados.- Cuelguen a éstos- sentenció el anciano arrojando el letrero con ira lejos de ellos. Los hombres forcejearon, tratando inútilmente de zafarse de sus ligaduras. Suplicaron, se arrodillaron, lloraron escandalosamente, pero el anciano mantenía su brazo extendido, ahora hacia los árboles donde antes se encontraban los cuerpos de Chavita y el pintor. Pronto quedaron los siete hombres colgados, columpiándose al vaivén del viento.
- ¡Esta es mi justicia y lamento no haberme encontrado al diputado, pero ya nos encontraremos, ya nos encontraremos!- gritó Tatita con su brazo extendido. La montaña se agitó sacudiendo a sus habitantes: las codornices, los tucanes, los guacamayos, los pericos, los petirrojos, las zacuas y hasta los mismos zopilotes se estremecieron  emprendiendo la huida  hacia el horizonte.- Esta es la justicia del indio- murmuró Víctor. Y empezó la peregrinación en un silencio aún más profundo y solemne que con el que habían llegado a los alambiques.
Al amanecer llegaron. Llegó aquella masa de indígenas ahora entre cánticos al poblado. Ya las mujeres esperaban hecho puño. Al pasar el grupo junto a ellas, estas se persignaron tocando con sus dedos los cuerpos rígidos de los muertos, dirigiendo una mirada de condolencia a Tatita y a Víctor que silenciosos caminaban al frente del cortejo.
Los cuerpos fueron colocados en el centro del poblado adornado con flores y velas. Las oraciones se llenaron de lágrimas llenando el espacio.  Tatita permaneció inmóvil sin ningún secreto de odio o de amor. Sus lágrimas llegaron lentas hasta los cotones de los muertos.
- Que fácil y sencilla es la muerte- murmuraba Víctor- Así como nítida, también violenta llega, nos sorprende o nos avisa, nos pone trampas o nos despeja el camino, llega alegre cuando más se implora en una agonía martirizada o llega triste cuando con mayor esplendor se quiere poseer la riqueza humana, pero siempre sencilla y fácil. Hoy la muerte nos duele. El pintor dejó sus pinceles y quiso crear su obra con la palabra, Chavita, hermoso, la dio por sus hermanos.
El sol empezó a calentar con ardor y Tatita señalando con el dedo como para despedirse de los muertos dijo lento pero firme.- Es untinik vo’ob k’ak al del ‘u ta diciembre ta ya’ akeli ta bini. (Es nuestro quinto sol, del mes de diciembre. Te guardaré en mí).
                                                                                                             Puljitik 1964
Alfonso Pérez Valdivia           .